El chacal y la hija del sol Capítulo 6
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Capítulo 6

Dolor del pasado

Por la noche, mientras trataba de decidir de qué manera podía devolverle al dios Anubis, siquiera mínimamente, todo el desasosiego que me había causado a lo largo del día, la calma que yo había imaginado para prepararme se vio interrumpida por la llegada inesperada de mi padre,

que apareció en las habitaciones acompañado por la diosa Nefthis, con una solemnidad demasiado calculada para tratarse de una simple visita de cortesía.

No venían a verme a mí. Lo comprendí en cuanto sus ojos buscaron a Baset.

Mi hermana, que ya estaba terminando de arreglarse para la cena y parecía tan hermosa que dolía mirarla demasiado, abandonó la habitación con ambos para reunirse con ellos en la sala común, y yo me quedé a solas frente al gran espejo de mi estancia,

observando mi reflejo como si pudiera encontrar en él alguna respuesta que me ayudara a decidir si estaba a punto de cometer una temeridad brillante o un error imperdonable.

Llevaba demasiado tiempo dándole vueltas a aquella decisión.

Había considerado la prudencia, la elegancia esperada, la imagen correcta de una futura consorte, pero al final terminé inclinándome por lo único que de verdad me proporcionaba una sensación de control: lo más arriesgado, lo más visible, lo que obligaría a todos a hablar,

aunque no quisieran hacerlo y, sobre todo, lo que me permitiría probar algo que llevaba demasiado tiempo oprimiéndome por dentro.

Yo también podía deslumbrar. Yo también podía ser vista. Yo también podía resultar inolvidable.

Quise aferrarme a esa idea, pero incluso mientras la sostenía en mi cabeza, otro pensamiento, mucho más amargo, venía a empañarlo todo: no estaba segura de que lo que iba a hacer fuera justo con Baset, y eso me hizo sentirme miserable, porque,

si había alguien que no merecía ser arrastrada por mis impulsos, era precisamente ella.

Pensé en ir a buscarla. Pensé en contárselo. Pensé en advertirle. Pero ya era tarde. Así que me limité a contemplarme una última vez, respiré hondo y, antes de que pudiera acobardarme, abandoné la habitación.

Gabriel me esperaba en el corredor y comenzó a guiarme hacia el gran salón en un silencio que, en él, no era casual.

Apenas se escuchaban nuestros pasos sobre el alabastro pulido del suelo y el leve roce de la tela de mi vestido al avanzar, y, aunque él no dijo nada, tuve la impresión inequívoca de que comprendía mejor de lo que aparentaba lo que yo estaba intentando hacer aquella noche.

Quizá por eso callaba. Quizá por eso no trató de detenerme.

Cuando por fin alcanzamos las enormes puertas dobles del salón, él se detuvo, se despidió con una reverencia impecable y me dejó sola frente a los guardias, que me observaron de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y desconcierto que no hicieron el menor esfuerzo por disimular.

Yo también sabía lo que venía ahora.

Tomé aire. Elevé la barbilla. Y entré.

—Su señora, la diosa Hathor —anunció el ayuda de cámara del rey.

Las conversaciones comenzaron a apagarse a mi paso con una lentitud casi teatral, como si el silencio fuera extendiéndose desde el centro del salón hacia los extremos, hasta que no quedó en el aire más que el sonido de mis propios pasos y el peso de todas aquellas miradas clavadas en mí.

No me observaban por ser yo. Me observaban por cómo iba vestida. El negro había caído sobre mí como una declaración de guerra. No era solo un color. Era una provocación. Una ruptura. Una afrenta elegante.

A medida que avanzaba hacia la mesa principal, fui distinguiendo una a una las reacciones.

Mi padre estaba inmóvil, con una expresión a medio camino entre el estupor y la alarma.

Baset, en cambio, no parecía sorprendida sino preocupada, como si hubiera comprendido al instante que yo no me había vestido así únicamente por vanidad o por desafío, sino por algo mucho más complejo.

La familia real me esperaba al fondo. Osiris me observó con un desconcierto sincero, como quien no termina de decidir si está escandalizado o divertido.

Isis, en cambio, dejó bien claro desde el primer instante lo que opinaba.

Horus se quedó completamente quieto, con la atención fija en mí de tal forma que hasta desde la distancia pude ver cómo tragaba saliva despacio.

Y, a la derecha de todos, en una postura tan relajada que resultaba insolente, estaba Anubis.

Sonreía. No era una sonrisa abierta ni amable, sino esa curvatura lenta y peligrosa de su boca, como si toda la escena le resultara profundamente estimulante.

Me detuve ante ellos y me incliné.

—Sus Majestades.

Luego volví el rostro hacia Horus.

—Alteza real.

—Hathor... —dijo Osiris, invitándome a incorporarme—. Estáis... distinta.

—Está horrible —cortó Isis sin el menor cuidado por el tono—. ¿Cómo osas presentarte de ese modo? ¿Y, además, con ese color? El negro pertenece a la casa de mi hermana.

La última parte la dijo mirando fugazmente a Nefthis, como si incluso ella supiera que había pronunciado algo más grande que una simple crítica sobre un atuendo.

Sostuve la mirada de la reina con toda la serenidad que fui capaz de fingir.

