Capítulo 3 #3
Me encogí de hombros, restándole importancia a mi salida. Sabía que ella era consciente de que mentía, pero también que los demás nos observaban y que no era el lugar para hablar.
—Ven... —me sujetó con más fuerza de la mano y tiró de mí hacia la mesa, donde todos se encontraban—. Siéntate aquí —me señaló un lugar al lado de Horus, mientras ella se colocaba al otro extremo.
Horus se acercó también, a preguntarme si estaba mejor, y respondí bien alto para que los demás pudieran escuchar y dejaran de preguntar.
Cada comensal comenzó a tomar asiento. Yo tenía la vista fija en el plato, pero supe inmediatamente en qué lugar se había sentado él.
Anubis. Algo, como una energía eléctrica, apareció en el ambiente.
También su olor, esa fragancia que llevaba puso en alerta todos mis sentidos.
Solo sé que el dios Anubis rezumaba peligro por cada poro de su piel, y que era muy consciente de ello, porque cuando me permití alzar la mirada una sola vez, lo encontré perfectamente acomodado en su silla, frente a la mía, con la mano derecha jugando con el filo de la copa,
los ojos puestos en mí y una sonrisa desdeñosa que le daba aspecto de irresistible canalla.
Sentí una ola de brasas recorrerme; de repente la temperatura había subido de forma estrepitosa. Tenía sed, y bebí de mi copa.
—¿Estás bien? —la pregunta de Baset me sorprendió, y me atraganté con el vino—. Hathor, el vino no te sienta y ahora, ¿te lo bebes de un solo trago?
—Tengo sed y calor. Estoy bien —intenté distraerla—. Todo esto me distrae... ya sabes, el palacio es demasiado para lo que yo acostumbro.
Puse los ojos en blanco y ella sonrió.
Traté de que durante la cena no se me notara tan perdida, y sobre todo fingí que su presencia no me afectaba en absoluto.
Fue muy difícil, porque Anubis era un descarado y no le importó pasarse toda la cena mirándome fijamente.
No sé si Horus se dio cuenta en algún momento, pero, a juzgar por su actitud, diría que no.
—Hathor... tú montas, ¿verdad? Baset nos ha contado que te gustan los caballos —la pregunta de Horus me tomó totalmente desprevenida.
Lo miré y asentí.
—Bravo por Hathor... —celebró Sekhmet, brindando ella sola, mientras Horus le guiñaba un ojo cómplice a su amiga.
—Verás, Hathor... —carraspeó Anti, el dios de las aves—. Los demás hemos estado hablando hace rato y nos gustaría invitarte, a ambas —dijo, señalándonos a Baset y a mí—, a una carrera de caballos. Mañana.
Miré de inmediato a Horus, y él me asintió entusiasmado.
—Cada vez que nuestro grupo se reúne es tradición correr una carrera de caballos. Baset me dijo que montabais las dos, así que... ¿os animáis?
Más que una pregunta, sonó a súplica por parte de Horus.
No sé qué fue lo que me hizo girar los ojos hacia Anubis, pero lo que encontré me hizo contestar sin quitarle la vista de encima.
Su pose, esa manera de sentarse y de observar fijamente.
«¿Es que no le da vergüenza, o qué demonios? Es tan indiscreto mirándome que es imposible que más de uno en la mesa no se haya dado cuenta.»
—Claro... —Baset giró rápidamente la cara hacia mí, asombrada—. En Alejandría solíamos hacerlas también.
—Bien... magnífico —celebró Horus, alzando su copa para brindar—. Así pues, quedan inauguradas las carreras de este año.
Todos brindaron, sumándose a la excitación que les producían las carreras.
«¿Dónde te has metido?», me pregunté varias veces a mí misma. «Eres una embustera, Hathor.
Tú no has participado en una carrera en tu vida.»
Me bebí toda la copa de un solo trago; de repente tenía la necesidad de beber y beber para no recordar en dónde me estaba metiendo. Todos hablaban con todos, y apenas se podía seguir una sola conversación porque el barítono de alguno sonaba demasiado alto.
De repente, él habló, y silenció de golpe al resto.
