Capítulo 8 #2
El agua se deslizaba lentamente por su cuerpo, marcando sin disimulo cada línea de su torso y cada tensión contenida en sus hombros, mientras aquellos trazos oscuros que recorrían su piel, extendiéndose por el pecho y los brazos hasta desvanecerse bajo la superficie,
le daban una presencia más sombría, más peligrosa y difícil de ignorar, como si no fueran simples tatuajes, sino cicatrices antiguas escritas en un idioma que solo la muerte podía entender.
Lo miré más de lo necesario.
Más de lo prudente.
Cuando reaccioné ya era tarde, porque al volver a alzar la vista el calor me había subido al rostro de una manera completamente ilógica en un lugar donde el agua envolvía cada centímetro de piel.
Él, por supuesto, lo notó. No dijo nada porque no hacía falta; solo inclinó apenas la cabeza, como si registrara ese instante sin necesidad de señalarlo.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome, o vas a decir algo?
Su voz llegó baja, grave, envuelta en el eco húmedo de la cueva, como si estuviera hecha para pronunciarse solo en lugares donde nadie más pudiera escucharla.
No había burla abierta en ella. Eso habría sido más fácil de soportar.
Había paciencia. Control. Una provocación tan medida que resultaba mucho más peligrosa.
Tragué saliva y odié que él lo notara.
—Estaba evaluando si merece la pena el esfuerzo de hablarte.
Una risa breve, casi inaudible, escapó de su pecho. No fue una carcajada. Ni siquiera una burla completa. Fue algo peor: aprobación. Como si mi respuesta, en lugar de apartarlo, lo hubiera acercado un poco más.
—Mentirosa.
—Arrogante.
—Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Dio un paso hacia mí.
El agua, que hasta entonces había fingido ser una distancia prudente, dejó de protegerme.
La corriente se quebró entre nuestros cuerpos, rozándome las piernas, la cintura, el borde de las manos, y de pronto fui demasiado consciente de todo: del frío del manantial contra mi piel, del calor que parecía desprender él incluso bajo el agua,
de la forma en que su presencia ocupaba el espacio sin pedir permiso.
No me tocaba.
Y, aun así, todo en mí reaccionaba como si lo hiciera.
—¿Por qué me sigues? —pregunté en voz baja, obligándome a sostenerle la mirada—. En el mercado. En el desierto. Aquí. Siempre apareces donde no deberías estar.
Sus ojos, verdes y profundos, bordeados por aquel halo dorado que parecía arder incluso en la penumbra, descendieron hasta mi boca durante un instante demasiado lento para ser accidental. Luego volvieron a mis ojos, despacio, sin disculpa.
—Quizá no te sigo a ti —dijo—. Quizá el problema me encuentra siempre, y tú simplemente tienes la mala costumbre de estar en medio.
—Qué consuelo.
—No pretendía consolarte.
—No, claro. Tú nunca pretendes nada amable.
Algo cruzó su rostro entonces. No ternura. No suavidad. Algo más oscuro, más difícil de descifrar. Como si aquella frase hubiese rozado una parte de él que no estaba dispuesto a dejar al descubierto.
Se inclinó.
No demasiado. Solo lo suficiente para que el aire entre los dos dejara de existir. Su aliento, cálido contra la humedad fría de la cueva, me rozó la mejilla, y mi cuerpo, traidor y silencioso, se quedó absolutamente quieto.
—Si pretendiera algo amable —murmuró, tan cerca que sentí las palabras antes de escucharlas—, ya habrías salido corriendo.
Debería haberlo hecho.
Debería haber retrocedido, recordarle quién era yo, quién era él, quién me esperaba al otro lado de aquella laguna y qué clase de desastre podía nacer de un solo paso mal dado.
Pero no me moví.
—Tal vez no quiero correr.
El silencio cambió.
Anubis dejó de respirar durante un instante, o quizá fui yo. Sus ojos se oscurecieron, y cuando pronunció mi nombre no sonó como una llamada.
—Hathor...
Sonó como una advertencia.
Como si, si daba un paso más, ninguno de los dos pudiera fingir después que no lo había elegido.
La distancia entre nosotros terminó de romperse sin que ninguno diera realmente el último paso.
