Capítulo 7 #2
Los pasos resonaron firmes antes de que ambos aparecieran en el umbral: altos, imponentes, con esa belleza salvaje que no pedía permiso, y unos ojos de oro líquido que parecían brillar incluso en la sombra.
Geb entró primero, con esa sonrisa peligrosa que siempre llevaba, como si todo fuera un juego.
Unar detrás, más contenido, pero con la misma chispa afilada en la mirada.
Dos depredadores. Dos sombras leales. Dos chacales disfrazados de hombres.
Y los únicos a los que Anubis nunca iba a apartar.
—Míralo... —murmuró Geb al verlo, frenándose a unos pasos con esa media sonrisa cargada de ironía que solo se permitía quien había sobrevivido demasiadas veces al peor carácter de Anubis y aun así seguía dispuesto a acercarse—.
Quieto, callado, pensando demasiado... cuando se queda así, o está decidiendo el destino de alguien o está a punto de hacer que todos lamentemos haber nacido.
Unar soltó una risa baja mientras se aproximaba por el otro lado, sin la rigidez ceremoniosa con la que los demás solían tratar al príncipe, aunque tampoco con verdadera irreverencia.
Con Anubis, la confianza no borraba el respeto; simplemente lo vestía de otra forma.
Ellos podían provocarlo, burlarse de su mal humor, incluso desafiarlo con comentarios que a cualquier otro le habrían costado algo más que una mirada helada, pero había una línea invisible entre los tres que ninguno necesitaba mencionar para saber dónde estaba.
No eran simples amigos. No exactamente.
Geb y Unar eran lo más parecido a hermanos que Anubis había elegido tener.
Habían crecido compartiendo entrenamientos, secretos, heridas, castigos y silencios; habían aprendido a leerlo cuando nadie más podía hacerlo y a quedarse cuando cualquier otro habría preferido apartarse.
Por eso se permitían acercarse incluso cuando su presencia imponía distancia.
Por eso podían bromear con él sin que aquello sonara a falta de respeto.
Y por eso Anubis, que no confiaba con facilidad en nadie, les había entregado algo mucho más valioso que afecto: una fe absoluta.
Si alguno de ellos le decía que saltara al vacío, Anubis preguntaría desde qué altura solo después de haberlo hecho.
—O acaba de dictar sentencia sobre medio mundo... —añadió Unar, rodeándolo con esa parsimonia tranquila de quien conoce al depredador y sabe que no va a morderlo—, o se le ha hecho grande el palacio.
Se detuvo frente a él y realizó una reverencia exagerada, casi teatral, inclinando la cabeza con una solemnidad tan falsa que habría resultado insolente en cualquier otro. En él, sin embargo, era otra forma de afecto.
—Decidnos, su alteza real... ¿el trono pesa hoy más de lo habitual?
Anubis alzó la mirada con calma, sin prisa, dejando que el silencio se asentara entre ellos antes de responder.
Sus ojos verdes se posaron primero en Geb, después en Unar, y aunque su expresión permaneció impasible, algo en la tensión de sus hombros cedió apenas.
Con otros, habría bastado aquella mirada para hacerlos retroceder.
Con ellos no. Ellos la sostuvieron, no por arrogancia, sino porque sabían leer lo que el resto no veía: el cansancio bajo la frialdad, la ira contenida bajo la calma, el hombre bajo el príncipe.
—El trono no pesa —respondió al fin, con esa voz grave y baja que obligaba a escuchar incluso cuando no pretendía imponerse—. Pesa aquello que lo rodea.
Geb ladeó la cabeza, atento ya sin disimulo. Unar dejó de sonreír del todo, porque los dos supieron, en el mismo instante, que aquella conversación había dejado de ser una burla para convertirse en algo más serio.
Anubis apartó la vista hacia el corredor, allí donde la luz de las antorchas temblaba sobre los relieves del palacio, y durante un momento pareció escuchar algo que no estaba allí: pasos antiguos, órdenes veladas, la voz de Isis moviendo piezas incluso desde la distancia.
—Y mi tía insiste en ocupar demasiado espacio... incluso cuando no está presente.
Geb dejó escapar un suspiro breve, más cansado que divertido, y se apoyó contra una columna cercana con la confianza de quien sabía que no sería expulsado por ocupar un lugar demasiado próximo.
Unar, en cambio, cruzó los brazos y observó a Anubis con atención, sin interrumpirlo.
La broma había cumplido su función: abrir una puerta. Ahora venía lo que importaba.
—Isis nunca ocupa espacio por accidente —dijo Geb, más serio—. Si hoy ha movido algo, es porque espera que alguien reaccione.
—Y si tú estás aquí, quieto, pensando como si fueras a partir el palacio en dos —añadió Unar—, es porque ya sabes qué pieza ha tocado.
Anubis no respondió enseguida. La mirada se le endureció, y eso bastó para que ambos comprendieran que habían acertado. Ninguno insistió. No hizo falta. Entre ellos, los silencios también hablaban.
Durante unos segundos, el único sonido fue el crepitar de las antorchas y el eco lejano del palacio al otro lado de los muros.
Anubis podía mostrarse impenetrable ante la corte, ante su madre, ante su propia familia si era necesario, pero no con ellos del todo.
