Capítulo 5 #2
La doncella inclinó la cabeza y cerró la puerta tras de sí, dejándome a solas con el vapor, el perfume y un silencio que, por primera vez desde la carrera, no parecía exigir nada de mí.
Me quité las últimas piezas del atuendo con movimientos torpes, dejando caer al suelo las telas cubiertas de polvo, la cinta negra y los brazaletes manchados de arena.
Cada prenda que abandonaba mi cuerpo parecía arrastrar consigo un fragmento de aquel día: la carrera, la tormenta, el caballo negro atravesando el desierto, el brazo de Anubis rodeándome, su mano firme en mi espalda, su voz junto a mi oído y, después,
la crueldad con la que me había devuelto al suelo como si nada de todo aquello hubiera significado nada.
Apreté los labios y entré en el agua antes de que el recuerdo pudiera clavarme más hondo.
El calor me envolvió de inmediato y un suspiro se me escapó antes de poder contenerlo.
Me hundí hasta los hombros, dejando que el agua arrastrara la arena de mi piel, de mi cabello, de mi cuello, como si pudiera limpiar también todo lo que llevaba dentro.
Cerré los ojos y apoyé la nuca contra el borde de piedra, obligándome a respirar despacio, a permitir que la tensión se aflojara poco a poco, aunque la mente siguiera empeñada en regresar a lo mismo.
Horus. Baset. Isis. La forma en que la reina había mirado la cinta negra.
La manera en que mi hermana sonreía cuando creía que nadie la observaba.
Y Anubis, siempre Anubis, instalado en mis pensamientos con una terquedad insoportable, como si el desierto no hubiese sido lo único que se me había quedado pegado a la piel.
Me hundí un poco más, hasta que el agua me rozó la barbilla, y cerré los ojos con una rabia cansada. Quizá, si permanecía allí el tiempo suficiente, el calor terminaría por ablandar aquel nudo que se me había instalado en el pecho.
Entonces escuché voces.
Al principio pensé que formaban parte del eco lejano del palacio, un murmullo apenas distinguible al otro lado de las paredes, amortiguado por el vapor y el rumor suave del agua.
Pero después llegó una risa masculina, baja, cercana, demasiado cercana, y abrí los ojos de golpe mientras el corazón me daba un salto violento.
Me incorporé apenas, lo suficiente para que el agua resbalara por mis hombros y produjera un pequeño oleaje a mi alrededor.
Las voces estaban al otro lado del corredor.
Dos hombres, tal vez tres. No entendía lo que decían, pero sí oía el roce de sus sandalias sobre la piedra, el sonido de sus pasos aproximándose a la puerta.
Busqué la bata con la mirada. Estaba sobre un banco de piedra, a varios pasos de la bañera. Las toallas, también. Todo quedaba demasiado lejos. Y yo estaba desnuda, empapada, dentro de una bañera que ni siquiera estaba segura de tener derecho a usar.
Las voces se detuvieron frente a la puerta.
El picaporte se movió.
No pensé. Fue puro instinto. Tomé aire de golpe y me hundí bajo el agua justo cuando la puerta empezó a abrirse.
El mundo desapareció de inmediato, reducido a una confusión dorada y líquida.
El agua me cubrió los oídos, apagando los sonidos hasta convertirlos en vibraciones lejanas.
Cerré los ojos con fuerza y me obligué a quedarme quieta, con los brazos pegados al cuerpo, los pulmones llenos y el corazón golpeándome tan fuerte que tuve la absurda sensación de que cualquiera podría oírlo desde fuera.
Desde debajo del agua, el ruido llegó deformado: el crujido de la puerta, pasos entrando en la estancia, una voz masculina que dijo algo que no logré entender, el roce de una tela y después un silencio extraño, demasiado largo.
Intenté aguantar. Un segundo más. Solo uno más.
Pero el aire empezó a arderme en el pecho, primero como una presión incómoda y después como una quemadura que me subió por la garganta y me hizo tensar los dedos contra el fondo de la bañera.
Las sienes me latían, el cuerpo entero me suplicaba que respirara, que saliera, que dejara de jugar a ser estatua bajo el agua.
No podía. No podía emerger si había hombres allí dentro.
Apreté los ojos con más fuerza, obligándome a resistir, pero el dolor se volvió insoportable.
Emergí de golpe.
El agua se abrió a mi alrededor con una sacudida violenta.
Aspiré aire con tanta desesperación que entró mal, áspero, quemándome la garganta, y terminé tosiendo, doblándome hacia delante mientras las manos buscaban el borde para no perder el equilibrio.
La necesidad de respirar fue tan brutal que me obligó a ponerme de pie dentro de la bañera sin pensar, con el cabello pegado al rostro, el pecho subiendo y bajando de forma descontrolada y el agua resbalando por mi piel en hilos calientes.
Durante un segundo no vi nada más que vapor, luz dorada y flores de loto temblando sobre la superficie. Luego una voz grave, profunda, rota por una sorpresa que no consiguió ocultar del todo, atravesó el silencio.
—¿Qué es esto?
Me quedé helada.
No por la frase. Por la voz.
Anubis.
El aire que tanto me había costado recuperar volvió a desaparecer de mis pulmones. Levanté la mirada despacio, todavía tosiendo, todavía con el pulso desbocado, y entonces lo vi.