—Si tan buenas amazonas son, podríamos complicarlo un poco más —sugirió a su hermano, que nos miró dubitativo—. No sé... tal vez con la búsqueda de una recompensa, ida y vuelta, completando todo el recorrido.
Me estaba provocando, estaba segura. Comprobando hasta dónde era capaz de llegar con mi mentira. Pues te diré algo: hasta el mismísimo final.
Lo miré indiferente, fingiendo no sentir el estómago revuelto y las manos temblorosas.
—No sé, Anubis... a lo mejor es demasiado para ellas. Hagamos una simple, y más adelante, si ellas quieren, que participen en una más compleja —respondió Horus, tratando de ayudarnos, cosa que le agradecí, porque no sabía cómo iba a salir de aquello.
Anubis me miró con indiferencia; tampoco él dejaba traslucir sus emociones.
Continuamos lo que quedaba de cena sin más anécdotas que las miradas que ambos nos sosteníamos de vez en cuando.
Al terminar la noche, ya en mi habitación, a punto de meterme en la cama, Baset se sentó junto a mí.
—¿Por qué has tenido que decir que sí? No sabemos montar como amazonas experimentadas, solo salíamos a dar pequeños paseos a caballo, nunca hemos corrido con ellos. ¿Crees que mañana no lo notarán? Se darán cuenta de que mentimos... todo esto será vergonzoso e innecesario.
Se pasó las manos por la cara, desesperada.
—No creo que sea tan difícil, Baset... es lo mismo, solo que más rápido. Lo haremos bien, tenemos que hacerlo bien.
No podía apartar de mi mente la imagen petulante del dios Anubis. Me frustraba e irritaba a partes iguales.
—Dime qué te pasó esta noche... sé que te inventaste una excusa y quiero saber por qué.
Estaba molesta; lo entendía. La acababa de meter en aquel juego solo porque era incapaz de perder.
—¿Recuerdas lo que me sucedió esta mañana, el médico extraño del que te hablé? Pues es él.
Me mordí la uña del pulgar, desquitándome con ella mientras estaba de los nervios. Aquel mortal, pobre hombre.
—¿Quién?
Su cara de duda me causó gracia.
—El príncipe Anubis. Él era el médico. Me engañó para llevarse el alma del pobre infeliz al inframundo —solté con la rabia de la impotencia que sentía cada vez que recordaba ese momento.
—No hablas en serio... —alzó una ceja y se cruzó de brazos, mientras su cara pasaba de la incredulidad a la más absoluta sorpresa—. No puede ser... pero ¿por qué no te dijo quién era?
—Porque no es más que un engreído, arrogante y maleducado niño de papá, que hace y deshace todo a su antojo. Se ve que está muy acostumbrado a salirse siempre con la suya —suspiré—. Oh, vamos... si hasta su madre lo dejó caer esta mañana.
Entonces recordé que la reina lo quería para mi hermana, y sentí una punzada en el centro del pecho.
—¿Y qué tiene que ver eso con las carreras de mañana? —preguntó, molesta.
Yo la miré y resoplé, resignada.
—Nada... y todo.
Entonces le conté todo, con pelos y señales, sobre lo que había sucedido en el balcón solo unas horas antes. Ella escuchó atenta, sin perder ni un solo detalle de mis palabras.
—De acuerdo. Entonces esto ya es una cuestión de orgullo, y lo comprendo, Hathor. Pero no tienes que pelearte con nadie para defenderme. Que piense lo que quiera, no me importa.
Ella siempre decía eso, y yo creo que sí le importaba lo que pensaran.
—¿Participarás mañana conmigo? —mi voz no fue más que un susurro.
Ella me sostuvo la mirada sin decir nada, hasta que dejó salir todo el aire que estaba reteniendo.
—Sí, participaré. Pero... ¿eres consciente de que haremos el más absoluto ridículo, verdad?
Me regaló una pequeña e insegura sonrisa, y yo me lancé a sus brazos para llenarla de besos y abrazarla por ser la mejor hermana del mundo.
Mañana sería otro día, y aunque ni yo misma sabía cómo íbamos a salir de aquello, me acosté con el convencimiento de que podríamos cabalgar veloces sin ningún problema.