El chacal y la hija del sol Capítulo 3
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Capítulo 3

La sombra en el banquete

Hacía ya una hora que el sol había partido hacia el valle del oeste cuando, mientras terminábamos de vestirnos, alguien tocó a la puerta.

Una de las sirvientas se acercó a abrir y saludó con una breve inclinación a quien fuera que esperaba al otro lado.

Me dirigí hacia allí y descubrí a un hombre de mediana edad, con las manos entrelazadas por delante, como si aguardara nuestro encuentro desde hacía rato.

En el instante en que me vio, se inclinó con una breve reverencia antes de hablar.

—Mi señora Hathor, mi nombre es Bo y seré vuestro consejero a partir de ahora.

Os mostraré todo cuanto deseéis saber del palacio y de la ciudad de Tebas.

Soy un erudito en historia; también domino el arte arquitectónico de nuestra era, y para mí será un verdadero placer enseñaros —dijo con otra inclinación.

—Gracias, Bo. Os agradezco vuestra amabilidad y servicio.

Sonreí para que viera mi agradecimiento.

—Oh... mi señora. No soy un sirviente. Soy un esclavo —aclaró con convicción.

Un esclavo. No sabía que en el palacio los tuvieran. Pensaba que en Tebas no quedaban, pues hacía siglos se habían abolido las antiguas leyes de esclavitud.

—Pero... habéis dicho que erais un erudito... —recordé.

—Sí... lo era, antes de que me convirtieran en esto —añadió con melancolía.

—¿De dónde eres?

Mi curiosidad siempre de por medio, pero si íbamos a ser confidentes, quería saber sus orígenes.

—Soy... bueno, de Sinaí. Era hebreo. Ahora soy egipcio —dijo, como si se enorgulleciera de ello.

—¿Y por qué ya no lo eres...? Quiero decir, ¿ya no quieres serlo?

No pude evitar formular la pregunta, aunque tal vez no le apeteciera hablar de ello.

—A vuestra primera pregunta os diré que no tuve otra opción, si quería que mi familia no muriera de hambre. Y a la segunda, que quiero serlo más que nada en el mundo. A veces nos toca hacer sacrificios que no estaban en nuestros planes.

Fue sincero, cosa que agradecí.

—¿Cuál es tu verdadero nombre? Supongo que no es Bo.

Suspiró como si le estuviera pidiendo un imposible y miró a ambos lados del pasillo para asegurarse de que nadie lo escuchaba.

—Gabriel. Mi nombre era Gabriel —susurró tan bajo que tuve que inclinarme un poco para oírlo bien.

—Gabriel... Gabriel... —repetí dos veces, para ver cómo sonaba.

Él me miraba con pánico en todas sus facciones; temía que alguien lo escuchara.

—¿Me serás fiel a mí? —pregunté.

Asintió enérgicamente.

—Soy un regalo de la reina, mi señora. Ahora os pertenezco —contestó a la pregunta que me llevaba haciendo desde que abrí la puerta. «¿Quién lo había enviado?» Ahora ya lo sabía.

—Bien. A partir de hoy volverás a llamarte Gabriel. Tu nombre es mucho más bonito que Bo —hice una mueca de disgusto al pronunciarlo—. Y yo no tengo esclavos, Gabriel. Si estás conmigo será bajo un salario y porque tú quieras trabajar para mí; si no, entenderé que prefieras volver a casa.

—¿Me estáis dando la libertad? Pero... eso es ir en contra de la reina...

Parecía asustado.

—Yo no diría que es ir en contra de ella. La reina no tiene por qué enterarse; será algo entre nosotros. Y no olvides que algún día seré reina también. Puedo asegurarte de que cuando ese día llegue no quedará ni un solo esclavo en todo Egipto.

Él asintió, prometiéndome así fidelidad, y yo no pude más que sonreír con absoluto triunfo.

—Bien, ahora tengo que asistir a la cena y no sé dónde es. ¿Nos llevarías, a mi hermana y a mí?

—Claro, mi señora. ¿Estáis listas ya?

—Danos unos minutos y nos reencontramos aquí en el pasillo, ¿de acuerdo?

Miré al interior de la habitación, donde parecía haber estallado una pequeña revolución entre Baset y los vestidos.

—Como gustéis —hizo una reverencia y se quedó esperándonos.

Tardamos mucho más que unos minutos en llegar a la cena.

Yo tenía muy claro qué vestido quería llevar, pero Baset parecía indecisa y se probó cerca de veinte.

Finalmente se decidió por uno de gasa que le sentaba de maravilla.

Estaba guapísima, y aunque intentaba no llamar la atención, eso iba a ser imposible: tenía luz propia.

Yo opté por uno blanco, sencillo, con los hombros cubiertos.

Pedí que me recogieran la melena con unas horquillas de oro y elegí yo misma las joyas que me había regalado la reina.

La sala del banquete era enorme y estaba llena de dioses, semidioses, nobles, toda la flor y nata del país. Era circular, rodeada de amplios arcos que daban a unos enormes balcones con vistas a toda la ciudad de Tebas. La música sonaba suave, mientras se escuchaba el murmullo de las conversaciones.

Miré a Baset para indicarle que debíamos continuar; por más que nos apeteciera explorar la sala, era mejor ir a saludar antes de que nuestro padre viniera a buscarnos.

Nos acercamos a la zona donde la familia real recibía a todos como alegres anfitriones de la fiesta.

La reina fue la primera en notar nuestra presencia.

—Ah... aquí estáis. Todo el mundo me pregunta por vosotras, las hijas de Ra. ¿Habéis descansado?

