Capítulo 4 #2
Había en ella algo inquietantemente similar a él, como si fuera su reflejo femenino: la misma quietud alerta, la misma seguridad dura, la misma elegancia sombría.
Era hermosa, sí, pero no de una manera dulce, sino precisa, afilada.
Y lo que más llamó mi atención no fue su belleza, sino la familiaridad con la que hablaba con Anubis.
Se inclinaban el uno hacia el otro con una cercanía que parecía antigua, cómoda, natural.
Él se dirigía a ella sin el tono seco que empleaba con el resto, y en más de una ocasión vi cómo compartían gestos breves, pequeñas miradas cómplices que me apretaron la boca del estómago con una fuerza tan inesperada como molesta.
«Tal vez ella sea la razón por la que Anubis aún no se ha casado.» El pensamiento apareció sin permiso, igual que una punzada. Y luego otro, peor aún. «¿Es esto... envidia?»
Sacudí ligeramente la cabeza, molesta conmigo misma, como si el simple hecho de formularlo fuera ya una derrota. Pero la sensación no desapareció. Siguió ahí, áspera, incómoda, enquistándose poco a poco bajo las costillas.
Fue entonces cuando Anubis habló al grupo, y agradecí el sonido de su voz porque interrumpió el rumbo absurdo que estaban tomando mis pensamientos.
—Estad atentos en todo momento. Tratad de no perder al grupo.
Juntos seremos más fuertes, pero si por lo que sea alguno cae...
—hizo una pausa y nos miró a todos, aunque sentí que aquella mirada negra, fija y dura, se detenía fugazmente en mí— se quedará solo en medio del desierto hasta que termine la carrera. Luego iremos a por él.
No había dramatismo en su tono. Ni intención de tranquilizar. Solo una verdad expuesta con la misma frialdad con la que se describe un peligro inevitable.
La idea de quedarme sola en medio del desierto me atravesó como un relámpago helado, y durante un segundo real pensé en retirarme, inventarme cualquier excusa, volver al palacio, soportar la humillación y darlo por terminado.
Pero entonces una sombra cayó sobre mí. Anubis había acercado su caballo al mío hasta quedar tan cerca que la rodilla casi me rozó la pierna.
Se inclinó ligeramente desde la montura, tomó las riendas de mi yegua para impedir que se moviera y, sin dejar de mirarme, murmuró en voz tan baja que solo yo pude oírlo:
—Aún estás a tiempo de volver al palacio, a la comodidad de tu habitación lujosa y llena de criados para mimarte.
Lo odioso de su tono no era solo la provocación, sino la calma con la que la pronunciaba, como si de verdad creyera que bastaría con pincharme un poco para que huyera.
Apreté los dientes.
—No hace falta, alteza. El lujo de mi habitación no me deslumbra tanto como a vos matar inocentes.
Su reacción fue inmediata. No dijo nada al principio, pero sus ojos se oscurecieron de golpe, y la forma en que su mandíbula se tensó me hizo comprender que había acertado justo donde más dolía.
Se inclinó aún más hacia mí, hasta que pude notar su respiración pausada rozándome la cara.
—Tienes razón... hay muertes que me obsesionan demasiado. Especialmente la tuya, hija de Ra.
El escalofrío me recorrió entera, pero no iba a regalarle miedo. No a él.
Sostuvimos la mirada durante varios segundos, inmóviles, tensos, y entonces ocurrió algo que me desconcertó aún más: sus ojos descendieron un instante hacia mi boca.
Fue apenas un segundo, rapidísimo, pero tan evidente que sentí un calor brusco extenderse por todo mi cuerpo, hasta obligarme a humedecerme los labios con la lengua sin pensar siquiera en ello.
Vi cómo tragaba lentamente. Vi cómo algo se endurecía en su expresión.
Luego volvió a mis ojos y acercó aún más el caballo, hasta que nuestros hombros se rozaron, provocándome esa descarga eléctrica que parecía perseguirme siempre que él estaba demasiado cerca.
Pero, de repente, algo cambió. La insolencia desapareció de su cara y fue sustituida por una severidad casi áspera.
—Mantente cerca del grupo —me dijo.
Yo, incapaz de aceptar tan fácilmente ese cambio, fingí una expresión de perfecta alumna obediente.
—Sí, sí... ya. Unidos seremos más fuertes. Ya lo sé.
No sonrió. Ni siquiera pareció irritarse por mi sarcasmo.
—Esto no es un juego simple —replicó con una dureza seca que, por primera vez, sonó más a advertencia que a provocación—. Hay peligros. Tómatelo en serio, y si caes en el desierto, raciona el agua. Cuando esto termine, alguien irá a por ti.
Asentí sin responder. No porque quisiera darle la razón, sino porque aquella seriedad inesperada había dejado una grieta en todo lo anterior, algo muy pequeño pero difícil de ignorar.
Entonces él se retiró, volvió a colocarse en cabeza, y cuando el juez de la carrera nos llamó a tomar posiciones, ya había recuperado el gesto implacable con el que parecía gobernarlo todo.
—Dioses y diosas, altezas reales... por favor, colóquense en la línea de salida.
Nos alineamos. El gong resonó. Y la carrera comenzó.
Los caballos más veloces salieron disparados en cabeza, levantando una nube de arena que nos envolvió al resto casi de inmediato.