Con Geb y Unar no necesitaba explicar cada sombra. Ellos ya sabían dónde mirar.
—Hablad —ordenó finalmente, apoyando una mano sobre el respaldo del sillón con una calma que no admitía evasivas—. Si habéis venido hasta aquí, no habrá sido solo para recordarme que sigo siendo encantador cuando estoy de mal humor.
Unar sonrió de lado.
—Encantador no era la palabra que pensaba usar.
—Y por eso sigues vivo —replicó Anubis sin mirarlo.
Geb soltó una carcajada, breve y sincera, pero incluso esa risa tuvo algo contenido, porque bajo el humor seguía latiendo la lealtad que los unía.
Podían desafiarlo, sí. Podían sacarlo de quicio.
Pero si alguien atravesaba aquella puerta con intención de dañarlo, los dos se pondrían delante antes de que Anubis tuviera que pedirlo. Y él lo sabía. Lo sabía desde siempre.
Unar soltó una risa baja, aunque en sus ojos había más atención que diversión, y se cruzó de brazos mientras observaba a Anubis con el cuidado de quien no necesitaba haber estado presente para comprender que algo había ocurrido.
Ellos no habían asistido a la cena. Isis jamás habría permitido que entraran en un salón reservado a la familia real y a sus invitados de linaje; para ella, Geb y Unar no eran más que sombras útiles, hombres de confianza de Anubis, quizá necesarios,
pero siempre por debajo de aquello que consideraba digno de sentarse a su mesa.
Los toleraba porque sabía que él los quería, y porque incluso ella era lo bastante inteligente como para no provocar abiertamente a quienes el príncipe del inframundo protegía como sangre propia.
—Deberíamos invitarla —añadió Unar, fingiendo una seriedad impecable—. Un poco de vino, algo de música, quizá una conversación que no gire en torno al linaje de nadie... quién sabe, tal vez deje de conspirar durante cinco minutos.
Anubis arqueó ligeramente una ceja. El gesto fue mínimo, apenas una alteración en la dureza de su rostro, pero bastó para que ambos supieran que los estaba escuchando más de lo que fingía.
Seguía junto al balcón abierto, con la mirada perdida en algún punto del patio interior y el cuerpo tan inmóvil que parecía formar parte de la piedra.
Había algo en él esa noche que no pertenecía a su frialdad habitual; una tensión más densa, más cerrada, como si algo ocurrido tras aquellas puertas a las que ellos no habían tenido acceso se le hubiera quedado incrustado bajo la piel.
—Si alguna vez deja de hacerlo —replicó con precisión, sin apartar la vista del exterior—, será porque ya no le queda nada por manipular.
Geb chasqueó la lengua y negó despacio, aunque su sonrisa no terminó de desaparecer.
—Qué romántico. Me tranquiliza saber que todo está bajo control.
—Sobre todo el caos —añadió Unar.
Anubis giró apenas el rostro hacia ellos, y la luz dorada de las lámparas le rozó un lado de la cara, revelando la frialdad de sus ojos y el cansancio que intentaba esconder detrás de esa expresión impenetrable.
—Especialmente el caos.
Hubo un breve silencio, no incómodo, sino medido; una pausa de esas que solo existen entre quienes han compartido demasiados años como para necesitar llenar cada vacío.
Geb y Unar se miraron apenas un instante.
Lo conocían. Sabían cuándo su ironía era solo una forma de mantenerlos cerca y cuándo se convertía en una muralla levantada para que nadie pudiera tocar lo que había debajo.
Unar fue el primero en romper la distancia. Dio un paso hacia él y le propinó un leve golpe en el hombro, un gesto de hermano más que de amigo, lo bastante familiar para ser afectuoso y lo bastante cuidadoso para no invadirlo más de lo necesario.
—Estás demasiado serio.
—Y eso, viniendo de ti, es preocupante —añadió Geb, acercándose también con esa prudencia natural de quien sabe perfectamente cuándo puede bromear y cuándo conviene estar preparado para sujetar a alguien antes de que caiga.
—Y aburrido —remató Unar.
Anubis cruzó los brazos con lentitud. No se apartó del ventanal ni les concedió la satisfacción de una reacción demasiado evidente, pero la forma en que sus dedos se cerraron sobre su propio brazo reveló que algo de aquella insistencia sí había atravesado la superficie.
—Estoy perfectamente.
Geb y Unar se miraron. Luego lo miraron a él. Y, al mismo tiempo, con esa coordinación irritante que solo nacía de años compartidos:
—No.
Una sombra de ironía cruzó el rostro de Anubis, muy leve, casi imperceptible, pero suficiente para que Geb sonriera con un triunfo silencioso.
—Vuestra capacidad de observación sigue siendo cuestionable.
—Y aun así nos necesitas —replicó Geb.
—O sobrevivirías bastante peor sin nosotros —añadió Unar, dejando que la broma escondiera una verdad que ninguno de los tres necesitaba explicar.
Anubis no respondió a eso. No hacía falta. Había cosas que jamás admitiría en voz alta, y esa era una de ellas. Si el mundo se volvía contra él, Geb y Unar se pondrían a su lado incluso antes de preguntar contra quién había que luchar.
Geb ladeó la cabeza, observándolo mejor.