Capítulo 7
Donde callan los vivos
El silencio que siguió a la salida de Anubis no terminó en el salón.
Se lo llevó consigo. Atravesó los corredores del palacio con paso firme, pero no apresurado, como si cada movimiento estuviera sometido a un control absoluto que solo conseguía hacer más evidente la tensión que lo recorría por dentro.
No se detuvo ante los guardias, no escuchó los saludos, no miró a nadie.
Y, sin embargo, todos lo miraban a él. Porque algo había cambiado. Y todos lo habían sentido.
No fue hasta que alcanzó una de las galerías interiores, abierta hacia los jardines nocturnos, cuando su paso perdió por fin esa rigidez casi ceremonial.
El aire era más fresco allí, más limpio, y la luna dibujaba sombras alargadas sobre la piedra clara, pero ni siquiera eso consiguió aliviarle del todo.
Se detuvo. Apoyó ambas manos sobre la balaustrada. Cerró los ojos un instante. Y entonces la oyó.
—Siempre eliges los lugares donde el aire duele menos.
No se giró de inmediato. No hacía falta.
—Y tú siempre sabes encontrarlos —respondió, sin elevar la voz.
Los pasos de Nefthis fueron suaves, medidos, y aun así él los percibió con una intensidad distinta a la de cualquier otro sonido. Cuando por fin se situó a su lado, no invadió su espacio. No lo tocó. No lo miró directamente al principio. Solo permaneció allí. Con él.
—Has reaccionado como tu padre —dijo con una leve inclinación de cabeza—. Rápido... y sin preocuparte por las consecuencias inmediatas.
Anubis soltó una exhalación corta, cargada de algo demasiado cercano al enfado como para disfrazarse de ironía.
—No he reaccionado como él. —Abrió los ojos, mirando hacia la oscuridad del jardín—. He reaccionado como alguien que está cansado de que se decida por los demás como si fueran piezas de un tablero.
—No hablabas solo de Baset.
No fue una pregunta.
Anubis apretó ligeramente la mandíbula.
—No.
Un silencio breve se instaló entre los dos, pero no era incómodo. Era denso, antiguo, lleno de cosas que no necesitaban decirse en voz alta.
Nefthis lo observó entonces de reojo.
—Tu padre ha ido tras de ti.
—Lo sé.
—Y aun así no te has detenido.
—Porque si me detenía —dijo él, girando lentamente la cabeza hacia ella—, habría dicho cosas de las que luego no podría retractarme.
Nefthis sostuvo su mirada un par de segundos, como si buscara en ella algo más allá de las palabras.
Anubis no se volvió de inmediato, como si necesitara un segundo más para desprenderse de todo lo que arrastraba desde el salón, pero cuando lo hizo, la tensión en su mirada no desapareció, aunque sí se transformó ligeramente al encontrarse con ella.
—No me he ido —respondió, en un tono bajo, todavía cargado de esa dureza que no era del todo enfado, sino más bien contención—. Solo necesitaba un momento.
Nefthis lo observó con una serenidad que en cualquier otra persona habría parecido calculada, pero que en ella resultaba natural, casi inevitable, porque nunca se había visto afectada por aquella forma de imponerse al mundo que tanto condicionaba a los demás,
nunca había medido sus palabras ni evitado su mirada, y precisamente por eso él tampoco sentía la necesidad de hacerlo frente a ella.
—Eso se llama marcharse, aunque no quieras admitirlo —replicó con suavidad, acercándose lo justo para compartir el mismo espacio sin invadirle—, sobre todo cuando lo haces para no decir en voz alta lo que ya has decidido por dentro.
Anubis dejó escapar una exhalación lenta, larga, como si esas palabras hubieran tocado algo más profundo de lo que estaba dispuesto a reconocer.
—Si me quedaba... habría empeorado las cosas.
—¿Para quién? —preguntó ella, sin acusación, solo con una curiosidad tranquila que obligaba a responder con honestidad.
Él sostuvo su mirada unos segundos.
—Para ti.
La respuesta no fue inmediata. No porque no la tuviera. Sino porque pesaba.
Nefthis ladeó ligeramente el rostro, observándolo con una atención más íntima.
—No soy yo a quien estabas conteniendo allí dentro.
—Pero sí eres a quien pueden herir con todo eso.
Hubo algo en la forma en que lo dijo —en esa mezcla de firmeza y preocupación apenas disimulada— que hizo que la expresión de Nefthis se suavizara todavía más, como si, pese a todo lo que había visto y vivido, ese gesto seguía sorprendiéndola de alguna manera.
—Anubis...
Él negó levemente, antes de que ella pudiera continuar.
—No quiero que Isis vuelva a arrastrarte —añadió, más bajo, pero con una intensidad mucho más clara—, no quiero que vuelvas a encontrarte en medio de decisiones que no has tomado y que, aun así, terminan marcando tu vida como si lo hubieras hecho.
El silencio que siguió fue más profundo, más lento, cargado de una historia que ninguno de los dos necesitaba detallar para entenderse.
Nefthis no apartó la mirada. No la esquivó.
—Eso ya ocurrió —respondió finalmente, con una calma que no negaba el pasado, sino que lo sostenía sin quebrarse—. No va a repetirse de la misma manera.
Anubis frunció apenas el ceño.
—Porque tú no lo permitirás.
Ella negó con suavidad.
