El chacal y la hija del sol Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

El agua se movía entre nosotros con pequeñas ondas, arrastrando flores de loto hacia mi hombro y rozándole a él el abdomen antes de perderse contra la piedra.

La distancia era amplia, pero parecía una mentira.

Parecía que la bañera entera se hubiera estrechado hasta dejarnos atrapados en el mismo vapor, en la misma respiración, en el mismo peligro.

Apreté los dedos bajo el agua.

—Quiero salir.

—Entonces sal.

Miré hacia la bata. Seguía sobre el banco, demasiado lejos.

Anubis siguió mi mirada y lo entendió al instante. Por supuesto que lo entendió. Sus ojos se entornaron con una diversión lenta, oscura, peligrosa.

—Ah.

—Ni se os ocurra.

—¿El qué?

—Disfrutar de esto.

La comisura de su boca volvió a elevarse.

—Llegas tarde otra vez.

Me entraron ganas de hundirlo bajo el agua.

—Dadme la bata.

Anubis no respondió de inmediato. Se apartó del borde con una lentitud deliberada, y el agua se abrió alrededor de su cintura cuando empezó a avanzar hacia la salida de la bañera.

Cada movimiento levantaba ondas que llegaban hasta mí como una provocación silenciosa.

Cuando se incorporó, el agua descendió por su torso y reveló por completo las líneas marcadas de su abdomen antes de perderse por sus caderas.

Aparté la mirada.

Demasiado tarde.

Lo supe porque él lo notó.

—No miras tan mal para estar tan indignada.

—No estaba mirando.

—Claro.

—Estaba vigilando que no hicierais nada impropio.

—¿Y mi abdomen te parecía una amenaza?

El calor volvió a subirme al rostro.

—Vuestro ego sí.

Su risa fue baja, breve, ronca. No debería haber sonado así. No debería haberme recorrido la piel como si el vapor hubiera cambiado de temperatura.

Anubis tomó la bata del banco y se quedó junto a la bañera, sosteniéndola en una mano, demasiado cerca y demasiado alto, con el cabello mojado cayéndole sobre la frente y las gotas resbalando aún por su pecho.

—Ven a buscarla.

Lo fulminé con la mirada.

—Dadme la espalda.

—Pídelo mejor.

—Antes preferiría ahogarme.

Sus ojos descendieron un instante hacia el agua que todavía me cubría hasta la barbilla.

—Ya has estado a punto.

Aquello, dicho con esa calma suya, me hizo apretar los dientes.

—Dame la espalda, por favor.

Mi voz salió más baja. Más firme. Menos temblorosa.

Y, por alguna razón, eso cambió algo. Él dejó de sonreír y, durante un instante, me miró sin burla, sin esa máscara de insolencia que convertía todo en un juego.

Solo me miró, y la intensidad de sus ojos fue tan directa que el aire pareció encogerse entre los dos.

Después giró lentamente sobre sí mismo y me ofreció la espalda.

No me fié ni un poco. Su cuerpo seguía demasiado presente incluso así, recortado contra el vapor, con los hombros anchos brillando bajo la luz dorada y el agua descendiendo por su piel hasta la tela oscura de la cintura.

Me incorporé despacio, sujetándome al borde, procurando moverme sin hacer ruido, como si el silencio pudiera devolverme algo de dignidad.

—No os giréis —advertí.

—Estoy conteniendo la respiración por pura caballerosidad.

—No sabía que conocierais esa palabra.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Nefer.

El apodo cayó distinto aquella vez. Menos burlón. Más bajo. Más peligroso.

No respondí. Salí del agua con movimientos rápidos, torpes por la prisa, y alargar la mano hacia la bata fue inevitable.

También lo fue rozar sus dedos cuando me la entregó sin girarse.

Fue apenas un contacto, nada, una mínima presión de piel mojada contra piel caliente, y aun así sentí la descarga subir por mi brazo como si alguien hubiera prendido fuego a una cuerda invisible entre los dos.

Anubis no se movió.

Pero su espalda se tensó.

Lo vi.

Y eso fue peor.

Me envolví con la bata deprisa, apretándola contra mi cuerpo como si aquella seda pudiera cubrir también la respiración desordenada, el pulso demasiado alto y la conciencia insoportable de que algo en aquella escena había dejado de ser solo rabia mucho antes de que yo estuviera dispuesta a

aceptarlo.

—Ya podéis mirar —dije al fin, con más dignidad de la que sentía.

Anubis se giró despacio. Sus ojos bajaron a la bata pegada a mi piel húmeda, al nudo torpe que había hecho con manos aún temblorosas, al cabello mojado sobre mis hombros.

No hubo vulgaridad en su mirada. Eso habría sido más fácil de odiar.

Lo que hubo fue una atención contenida, casi severa, como si observarme fuera una tentación que se estaba obligando a convertir en desprecio.

