Capítulo 9
El hilo de Isis
Esa noche no dormí.
Ni siquiera lo intenté.
Me quedé sentada junto a la ventana, viendo cómo la luna ascendía sobre los jardines del palacio con una indiferencia casi cruel.
Su luz resbalaba sobre los estanques, las columnas y los senderos de piedra como si nada estuviera a punto de romperse, como si dentro de tres noches no fuera a presidir una ceremonia que me arrancaría, definitivamente, el derecho a elegir.
Tres noches.
El número se repetía dentro de mi cabeza con la obstinación de un tambor de guerra. Tres noches para dejar de pertenecerme. Tres noches para convertirme en una alianza. Tres noches para aceptar una vida que otros habían cerrado sobre mí sin preguntarme si aún sabía respirar dentro de ella.
Y entonces lo comprendí con una calma aterradora.
No iba a casarme con Horus.
No por cobardía, ni por capricho, ni porque él fuera cruel.
Horus no lo era. Quizá eso volvía todo más insoportable.
Era amable, correcto, digno del trono que un día heredaría, pero su corazón no se inclinaba hacia mí.
Lo había visto demasiadas veces en la forma en que buscaba a Baset sin darse cuenta, en cómo su voz se suavizaba al hablarle, en ese tipo de atención que no se puede fingir ni ocultar del todo.
Y yo no podía convertirme en la esposa de un hombre que miraba a mi hermana como si ella fuera el verdadero amanecer.
Tampoco podía permitir que Baset acabara pagando las consecuencias de una decisión que ninguna de las dos había tomado.
La idea no llegó como una llamarada ni como una revelación divina. Llegó despacio, con una claridad casi cruel, instalándose en mí hasta volverse inevitable.
Iba a escapar del palacio.
No tenía un plan perfecto. Ni aliados. Ni una ruta segura.
Solo una certeza: la noche era mi única oportunidad.
El palacio dormía menos de lo que aparentaba, pero sus sombras eran más generosas que sus salones, y si había un momento para desaparecer sin que el peso de mi nombre me delatara en cada paso, era aquel.
Me levanté antes de que la razón pudiera alcanzarme.
Abrí el arcón más sencillo de la estancia y busqué entre las prendas que las doncellas apenas tocaban.
Encontré una túnica de lino oscuro, gastada y demasiado grande para mí, y la manché con ceniza del brasero hasta borrar cualquier rastro de limpieza.
Después hice lo mismo con mis manos, mis brazos y parte del rostro, frotando la suciedad contra la piel con una determinación que me sorprendió incluso a mí.
Me quité las joyas una a una.
Los brazaletes. Los pendientes. Los adornos del cabello. El oro que me convertía en alguien reconocible.
La hija de Ra.
La prometida de Horus.
La futura reina que todos esperaban ver avanzar hacia un destino que otros habían elegido por ella.
El collar fue lo último.
El ojo de Horus descansó en mi palma con un brillo frío, casi vigilante, como si incluso allí, lejos de cualquier mirada, siguiera recordándome a quién pertenecía según el mundo. Lo envolví en un paño y lo escondí bajo una losa suelta junto al lecho.
Que buscaran a la prometida del príncipe.
Solo encontrarían oro abandonado.
Me cubrí el cabello con un velo viejo, ajusté el manto sobre mis hombros y me miré en el espejo. La figura que me devolvió no era Hathor. No era una diosa. No era la hija del sol ni la mujer destinada a ocupar un trono.
Era una muchacha pobre, cansada, envuelta en harapos.
Una mendiga.
Y, por primera vez en días, aquella mentira me pareció más honesta que todo lo que me habían obligado a representar.
No conocía el palacio.
No de verdad.
Llevaba allí demasiado poco tiempo como para distinguir sus rutas secretas de sus pasillos principales, y mucho menos para saber qué corredores conducían a la libertad y cuáles terminaban en patios cerrados, almacenes o dependencias vigiladas.
Pero aquella noche la ignorancia no me detuvo.
Si esperaba a conocer bien aquel lugar, si aguardaba a tener un plan perfecto, si me permitía pensar demasiado, acabaría amaneciendo, y con el amanecer regresarían la cordura, la obediencia y esa maldita ceremonia acercándose como una sentencia.
Así que salí.
No por un pasadizo conocido ni por una ruta aprendida, sino por pura lógica.
Sabía que los salones principales estarían más vigilados, que las puertas nobles tendrían guardias y que cualquier corredor demasiado iluminado podía delatarme incluso bajo aquel disfraz.
Por eso busqué las zonas menos cuidadas, los laterales donde la piedra perdía brillo, los pasillos por los que se oía el rumor de ánforas, pasos apresurados y voces bajas de sirvientes.
Donde había trabajo, pensé, habría salidas.
Donde salían las provisiones, entraba el mundo exterior.
Avancé con la cabeza baja, ajustándome el velo sobre el rostro y procurando no moverme como una diosa sino como alguien que no esperaba ser vista.
Me guié por detalles mínimos: el olor a pan y aceite que anunciaba las cocinas, la corriente de aire más fresca que venía de algún patio abierto, el eco lejano de ruedas sobre piedra, tal vez carros descargando mercancía en una zona de servicio.
