El chacal y la hija del sol Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Hermano, esta es mi prometida. La diosa Hathor.

El mundo no se detuvo, pero yo sí. El médico del callejón.

El desconocido que me había juzgado con las manos manchadas de sangre.

El hombre que no se había inclinado ante mí era el príncipe de Hardai.

Lo dijo sonriente, mientras Anubis mantenía una expresión seria, de fastidio. «¿Le había hablado de mí?» Yo seguía en shock, incapaz de hacer otra cosa que asentir, quedando como una auténtica idiota.

Él solo hizo un breve y pequeño asentimiento delante de mí, antes de decirle algo por lo bajo a su hermano, algo que le causó gracia a Horus, y ambos se rieron juntos.

Creí que iba a morirme allí mismo, si pudiera, claro.

Nunca había visto una sonrisa más canalla y preciosa que aquella.

Mientras Horus sonreía mostrando sus dos hoyuelos, él solo tenía uno, que le daba un aspecto distinto.

Indomable. «¡Por los dioses, Hathor, déjate de comparar!»

No sabía por qué no podía quitarle los ojos de encima; esa mañana me había ocurrido lo mismo cuando apareció en el callejón.

Mientras yo fantaseaba como una adolescente, Horus se lo estaba presentando a mi hermana. Ella se inclinó ante él, y él se acercó para impedírselo.

—Es un placer, Baset —la sujetó de los brazos para que no terminara de bajar y ayudarla a alzarse—. Eso... no es necesario.

Lo dijo muy cerca, tan cerca que parecía más una escena íntima. Baset se puso más colorada que el ocre rojo que usamos para hacer pinturas, y le agradeció el detalle. A mí, en cambio... «No, Hathor, por ahí no vayas. Estás prometida, ¿recuerdas?»

Todo aquello me estaba abrumando, y necesitaba salir de allí, coger aire fresco. Necesitaba pensar con claridad, porque en ese momento no estaba pensando en absoluto.

—¿Me disculpáis? Creo que necesito algo de aire... —dije, sujetando el brazo de mi hermana, que me observó preocupada.

—Voy contigo... —se ofreció, disculpándose delante de los príncipes.

—¡No! No es necesario, creo que el vino se me ha subido un poco a la cabeza. No te preocupes, solo quiero un poco de aire. Estoy bien.

La tranquilicé para que se quedara allí, hablando con ellos.

—¿Segura? Voy contigo —se ofreció el príncipe Horus.

—No es necesario, de verdad... es solo el calor de la sala y el vino. En cuanto tome algo de aire estaré mejor, gracias.

Él comprendió que deseaba estar sola y no dijo nada más; solo me ofreció una pequeña sonrisa como respuesta a mi súplica.

Antes de salir desvié la mirada hacia el dios Anubis, que me observaba sin expresión alguna, vacía, mientras se llevaba la copa de vino a los labios.

Aparté la vista y me apresuré a salir de allí.

Encontré uno de los enormes balcones y corrí hasta la barandilla.

Estaba prácticamente sola; había alguna pareja hablando tranquilamente, pero cada uno a lo suyo.

Nadie me vio llegar, cosa que agradecí. Tomé aire tantas veces como pudieron mis pulmones; no entendía la revolución de sensaciones que sentía por dentro.

«¿Por qué no me dijo quién era cuando nos vimos esta mañana?»

No podía dejar de darle vueltas a todo. Esa mañana, cuando apareció en el callejón, iba vestido como un mortal, y yo, estúpida de mí, pensé que era médico.

Estaba segura de que él tuvo que imaginar quién era yo; recordaba cómo había mirado mi atuendo cuando se dirigió a mí.

Ahora mismo empezaba a sentir la ira correr por mis venas; había un pensamiento que me corroía y que quería evitar, porque prefería creer que todo había salido bien.

«Respira, Hathor, respira...»

Contemplé la ciudad, sus monumentos como telón de fondo, y me quedé absorta en su belleza: el fluir de las calles, los edificios, el río sagrado bordeando el palacio, el cielo estrellado y la luna llena pincelando luces plateadas allá donde caían. Era precioso. Mágico.

Una corriente eléctrica me erizó el vello; sentí una presencia, y antes de poder girarme, él ya había llegado a mi lado.

Giré la cara y lo vi apoyado en la barandilla, con su copa de vino entre las manos, contemplando la misma imagen que yo había admirado apenas unos instantes antes.

Hubo silencio, mucho, pero pasados unos segundos, me miró, resignado.

No supe qué fue lo que me impulsó a hacerlo, pero las palabras me quemaban por dentro.

—¿Qué habéis hecho con el hombre? —le pregunté, girando por completo mi cuerpo hacia el suyo.

Él siguió impasible; no se le movió ni un solo músculo de la cara ante mi pregunta. Me recorrió de arriba abajo con la mirada, de forma descarada, y yo sentí el calor arremolinándose en mis mejillas.

—¿Disculpa...? —preguntó con su voz ronca y profunda, la misma que esa mañana había captado mi atención. Era como un canto de sirenas; el timbre de su voz resultaba sensual.

—Sabéis perfectamente de quién os hablo —espeté, furiosa. A pesar de toda su belleza, de su atractivo evidente, mi ira no había menguado ni un poco.

Ladeó la cabeza antes de apartarse de la barandilla y quedar frente a mí. Era muy alto, y su cuerpo parecía fuerte. Vestido totalmente de negro, intimidaba; y luego estaba su mirada, fría, letal.

