El chacal y la hija del sol Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

azotándonos el cuerpo con un silbido seco que terminaba clavando la arena en la piel como si fueran miles de agujas diminutas.

Intenté mantener los ojos abiertos, pero cada vez era más difícil.

La visión se enturbiaba. Las figuras de los otros jinetes iban desdibujándose poco a poco.

Y cuando por fin la tormenta nos envolvió por completo, devorando todo cuanto nos rodeaba bajo una nube espesa de polvo y viento, comprendí con un vuelco brutal en el estómago que los había perdido de vista.

A todos. Ya no veía a nadie. Ni a Horus.

Ni a Baset. Ni siquiera a Anubis. Solo arena.

Ruido. Y una soledad inmensa cayéndome encima como otra forma de ahogo.

—No... —murmuré, aunque ni yo misma me oí con claridad—. No... no...

La yegua se detuvo en seco, completamente aterrada, con el cuerpo rígido y la respiración desbocada, negándose a dar un paso más, y yo supe que no podía obligarla a continuar, no en ese estado, no a ciegas, no en medio de aquello.

Recordé vagamente algunos relatos que había leído tiempo atrás sobre viajeros atrapados en tormentas del desierto, y me aferré a ellos como a una última tabla de salvación.

Bajé del caballo con torpeza. Hice lo posible por calmarla.

La animé a echarse. Y, para mi alivio, Atardecer obedeció sin ofrecer resistencia, encogiéndose sobre la arena mientras yo me sentaba pegada a su vientre, abrazándome a ella con fuerza, utilizando su cuerpo como escudo frente al viento,

acariciándole una y otra vez el cuello y los costados mientras le susurraba palabras de calma que en realidad eran también para mí.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Pudo ser un rato breve.

O una eternidad. Dentro de la tormenta el tiempo dejaba de existir, reducido únicamente al ruido ensordecedor del viento y al dolor de la arena golpeándome la cabeza, la espalda, los brazos, la ropa, la cara, como si quisiera arrancarme la piel a tiras.

Solo deseaba que terminara. Que todo aquello pasara tan rápido como había llegado.

Fue entonces cuando escuché algo más. Un trote.

Lejano al principio. Cada vez más claro después.

Alcé apenas la cabeza, entrecerrando los ojos, aunque seguía sin ver prácticamente nada, y agucé el oído, con el corazón golpeándome con fuerza en el pecho.

Pensé que tal vez sería otro jinete rezagado, alguien tan perdido como yo, pero cuando una silueta comenzó a perfilarse al otro lado de la nube de polvo y terminó por atravesarla en mi dirección, comprendí de inmediato que no era cualquiera.

Era él.

El caballo negro apareció primero, surgiendo de la tormenta como una sombra arrancada a la propia arena, y sobre él, inmóvil, perfectamente erguido pese al viento, iba Anubis, con el rostro aún cubierto y una presencia tan firme, tan dura,

que por un instante me pareció imposible que también él hubiera estado cruzando el mismo infierno que acababa de inmovilizarme a mí.

Algo se encendió en mi pecho al verlo llegar. No supe exactamente qué. No alivio, al menos no solo eso. Ni tranquilidad. Fue más bien una pequeña llamarada súbita, una brasa que avivó mis latidos con una violencia que no me gustó reconocer.

Se detuvo junto a mí y, sin descubrirse el rostro, me tendió una mano. Yo me quedé mirándola apenas un instante, inmóvil, como si no terminara de creer que realmente hubiera regresado.

—No tenemos tiempo —dijo con esa voz grave y contenida que incluso amortiguada por la tela seguía resultando inconfundible—. Tienes que montar.

Parpadeé. Después miré a Atardecer.

—¿Y qué hago con el caballo? No puedo dejarla aquí.

Anubis torció el gesto con una mezcla de cansancio y fastidio, como si incluso en mitad de una tormenta yo siguiera empeñada en complicarle las cosas.

—Es un animal, Hathor.

Lo miré con incredulidad, ofendida por la frialdad de sus palabras, y debió de advertirlo porque, aunque mantuvo intacta la dureza del tono, añadió algo más:

—Está acostumbrada a esto. Nace y se cría en el desierto. Si no subes ahora, perderemos la carrera.

Volvió a ofrecerme la mano, esta vez con una impaciencia mucho más evidente. Me giré hacia Atardecer, le acaricié una última vez el cuello y sentí una punzada absurda al tener que dejarla allí, encogida sobre la arena, confiando en que él dijera la verdad.

—Volveré a por ti, pequeña... —murmuré.

Entonces alcé la mano y se la entregué. En cuanto sus dedos se cerraron alrededor de los míos, una corriente eléctrica me recorrió el brazo entero, rápida, ardiente, tan real que me dejó sin respiración durante una fracción de segundo.

Anubis tiró de mí hacia arriba con una fuerza limpia, sin esfuerzo aparente, elevándome hasta su montura e indicándome con un gesto breve que me colocara delante de él.

No sé si aquello fue una buena idea.

Apenas había terminado de sentarme cuando habló de nuevo.

—Date la vuelta.

Lo miré, desconcertada.

—¿Qué?

—Tienes que quedarte mirando hacia mí, Hathor. De otro modo no soportarás el impacto de la arena.