Cada señal me parecía una promesa, aunque no supiera si me acercaba a la libertad o me estaba hundiendo más dentro del laberinto.
El palacio de noche era otra criatura.
Los salones dorados que durante el día imponían respeto se convertían bajo la luna en una sucesión de sombras, columnas interminables y antorchas agonizantes.
La piedra parecía más fría. Las fuentes sonaban demasiado altas.
Cada crujido me obligaba a detenerme, cada voz al otro lado de una esquina me hacía contener la respiración.
En dos ocasiones creí escuchar pasos detrás de mí.
En ambas, al girarme, solo encontré pasillos vacíos y antorchas temblando contra la piedra.
Pero el palacio tenía una forma extraña de mirar incluso cuando no había ojos a la vista.
Más de una vez tuve que retroceder al ver pasar una ronda de guardias, y en una ocasión acabé escondida tras un biombo de lino, con el corazón latiéndome tan fuerte que estuve segura de que alguien podría oírlo.
Pero nadie me vio.
O, si lo hicieron, no me miraron lo suficiente.
Aquel fue el primer milagro de la noche: convertida en una sombra sucia, envuelta en harapos y ceniza, dejé de existir para los ojos de quienes habrían reconocido a Hathor bajo cualquier joya, cualquier vestido y cualquier luz.
Dos sirvientes pasaron junto a mí cargando cestos de lino.
Un guardia bostezó al fondo de un corredor y ni siquiera alzó la vista.
Una muchacha con una jarra de agua me esquivó sin detenerse.
Ser nadie tenía un poder terrible.
Y durante unos minutos me aferré a él.
Seguí caminando hacia donde el aire parecía moverse con más libertad, atravesando un patio estrecho en el que la luna convertía el agua de un estanque en una lámina de plata.
Más allá distinguí una arcada baja y, al fondo, lo que parecía una puerta menos ornamentada que las demás: una entrada de servicio quizá, o una salida hacia las dependencias exteriores.
No podía saberlo.
Pero era lo más parecido a una oportunidad que había encontrado desde que abandoné mi habitación.
Apreté el manto contra mi pecho y avancé.
Fue entonces cuando los oí.
Garras.
Un sonido seco y profundo contra la piedra. Demasiado pesado para pertenecer a un perro. Demasiado consciente para ser simple instinto.
Me detuve.
El aire cambió a mi alrededor, volviéndose más denso, cargado de tierra húmeda, piel animal y noche viva. Algo se movió entre las columnas del patio. Primero una sombra larga. Luego otra. Después, dos chacales enormes emergieron de la oscuridad.
No ladraron.
No gruñeron al principio.
Solo me miraron.
Y esa quietud fue peor que cualquier amenaza, porque en sus ojos no había hambre, sino reconocimiento.
No me habían encontrado por casualidad.
Me estaban esperando.
No eran animales comunes. Eran demasiado grandes, demasiado silenciosos, demasiado inteligentes.
Sus cuerpos oscuros absorbían la luz de la luna y sus ojos brillaban como brasas antiguas.
Uno era más ancho, con la cabeza poderosa y una cicatriz clara cruzándole parte del hocico; el otro, más estilizado, se movía con una elegancia letal, como si incluso quieto estuviera calculando la distancia exacta entre mis latidos y su siguiente salto.
Yo no sabía quiénes eran.
Solo vi dos criaturas inmensas bloqueándome la salida.
Y corrí.
El primer gruñido vibró en la piedra bajo mis pies, grave y contenido, más parecido a una orden que a una amenaza descontrolada, pero yo ya había echado a correr antes de que terminara de sonar.
Crucé el patio con la túnica enredándose entre mis piernas, el velo medio suelto y la respiración rota, sin pensar en nada salvo en aquella puerta que se alejaba demasiado deprisa mientras, a mi espalda, las garras golpeaban el suelo con una velocidad imposible.
Doblé por un corredor lateral y tiré una jarra de agua al pasar.
El barro de los pedazos rotos se mezcló con el charco sobre la piedra.
Uno de los chacales derrapó, pero el otro saltó por encima de los restos con una agilidad tan limpia que el sonido de su cuerpo al caer detrás de mí me arrancó un gemido de terror que apenas reconocí como mío.
Uno no me seguía.
Me cortaba el paso.
El otro no corría detrás de mí.
Me empujaba hacia abajo.
No era una persecución.
Era una conducción.
Me lancé por unas escaleras de servicio que descendían en espiral, con el manto enganchándose en un saliente de hierro y obligándome a desgarrarlo para no caer.
Las antorchas pasaban a mi lado convertidas en manchas de fuego.
Mi respiración rebotaba contra las paredes estrechas.
Cuando el olor a pan, aceite y vino quedó atrás, sustituido por piedra fría, humedad y metal, comprendí demasiado tarde que la lógica que me había guiado hasta allí también podía conducirme directamente a una trampa.
Perdí el velo al doblar el primer corredor.
Una sandalia, en las escaleras.
La orientación, mucho antes de llegar al pasillo húmedo.
Y el orgullo cuando comprendí que no corría hacia una salida, sino exactamente hacia donde ellos querían llevarme.
El pasillo se volvió más oscuro a cada paso.