—Disculpadme, Majestad. No sabía que estaba prohibido. Me lo he puesto porque pensé que me favorecería.

—Y te favorece —intervino Osiris antes de que su esposa pudiera replicar—. No veo el problema. Un color no deja de ser un color.

Isis hizo ademán de protestar, pero Horus se le adelantó.

—Está preciosa.

La forma en que lo dijo alteró algo en el ambiente. No fue únicamente una cortesía. Hubo una verdad incómoda en sus palabras, y durante un instante el salón entero pareció fijarse en esa frase.

Le sonreí por educación. Él me devolvió la sonrisa.

Y fue entonces, justo entonces, cuando lo vi.

No me refiero a que lo descubriese de pronto, sino a que lo entendí.

Mientras yo ocupaba el centro visible de la escena, la atención verdadera de Horus no terminaba de descansar sobre mí.

Regresaba, una y otra vez, hacia Baset. No lo hacía de forma grosera ni evidente; al contrario, era mucho peor que eso.

Era sutil. Natural. Casi involuntario. Un movimiento de ojos apenas perceptible, un silencio más largo cuando ella hablaba, una manera distinta de escucharla, como si, sin proponérselo, todo en él se relajara un poco más cuando su presencia rozaba la de mi hermana.

Y Baset tampoco salía indemne. La vi bajar la mirada demasiado deprisa cuando él la observó. La vi tensar la respiración. La vi contener una sonrisa. No era amor. No todavía. Pero sí era algo suficientemente vivo como para inquietar.

No fui la única que lo vio. Isis también lo vio. Lo comprendí en la forma en que sus ojos, tan parecidos a los de su hijo y tan distintos en todo lo demás, se afilaron al mirar primero a Horus, después a Baset y finalmente a Nefthis.

La cena comenzó a servirse y los primeros platos llegaron en medio de una conversación forzada, en la que todos fingíamos una normalidad que ya no existía.

Osiris trató de mantener un tono ligero, Horus habló de la carrera y Sobek exageró sus propias hazañas con un entusiasmo casi infantil, pero por debajo de todo eso la tensión respiraba, crecía, se deslizaba de un asiento a otro como una serpiente bajo la mesa.

Fue Isis quien decidió romper por fin la apariencia. Lo hizo con voz suave, con la misma delicadeza con la que se abre una herida.

—Debo decir —comentó mientras dejaba la copa sobre la mesa— que esta noche se han hecho visibles ciertas... afinidades que quizá no habíamos tenido en cuenta.

Nadie respondió. Ni siquiera Osiris. Todos sabían que no hablaba al azar.

—Es curioso cómo a veces el destino se empeña en mostrarnos con claridad lo que nosotros intentamos ordenar de otra manera —añadió, dirigiendo ahora una mirada perfectamente calculada hacia su hermana—. ¿No te parece, Nefthis?

Nefthis tardó unos segundos en responder, lo justo para dejar claro que no ignoraba el alcance de aquel comentario.

—No sé a qué os referís exactamente, Isis.

—Oh, yo creo que sí —repuso la reina con una sonrisa demasiado bien contenida—. Tu hijo continúa sin esposa, y sería una verdadera lástima desperdiciar determinadas posibilidades, sobre todo cuando algunas de ellas resultan tan... evidentes.

Baset bajó los ojos hacia el plato. Horus se quedó inmóvil.

Y yo sentí cómo algo frío se deslizaba hacia el centro de mi pecho.

Porque en ese instante lo vi todo con una claridad insoportable.

Si Horus miraba a Baset como yo creía que la estaba mirando, entonces yo no era más que una decisión útil.

Una figura conveniente. Una elección correcta para la corona.

No la preferida. No la deseada. No la que habría ocupado ese lugar si se hubiera permitido al corazón hablar antes que a la estrategia.

Mi hermana encajaba mejor que yo. Mucho mejor. Y lo terrible era que, cuanto más claramente lo veía, menos injusto me parecía.

—No creo que esta conversación deba tener lugar ahora —dijo Horus por fin, con voz templada, aunque se notaba el esfuerzo que le costaba mantenerla así.

Isis lo miró con una mezcla de dulzura y cálculo que me revolvió el estómago.

—Precisamente ahora es cuando debe tenerla, hijo mío. Hay cosas que no conviene dejar madurar demasiado.

Entonces Anubis habló.

—No.

La palabra cayó con una sequedad demoledora. No elevó la voz. No hizo ningún gesto teatral. Ni siquiera cambió del todo su postura. Pero bastó una sílaba suya para que el salón se quedara en silencio.

—No va a suceder —continuó, inclinándose apenas hacia delante—. Y no, Isis, no voy a faltarle al respeto a Baset permitiendo que la nombren en una conversación de matrimonio como si fuese una pieza que cualquiera pudiera colocar donde más convenga.

Isis entrecerró los ojos.

—No te he pedido tu opinión.

—Pues la tienes igual.

Hubo algo en su tono —no una insolencia abierta, sino una autoridad dura y completamente ajena a la necesidad de aprobación— que hizo que incluso Osiris dejara la copa muy despacio sobre la mesa.

Anubis habló mirando a su madre, sí, pero cada pocas palabras su atención regresaba a mí.

No era casual. No lo fue ni una sola vez en toda la noche.