Capítulo 2 #4
—Horus es... —continuó, incorporándose ligeramente—, es todo lo que se espera de él... es seguro, firme, elegante... y sabe exactamente cómo moverse, cómo hablar, cómo mirar... —hizo una breve pausa, como si buscara las palabras exactas—, parece que nada puede descolocarlo.
La escuché sin interrumpirla. No había emoción superficial en su tono. Había algo más. Algo más profundo.
—Te ha impresionado —dije finalmente, sin intención de burlarme.
Baset ladeó la cabeza, como si estuviera valorando si negar aquello o no. Pero no lo hizo.
—Sí... —admitió con una sinceridad poco habitual en ella—, sería absurdo fingir lo contrario... es difícil no fijarse en alguien así.
Sus dedos se entrelazaron lentamente sobre su regazo, gesto que conocía bien. Estaba inquieta.
—Podría tener a cualquier diosa de Egipto —añadió en voz más baja—, no entiendo por qué...
No terminó la frase. Pero tampoco hacía falta.
—Por qué yo —completé, sin dureza.
Baset me miró. Y en sus ojos no había envidia. Ni competencia. Solo preocupación.
—No lo entiendo, Hathor —dijo con suavidad—, no porque no seas suficiente... sino porque todo esto parece decidido de antemano, como si tú fueras... —dudó— una elección estratégica.
Aquella palabra volvió. Estrategia. No destino. No amor. No voluntad. Estrategia.
Suspiré lentamente, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Un trato—respondí sin rodeos—, eso es lo que soy.
El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más pesado. Más honesto. Pero Baset no se quedó ahí. No estaba realmente preocupada por mí en ese momento. No solo por mí.
—Hathor... —su voz cambió ligeramente—, lo de hoy no ha sido normal.
Abrí los ojos y giré la cabeza hacia ella.
—¿Isis? —pregunté.
Baset asintió despacio.
—No ha sido una sugerencia... ni un comentario al aire —añadió, tensando ligeramente la mandíbula—, lo ha dicho delante de todos, mirándome directamente... midiendo la reacción de su hermana.
Su respiración se volvió un poco más lenta. Más contenida.
—Anubis… solo de pensarlo…
El nombre quedó suspendido entre nosotras. Pesado. Presente. Inquietante.
Ni Baset ni yo habíamos visto jamás al dios Anubis, y tal vez por eso su nombre imponía todavía más, porque no existía un rostro al que aferrarse, solo rumores oscuros, advertencias dichas en voz baja y relatos que nunca terminaban bien.
Se decía que vivía apartado de la corte, que caminaba entre los muertos con más naturalidad que entre los vivos, que no obedecía a nadie y que en sus ojos no había compasión, sino el frío juicio de quien conocía el final de todas las cosas.
Yo no sabía cuánto había de verdad en todo aquello, pero bastaba con oír su nombre para que algo antiguo se nos cerrara en el pecho, y al mirar a Baset comprendí que el terror que sentía no era solo suyo.
Baset bajó la mirada, y por primera vez desde que había empezado a hablar del príncipe, su voz perdió toda calidez.
—No quiero eso —dijo sin rodeos, pero en un tono mucho más bajo.
No era un rechazo caprichoso, ni una simple negativa nacida del orgullo, sino algo mucho más visceral.
—No es como el resto... —continuó, buscando las palabras—, ni siquiera vive aquí, no forma parte de la corte, no responde a nadie, y todos lo dicen como si fuera normal, pero no lo es, porque nada en lo que le rodea parece normal.
La observé con atención, porque aquello no era simple incertidumbre, sino miedo verdadero.
—Baset... —empecé, pero ella negó suavemente con la cabeza.
—No me mires así —dijo—, no es por desobedecer ni por desafiar a nadie, es que siento que, si deciden algo así, no tendría elección alguna.
Sus palabras me atravesaron porque eran ciertas, demasiado ciertas.
—Hoy me han mirado como si ya estuviera decidida —añadió—, como si lo único que faltara fuera que él apareciera y aceptara.
Me incorporé. Despacio. Girándome completamente hacia ella.
—Eso no va a pasar, padre jamás lo permitiría. Eres demasiado valiosa para unirte a un dios oscuro—dije con firmeza, aunque dentro de mí sabía que aquella afirmación no tenía el peso que debería.
Baset alzó la mirada. Y en su expresión vi algo que me hizo doler el pecho. Quería creerlo. Pero no podía.
—Tú tampoco decidiste lo tuyo, Hathor... —susurró.
El silencio volvió. Más duro esta vez. Porque ninguna de las dos podía discutirlo.
Por unos segundos no dije nada. No tenía una respuesta que no sonara vacía. Así que hice lo único que realmente podía hacer. Me acerqué a ella y tomé su mano.
—Ya, pero Horus es diferente —murmuré, entrelazando mis dedos con los suyos—. Pase lo que pase... no voy a permitir que te traten como una pieza de intercambio.
Baset cerró los ojos un instante, y cuando los abrió había una emoción contenida que no necesitaba explicación.
—Ni yo a ti —respondió.
El gesto fue inmediato. Natural. Nos abrazamos. Sin protocolo. Sin reservas. Como hacíamos cuando éramos niñas, cuando el mundo no estaba lleno de decisiones que otros tomaban por nosotras.
—Tengo miedo... —confesó finalmente, apoyando la cabeza en mi hombro.
Apreté más el abrazo. Sin pensarlo.
—Yo también, pero vamos a estar bien, ya lo verás —respondí en voz baja.
Y por primera vez desde que habíamos llegado, no fuimos futuras reinas ni piezas dentro de un juego mayor. Solo éramos dos hermanas, tratando de no perderse la una a la otra.