El chacal y la hija del sol Capítulo 7 #3
24%

Capítulo 7 #3

—No sabemos qué ha pasado ahí dentro —dijo al fin, señalando con la barbilla hacia el ala del palacio donde se celebraban las cenas reales—, porque tu encantadora tía prefiere tragarse una serpiente antes que dejarnos cruzar esas puertas, pero tienes cara de haber soportado una noche de mierda.

Unar asintió con solemnidad fingida.

—Una de esas noches en las que alguien dice algo elegante, todos sonríen como si no quisieran arrancarse la piel y tú acabas deseando prender fuego al protocolo entero.

Anubis los miró con una calma peligrosa.

—Qué imagen tan precisa para dos hombres que no estaban allí.

Geb sonrió.

—No necesitamos estar. Te conocemos.

—Y los sirvientes hablan —añadió Unar, encogiéndose de hombros—. No detalles, por supuesto. Solo lo suficiente para saber que Isis volvió a tocar donde no debía.

La mandíbula de Anubis se tensó apenas.

Muy poco.

Pero ambos lo vieron.

Unar suavizó la voz, aunque no abandonó del todo la burla.

—Así que necesitas distraerte.

—Necesito silencio —respondió Anubis.

—Eso no existe cuando estás así —dijo Geb—. Cuando estás callado haces más ruido que media corte discutiendo por un trono.

—Pero tenemos algo mejor —añadió Unar.

Anubis arqueó una ceja.

—Temo preguntar.

Geb sonrió.

—Vino.

Unar continuó:

—Música.

Y ambos, con una sonrisa descarada que no borraba el respeto profundo que había debajo de toda aquella insolencia, añadieron a la vez:

—Y compañía.

Anubis cerró los ojos un instante, como si estuviera reuniendo paciencia de algún rincón remoto del inframundo.

—No.

—Sí —respondieron los dos sin dudar.

—No tengo ganas.

—Nos importa poco.

—No me interesa.

—Eso también vamos a ignorarlo.

Geb se acercó un paso más y levantó un dedo hacia él, aunque tuvo la inteligencia de no tocarlo todavía. Anubis bajó la mirada hacia el gesto con una lentitud peligrosa y después volvió a alzarla, clavando en él una de esas miradas que habrían hecho retroceder a cualquiera.

—Te vienes.

—Cuidado —advirtió Anubis, con una suavidad más amenazante que cualquier grito—. Empieza a parecer una orden.

La sonrisa de Geb no desapareció, pero se afiló lo justo para reconocer la línea invisible sobre la que estaba caminando.

—Ni se nos ocurriría.

Unar negó con la cabeza, divertido.

—Jamás daríamos órdenes a quien gobierna el inframundo.

Hizo una pausa mínima.

—Pero sí podemos arrastrarlo.

Eso consiguió algo. No una risa, porque Anubis no concedía victorias tan fácilmente, pero sí una leve curvatura en la boca, casi imperceptible, que suavizó durante un segundo la dureza de su expresión.

—Insistís más de lo recomendable.

—Siempre —respondió Geb.

—Es parte de nuestro encanto —añadió Unar.

Anubis los observó durante unos segundos, como si estuviera evaluando no la propuesta, sino lo que ambos intentaban hacer con ella. No habían venido a ofrecerle una copa. Habían venido a impedir que se quedara solo con todo lo que no pensaba decir.

Y entonces, como si alguien hubiese abierto una puerta que no debía, Hathor apareció en su mente sin permiso.

Su mirada directa. Su forma de sostenerle el pulso. La rabia en su voz. La manera insoportable en que parecía afectada por todo y, aun así, se negaba a bajar la cabeza. Esa incomodidad que no era rechazo, aunque ella intentara vestirla de desprecio.

Anubis apretó la mandíbula apenas.

Unar lo notó.

—Ahí está —murmuró.

Geb entornó los ojos, divertido.

—Entonces con más razón.

Dio un pequeño golpe en su pecho, esta vez sí, confiado en que Anubis no le rompería la mano por hacerlo.

—Te vienes. Te sacamos de aquí, bebes algo decente, escuchas música que no parezca elegida por Isis para torturar a media corte y, durante unas horas, dejas de comportarte como si cargaras con todas las sombras de Egipto sobre los hombros.

Unar asintió, más serio bajo la sonrisa.

—Has tenido una noche de mierda. Y cuando tienes una noche de mierda, no te dejamos solo. Es una norma.

Anubis los miró a ambos. Primero a Geb. Luego a Unar. En sus ojos seguía habiendo oscuridad, sí, pero también algo que no solía permitir que nadie viera: cansancio.

Durante un segundo nadie habló.

Después, finalmente, exhaló por la nariz con una paciencia vencida.

—Solo un rato.

Unar sonrió de inmediato.

—Eso siempre dicen.

—Y nunca lo es —añadió Geb.

Anubis los sostuvo con la mirada, recuperando parte de esa autoridad que, incluso entre ellos, seguía siendo imposible ignorar.

—Mentís con demasiada frecuencia.

Geb se encogió de hombros.

—Por eso sigues confiando en nosotros.

Esta vez Anubis no respondió. No hacía falta.

La respuesta estaba en que no los echara de allí, en que aceptara moverse cuando cualquier otro habría sido despedido con una sola mirada, en que caminara entre ellos hacia la salida como si, por un instante, pudiera permitirse dejar que otros cargaran con el peso de mantenerlo en pie.

Los tres abandonaron el silencio del palacio juntos, no como príncipe y acompañantes, ni como señor y súbditos, sino como lo que realmente eran cuando nadie de la corte los observaba: tres hermanos elegidos, unidos por una lealtad que ninguna reina,

ningún trono y ninguna noche de mierda podría manipular del todo.