El chacal y la hija del sol Capítulo 5
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Capítulo 5

Baño de loto

Antes de entrar en nuestros aposentos, vi a uno de los guardias inclinarse ante Isis al otro lado del corredor.

No alcancé a oír lo que le decía, pero sí vi cómo la reina volvía la cabeza hacia mí, cómo sus ojos descendían a la cinta negra que aún llevaba en la mano y cómo su sonrisa se detenía justo antes de parecer amable.

La carrera había terminado, pero algo me dijo que sus consecuencias no.

Baset y yo regresamos a nuestras habitaciones completamente exhaustas tras la carrera, cubiertas de arena hasta en lugares donde la arena no debería haber llegado jamás, con el cabello enmarañado, la piel tirante por el sol y ese cansancio profundo que no solo se instala en los músculos,

sino también en la cabeza, en los pensamientos, en todo aquello que una intenta ordenar sin éxito después de un día demasiado intenso.

No quería pensar. De verdad que no. Pero era imposible.

La carrera, la tormenta, la forma en que Anubis había aparecido entre la arena, su cuerpo detrás del mío, su mano en mi espalda, su voz junto a mi oído y, después, esa manera cruel de empujarme de nuevo al suelo como si todo lo anterior no hubiera significado nada...

Todo seguía ahí, dándome vueltas por dentro con una insistencia insoportable.

Baset, en cambio, caminaba a mi lado en silencio, pero no con la misma clase de silencio que yo. El suyo era distinto. Más ligero. Más peligroso. Tenía esa expresión ausente de quien intenta no sonreír demasiado y fracasa por completo.

—No pongas esa cara —murmuré, entrando en la habitación y dejando caer una de las cintas negras sobre una mesa baja—. Se te nota desde el otro extremo del pasillo.

—¿Qué cara? —preguntó, fingiendo inocencia mientras se dejaba caer boca arriba sobre la cama.

—La de «el príncipe Horus me ha mirado como si yo fuera la única criatura viva en todo Egipto».

Baset se cubrió el rostro con el brazo, pero no lo bastante rápido como para ocultar el rubor que le subió a las mejillas.

—No ha sido así.

—Ha sido exactamente así.

Suspiró, vencida por una sonrisa pequeña, imposible de contener.

—Es amable —admitió al fin—. Y atento. No sé... con él todo parece más fácil. No te mira como si estuviera midiendo cada palabra que dices, ni como si esperara que fallaras. Es... cálido.

Aquella palabra me molestó más de lo que debería.

—Horus es el heredero perfecto —dije, intentando sonar neutral mientras me quitaba con torpeza una pulsera llena de polvo—. Educado, correcto, encantador cuando quiere serlo. Muy adecuado para hacer suspirar a media corte.

—No hables como si eso fuera un defecto.

—No lo es. Solo digo que resulta demasiado perfecto, y las cosas demasiado perfectas suelen esconder algo.

Baset se incorporó sobre los codos y me miró con una mezcla de cansancio y diversión.

—¿Y Anubis qué esconde?

Me quedé quieta apenas un segundo.

—Nada que me interese.

—Mentira.

La miré de golpe.

—¿Perdona?

—Hathor, has vuelto del desierto odiándolo más que ayer, pero llevas todo el camino pensando en él. Se te nota. Cada vez que alguien pronuncia su nombre, cambias la cara.

—Oh por favor, no es más que un arrogante príncipe mimado. Se nota a leguas.

—Eso ya lo has dicho muchas veces.

—Y lo repetiré cuantas haga falta. Es arrogante, cruel, provocador y tiene una facilidad espantosa para aparecer justo cuando una empieza a recuperar la calma.

Baset guardó silencio unos segundos. Luego habló más bajo.

—Entonces ¿por qué le das tanta importancia?

La pregunta me golpeó en un lugar incómodo. Demasiado preciso.

Me aparté de ella y fingí buscar algo entre las telas revueltas, aunque no tenía ni idea de qué estaba buscando.

—No le doy importancia.

—Hathor...

—No tiene importancia —insistí, demasiado rápido—. Ninguna. Es un imbécil, Baset. Un imbécil con título, con complejo de superioridad y con la irritante costumbre de creer que puede decidir sobre todo y sobre todos.

Baset no sonrió. Eso fue peor.

—A veces hablamos más de lo que más intentamos negar.

—No empieces con frases profundas. No tengo energía.

Ella soltó una risa suave, pero enseguida volvió a quedarse seria.

—Yo tampoco sé qué hacer con Horus —confesó—. No debería pensar en él así. No cuando tú eres su prometida. Pero hoy, durante la carrera, cuando me ayudó con el último obstáculo... no sé, fue como si por un momento el resto dejara de existir.

Sentí una punzada. No contra ella. Jamás contra ella. Pero sí contra aquel destino absurdo que parecía disfrutar colocándonos siempre donde más daño podía hacernos.

—No has hecho nada malo —dije al fin, sentándome a su lado—. Sentir algo no es una traición.

—¿Y lo tuyo con Anubis tampoco?

—No hay nada mío con Anubis —contesté enseguida—. Solo desprecio. Muchísimo desprecio. —Baset arqueó una ceja. No hizo falta que dijera nada. Su silencio fue peor que cualquier acusación.

—¿Dónde están las doncellas cuando se las necesita? —murmuré al fin, mirando mi ropa cubierta de polvo—. Necesito un baño antes de que el desierto termine de convertirse en parte de mí.