Nos animó a acercarnos y respondimos con una inclinación de cabeza.

—Sí, majestad, hemos podido descansar —contesté con amabilidad, mientras Baset asentía.

—Y... ¿recibiste mi regalo? —me preguntó por lo bajo, arrimándose más a mí.

Mi cuerpo se sacudió ante su pregunta. ¿Cómo podía llamar a eso un regalo? Gabriel era un hombre. Nadie merecía semejante trato. Pero no podía decírselo, o sería el pobre Gabriel quien pagara las consecuencias.

—Os referís a Bo, ¿cierto? Me ha agradado mucho —fingí estar encantada con su «regalo».

—Os he mandado al mejor, querida. Un mortal con inteligencia que os ayudará a adaptaros a la capital.

Aquí todo el mundo tiene uno, o varios...

—se permitió el lujo de colocarme mejor el collar mientras me miraba fijamente a los ojos.

Eran tan azules como los de su hijo; solo esperaba que ella no fuera tan monstruosa como su mirada sugería—.

Te ayudará a adaptarte y con lo que necesites.

Fingí estar encantada.

Mi padre se acercó junto al rey, y tras saludarlo más de cerca, pude comprobar que el dios Osiris tenía los ojos verdes. De repente sentí el impulso de mirárselos más de cerca, para comprobar si también él tenía un halo dorado alrededor de los suyos.

Estuvimos un buen rato con nuestro padre y con sus majestades, hablando de cosas sin importancia; cada vez que nos preguntaban algo, respondíamos escuetamente. Descubrí que el dios Osiris era más cercano que la reina, y de ahí entendí la cercanía de su hijo cuando hablamos esa misma mañana.

La reina nos invitó a pasear por la sala para ir saludando a otros y, de paso, reunirnos con Horus, que se encontraba con sus amigos en el lado opuesto.

Saludamos y hablamos con tantas personas que, si ahora mismo me preguntaran a quién había conocido aquel día, solo diría a Gabriel, porque fue el único que despertó interés en mí.

En algún momento que ya ni recuerdo, la reina nos dejó solas mientras seguíamos paseando delante de todos.

Ya estábamos llegando al final del salón cuando vimos al príncipe Horus.

Estaba con un grupo de dioses, animados en la conversación.

En cuanto nos vio, salió del corrillo y vino directo hacia donde yo estaba.

—Buenas noches, Hathor —me hizo una pequeña inclinación con la cabeza. Luego giró el rostro para encontrarse con mi hermana—. Buenas noches, Baset. Bienvenidas.

—Buenas noches, alteza real —respondimos al unísono.

Nos miró a las dos, alternando entre una cara y otra, y sonrió amable al escucharnos hablar al mismo tiempo. Tenía una sonrisa preciosa; se le formaban dos hoyuelos que le daban aspecto de niño.

—Estoy acompañado por amigos que quiero que conozcáis. Venid —nos indicó, caminando hacia el grupo. Enseguida todos los allí presentes se giraron hacia nosotras.

—Os presento a la diosa Hathor y a la diosa Baset, las hijas de Ra... aunque tengo entendido que falta una —dijo Horus, colocándose, aposta, entre mi hermana y yo.

Todos nos saludaron con una inclinación y nosotras hicimos lo mismo. Eran dioses y diosas jóvenes, como nosotras, y eso hizo que conectáramos con ellos enseguida.

—¿Cómo ha ido el viaje desde Alejandría? —preguntó el dios Sobek, señor de las aguas y del río sagrado.

—Bien... ha estado bien —contesté escueta, sin querer revelar más de lo que había ocurrido ni que se me notara que omitía algo.

—Si hubierais optado por el medio fluvial no os habría dado tanto calor. Estamos en temporada de sequía y el calor es insoportable. ¡Oye! Cuando queráis podemos organizar un viaje por el río en barca, hasta el manantial azul. ¿Qué os parece?

Sobek animó en un segundo a todo el grupo. Todos se sumaron a su propuesta, incluidas nosotras. Parecían un grupo agradable.

Nuestro padre y la reina me habían pedido que socializara, y eso estaba haciendo. Mantenía una conversación entretenida con la diosa Sekhmet, señora de la guerra, cuando las voces y los vítores del resto cortaron la charla por completo.

—Y por fin el hijo pródigo ha vuelto, dioses y diosas... —alzó la voz Sobek.

Todos saludaban a alguien; Horus se adelantó también para saludarlo. Solo cuando se apartó pude ver qué, o quién, les había provocado tanta alegría.

«No puede ser... no es posible...»

La temperatura de la sala acababa de descender a cero grados. Mi mundo se acababa de congelar de golpe. No podía ser cierto lo que veían mis ojos; tal vez el vino me estaba afectando ya y era hora de dejar la copa a un lado.

Lo vi acercarse, hablando con Horus, cuando giró la cabeza en mi dirección y yo sentí que perdía todo el aire de mis pulmones.

Sus ojos, esos ojos con los que llevaba todo el día fantaseando, me estaban mirando.

Sentí una corriente eléctrica recorrerme el cuerpo entero.

El vello de la piel se me puso de punta y los labios, tan secos, que no pude evitar pasarme la lengua por ellos para humedecerlos.

La garganta y la boca, igual de secas, como si hubiera tragado un puñado de arena.

Horus se acercó a mí con él a su lado, y yo aún no le había quitado los ojos de encima.

—Hathor, permíteme presentarte a mi hermano, el dios Anubis —dijo Horus, pasándole el brazo por los hombros con una naturalidad que me dejó sin aire—.