—Porque ahora elijo.
Esa simple diferencia cambió el matiz de toda la escena. Y él lo entendió.
—Isis seguirá intentando decidir por los demás —insistió él—, seguirá empujando, sugiriendo, ordenando... como si todo debiera encajar según lo que ella considera correcto.
—Lo hará —admitió Nefthis sin rodeos—. Es lo único que sabe hacer.
Un leve silencio.
—Pero eso no significa que tenga el mismo poder que antes.
Anubis la observó con atención, como si tratara de medir hasta qué punto aquello era una convicción... o una defensa.
—Lo tuvo contigo.
—Lo tuvo cuando yo no elegía.
Y ahí estaba la diferencia. Clara. Inamovible.
—Ahora sí lo hago —continuó, sin elevar la voz, pero con una firmeza tranquila que no necesitaba imponerse—. Estoy aquí porque quiero estar, porque, a pesar de todo lo que ha pasado, a pesar de lo que podrían opinar o esperar de mí... sigo eligiendo quedarme.
Anubis no apartó la mirada.
—Por él.
Nefthis no dudó.
—Por tu padre.
El nombre no hizo falta. La certeza sí.
—Lo amo —añadió, y no hubo orgullo ni defensa en esa palabra, solo una verdad limpia, profundamente asumida—, y eso es algo que ni Isis, ni nadie, puede convertir en una estrategia.
Aquella afirmación recorrió algo dentro de Anubis que no supo definir con exactitud, pero que tuvo el efecto inmediato de desarmar parte de su tensión, como si al escucharla dijera en voz alta lo que él no podía proteger por sí mismo.
—Entonces no dejes que interfiera —dijo, más bajo—. No quiero que tenga la oportunidad de hacerlo.
Nefthis dio un pequeño paso hacia él y apoyó la mano en su brazo con una suavidad que contrastaba con la rigidez que aún lo atravesaba.
—No la tiene —dijo con calma—. Y no la tendrá mientras yo siga decidiendo por mí.
Los ojos de Anubis descendieron un instante hacia ese contacto, y algo en su expresión se tensó menos, apenas, pero lo suficiente para que ella lo percibiera.
—Aun así, hablaré con ella —añadió Nefthis—. Le pediré que se calme.
—No.
La respuesta fue inmediata, firme, pero no brusca, porque lo que la sostenía no era la imposición sino la preocupación.
—No quiero que lo hagas —repitió, mirándola de frente—. No quiero que tengas que colocarte delante de eso por mi culpa.
Ella sostuvo su mirada sin ceder.
—No es por tu culpa.
—Siempre termina siéndolo.
—No.
Y esta vez hubo una determinación más clara en su voz.
—Lo que ocurre no nace de ti, Anubis. Tú solo lo haces visible.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo, porque esa afirmación no lo enfrentaba: lo aliviaba.
—Déjame elegir también esto —añadió con suavidad—. Déjame decidir hasta dónde quiero implicarme.
Anubis dudó un instante, muy leve, casi imperceptible.
—No depende de ti con quién esté —dijo finalmente, más bajo—, ni de ella... ni de nadie.
Tomó aire.
—Cuando llegue el momento, será decisión mía.
Nefthis asintió sin vacilación.
—Lo sé.
Y, tras un segundo, añadió con una calma que lo desarmó por completo:
—Y aceptaré a quien elijas.
No hubo matices. No hubo condiciones. Solo aceptación.
Anubis la miró en silencio, y por primera vez desde que había abandonado el salón, la tensión que lo sostenía perdió parte de su rigidez, no porque desapareciera, sino porque dejó de ser necesario sostenerla con la misma fuerza frente a ella.
—Quiero que estés bien —dijo entonces, en voz baja, sin rodeos.
Nefthis entrelazó suavemente sus dedos con los suyos.
—Y yo quiero que seas libre.
El silencio que quedó no oprimía. No pesaba.
Porque, en medio de todo lo demás, había algo que no estaba en discusión, que no dependía de nadie más, que no podía ser manipulado ni utilizado.
Ellos. Y la forma en que, incluso cuando todo a su alrededor intentaba imponerse, seguían eligiéndose sin reservas.
Anubis no se movió cuando su madre se marchó.
Se quedó exactamente donde ella lo había dejado, con el eco de su voz aún suspendido en el aire y esa sensación incómoda, casi invisible, de que algo en su interior se había tensado más de lo debido.
El palacio volvió a cerrarse sobre él, silencioso, solemne, insoportable.
Apoyó el peso contra una columna, pasando el pulgar por el anillo dorado sin pensarlo realmente, con la mirada perdida en algún punto lejano.
Y entonces, sin previo aviso, el silencio se rompió.
—Te juro que si tengo que escuchar otra conversación más sobre su «virtud» me arrojo al Nilo con una piedra al cuello —decía una voz, cargada de burla—. No hay criatura más peligrosa que una mujer aburrida en palacio.
—Mentira —respondió otra—. La criatura más peligrosa eres tú cuando decides llevártelas a todas a la cama.
—¿Yo? Por favor... yo solo trato de que disfruten de mi presencia.
—No, dices barbaridades.
—¿Sabes que las de hace dos lunas eran trillizas?
Las risas fueron profundas, descaradas, completamente fuera de lugar en aquel sitio... y cada vez más cercanas. Anubis no necesitó girarse para saber quiénes eran.