Capítulo 4 #4
Su mano se deslizó hasta mi espalda, sujetándome con firmeza, obligándome a acercarme más a él, y durante un segundo el mundo volvió a reducirse a su mirada, a la cercanía de su cuerpo, al choque brutal entre todo lo que acababa de ocurrir entre nosotros y lo que estaba a punto de decirme.
—Has acertado en todo... excepto en una cosa —murmuró.
Sus labios quedaron peligrosamente cerca de los míos. Demasiado. El aire se volvió denso. El latido en mi pecho, ensordecedor.
—No te he sacado para que ganemos —murmuró, tan cerca que su voz me rozó la boca—, sino para que yo gane.
—Me tensé, pero él no apartó la mirada—.
Le prometí a Horus que no te dejaría morir en la tormenta.
Dale las gracias a él. Porque si hubiera dependido de mí...
—su mano se aflojó en mi espalda— seguirías allí.
Y entonces me empujó. No fue un gesto violento. Pero sí decidido. Suficiente. Caí al suelo. La arena amortiguó el impacto, pero la sorpresa me dejó sin reacción durante un instante eterno en el que lo único que pude hacer fue mirarlo desde abajo, incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir.
—¿Para qué quieres ganar? —grité, incorporándome como pude, con la rabia ardiéndome por dentro—. ¿Qué sacas tú de esto?
Se detuvo. Giró la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro, con esa misma expresión impenetrable que lo hacía insoportable.
—Hardai guarda secretos que no deben ser revelados —respondió, mirándome por encima del hombro—.
No soy solo su príncipe. Soy su guardián.
Y, por primera vez desde que lo conocía, entendí que su crueldad quizá no nacía únicamente del desprecio, sino de algo mucho más peligroso: miedo a que alguien descubriera lo que la ciudad de los muertos escondía bajo sus puertas.
Y tiró de las riendas. Y se fue. Sin mirar atrás. Sin dudar. Como si yo nunca hubiera formado parte de su trayecto.
Me quedé allí. Sola. Con la respiración agitada, la arena pegada a la piel y una sensación amarga extendiéndose lentamente por mi pecho, mucho más profunda que el simple enfado, mucho más difícil de ignorar.
Lo observé alejarse, galopando hacia Apofis con una determinación absoluta, esquivando la primera embestida de la criatura con la misma precisión con la que había atravesado la tormenta, como si aquel monstruo no fuera más que otro obstáculo calculado. Porque para él, todo lo era.
Escuché entonces otros jinetes acercándose, el sonido de los cascos rompiendo el silencio que había quedado tras su marcha, y al girarme distinguí a Sekhmet primero, ágil, veloz, decidida, atravesando uno de los flancos con una destreza admirable.
Después, Horus. Y Baset con él. La aliviante certeza de verla sana cruzó mi pecho con fuerza.
Pero también algo más. Algo incómodo. Algo que no quise nombrar.
Porque mientras Horus protegía a mi hermana, manteniéndola cerca, asegurándose de que superara el obstáculo, mi «salvador» me había arrojado a la arena sin la menor vacilación.
Cuando Anubis alcanzó la meta y alzó la bandera negra, victorioso una vez más, no sentí sorpresa.
Solo rabia. Una rabia amarga que me recorrió de arriba abajo mientras lo veía celebrar rodeado de vítores que me resultaban completamente ajenos.
«Es un maldito tramposo.» Porque yo lo sabía.
Porque había visto suficiente. Y porque, aunque los demás no lo entendieran, él no había ganado limpiamente.
La serpiente no lo atacó como a los otros. No de la misma manera.
Y, aun así, cuando volvió, cuando nuestras miradas se cruzaron un instante entre la multitud, no vi arrepentimiento.
Ni disculpa. Ni la más mínima duda. Solo esa misma intensidad oscura.
Y una certeza que me hizo hervir la sangre con más fuerza que cualquier ofensa anterior: para él, todo había ocurrido exactamente como debía ocurrir.
Los vítores estallaron alrededor de Anubis en cuanto alzó la bandera negra, proclamándose vencedor una vez más, y, aunque el resto parecía celebrarlo con una naturalidad casi festiva, a mí aquella escena me resultaba insoportablemente irritante, como si hubiera algo que todos pasaban por alto,
algo que solo yo parecía ver con claridad.
Me aparté ligeramente del grupo, todavía cubierta de arena, con la respiración irritada y la piel ardiendo bajo el sol, sintiendo que todo lo ocurrido —la tormenta, su cercanía, su forma de sujetarme— se deshacía ahora frente a mí,
sustituido por esa frialdad calculada que volvía a imponerse en él como si lo anterior no hubiera existido.
Y entonces la vi. De nuevo. A ella. Anukis.
Se acercó a él con esa naturalidad que parecía pertenecerle, como si el espacio entre ambos no estuviera regulado por distancia ni por normas, sino por una familiaridad que resultaba incómoda de presenciar.
Sonrió. Él respondió. No como lo hacía con los demás.
