Capítulo 6 #2
Y aquella insistencia, en medio de una conversación que debería haber girado en torno a Baset y Horus, me descolocaba con una violencia difícil de explicar.
—No deseo ninguna esposa —añadió—, y desde luego no voy a sentarme aquí a escuchar cómo se decide la vida de otra persona por puro entretenimiento cortesano.
Nefthis no dijo nada, pero la forma en que lo miró reveló tanto alivio como preocupación.
Baset, por su parte, parecía más afectada por la intervención de Isis que por la negativa de Anubis, y eso me confirmó algo que ya no podía seguir negando: si la reina empujaba aquella posibilidad con tanta insistencia, era porque ya sospechaba que el verdadero peligro para sus planes no era Anubis,
sino Horus.
—Madre —intervino finalmente Horus, con una firmeza más visible ahora—. No te precipites con Baset. Ya encontrará a alguien adecuado.
No la miró al decirlo. O, mejor dicho, no la miró directamente, lo cual resultó todavía más elocuente. Porque todos lo entendimos. Él también estaba conteniéndose. Él también estaba eligiendo las palabras para no decir lo que no debía.
Yo bajé la vista. Y por primera vez desde que había entrado en aquel salón, me sentí estúpidamente expuesta.
Era la diosa del amor. Y ni siquiera iba a casarme por amor.
Ni siquiera iba a ser deseada en el modo en que una parte ingenua de mí, por absurda que fuera, había esperado alguna vez.
Yo era la solución correcta. La figura adecuada. La hermana equivocada.
Aquella certeza me oprimió la garganta hasta hacerme respirar mal. Apreté los dedos alrededor de la copa. Y fue entonces cuando volví a sentirlo. La mirada de Anubis. Pesada. Constante. Quemándome la piel como si pudiera tocarme desde el otro lado de la mesa.
Alcé los ojos hacia él. Y allí estaba. No sonreía ya. No se burlaba. Me observaba con una intensidad casi insoportable, como si quisiera arrancarme por la fuerza aquello que yo me empeñaba en ocultar delante de todos.
Perdí la paciencia. Quizá con él. Quizá conmigo. Quizá con el destino entero.
—¿Tenéis algo que decirme? —pregunté sin alzar demasiado la voz, pero lo bastante para que quienes nos rodeaban dejaran de fingir que no estaban atentos.
El silencio volvió a cerrarse sobre la mesa. Anubis no apartó la mirada.
—Muchas cosas —respondió despacio—, pero no creo que esta mesa sea el lugar adecuado para todas ellas.
El calor me subió a las mejillas con una violencia que odié.
—Entonces dejad de mirarme como si las estuvierais pronunciando igualmente.
Anubis apoyó un antebrazo sobre la mesa, relajado en apariencia, aunque la tensión que lo atravesaba era ya demasiado visible para quien quisiera verla.
—¿Y por qué iba a dejar de hacerlo si eres tú quien no ha dejado de buscarme toda la noche?
El golpe fue directo, brutal y completamente deliberado. Horus se tensó a mi lado. Baset alzó la cabeza. Isis frunció el ceño. Y yo sentí que todo lo que había tratado de contener durante la cena se resquebrajaba de golpe.
La palabra salió de labios de Anubis en un tono bajo, contenido, pero con una firmeza tan cortante que no necesitó elevar la voz para imponerse sobre la mesa entera, y aun así lo verdaderamente inquietante no fue cómo lo dijo, sino lo que hizo inmediatamente después,
porque no añadió ni una sola palabra más, no quiso explicarse, no quiso sostener la conversación ni discutir con su madre delante de todos; simplemente se puso en pie.
Lo hizo de un movimiento seco, repentino, apartando la silla hacia atrás con un sonido áspero que rasgó el murmullo del salón y dejó a todos los presentes inmóviles durante un instante interminable,
como si nadie hubiera estado preparado para ver al dios Anubis perder la compostura de una manera tan visible y, al mismo tiempo, tan contenida.
No hubo gritos. No hubo reproches. No hubo amenaza.
Solo esa decisión abrupta de levantarse y abandonar la mesa, que resultó mucho más violenta que cualquier estallido, porque en ella había una tensión tan evidente, tan difícil de ocultar, que hasta el aire pareció volverse más pesado alrededor de su figura.
Yo sentí el calor subirme de golpe al rostro.
No poco a poco, no como un rubor leve, sino como una oleada brusca, humillante, que me encendió las mejillas en el mismo instante en que comprendí que aquella reacción no se debía únicamente a las palabras de Isis ni a la insinuación sobre Baset, sino a algo mucho más complejo, más denso,
más peligroso, algo que latía por debajo de toda aquella cena y que, por alguna razón que no me atrevía a nombrar, también pasaba por mí.
Anubis no miró primero a su madre. Ni a Nefthis.
Ni siquiera a Horus. Me miró a mí. Fue apenas un instante, un segundo contenido y feroz, pero bastó para que me quedara clavada al asiento, con la sensación absurda de que todo el salón había desaparecido y de que solo quedaba aquella mirada, dura, tensa,
cargada de algo que no supe leer del todo y que precisamente por eso me perturbó todavía más.
