El chacal y la hija del sol Capítulo 8
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Capítulo 8

Viaje río arriba

El nuevo día comenzó con una invitación que, en apariencia, tenía la ligereza de un simple capricho, aunque en realidad reunía a demasiados dioses como para ser casual.

Había algo en aquella propuesta que no terminaba de parecer inocente, una intención silenciosa bajo la promesa de descanso, como si el viaje al manantial azul no fuera solo una excursión para escapar del calor, sino otra forma de observarnos lejos del palacio, sin muros,

sin protocolo y con menos posibilidades de esconder lo que cada uno intentaba disimular.

Horus lo propuso con esa seguridad tranquila que no necesitaba insistir demasiado para obtener una respuesta.

Describió el lugar con precisión suficiente para volverlo tangible: una extensión de agua imposible en mitad del desierto, protegida entre rocas claras, alimentada por manantiales subterráneos y tan apartada del ruido de Tebas que, según él,

hasta los pensamientos parecían llegar allí con menos peso.

Baset aceptó primero, con una naturalidad que no buscaba llamar la atención y, sin embargo, la atraía de todos modos.

Yo lo hice después, no tanto por la laguna ni por el descanso prometido, sino por esa inquietud cada vez más difícil de justificar que me empujaba hacia cualquier lugar donde pudiera estar él, aunque solo fuera para seguir recordándome que lo detestaba.

La embarcación avanzaba río arriba con una elegancia casi ceremonial, pero bajo aquella apariencia de descanso todo seguía teniendo forma de tablero.

Los dioses reían, bebían y conversaban como si el viaje al manantial azul fuera un simple capricho, aunque bastaba mirar con atención para descubrir las líneas invisibles que nos unían y nos separaban: Horus a mi lado con su cortesía impecable,

Baset intentando no brillar demasiado y Anubis al otro extremo de la cubierta, vestido de negro bajo una luz que parecía incapaz de tocarlo del todo.

Yo, en medio de todos, fingía pertenecer a una escena que llevaba años existiendo sin mí.

Horus no me ignoraba. Eso habría sido más sencillo de soportar.

Se acercaba de vez en cuando, me dirigía sonrisas correctas, me incluía en las conversaciones con una amabilidad impecable y parecía esforzarse por cumplir con el papel que todos esperaban de él.

Pero no me elegía. No de verdad. Su atención se movía con fluidez entre los presentes, se detenía en quien hablaba, celebraba una broma, respondía a una pregunta, rozaba mi presencia con la cortesía justa y luego, inevitablemente, volvía al mismo punto: Baset.

Era una inclinación del cuerpo apenas perceptible cuando ella decía algo.

Una sonrisa que aparecía antes de tiempo, como si sus palabras le llegaran antes que las de los demás.

Una forma distinta de escucharla, menos ceremonial, más viva.

Y Baset, aunque intentaba disimularlo, tampoco salía indemne.

Bajaba la mirada demasiado deprisa cuando Horus la observaba, se tocaba el borde de la manga con una inquietud casi invisible, respondía con una suavidad que no empleaba con nadie más.

No había nada explícito. Nada que pudiera señalarse sin parecer injusta.

Precisamente por eso resultaba tan difícil de ignorar.

—Estás más callada de lo normal —dijo Horus al situarse a mi lado, con un tono suave que habría resultado íntimo en cualquier otro momento, pero que ahora llegó tarde, como una atención concedida después de haber sido repartida en otra parte.

Giré el rostro hacia él y obligué a mi expresión a mantenerse ligera, aunque por dentro algo se había tensado con una precisión casi dolorosa.

—Quizá estoy aprendiendo a escuchar —respondí, dejando que la brisa moviera unos mechones sueltos junto a mi mejilla—. Dicen que es una virtud muy apreciada en una futura reina.

Horus sonrió, pero sus ojos no permanecieron del todo en los míos. Fue apenas un segundo, una desviación mínima hacia donde Baset reía con Sekhmet junto a la barandilla, y bastó para que mi propia sonrisa se volviera más frágil, más afilada.

—También dicen que una futura reina no debería esconderse detrás del silencio —replicó él con amabilidad.

—No me escondo.

—Entonces ¿qué haces?

Miré el agua durante un instante, observando cómo el sol se rompía en miles de destellos sobre la superficie del Nilo, y pensé que quizá lo único que hacía era intentar no mirar demasiado, no entender demasiado deprisa,

no aceptar que había verdades que se hacían visibles incluso cuando nadie las pronunciaba.

—Intento averiguar dónde empieza realmente mi lugar en todo esto —dije al fin, con más sinceridad de la que pretendía.

Horus no respondió enseguida. Su silencio fue educado, pero no vacío. Lo sentí observarme de una manera más atenta, como si acabara de descubrir que bajo mi comentario había algo que no podía resolver con una sonrisa correcta.

—Tu lugar está claro, Hathor.

La frase habría debido tranquilizarme.

En cambio, me dolió.

Porque sonó a deber. A destino. A decisión tomada antes de mí.

No a deseo.

