Capítulo 4
La bandera negra
La mañana siguiente llegó demasiado pronto, y yo entendí, incluso antes de abrir los ojos del todo, que aquella carrera ya no era una diversión de corte.
Era una mentira que debía sostener, una provocación que me negaba a perder y, aunque no quisiera admitirlo, una forma absurda de volver a ponerme frente a Anubis sin parecer que lo buscaba.
Ahora, mientras las sirvientas ajustaban las últimas piezas de mi atuendo y me convertían, al menos en apariencia, en una auténtica amazona, la realidad me golpeaba con una contundencia que no había sido capaz de ignorar durante la cena.
Me observé en el espejo, y por un instante no me reconocí.
Sentí una opresión en el pecho que fue subiendo poco a poco hasta apretarme la garganta, robándome el aire con una violencia silenciosa. No estaba nerviosa. Estaba aterrada.
—Mi señora Hathor... —la voz de Gabriel me sacó de mis pensamientos—. No habéis probado bocado del desayuno. ¿Acaso no es de vuestro agrado?
Aparté la mirada del reflejo y la llevé hacia la bandeja repleta de comida, intacta, demasiado abundante como para ignorarla sin sentir cierta culpa.
—Estoy segura de que es exquisito... —respondí, forzando una leve sonrisa—, pero hoy no tengo mucho apetito.
Gabriel dudó un instante.
—¿Deseáis que lo retire?
Me giré hacia él, y entonces lo vi: esa expresión. No era decepción. Era algo más contenido.
Durante un segundo recordé sus palabras, su historia, el sacrificio que había hecho por su familia.
—No... —respondí con suavidad, negando con la cabeza—. ¿Has comido ya?
Él no respondió. Y no hizo falta.
—Ven —añadí, señalando la mesa—. Me gustaría que desayunáramos juntos.
El impacto fue inmediato. Gabriel se quedó completamente quieto, en silencio, como si le hubiese pedido algo imposible, como si aquel gesto traspasara una barrera que llevaba demasiado tiempo sin cruzarse.
En ese mismo instante, la puerta de la habitación de Baset se abrió. Mi hermana entró, pálida, mucho más de lo habitual. Sin decir nada, se sentó frente a la mesa. Esa imagen bastó: no podíamos permitirnos ese estado.
—¿Tú tampoco has dormido? —pregunté, acercándome mientras hacía un gesto a Gabriel para que se uniera.
Él seguía inmóvil, como si no supiera si debía hacerlo. Baset negó lentamente, llevándose una uva a la boca sin apenas mirarme.
—No podemos dejar que esto nos afecte tanto... —añadí, tratando de aportar algo de ligereza—.
Solo es una carrera.
Nadie respondió.
—Gabriel... —volví a llamar, esta vez con un tono más firme—. Siéntate.
Él dudó unos segundos más, lanzando una breve mirada a Baset, como buscando su aprobación.
Mi hermana le ofreció una leve sonrisa. Fue suficiente.
Se sentó, y poco a poco la tensión comenzó a ceder.
Hablamos de su familia, de sus hijos, del palacio, de la historia que lo envolvía todo.
Y por unos momentos todo fue simple. Humano. Casi ajeno a lo que vendría después.
El sol ya estaba alto cuando llegamos a las caballerizas, cuyos sonidos —voces, relinchos, movimientos— creaban una atmósfera cargada de expectación que hacía imposible ignorar la magnitud de lo que estábamos a punto de hacer. Había más gente de la que esperaba. Muchos más. Y entre ellos, él.
Horus se encontraba ya preparado, junto a Sobek y Sekhmet, que no tardó en acercarse en cuanto nos vio.
—Bueno... ¿estáis listas? —preguntó, observándonos con una mezcla de curiosidad y entusiasmo.
Estuve a punto de decir que no. De admitirlo. De acabar con todo antes de empezar. Pero entonces lo vi: un caballo negro avanzó hasta colocarse en el centro, poderoso, imponente, y sobre él, su jinete. No lo pensé. No quise hacerlo.
—Sí —respondí—. Estamos preparadas... deseando empezar.
Mis propias palabras me sonaron ridículas. Pero no me importó. Una carcajada baja, inconfundible, se deslizó a mi espalda cuando Anubis pasó junto a nosotras, bordeándonos con su montura. Sentí cómo la rabia volvía a despertar.
Horus se acercó entonces, ajeno a todo aquello, y nos guio hasta nuestros caballos.
Dos yeguas magníficas. Elegantes. Llenas de fuerza.
La de Baset, blanca. La mía, de un tono cálido, como un atardecer encendido.
«Encaja contigo», pensé. Solo esperaba que también lo hiciera en el fondo, porque lo que venía no dejaba margen para la duda.
La voz de Anubis se alzó por encima del murmullo de los presentes con una rotundidad tal que incluso los caballos parecieron tensarse bajo sus jinetes, como si reconocieran en él una autoridad que no necesitaba imponerse a gritos para hacerse obedecer.
—¡Atención todos! A partir de aquí —dijo, señalando con el brazo la línea trazada en el suelo— comenzará la carrera.
Haremos varios equipos y cada uno portará un color; el primero que llegue a la meta deberá hacer ondear la bandera de su equipo.