Baset volvió a dejarse caer sobre el lecho y cerró los ojos.

—Si encuentras a alguien, dile que prepare dos... aunque yo quizá me quede dormida antes de llegar al agua.

—Genial... —suspiré—. Entonces tendré que salir a buscarlas.

Salí al pasillo con la incomodidad pegada a la piel y al pensamiento.

El palacio estaba más silencioso que de costumbre a aquella hora, aunque no vacío: alguna sirvienta cruzaba de un lado a otro con ánforas de agua, dos guardias conversaban en voz baja junto a una arcada y, desde algún patio interior, llegaba el eco lejano de una fuente.

Avancé despacio al principio, observando los corredores dorados, los relieves iluminados por antorchas y las sombras largas que se deslizaban por las paredes como si también ellas tuvieran secretos que guardar.

Fue entonces cuando la vi.

Una joven doncella caminaba deprisa por el corredor, sosteniendo contra el pecho una pila de lienzos blancos.

Parecía nueva: miraba cada puerta antes de pasar, como si temiera equivocarse y que el palacio entero fuera a castigarla por ello.

Cuando la llamé, se sobresaltó tanto que casi perdió el equilibrio.

—Disculpa... —la llamé con suavidad.

La muchacha se sobresaltó tanto que casi perdió el equilibrio. Sujetó los lienzos con más fuerza y se inclinó al instante, demasiado deprisa, demasiado bajo.

—Mi señora...

Su voz salió baja, casi temblorosa, y aquello me hizo suavizar el gesto sin proponérmelo.

—Tranquila. No voy a devorarte —dije, intentando no sonar tan cansada como estaba—. Solo necesito un baño. ¿Has visto a Bo.? —me corregí enseguida—. Necesito que alguien lo prepare.

La joven alzó apenas la mirada, lo justo para que pudiera ver la duda cruzándole el rostro.

—La reina lo ha solicitado esta mañana, mi señora.

Fruncí el ceño, más por cansancio que por sorpresa.

—¿Podrías encargarte tú?

Apretó los lienzos contra el pecho con tanta fuerza que los nudillos se le aclararon.

—Es mi primera semana... pero sí, mi señora. Puedo hacerlo.

—¿Cómo te llamas?

Parpadeó, como si nadie le hubiera hecho una pregunta tan simple desde que había entrado al servicio del palacio.

—Nubia.

—Gracias, Nubia. No me importa esperar, pero te agradecería mucho ese baño.

Asintió con un alivio tan evidente que casi me hizo sonreír. Después se marchó deprisa, pero ya no con el mismo temor de antes, sino con esa determinación nerviosa de quien acaba de recibir una oportunidad y no quiere fallar.

Baset estaba recostada en la cama cuando volví a la habitación.

—¿Encontraste a alguien? —preguntó sin abrir los ojos.

—Sí. Una doncella nueva. Nubia.

Baset murmuró algo que sonó a aprobación, aunque su voz se perdió entre el cansancio y las almohadas.

Yo, en cambio, no pude quedarme quieta. Caminé de un lado a otro, sacudiéndome la arena de los brazos, de los hombros, del pelo, sin lograr desprenderme de la sensación de que el desierto seguía pegado a mí por dentro.

Cuando Nubia regresó, lo hizo con la misma prisa nerviosa de antes, aunque esta vez parecía más segura. Se detuvo en la entrada y bajó la cabeza con respeto.

—El baño está listo, mi señora.

No necesité que lo repitiera. La seguí por los pasillos del palacio, demasiado cansada para cuestionar la dirección que tomábamos.

Al principio no reparé en ello, pero cuanto más avanzábamos, más evidente resultaba que nos alejábamos de nuestras habitaciones.

Las paredes cambiaron. Los corredores se hicieron más amplios.

Los relieves, más elaborados. El silencio, más profundo.

Nubia se detuvo finalmente frente a una puerta enorme, recubierta de oro viejo y símbolos que no reconocí del todo. La luz de las antorchas resbalaba por la superficie como si aquella entrada no condujera a un baño, sino a un lugar reservado para alguien que no era yo.

—¿Es aquí? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Sí, mi señora. Me indicaron que preparara este.

Debí sospechar. Debí preguntar quién lo había indicado. Pero el cansancio, la arena y la promesa del agua caliente fueron más fuertes que mi prudencia. Asentí y entré.

El aroma a loto me envolvió en cuanto crucé el umbral, mezclado con sándalo, mirra y el vapor espeso que flotaba en la estancia como una neblina dorada.

Aquel no era un baño cualquiera. La sala era inmensa, mucho más lujosa que cualquier estancia que me hubieran preparado desde mi llegada al palacio, con columnas de piedra oscura,

lámparas de aceite que hacían temblar reflejos dorados sobre el agua y cortinas finísimas moviéndose junto a un balcón abierto por el que entraba una brisa tibia, apenas suficiente para atravesar el calor húmedo que lo llenaba todo.

En el centro, una bañera de piedra blanca ocupaba la estancia como un pequeño estanque sagrado, amplia, profunda, cubierta de flores de loto que flotaban despacio sobre una superficie tranquila.

Demasiado tranquila.

Pero yo estaba demasiado cansada para sospechar.

—No necesito ayuda —le dije a Nubia antes de que pudiera entrar conmigo—. Gracias.