Su mano se movió bajo el agua, apenas un gesto, una sombra cerca de mi cintura que no llegó a tocarme, pero bastó para que mi respiración se alterara.
Su mirada volvió a mi boca. La mía, contra toda razón, cayó a la suya.
Y entonces lo supe.
Si él se inclinaba un poco más, yo no iba a apartarme.
Anubis también lo supo. Lo vi en la forma en que su mandíbula se tensó, en cómo cerró los dedos bajo el agua, en ese instante de lucha silenciosa en el que ninguno de los dos podía permitirse decir lo que el cuerpo ya estaba confesando.
Sus labios quedaron a un suspiro de los míos.
Cerca.
Demasiado cerca.
Y justo entonces, un sheneb resonó desde la orilla.
El sonido del cuerno atravesó la cueva, la cascada y el agua como una hoja afilada, rompiendo aquel instante en mil fragmentos imposibles de recomponer.
Anubis se apartó primero, de golpe, con una frialdad reconstruida demasiado deprisa para ser natural.
Yo retrocedí después, con el corazón latiéndome tan fuerte que temí que él pudiera oírlo incluso por encima del estruendo del agua.
Durante un segundo, ninguno habló.
Y ese segundo dijo demasiado.
—Mensajero de palacio —dijo al fin.
Su voz había vuelto a ser la de siempre: grave, controlada, casi indiferente. Pero había una tensión en su cuello, una dureza en la línea de su boca, que lo traicionaba más que cualquier palabra.
—Algo ha pasado.
No esperó respuesta. Se sumergió y atravesó la cortina de agua sin mirar atrás, dejándome sola en mitad de la cueva, con la respiración rota y esa sensación absurda, dolorosa, de haber perdido algo que ni siquiera había llegado a tener.
Cuando alcancé la orilla, el ambiente festivo de la mañana se había evaporado por completo.
La música había cesado. Las risas también.
Los dioses se agrupaban cerca de la arena con una inquietud que no necesitaba explicación, y el mensajero, todavía cubierto de polvo del camino, sostenía entre las manos un papiro sellado con el cartucho de Isis.
Horus lo leyó primero.
Vi cómo el color abandonaba su rostro antes de que pronunciara una sola palabra.
Baset, a su lado, no se movía. Pero la tensión de sus dedos cerrados sobre la tela de su vestido bastó para decirme que también había comprendido que aquella noticia no traía nada bueno.
—La ceremonia se adelanta —dijo Horus finalmente, sin mirarme—. La reina ha decidido que la unión se celebre en la próxima luna llena.
El silencio cayó sobre la orilla como una losa.
—Eso es... —Baset contó los días en voz baja, con los labios apretados— dentro de tres noches.
Tres noches.
El mundo entero se redujo a ese número.
Tres noches para dejar de pertenecerme. Tres noches para convertirme en esposa de Horus. Tres noches para fingir que lo ocurrido en la cueva no había cambiado nada, cuando mi cuerpo entero seguía recordando que, si Anubis se hubiera inclinado un poco más, yo no me habría apartado.
Sentí el agua enfriarse sobre mi piel.
O quizá fui yo.
Busqué a Anubis sin pensarlo, como si su rostro pudiera darme una respuesta que el resto del mundo me negaba. Lo encontré ya vestido, con el cabello oscuro todavía húmedo, algunas gotas resbalándole por la mandíbula y perdiéndose bajo el borde negro de su ropa. Me miraba.
No había burla.
No había indiferencia.
Eso fue lo que más me desarmó.
Había cálculo, sí, pero también algo más contenido, más grave, algo que él enterró tan deprisa que casi habría podido convencerme de que no lo había visto.
Mientras todos parecían desorientarse ante la noticia, Anubis no se desmoronaba.
No preguntaba. No protestaba. Ya estaba pensando.
Midiendo. Avanzando tres pasos por delante de todos, como si la decisión de Isis no fuera un final, sino el comienzo de otra guerra.
Y entonces sus ojos se encontraron con los míos.
Solo un instante.
Pero bastó.
No me dijo nada. No podía. Yo tampoco.
Entre nosotros quedaron la cueva, el agua, el casi beso, mi nombre en su boca y aquella ceremonia que ahora se acercaba como una condena.
Y, por primera vez, la idea de casarme con Horus no me pareció solo injusta. Me pareció imposible.