Me obligué a mirar al río para no seguir mirando a Horus mirar a Baset. Pero el río tampoco me salvó, porque al levantar la vista hacia el otro extremo de la cubierta encontré algo peor: Anubis junto a Anukis.

Ella estaba demasiado cómoda en una cercanía que no parecía nueva.

Se inclinaba hacia él al hablar, reía cerca, apoyaba una mano sobre su pecho con una facilidad que no parecía pedir permiso, y él, lejos de apartarse como yo habría esperado, sostenía aquella proximidad con una calma distinta, menos afilada, más flexible.

Incluso sonrió. No fue una sonrisa amplia, pero fue real, y eso me molestó de una forma absurda, punzante, porque no se parecía en nada a la manera en que me miraba a mí.

Sentí una incomodidad extraña instalarse bajo las costillas y aparté la mirada con más brusquedad de la que habría querido reconocer.

Cuando la barca se acercó a la orilla, el murmullo de la cubierta se apagó casi sin que nadie lo ordenara.

El manantial azul apareció entre las rocas como una herida luminosa abierta en mitad del desierto: agua pura, imposible, tan intensa que no parecía reflejar el cielo, sino contenerlo.

Durante un instante nadie habló. Luego Horus rompió la quietud lanzándose al agua, y lo sagrado se convirtió en risas, salpicaduras y cuerpos brillando bajo el sol.

Todo cambió. El manantial dejó de ser silencio y se convirtió en movimiento, en cuerpos que se sumergían, se perseguían, se empujaban, apropiándose del espacio sin destruir su belleza.

Sobek avanzó con esa fuerza suya casi salvaje que levantaba el agua a su paso; Sekhmet descendió con una elegancia impecable incluso al dejarse envolver por ella; otros se dejaron caer en las zonas menos profundas, reclinándose contra la piedra,

cerrando los ojos como si el sol y el agua fueran suficientes.

Y Horus no tardó en encontrar a Baset.

Se acercó a ella con una facilidad demasiado medida como para ser casual, salpicándola sin previo aviso, provocando una risa inmediata que ella no intentó ocultar.

Baset respondió del mismo modo, inclinándose hacia él, empujándolo con una cercanía que ya no se molestaba en disimular del todo.

No se apartaban. No se corregían. No lo necesitaban.

Y eso lo decía todo.

Fue entonces cuando mi atención volvió a desviarse, casi contra mi voluntad.

Anukis.

Y él.

En el agua fue peor. Allí ya no había distancia, ni excusa de conversación, ni cortesía de grupo: Anukis se movía a su alrededor como si conociera de memoria el espacio que él permitía a muy pocos.

Se acercaba, lo rozaba, se apoyaba en él con una soltura provocadora, y Anubis no la rechazaba.

Esquivó una salpicadura suya con una media sonrisa apenas contenida antes de devolvérsela, inclinándose hacia ella para decir algo que no alcancé a escuchar, pero que bastó para que Anukis riera con más cercanía todavía.

Nada.

Y ese «nada» fue precisamente lo que más pesó.

Porque no había barrera. No había tensión. Solo una naturalidad que no le había visto nunca conmigo.

No bajé con calma. Cuando lo hice, fue rápido.

Demasiado. Me lancé al agua sin previo aviso, dejando que el frío me envolviera por completo, atravesándome con una intensidad que me arrancó el aire por un segundo, pero que agradecí precisamente por eso, porque anulaba todo lo demás.

Nadé sin mirar atrás, alejándome del grupo, del ruido, de ellos, buscando sin pensarlo demasiado un espacio donde todo aquello dejara de afectarme.

Y lo encontré.

No por casualidad.

Sino porque lo reconocí.

El sonido del agua cayendo se volvió más denso, más constante, cubriendo cualquier otra cosa, y cuando atravesé la cortina líquida sentí de inmediato el cambio: el mundo reduciéndose a algo más pequeño, más contenido, más íntimo, como si aquel lugar no estuviera hecho para ser compartido,

sino para esconderse en él.

La pequeña cueva se abría tras la cascada con una belleza distinta, menos evidente, más silenciosa. La piedra suavemente pulida brillaba bajo la superficie como si guardara luz propia, proyectando reflejos irregulares sobre el agua que se movían con una cadencia casi hipnótica.

Me dejé caer allí, apoyando la espalda contra la roca, permitiendo que el agua me rodeara con una temperatura distinta, más cálida, más amable, y por primera vez desde que habíamos llegado respiré de verdad.

Hasta que bajé la mirada.

El reflejo me devolvió una imagen fragmentada: el cabello castaño pegado a los hombros, el rostro más suave que imponente, los ojos oscuros, los labios demasiado visibles. No era Baset. Nunca lo había sido. Y, por primera vez, aquella diferencia no me pareció únicamente una carencia.

—Bonito sitio para desaparecer.

Su voz atravesó ese momento con una precisión irritante, rompiendo la calma sin necesidad de elevar el tono, y cuando levanté la mirada, él ya estaba allí, dentro del agua, lo bastante cerca como para que su presencia alterara de nuevo el equilibrio que acababa de encontrar.

Anubis.