El suyo, por supuesto, fue de los primeros.
Lo vi adelantarse con una seguridad insultante, perfectamente integrado a la potencia de su montura, como si caballo y jinete estuvieran hechos de la misma materia.
Yo no iba tan mal. Atardecer respondía bien, y conseguí mantener una velocidad decente, lo bastante como para no perderme del todo detrás del grupo.
Busqué a Baset con la mirada, y cuando al fin la vi acercándose por uno de los lados, con una sonrisa nerviosa pero viva, sentí un alivio inmediato. Ella también lo estaba consiguiendo.
La primera sorpresa apareció pronto: el desierto se bifurcó en tres caminos, y a la entrada de cada uno ondeaba la bandera de los equipos.
Negro, a la izquierda. Baset tomó el de la derecha.
Nos miramos solo un instante y, sin hablar, nos despedimos con un gesto rápido. Después cada una siguió su ruta.
Era la última del grupo negro. Lo sabía porque veía las nueve monturas por delante, a una distancia suficiente como para que empezara a irritarme. Espoleé a Atardecer con más insistencia.
—Vamos, Atardecer... tenemos que alcanzarlos...
La yegua respondió, y poco a poco fui recortando la distancia hasta distinguir con claridad la espalda recta de Anubis en cabeza, inmóvil, siempre delante, como si el resto solo existiera para seguirlo.
No tardó en llegar el siguiente obstáculo: un afluente encharcado, barro espeso, traicionero.
Los caballos comenzaron a frenarse, a relinchar, a rechazar el paso.
Vi entonces cómo Anubis se inclinaba sobre su semental, acariciándole el cuello y murmurándole algo al oído, y el animal, que parecía a punto de encabritarse, se serenó bajo aquella mano con una obediencia que rozaba lo inquietante. Entró en el fango sin resistirse.
Era imposible no mirarlo. No por admiración. O no solo. Sino porque incluso entre el caos mantenía esa forma de dominarlo todo que me exasperaba tanto como me obligaba a observarlo.
Lo imité, del mismo modo que pude, susurrándole a mi yegua palabras tranquilas, acariciándole la crin, empujándola con voz suave hacia delante.
Cuando llegamos a la parte más honda, Atardecer se bloqueó, pero continué hablándole, prometiéndole zanahorias, alabándola, suplicándole casi, y al final logró avanzar.
Cuando salimos del barro y alcancé la altura de Anubis, él volvió la cabeza hacia mí.
No sonrió. No dijo nada. Pero su mirada descendió fugazmente a mis manos embarradas, luego a mi rostro cubierto de esfuerzo, y finalmente volvió a mis ojos con algo muy parecido a una aprobación severa, una especie de reconocimiento silencioso que desapareció en cuanto giró de nuevo hacia delante.
No había ternura en él. Nunca la había. Pero sí algo aún más desconcertante: la conciencia exacta de lo que yo estaba haciendo. Y de que, pese a todo, seguía allí.
No sé cuánto tiempo pasó desde que dejamos atrás el afluente ni cuánta distancia habíamos recorrido ya a través del desierto, porque después de cierto punto todo se redujo al golpe constante de los cascos contra la arena,
al sol quemándome la piel y al esfuerzo de mantenerme a la altura de los demás sin permitirme el menor respiro, como si el horizonte no hiciera otra cosa que alejarse a medida que nosotros avanzábamos hacia él.
Fue entonces cuando algo cambió. Al principio apenas fue una sombra lejana, una mancha oscura suspendida en la línea del horizonte que desdibujaba el contorno del cielo y parecía tragarse poco a poco la claridad del desierto,
pero bastó con unos instantes para que el grupo entero aminorara la marcha, casi al mismo tiempo, como si todos hubiéramos comprendido a la vez, con un escalofrío compartido, lo que se nos venía encima.
—¡Una tormenta de arena! —oí decir a través del viento que comenzaba ya a levantarse a nuestro alrededor.
—¡Hay que resguardarse! ¡No podemos cruzar así! —protestó Sobek, situándose junto a Anubis.
Pero Anubis ni siquiera dudó. Ni volvió la cabeza. Ni se permitió un segundo de vacilación.
—Continuaremos —dijo con una frialdad tajante que no dejaba margen alguno a la discusión—. El que no lo haga quedará eliminado.
Lo vi arrancarse la banda negra del brazo y colocársela alrededor del rostro, cubriéndose nariz y boca con un movimiento rápido, perfectamente calculado, y por la naturalidad con la que lo hizo comprendí que no era la primera vez que se enfrentaba a algo así,
que aquel caos que a mí me helaba por dentro era para él un terreno conocido.
La sola idea de quedarme sola en mitad de una tormenta de arena, perdida en el desierto, sin saber cuánto tardaría alguien en regresar a por mí, resultaba infinitamente peor que cualquier otra cosa, así que me arranqué también la banda del brazo y lo imité, cubriéndome la cara con dedos torpes,
intentando convencerme de que todavía podía controlar la situación.
No iba a rendirme. No delante de él. No después de todo.
Avanzamos al trote hacia aquella enorme masa anaranjada que crecía y crecía ante nosotros, tragándose el paisaje con una rapidez feroz, mientras los caballos comenzaban a inquietarse y el viento se volvía más violento a cada metro,