La meta se encuentra en el cañón de la Medialuna, será solo de ida —hizo una breve pausa y torció apenas la boca en una mueca que no llegaba a ser sonrisa—, pero habrá obstáculos, trampas que será necesario sortear para llegar.
Mientras hablaba, recorría a los presentes con la mirada, lenta, firme, como si pesara las posibilidades de cada uno antes incluso de que la carrera comenzara, y cuando sus ojos llegaron a mí no pasaron de largo, sino que se detuvieron un instante más de lo debido,
lo bastante como para hacerme sentir que aquella última parte iba dirigida expresamente a mí.
—¿Alguien tiene alguna pregunta al respecto?
Miró uno por uno a los allí reunidos, con la seguridad de quien sabe de antemano que nadie se atreverá a cuestionarlo demasiado, y cuando el silencio se hizo espeso, fue mi voz la que lo rompió.
—Sí... ¿qué clase de trampas?
La comisura de su boca se elevó con lentitud, y aquella sonrisa, pequeña pero afilada, le endureció aún más el rostro.
—De tipo... sorpresa.
Se escucharon algunas risas entre los demás, risas de quienes estaban acostumbrados a aquellas carreras y quizá encontraban estimulante no saber con qué iban a enfrentarse, pero a mí no me hizo ninguna gracia.
No me gustó cómo lo dijo, ni la forma en que, tras responder, volvió a mirarme como si esperara mi reacción con un interés casi irritante.
—¿Alguna otra pregunta? —añadió, dejando que el silencio le respondiera—. Bien. Si nadie tiene nada más que preguntar...
—¿Cuál es la recompensa por ganar?
Mi propia voz me sorprendió un segundo antes de sorprender al resto. Noté varias miradas girarse hacia mí, pero la única que me importó entonces fue la suya.
Anubis clavó en mí los ojos con una intensidad tan directa que durante un instante tuve la absurda sensación de que el resto desaparecía y de que aquella pregunta se había convertido en algo entre él y yo.
Sus dedos, apoyados sobre la silla de montar, se flexionaron apenas, como si esa simple cuestión hubiera despertado algo en él.
—Pensé que nadie me lo preguntaría —respondió Anubis, y su sonrisa canalla se volvió más peligrosa—. El premio será una visita guiada a Hardai. Ida y vuelta. Para quienes tengan valor suficiente para cruzar sus puertas y sensatez suficiente para no hacer demasiadas preguntas.
Hubo un silencio extraño, breve, cargado de sorpresa, y luego las reacciones del resto me dejaron todavía más desconcertada.
—No hablas en serio... —soltó Sobek con una mezcla de entusiasmo e incredulidad.
—Creo que nunca ha hablado más en serio que ahora —añadió Sekhmet, sonriendo como si acabaran de prometerle un tesoro.
Yo, en cambio, no lograba entender qué tenía de fascinante que el gran premio fuera una entrada a la ciudad de los muertos.
—Espera... espera... ¿la ciudad de los muertos es el premio? ¿Y qué tiene eso de triunfal?
La cara de Anubis se endureció apenas un segundo; no mucho, solo lo suficiente como para evidenciar que mi comentario no le había hecho ninguna gracia.
Sus ojos se volvieron más fríos y me atravesaron con esa forma suya de mirar que no parecía detenerse en la superficie, sino escarbar más hondo, como si quisiera dejar claro delante de todos que le resultaba insoportable mi falta de fascinación por aquello que a él le pertenecía.
Horus intervino antes de que él dijera nada.
—Hathor... la ciudad de Hardai es un lugar inexplorado para muchos. Algunos hemos oído sus historias, y te puedo asegurar que más de uno está deseando comprobar si son ciertas.
Las voces de los demás volvieron a alzarse aprobando aquellas palabras, y yo terminé por bajar la mirada un instante, para no seguir sosteniéndole la suya a Anubis, porque tenía la impresión incómoda de que cuanto más lo hacía, más terreno parecía ganar él.
Momentos después comenzó el reparto de equipos.
Mi hermana se colocó delante de mí en la fila y metió la mano en el saco del que debíamos sacar la seda del color correspondiente.
Como era de esperar, los tres dioses más importantes ya tenían asignado su estandarte: Horus, el azul; Sekhmet, el naranja; y Anubis, el negro.
Baset sacó azul. Sentí un alivio inmediato y tan sincero que casi estuve a punto de sonreír con verdadera alegría. Al menos ella no caería en su equipo.
Luego llegó mi turno. Metí la mano en el saco, palpé la seda, tiré de una de las cintas, y en cuanto el negro apareció entre mis dedos, sentí una punzada de pura frustración.
Levanté despacio la vista hacia los líderes de los grupos.
Los tres me miraban. Pero solo uno sonreía.
Una sonrisa lenta, torcida, de absoluta suficiencia, como si aquel pequeño golpe del azar le hubiera proporcionado una satisfacción privada que no se molestaba en ocultar.
—Imbécil... —murmuré para mí.
Su expresión no cambió, pero juraría que me leyó los labios.
Los que faltábamos nos subimos a los caballos y nos colocamos tras la línea de salida junto a nuestros equipos.
Yo tuve que acercarme al de Anubis con una sensación cada vez más clara de que todo aquello estaba saliéndole demasiado bien.
Allí había semidioses guerreros, también varias mujeres, y una en particular captó por completo mi atención.
Vestía de negro de los pies a la cabeza y montaba una yegua del mismo color azabache.