Curvó un lado de su perfecta boca y se inclinó para quedar más cerca de mi cara. Mi respiración se agitó; podía ser la adrenalina recorriéndome la sangre, o bien la pérdida total de espacio personal. El caso es que empecé a sentirme como un conejo a punto de ser devorado por un chacal.

—¿Eres consciente de a quién te diriges? —una de sus cejas, perfectas y rectas, se arqueó, interrogante.

El corazón se me iba a salir del pecho. Todo él exudaba tanto poder que me sentía muy inferior, pero él no tenía por qué saberlo.

—Soy muy consciente, alteza... pero eso no va a impedir que os lo vuelva a preguntar. ¿Qué habéis hecho con el mortal?

No tenía ni idea de dónde me estaba saliendo tanto valor, pero no iba a mostrarme débil. No ante él.

Le surcó una sonrisa de suficiencia que deseé apartarle de la cara de un guantazo. Era un engreído; se le veía a la legua.

—Ah... habláis del mortal... el de Heliópolis. Está bien... junto a los suyos, supongo.

Lo dijo como si fuera algo sin importancia. «Ahora sí sabe de quién le hablo. Qué casualidad.»

—Oh, gracias a los dioses... —solté el aire, aliviada—. Me alegro de que se haya curado. Supongo que tengo que daros las...

Lo vi separarse de mí, como si mis palabras lo hubieran quemado, y yo paré de hablar de inmediato.

—¿Curado? ¿Quién ha hablado de eso? Yo solo he dicho que está bien, junto a los suyos.

Sus ojos verdes no dejaban de analizar todas y cada una de mis expresiones, en especial la que estaba por venir. Una energía helada me recorrió entera. No era posible. ¿Lo era?

—¿Está... muerto? —La pregunta apenas salió de mí. Anubis no apartó la mirada.

—Está con los suyos. —La respuesta me atravesó antes de que pudiera entenderla. El mercado, la sangre, mis manos inútiles sobre aquella herida... todo regresó de golpe.

—Lo dejaste morir. —Algo oscuro cruzó sus ojos.

—Cuidado con lo que insinúas, Hathor. Acusar a un príncipe de Egipto es alta traición.

Sus ojos adquirían distintos tonos de verde; lo había enfadado muchísimo, pero él también a mí.

—Quitaos de en medio —dije con los dientes apretados.

—¿O..? —se acercó mucho más, tanto que pude oler su aroma, una mezcla de lirios e incienso de mirra, con un toque de cítricos.

—O gritaré, hasta que alguien me oiga.

Estaba siendo infantil, pero empezaba a desesperarme; me sentía acorralada. Él sonrió, triunfante: se había dado cuenta de que había ganado aquella batalla.

—Me muero de ganas por tenerte en la familia, Hathor.

Era ironía pura. Se apartó, dejando el espacio suficiente para que pudiera moverme, y se llevó el pulgar a los labios, recorriendo su hermosa boca antes de volver a hablar.

Y yo deseé ser ese dedo, para poder tocar sus carnosos y perfectos labios.

«Céntrate», me gritó una vocecita en la cabeza, «y no le des el gusto a este imbécil de ver cómo te afecta».

—...tal vez deberías volver dentro, a no ser que no te importe que tu hermana seduzca a tu prometido. He visto solo dos miradas para saber lo que ambos estaban pensando el uno del otro. ¿No es caprichoso el destino?

Ahí estaba otra vez esa maldita palabra que empezaba a odiar. Destino. Hizo una mueca de disgusto cuando le lancé una mirada furiosa.

—¿Crees que podrás compartirlo? Ya sabes... tú serás su mujer ante el mundo, y ella la que caliente su cama cada noche...

Mi mano sobre su mejilla fue lo que lo calló de golpe. Tenía la cara girada por la bofetada que le acababa de dar, y yo respiraba agitada, el corazón a punto de salírseme del pecho. Estaba tan furiosa con él que no fui consciente de cómo mi mano cobró vida propia y se atrevió a dar semejante golpe.

Tan asombrada como él, los dos nos miramos, desafiantes.

—No volváis a insinuar nada que tenga que ver con mi hermana, ¿me habéis oído? —espeté furiosa; la rabia bullía en mi interior.

Él sonrió, y esta vez fue una sonrisa grande, ancha, donde mostraba sus dientes perfectos y relucientes. «Dioses... era guapísimo.»

—Sí... me muero por tenerte en la familia...

La intensidad de su mirada al decirlo, mientras me recorría con los ojos una vez más, me puso la piel de gallina.

No le contesté; solo le di la espalda, mirando hacia el horizonte.

No supe en qué momento exacto se retiró, pero cuando pasó un rato me di la vuelta y comprobé que ya no estaba allí.

En ese instante solté todo el aire de mis pulmones.

Estuve bastante tiempo fuera tratando de calmarme, y solo cuando por fin lo logré fui capaz de volver al interior del salón, donde la cena estaba a punto de comenzar.

Hice un barrido con la mirada antes de encontrar a mi hermana, que seguía con el príncipe Horus y su grupo, hablando animadamente.

Caminé hacia ellos, y cuando me vieron llegar esbocé una mueca, un intento de sonrisa fallido.

Por más que quisiera ser simpática, no estaba de humor, y no era capaz de fingirlo.

Baset se acercó a hablarme muy bajo, sin que nadie pudiera escucharnos.

—¿Dónde has estado? ¿Estás bien? Estaba empezando a preocuparme... —me sujetó del brazo, tratando de leer mi cara.

—Ya te lo dije, el vino. No estoy acostumbrada a beber tan rápido.