No me dio tiempo a objetar nada más. Con una seguridad irritante, me ayudó a recolocarme, guiándome hasta dejarme sentada de frente a él, de modo que nuestros cuerpos quedaron demasiado cerca, mucho más de lo que habría sido soportable en cualquier otra situación.

Agradecí entonces, quizá más de lo conveniente, la violencia de la tormenta y la tela que aún me cubría la mitad del rostro, porque estaba completamente segura de que mis mejillas ardían.

Anubis pasó ambos brazos a los lados de mi cintura para alcanzar las riendas, y el simple roce de sus manos, firme, preciso, inevitable, me provocó una sacudida tan intensa que durante un segundo temí no ser capaz de pensar con claridad.

El caballo reanudó la marcha. El aire me golpeaba la espalda y la cabeza con violencia, pero comprendí enseguida que, de haber permanecido mirando al frente, habría sido insoportable. Él lo sabía. Por supuesto que lo sabía.

En un momento dado soltó una de las riendas y apoyó la mano en mi espalda para atraerme todavía más contra él, con un gesto duro, seco, nada delicado, pero absolutamente eficaz.

Me presionó la cara contra su pecho para protegerme mejor del viento, y al apoyar después la barbilla sobre mi cabeza, cerrándome entre sus brazos, sentí que algo dentro de mí se deshacía sin avisar.

No retiró la mano de mi espalda ni un instante.

Al contrario: terminó de rodearme con el brazo, envolviéndome por completo para resguardarme del aire, y aquella cercanía resultó tan abrumadora, tan ajena a todo lo que yo hubiera esperado de él,

que durante unos segundos fui incapaz de pensar en nada que no fuera el latido desbocado que me golpeaba por dentro.

Tal vez lo había juzgado mal. O tal vez no. Tal vez ambas cosas podían ser ciertas a la vez. No sabía qué hacer con las manos. Dónde ponerlas. Cómo respirar sin que se notara.

El caballo se sacudía constantemente bajo nosotros y, finalmente, no me quedó otra opción que abrazarme a su cintura para no caer.

Lo sentí tensarse bajo mi contacto con una claridad absoluta, como si aquella proximidad lo afectara más de lo que estaba dispuesto a admitir, y entonces noté cómo su respiración se volvía más profunda, más contenida, mientras su mano se aferraba con más fuerza a mi espalda.

Estábamos tan cerca que podía oír los latidos de su corazón.

O quizá eran los míos. Quizá ambos. Y sin saber exactamente en qué momento ocurrió, dejé de resistirme a esa sensación extraña, a esa contradicción imposible entre el hombre que me había enfurecido una y otra vez y el dios que, sin decir una sola palabra de más,

me llevaba protegida entre sus brazos a través de la tormenta.

Poco a poco, el rugido de la tormenta comenzó a desvanecerse, como si el desierto, agotado de su propia furia, decidiera retirarse sin más, dejando tras de sí un silencio extraño, denso, interrumpido únicamente por el sonido rítmico del galope que, tras horas, o eso me pareció,

empezó a hacerse más lento.

El caballo de Anubis redujo la velocidad hasta casi detenerse.

Aproveché ese instante para separarme ligeramente de él, necesitando aire, espacio, cualquier cosa que me ayudara a recuperar el control de mi propio cuerpo tras aquella cercanía que aún me quemaba por dentro, y me llevé las manos al rostro para retirar la improvisada banda,

notando cómo la piel me ardía bajo los granos de arena incrustados en ella.

Él hizo lo mismo. Se descubrió con un gesto seco, sin mirarme al principio, como si la tormenta no hubiera supuesto más que un contratiempo menor, una molestia más en el camino hacia la meta.

—¿Por qué nos paramos? —pregunté, aún con la respiración ligeramente agitada.

No me respondió de inmediato. Su atención se había fijado en algo a mi espalda.

Giré la cabeza. Y entonces lo vi. El aire se detuvo en mis pulmones.

El horizonte, que hasta hacía apenas unos segundos no era más que una extensión infinita de arena, estaba ahora ocupado por una figura colosal que parecía desafiar cualquier lógica, elevándose sobre el desierto con una presencia que podría haber detenido el tiempo mismo.

—¿Qué es eso...? —mi voz salió apenas como un susurro, incapaz de tomar forma real.

Anubis señaló sin apartar la vista.

—Eso... —dijo con una calma escalofriante— es Apofis. Nuestro último obstáculo.

La serpiente se alzaba como un muro vivo ante nosotros, tan alta como una palmera del desierto, con un cuerpo que parecía interminable y una presencia que no solo imponía, sino que consumía todo cuanto se atrevía a mirarla demasiado tiempo.

El caos hecho carne. El enemigo de mi padre.

El devorador. Y, sin embargo, allí estaba. Esperándonos.

La comprensión me golpeó de repente, tan clara como insoportable. Me giré hacia él.

—Esto es cosa tuya —escupí, incapaz de contener la furia—. La has traído tú.

Su única respuesta fue una sonrisa. No de negación. Ni de sorpresa. De pura satisfacción.

—¿Por qué...? —insistí, con la voz temblando ahora de rabia—. ¿Por qué me has sacado de la tormenta si no me necesitas para ganar?

Entonces se inclinó. Despacio. Reduciendo la distancia entre nosotros hasta dejar apenas unos centímetros de espacio que, aun así, parecía arder.