No como me miraba a mí. Era distinto. Más leve. Más privado.
Sobek intervino en ese momento, todavía animado por la carrera.
—Anukis es una afortunada... —comentó con media sonrisa.
«El nombre.» Anukis. Lo repetí mentalmente, como si solo al pronunciarlo pudiera entender por qué me producía ese nudo extraño en el estómago, como si sonara demasiado cercano a él, demasiado ligado. «Qué apropiado.»
Una irritación silenciosa comenzó a extenderse por todo mi cuerpo. Una que no tenía sentido. Y precisamente por eso me incomodaba aún más.
—Tal vez para la próxima... —respondió Anubis con desgana ante las quejas de los demás, sin molestarse en ocultar el desinterés hacia quien no le resultara relevante.
Pero sí había interés. No hacia Sobek. No hacia los demás. Hacia mí. Lo sabía. Lo sentía.
Aunque él se empeñara en lo contrario.
Baset apareció entonces en mi campo de visión, devolviéndome ligeramente a la realidad.
—¿Qué tal te ha ido? —preguntó mientras sacudía la arena de mi ropa.
Me encogí levemente de hombros.
—Mejor no preguntes... solo quiero volver al palacio y darme un baño. Debo de tener medio desierto encima.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
—Horus... —añadió entonces, carraspeando ligeramente—... el príncipe Horus nos ha invitado esta noche a su mesa otra vez. Le he dicho que estarías encantada de asistir.
Solté la respuesta sin pensar. Cansada. Demasiado cansada.
—Sinceramente, preferiría quedarme durmiendo.
Baset se quedó completamente quieta. Me miró. Muy despacio.
—¿He dicho eso en voz alta...? —pregunté alarmada, sabiendo que no estábamos solas.
Algo en su cara me hizo girarme. Y en cuanto lo hice, lo entendí. Los dos. Horus. Y Anubis. De pie. Mirándonos. Con expresiones completamente distintas. El primero, sorprendido. El segundo, divertido. Demasiado.
—Vaya, Horus... —intervino Anubis con ese tono burlón que parecía disfrutar siempre demasiado de las situaciones incómodas—. Parece que aburres tanto que quizá deberías pedirle a Ra que busque otro pretendiente para su hija.
Supe que lo hacía por provocarme. Y aun así funcionó.
—No he dicho eso —respondí de inmediato, fulminándolo con la mirada.
—Ah, ¿no? —replicó, cruzándose de brazos, adoptando ese gesto de superioridad irritante.
Juraría que te oí perfectamente.
—Me da exactamente igual lo que hayáis escuchado, alteza.
—Para ti... su alteza real, Nefer.
Su tono cambió. Apenas. Pero lo suficiente. Más frío. Más cortante.
—Basta —intervino Horus con firmeza, poniendo fin a aquello antes de que fuera a más—. Hathor, si prefieres descansar, estás en tu derecho. Pero quizás Baset sí quiera acompañarnos.
Se giró hacia mi hermana, y su voz, a diferencia de la de su hermano, volvió a ese tono cálido y cercano que lo hacía tan fácil de tratar.
Baset inclinó la cabeza, aceptando. La vi.
Lo vi todo. Su forma de mirar. La atención.
La facilidad. Y, sin querer, recordé las palabras de Anubis en el balcón.
Ese comentario. Esa insinuación. Una punzada incómoda me recorrió el pecho.
—Alteza... príncipe Horus... —intervine, suavizando el tono—. No quise decir que me resultara desagradable vuestra compañía. Estoy simplemente... agotada.
Horus asintió con comprensión.
—Descansa, Hathor. Y, por favor, llámame, Horus.
Su sonrisa fue sincera. Cálida. Y durante un instante, demasiado fácil.
Miré entonces a Anubis y le devolví una mueca apenas contenida.
Una pequeña victoria. O eso creí. Él puso los ojos en blanco.
Pero no dijo nada. Simplemente se dio media vuelta y se marchó.
Como si aquella escena hubiera dejado de interesarle.
Como si yo no mereciera una segunda atención.
Y eso me irritó mucho más de lo que habría querido admitir.
—Parece que has despertado cierto interés en Anubis... —comentó Horus cuando volvimos a quedarnos solos.
—¿Interés? —respondí con una ligereza que no sentía—. No es más que un pique por la carrera.
No era verdad. Pero tampoco iba a reconocerlo.
—Entonces no tendrás problema en cenar con nosotros esta noche —añadió con una sonrisa medida—. Así veremos si se trata solo de eso...
Algo en su tono me hizo tensarme. Demasiado directo. Demasiado intencionado. Por un instante pensé en negarme. De verdad. Pero algo en mí —orgullo, curiosidad, rabia, o una mezcla de todo— me empujó a aceptar.
—Bien... —dije finalmente—. Asistiré.
Y mientras pronunciaba esas palabras, sentí el peso de la arena aún pegado a mi piel, la quemadura invisible de sus manos en mi espalda y una certeza incómoda abriéndose paso bajo el cansancio: el día no había terminado. Ni mucho menos.