Horus fue el primero en reaccionar, aunque en su voz había más desconcierto que autoridad cuando dio un pequeño paso hacia él.
—Hermano... —empezó, como si pretendiera frenarlo sin empeorar la situación.
Pero Anubis ni siquiera se detuvo. Ni lo miró.
Tomó aire una sola vez, con la mandíbula tan rígida que parecía estar conteniéndose a duras penas, y echó a andar, obligando a todos los presentes a seguirlo con la vista mientras atravesaba el lado de la mesa con una frialdad que, esta vez, no tenía nada de teatral ni de arrogante,
sino algo mucho más cercano al enfado real.
El rey Osiris se levantó inmediatamente después.
No esperó. No intentó mantener la apariencia de la cena.
No fingió que aquello podía resolverse permaneciendo sentado.
Fue casi instintivo, como si para él resultara imposible permitir que Anubis abandonara el salón en ese estado y solo, y esa reacción, por rápida y poco calculada, dejó más claro que cualquier explicación lo que su hijo significaba para él.
—Disculpad a mi hijo... —dijo, mirando a la mesa con una gravedad que apenas disimulaba la preocupación—. Hay momentos en los que insistir no mejora las cosas.
No fue una reprimenda. Ni una censura. Fue una forma de cubrirlo.
De protegerlo. De levantarse tras él sin dar explicaciones más profundas.
Porque si algo quedó claro en aquel momento fue que Anubis, con todo lo difícil, incómodo e indomable que pudiera resultar, seguía siendo la mayor debilidad del rey, la única persona en toda aquella sala capaz de hacerlo abandonar una cena oficial sin preocuparse demasiado por el juicio del resto.
Isis permaneció sentada. Muy recta. Muy quieta.
Pero la dureza con la que siguió la marcha de ambos, primero la de Anubis y después la del rey, dejaba claro que aquella reacción no había entrado en sus planes y que, por encima de la incomodidad del momento, había algo que le molestaba incluso más:
la certeza de que no tenía el mismo poder sobre Anubis que sobre los demás.
El silencio que quedó tras su marcha fue espeso, incómodo, casi físico.
Nadie se atrevió a retomar la conversación.
Nadie encontró el comentario adecuado. Ni siquiera Sobek, que siempre parecía tener uno.
Baset mantenía la mirada baja, demasiado tensa, demasiado quieta, y yo no sabía si lo que veía en ella era desconcierto, culpa o una mezcla insoportable de ambas cosas.
Horus, a mi lado, seguía sin moverse, pero algo en su postura había cambiado, como si aquella salida abrupta de su hermano le hubiera dejado no solo incómodo, sino también expuesto, forzado a mirar de frente algo que quizá había tratado de mantener bajo control durante toda la noche.
Yo no podía respirar bien. Notaba el pecho lleno, demasiado lleno, y un nudo apretándome la garganta con una fuerza casi dolorosa, mientras seguía sintiendo en la piel el peso de la última mirada de Anubis, tan viva como si aún la tuviera delante de mí.
Dejé la copa sobre la mesa con sumo cuidado, aunque me temblaban los dedos, y me puse en pie con una lentitud que apenas lograba contener el desorden que me recorría por dentro. No podía seguir allí. No un minuto más.
—Disculpadme... —dije, y mi propia voz me sonó más lejana de lo que esperaba—. Estoy muy cansada de la carrera...
No miré a nadie en concreto. No pedí permiso. No esperé respuesta. Y nadie me detuvo.
Salí del salón con la sensación de que el aire me faltaba a cada paso, con una mezcla insoportable de vergüenza, rabia y tristeza oprimiéndome por dentro hasta tal punto que ni siquiera supe cuándo empecé a caminar deprisa,
solo que no me detuve hasta que cerré la puerta de mi habitación y me quedé al otro lado, apoyada contra la madera, intentando recuperar una respiración que no terminaba de obedecerme.
Solo entonces me permití pensar con claridad. Solo entonces me atreví a nombrar lo que aquella cena había dejado al descubierto de la forma más cruel.
Horus no me amaba. No me había amado. Y, probablemente, no llegaría a hacerlo nunca.
Tal vez me respetara, tal vez me considerara adecuada para ocupar el lugar que se esperaba de mí, tal vez me viera como una futura reina digna y amable, pero nada de eso se parecía al amor y, desde luego, tampoco al deseo verdadero.
Su inclinación era otra. Mucho más clara de lo que yo había querido admitir. Hacia Baset.
Y por doloroso que resultara asumirlo, no podía odiarlo por ello. Porque mi hermana encajaba mejor. Porque su luz era imposible de ignorar. Porque incluso yo, herida y contrariada como estaba, deseaba que ella pudiera llegar a ser feliz.
Me dejé caer sobre la cama y cerré los ojos, intentando que el agotamiento del día me arrastrara por fin al silencio, pero ni el cansancio ni la quietud consiguieron aliviarme, porque bajo todo lo demás seguía latiendo otra verdad, más caprichosa y peligrosa,
una verdad que no lograba apartar por mucho que quisiera.
Anubis. Su forma de levantarse. Su forma de marcharse. La violencia muda de ese gesto. Y la inquietante certeza de que, de algún modo que todavía no comprendía, aquello también tenía que ver conmigo.