Capítulo 5 #4
Pero ocurrió. Lo vi en la manera en que su respiración se detuvo, en la tensión repentina de sus dedos, en cómo el silencio volvió a cargarse de algo peligroso, casi insoportable.
Estábamos discutiendo. Odiándonos. Haciéndonos daño.
Y, aun así, la distancia entre ambos parecía tener vida propia, estrechándose cada vez que uno de los dos respiraba demasiado fuerte.
—Entonces deja de actuar como si estuvieras en el tablero.
Me acerqué otro poco. No sé si por rabia, por orgullo o porque una parte de mí, imprudente y traicionera, necesitaba demostrarle que no iba a apartarme.
—Y vos dejad de actuar como si nada os importara.
Por primera vez, su rostro se quedó completamente quieto.
No fue una victoria. No exactamente. Pero algo había tocado.
Algo había entrado. Lo supe por el modo en que su mandíbula se endureció, por esa quietud repentina que no tenía nada de calma, sino de contención.
Como si hubiera puesto la mano sobre una puerta que él llevaba demasiado tiempo manteniendo cerrada.
—No sabes nada de mí, Nefer.
El apodo volvió a sonar distinto. Más bajo. Más oscuro. Menos burlón. Y por alguna razón eso me alteró más que su crueldad.
—Sé suficiente.
Él soltó una risa breve, sin humor.
—No. No sabes nada.
—Sé que disfrutáis haciendo daño.
—Y yo sé que tú disfrutas fingiendo que no te afecta.
La frase me dejó sin respuesta durante medio segundo. Medio segundo demasiado largo.
Anubis lo notó.
Siempre lo notaba todo.
Apreté más la bata contra mi cuerpo, odiando que pudiera leerme con tanta facilidad, odiando aún más que una parte de mí quisiera seguir allí, discutir un poco más, acercarse un poco más,
descubrir si esa tensión que parecía devorarnos desde dentro era solo odio o algo mucho más peligroso disfrazado de él.
—Vuestra alma está podrida —dije al fin, con una firmeza que me costó más de lo que habría querido.
Su mirada descendió lentamente por mi rostro, como si memorizara el insulto, como si en lugar de ofenderlo le hubiera entregado algo que pensaba guardar. Cuando volvió a mis ojos, ya no sonreía.
—Quizá —respondió—. Pero al menos yo no finjo que brilla.
No le contesté.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque si seguía allí un segundo más temía descubrir algo de mí que no quería conocer.
Me aparté de él con brusquedad, obligándome a caminar hacia la puerta sin mirar atrás.
Sentía su presencia clavada en mi espalda con una intensidad casi física, como si sus ojos pudieran atravesar la seda húmeda de la bata, la piel, el orgullo y llegar justo al lugar donde sus palabras todavía ardían.
No iba a darle el placer de verme quebrarme.
No iba a darle nada.
Pero justo antes de alcanzar la puerta, su voz volvió a atraparme.
—Hathor.
Me detuve.
Odié hacerlo.
No me giré.
—Tu hermana debería tener cuidado con Horus.
Cerré los ojos un instante. El nombre de Baset en su boca tensó todo mi cuerpo.
—No habléis de ella.
—Sus miradas la delatan —continuó, ignorando mi advertencia—. Las de los dos. Y eso no le va a gustar a la reina.
El silencio se volvió más frío que el mármol bajo mis pies.
Abrí los ojos despacio, mirando la puerta frente a mí, las vetas oscuras de la madera, los símbolos tallados que parecían vigilarme desde el umbral.
Quise decir que mentía. Quise acusarlo de manipularme.
Quise fingir que no había visto lo mismo, que no había notado la forma en que Horus buscaba a Baset incluso cuando me hablaba a mí, ni la manera en que mi hermana bajaba la mirada demasiado deprisa cuando él sonreía.
Pero no pude.
Porque una parte de mí sabía que Anubis estaba diciendo la verdad.
Y eso me enfureció más que cualquier mentira.
—¿Por qué me lo decís? —pregunté al fin, sin volverme.
Hubo una pausa breve. Demasiado breve para parecer duda, demasiado larga para ser indiferencia.
—Porque Isis no perdona lo que amenaza sus planes.
Aquello sí me hizo girar la cabeza apenas, lo suficiente para verlo por encima del hombro. Anubis seguía allí, inmóvil entre el vapor, con el rostro sombrío y los ojos fijos en mí. Ya no había burla en ellos. Tampoco ternura. Solo una seriedad oscura, incómoda, que no supe cómo interpretar.
—¿Y vos sí? —pregunté.
Su boca se curvó apenas, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Yo no perdono nada.
Durante un instante nos miramos sin decir más.
Todo lo ocurrido en aquella estancia seguía suspendido entre nosotros: el agua, el vapor, mi cuerpo emergiendo casi sin aire, su sorpresa, sus ojos, su mano entregándome la bata, el roce de nuestros dedos,
la crueldad de sus palabras y aquella advertencia final que se parecía demasiado a un consejo para venir de alguien que decía no importarle nada.
Tragué saliva.
—No necesitamos vuestros consejos.
Abrí la puerta.
El aire del corredor me golpeó con una frescura inesperada, arrancándome de golpe del calor sofocante del baño y de la mirada de Anubis. Di un paso fuera, luego otro, obligándome a avanzar, aunque las piernas aún me temblaran un poco y el corazón siguiera latiendo demasiado deprisa.
Esta vez no miré atrás.
Pero sentí su mirada hasta mucho después de que la puerta se cerrara entre nosotros.