El chacal y la hija del sol Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Seguí corriendo hasta que mis sandalias resbalaron sobre un tramo cubierto de musgo. Caí de rodillas. El golpe me arrancó el aire de los pulmones y un dolor agudo me subió por las piernas.

Cuando me giré como pude, los dos chacales estaban allí.

Uno bloqueaba el corredor por el que había llegado. El otro avanzaba despacio, con la cabeza baja y los ojos fijos en mí, sin prisa, sin ferocidad inútil, con una paciencia mucho peor que cualquier ataque.

Me arrastré hacia atrás, sintiendo la piedra húmeda bajo las palmas y la ceniza pegada a mi rostro como una máscara que ya no sabía si me protegía o me condenaba. Vestida como iba, cubierta de harapos y suciedad, ni siquiera yo habría creído mis propias palabras cuando intenté hablar.

—No soy una ladrona —dije con la voz quebrada—. No he robado nada.

El chacal de la cicatriz ladeó la cabeza.

El otro avanzó un paso más.

Entonces uno de ellos cambió.

Quise cerrar los ojos.

No pude.

No fue una transformación limpia ni amable.

La sombra se quebró bajo la piel animal, los huesos crujieron, la noche pareció plegarse hacia dentro y, donde antes había un chacal, quedó un hombre alto, ancho de hombros, con el cabello oscuro y una paciencia demasiado escasa en la mirada.

En sus ojos, sin embargo, seguía quedando algo feroz, algo que no pertenecía del todo a la forma humana.

Había algo en aquella ruptura de sombra y hueso que exigía ser visto, como si mirar fuera también una forma de obediencia.

—Pues para no ser ladrona —dijo con una voz grave y áspera—, corres como una.

Intenté levantarme, pero la rodilla me falló y el segundo chacal gruñó con la exactitud de quien no necesitaba repetir una advertencia.

Mi cuerpo obedeció al miedo antes que al orgullo y me quedé inmóvil mientras el hombre me observaba de arriba abajo, deteniéndose en la túnica sucia, en el velo roto y en mis manos manchadas de ceniza.

No había reconocimiento en su mirada.

Para él yo no era Hathor.

Ni una diosa.

Ni una prometida real.

Era una desconocida que había intentado escapar por los corredores de servicio en plena noche.

—Solo quería salir del palacio —susurré, y supe en el mismo instante en que lo decía que aquella explicación sonaba peor que cualquier mentira.

El otro chacal cambió también, más deprisa, con una fluidez casi silenciosa.

Al terminar había junto a nosotros otro hombre, más delgado que el primero pero no menos peligroso, con una sonrisa torcida que no alcanzaba sus ojos.

Se agachó frente a mí, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, como si quisiera verme mejor bajo la sombra del velo.

—Creo que nuestra pequeña rata nocturna sabe mentir.

El primero no respondió de inmediato. Se limitó a acercarse, tomó mi brazo con una firmeza que no llegó a hacerme daño pero que dejó claro que no pensaba soltarme, y me levantó del suelo con una facilidad humillante.

No me sujetó con brutalidad.

Eso habría sido más fácil de odiar.

Me sujetó con una seguridad tranquila, casi aburrida, como si capturar diosas disfrazadas de mendigas formara parte de sus tareas ordinarias.

Intenté apartarme, más por orgullo que por verdadera posibilidad de escapar, pero su mano era una argolla de hierro alrededor de mi brazo.

—A estas horas, por corredores de servicio, disfrazada de mendiga y huyendo como si hubieras prendido fuego a medio palacio —dijo, empezando a caminar y obligándome a seguirlo—. Qué historia tan limpia.

—No soy una ladrona —repetí, aunque mi voz ya no sonó tan segura.

—Entonces eres una idiota —replicó el otro con una calma irritante, caminando a mi espalda para cerrar cualquier posibilidad de huida—, y esta noche no parece haber mucha diferencia entre una cosa y la otra.

Pasamos por corredores cada vez más fríos y antiguos, hasta que el aire se volvió pesado y las antorchas comenzaron a oler a grasa quemada.

Comprendí dónde me llevaban antes de ver los barrotes, y el miedo que hasta entonces había sido rápido y agudo se volvió algo más denso, más profundo, al reconocer el descenso hacia las mazmorras del palacio.

—No podéis encerrarme aquí —dije, alzando la barbilla, aunque el hierro me helara la piel—. Soy Hathor. Hija de Ra. Una diosa.

Los dos guerreros se miraron.

Esperé que mi nombre cambiara algo.

Un gesto.

Una duda.

Un retroceso.

Algo.

Pero lo único que provocó fue una sonrisa.

Eran demasiado hermosos para pertenecer a aquel lugar. Altos, impecables, con una belleza oscura que no suavizaba nada en ellos; al contrario, los volvía más terribles. Como estatuas hechas para custodiar tumbas. Como hombres capaces de sonreír mientras cerraban una puerta para siempre.

Uno de ellos dejó escapar una risa baja.

—Una diosa —repitió, sin molestarse en ocultar la burla—. Qué decepción.

No aparté la mirada.

—No sabéis lo que hacéis.

El segundo se acercó un paso. Sus ojos eran claros, fríos, casi hermosos, pero no había piedad en ellos.

—Lo sabemos perfectamente. Cerramos una celda.

—Encerráis algo que no entendéis —respondí, y mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Estáis cometiendo un error gravísimo.

El primero ladeó la cabeza, divertido.

—Si fueras una diosa, no necesitarías advertirnos.

Apreté los dedos contra los barrotes. El metal no cedió. Yo tampoco.

—No os advierto por mí.

La sonrisa del segundo se ensanchó apenas.

—Entonces ¿por quién? ¿Por nosotros?

—Por lo que ocurrirá cuando Ra descubra dónde está su hija.

Durante un instante, el silencio pareció tensarse entre los tres.

Luego ambos rieron.

No fue una carcajada abierta, sino algo peor: una risa baja, tranquila, segura. La risa de quienes no temen a nada porque creen haberlo visto todo.

—Pobre criatura —murmuró uno—. Hasta ha aprendido a pronunciar nombres grandes.

Sentí la humillación arderme en el pecho, pero no bajé la barbilla.

—Recordad mi nombre —dije en voz baja—. Lo vais a necesitar cuando entendáis lo que habéis hecho.

El guerrero más cercano apoyó una mano en la puerta de la celda y me miró como si yo fuera poco más que una mentira elegante.

—Lo recordaremos —dijo—. La diosa que sangraba como una mortal y temblaba como una niña.

La puerta se cerró.

El sonido del hierro encajando en su sitio fue más definitivo que cualquier sentencia.

Se marcharon sin añadir nada más, con pasos firmes y tranquilos, seguros de haber hecho exactamente lo que debían. Yo me quedé inmóvil, con las manos aferradas a los barrotes, la respiración rota y el cuerpo aún temblando por la carrera.

Al principio fue rabia.

Después, vergüenza.

Luego, algo peor.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Sangre.

Al principio solo vi eso.

Después vi el color.

Roja.

Demasiado roja.

Algunos dioses sangraban distinto. La de mi padre ardía como oro oscuro bajo la piel. La de otros llevaba sombras, luz, señales imposibles de confundir con lo humano.

La mía no.

La mía parecía mortal.

Y, por primera vez aquella noche, la celda dejó de ser lo que más miedo me daba.

Me quedé allí, sola, con el hierro frío bajo los dedos y la amarga ironía clavándose en el pecho.

Había escapado de una boda.

Y acababa de encontrar una prisión.

Pero lo peor no era el hierro.

Era la sangre.