No estaba en la puerta. No estaba junto a una columna. No acababa de entrar en la estancia.
Estaba dentro de la bañera.
Al otro extremo del enorme estanque de piedra, Anubis permanecía sumergido hasta la cintura, inmóvil entre el vapor, como una sombra tallada en bronce y oscuridad.
El agua le rodeaba las caderas, ocultándolo desde allí hacia abajo, pero dejaba al descubierto el torso desnudo, firme, poderoso, recorrido por gotas que resbalaban desde su cuello hasta el pecho y seguían el trazo oscuro de sus tatuajes.
Las líneas marcadas de su abdomen descendían bajo la superficie, perdiéndose allí donde el agua temblaba contra su piel, y todo en él parecía demasiado real, demasiado cercano, demasiado imposible.
Y él me miraba.
No como siempre. No con esa burla insolente que parecía llevar pegada a la boca.
No al principio. Me miraba sorprendido de verdad, con una grieta brevísima en su expresión que bastó para traicionarlo.
Sus ojos se abrieron apenas, lo justo para revelar que tampoco él sabía que yo estaba allí.
La tensión le endureció la mandíbula, sus dedos se cerraron despacio contra el borde interior de la bañera y durante ese único instante comprendí que ni Anubis, con toda su arrogancia y toda su maldita seguridad, había imaginado que yo fuera a emerger de pronto, desnuda, empapada,
casi asfixiada y de pie en mitad de su baño.
El vapor subía entre nosotros en espirales lentas, cargado de loto y mirra, ocultando y revelando a la vez lo justo para volverlo todo peor.
Yo seguía de pie, demasiado expuesta, con los pulmones todavía buscando aire y el pulso golpeándome en la garganta.
Él seguía al otro extremo, sumergido hasta la cintura, con el torso iluminado por las lámparas y la mirada clavada en mí con una intensidad que parecía física.
Entonces vi cómo sus ojos descendían.
No mucho. No con descaro. Solo lo suficiente. Un segundo. Menos.
Pero bastó para incendiarme la piel.
Reaccioné tarde, demasiado tarde, y me hundí de golpe hasta la barbilla, provocando una ola que golpeó el borde de piedra y salpicó las losas.
—¡No miréis! —exclamé, con la voz ronca por la tos y la vergüenza.
Anubis parpadeó una sola vez, y entonces regresó.
El dios arrogante. El príncipe oscuro. El enemigo insoportable que parecía alimentarse de cualquier grieta ajena.
La sorpresa desapareció de su rostro como si nunca hubiera existido, sustituida por esa calma peligrosa que me irritaba más que cualquier insulto, y la comisura de su boca se elevó apenas.
—Un poco tarde para eso, Nefer.
El calor me subió al rostro con tanta violencia que habría jurado que el agua misma podía hervir a mi alrededor.
—¡Salid ahora mismo!
No se movió. Ni siquiera tuvo la decencia de fingir incomodidad.
Permaneció al otro extremo de la bañera, hundido hasta la cintura, con los brazos apoyados en el borde y el torso desnudo emergiendo entre el vapor.
El agua le rozaba justo por debajo del abdomen, ocultando lo suficiente para no mostrar nada indebido y revelando demasiado para que yo pudiera fingir que aquello no me afectaba.
Cada lámpara parecía empeñada en dibujarle las sombras del pecho, la curva de los hombros, la firmeza de los músculos bajo los tatuajes.
Lo odié. Lo odié con toda mi alma. Y odié aún más no poder dejar de verlo.
—Estás en mi baño —dijo al fin, con una calma demasiado controlada para alguien que acababa de quedarse tan inmóvil como yo.
—Vuestro baño tiene un serio problema de señalización.
—Mi baño estaba perfectamente señalizado; a lo mejor eres tú la que no sabe interpretar jeroglíficos en las puertas.
—A mí me trajeron aquí.
—Y aun así eres tú quien me grita como si yo hubiera invadido tu bañera.
Abrí la boca para responder, pero una tos traicionera me cortó la frase. Giré la cara, llevándome una mano a la garganta, y el gesto hizo que el agua descendiera apenas por mis hombros. Me hundí de nuevo con rapidez.
Sus ojos cambiaron.
Apenas.
No fue una mirada vulgar. Eso habría sido fácil de odiar.
Fue peor. Fue una atención contenida, involuntaria, un descenso fugaz hacia la línea del agua y un regreso inmediato a mi rostro, como si él mismo se hubiera obligado a volver.
Vi cómo tragaba saliva. Vi la tensión en su mandíbula.
Vi cómo su respiración se volvía más lenta, más medida, como si estuviera domando algo.
Y eso me enfureció, porque significaba que no era la única afectada.
—Dadme la espalda —ordené.
Anubis arqueó una ceja.
—¿Me estás dando órdenes en mi propio baño?
—Sí.
—Qué osadía.
—Qué poca educación la vuestra por seguir mirando.
Su sonrisa se afiló apenas.
—Si realmente estuviera mirando, no tendrías dudas.
El pulso se me desordenó.
—Sois insoportable.
—Eso me han dicho.
—Y arrogante.
—También.
—Y un desvergonzado.
La sonrisa desapareció un poco. No del todo. Lo suficiente para que el aire cambiara.
—Con cuidado, Hathor —murmuró—. Todavía no he empezado a serlo.
El silencio que siguió fue denso, caliente, insoportable.