Luego volvió a mis ojos y sonrió.

—Me lo voy a pasar en grande teniéndote en la familia.

La frase me atravesó como una aguja, no por la burla en sí, sino por todo lo que arrastró detrás.

La familia. Horus. Baset. El compromiso que pesaba sobre mi nombre como una joya demasiado apretada.

La manera en que mi hermana parecía encajar con una facilidad dolorosa en un lugar que, en teoría, debía pertenecerme a mí.

Todo regresó de golpe, mezclándose con el vapor, con el agua aun escurriéndome por la nuca, con la presencia de Anubis demasiado cerca y demasiado difícil de ignorar.

Apreté el nudo de la bata con ambas manos y enderecé la espalda, necesitaba recuperar algo de control, aunque solo fuera la apariencia.

—Cuando esté casada con Horus —dije, cuidando cada palabra para que no sonara como una amenaza nacida de la vergüenza—, os aseguro que tendréis que aprender a soportarme con bastante más educación.

El cambio en él fue mínimo, pero lo vi. La sonrisa no desapareció del todo; se detuvo, como si algo hubiera tirado de ella desde dentro antes de permitirle terminar de formarse.

Sus ojos, que hasta hacía un instante ardían con esa insolencia oscura que tanto me irritaba, se enfriaron de una manera repentina.

No apartó la vista de mí. No hizo ningún movimiento brusco.

Solo dejó que el silencio se tensara entre nosotros, denso, húmedo, cargado de una hostilidad que ya no parecía un juego.

—¿De verdad crees que eres importante para él?

La pregunta me golpeó con más fuerza de la que habría querido admitir. No porque Horus me importara como debería importar un prometido, sino porque había algo en la seguridad de Anubis que convertía sus palabras en una amenaza. No sonaban a provocación vacía. Sonaban a certeza.

—¿Qué queréis decir? —pregunté, aunque una parte de mí deseó no hacerlo.

Anubis dio un paso hacia mí. Solo uno. Pero bastó para que el espacio se estrechara de nuevo, para que el vapor pareciera cerrarse alrededor de su cuerpo y la luz de las lámparas dibujara sobre su piel sombras más oscuras.

Todavía estaba demasiado cerca de la bañera, con el cabello húmedo cayéndole sobre la frente, con gotas resbalando por su cuello y perdiéndose bajo la tela oscura de la cintura.

No debería haber reparado en nada de eso.

No en aquel momento. No mientras su mirada se volvía tan fría que anulaba cualquier resto de calor.

—Eres tan ilusa, Nefer.

El apodo no sonó juguetón esta vez. No fue una provocación envuelta en deseo ni una burla pensada para arrancarme una respuesta. Sonó como un golpe bajo. Como una caricia hecha con filo.

—No me llaméis así.

—Mi hermano no te eligió.

El aire desapareció de mis pulmones.

Durante un segundo todo quedó suspendido. El vapor. El aroma a loto. El goteo lento del agua desde mi cabello hasta la seda de la bata. Incluso el eco lejano del palacio pareció extinguirse, como si la habitación entera hubiera decidido contener la respiración conmigo.

—Eligió a tu hermana.

No me moví.

No porque no doliera, sino precisamente porque dolió demasiado y demasiado rápido, de una forma que no estaba preparada para reconocer.

No era amor lo que se quebraba, porque yo no amaba a Horus.

Apenas lo conocía. Pero había algo mucho más humillante en aquella frase, algo que me reducía a una segunda opción vestida de oro, a una alianza colocada donde no había deseo, a una pieza útil ocupando un espacio que quizá nunca había sido pensado para mí.

Anubis no apartó la mirada.

Y eso fue peor.

—Tú eres lo que quedaba.

La rabia tardó un instante en llegar, pero cuando lo hizo me salvó. Subió desde el estómago hasta la garganta con una fuerza abrasadora, llenando el hueco que sus palabras habían abierto en mí. Preferí aferrarme a ella antes que permitir que viera otra cosa.

—Basta.

—¿Duele? —preguntó en voz baja.

La suavidad de su tono fue más cruel que cualquier grito.

—No confundáis crueldad con sinceridad.

Algo cruzó sus ojos. Apenas una sombra. Una grieta tan breve que quizá habría dudado de ella si no hubiera estado observándolo con toda la rabia del mundo.

—Y tú no confundas una corona con una elección.

Aquello me golpeó de nuevo, más hondo. Sentí la tentación de retroceder, pero me negué a concederle siquiera esa pequeña victoria. En lugar de eso avancé un paso hacia él, apretando la bata contra mi cuerpo como si aquella seda pudiera sostenerme mejor que mi propio orgullo.

—Mi hermana no es una pieza en vuestro juego —dije con la voz baja, firme—. Y yo tampoco.

Anubis bajó la mirada a mi boca.

Fue apenas un instante, tan rápido que cualquiera habría jurado que no ocurrió.