El chacal y la hija del sol Capítulo 2 #3
5%

Capítulo 2 #3

Alto, firme, con una presencia que combinaba la disciplina del guerrero con la seguridad de quien ha nacido sabiendo exactamente cuál es su lugar en el mundo, y cuyos ojos, de un azul intenso que recordaba al lapislázuli más puro, se fijaron en mí con una intensidad que no resultaba incómoda,

pero sí imposible de ignorar.

Nos observábamos. Ambos. Midiéndonos. Conociéndonos sin palabras, durante un segundo que pareció alargarse más de lo que debía.

Hasta que algo cambió. Fue sutil, casi imperceptible, pero lo vi: su mirada se desvió.

Apenas un instante. Lo suficiente. Hacia mi izquierda.

Hacia Baset. No necesitaba girarme para saberlo.

Lo sentí, como también sentí la ligera rigidez en la postura de mi hermana, que, a pesar de mantener la mirada baja como correspondía, no pudo ocultar del todo cómo aquella atención la había alcanzado.

Una chispa. Breve. Pero visible. Y peligrosa.

Nos detuvimos a los pies del trono. Los tres nos inclinamos en perfecta sincronía.

—Sed bienvenidas... hijas de Ra —pronunció la voz del rey, grave, estable, llenando la sala sin necesidad de alzarse—. Mi casa os recibe.

Su tono no era cálido, pero tampoco hostil. Era definitivo.

—Espero que vuestro viaje haya sido... agradable.

Nos invitó a incorporarnos. Lo hicimos. Y el juego comenzó.

Mi padre fue el primero en avanzar, saludando al rey con la familiaridad que solo quienes comparten poder pueden permitirse, mientras la reina aguardaba, observando cada gesto con una atención milimétrica que no dejaba lugar a interpretaciones inocentes.

Se acercó después a ella, inclinándose lo justo, besando su mano, intercambiando palabras que no alcancé a oír, pero cuya intención no necesitaba interpretación alguna, pues ambos se giraron para mirarme en el mismo instante, como si aquel intercambio hubiera girado en torno a mí.

Sentí el peso de esa doble mirada. No como atención. Como evaluación.

Isis avanzó entonces. Su presencia se impuso con una naturalidad inquietante, como si no necesitara anunciarse para ocupar el espacio. Su mirada descendió lentamente por mi atuendo. Se detuvo. Un instante más de lo debido.

—Oh... querida niña... —dijo, con un tono suave en apariencia, pero cargado de un matiz imposible de ignorar—. ¿Qué te ha sucedido?

No era una pregunta. Era una señal.

—Ha sido un pequeño accidente durante el viaje, Majestad —respondí, manteniendo la compostura—. Nada que deba preocuparos.

Ella ladeó levemente la cabeza. Sonrió. Pero no era una sonrisa amable. Era calculada.

Isis sostuvo mi mirada un instante más de lo necesario, y en ese silencio mínimo ocurrió algo que solo yo pude sentir: dejó de mirarme como a una invitada recién llegada y empezó a hacerlo como se mira una pieza que aún no ha terminado de encajar en el tablero.

Sus ojos, tan azules como los de Horus, pero mucho más fríos, descendieron apenas hacia mi garganta, hacia el collar que llevaba sobre la piel, hacia el símbolo que me marcaba ya como futura esposa de su hijo, y cuando volvieron a los míos no había en ellos ninguna duda.

Había cálculo. Había advertencia. Había una clase de poder silencioso que no necesitaba pronunciar amenazas porque la sala entera parecía dispuesta a obedecerlas por ella.

Intenté sostenerle la mirada, porque era Hathor, hija de Ra, y porque una diosa no debía permitir que el miedo le bajara los ojos delante de nadie; pero el terror, ese terror pequeño y humillante que había intentado esconder desde que crucé las puertas del palacio,

debió de asomarse en algún lugar de mi rostro, porque sentí cómo mi padre se tensaba a mi lado antes incluso de que se moviera.

Ra se acercó solo lo justo, sin romper la compostura, sin ofrecer al resto de la sala nada que pudiera interpretarse como debilidad o preocupación.

Desde fuera habría parecido un padre acomodando la postura de su hija, tal vez guiándola con una delicadeza protocolaria, pero cuando inclinó la cabeza hacia mí su voz llegó baja, ardiente y dura como el sol sobre la piedra.

—No tienes otra opción —susurró padre muy cerca de mi oído—. No aquí. No delante de ellos.

—Claro... —murmuró Isis—. Siempre hay... accidentes.

El silencio que siguió no era incómodo. Era intencionado.

Se giró entonces, con una elegancia que parecía ensayada desde la eternidad, hacia Baset. Y el tono cambió.

—Y tú debes de ser Baset...

Mi hermana se inclinó con respeto.

—Majestad.

La mirada de Isis recorrió su rostro con una atención mucho más directa que la que me había dedicado a mí, como si analizara algo que iba más allá de una mera presentación.

—He oído hablar de tu belleza —continuó—, aunque comprobarla directamente resulta... mucho más interesante.

Baset mantuvo la compostura. Pero yo la conocía demasiado bien. Sabía lo que aquella mirada implicaba. Sabía que ya no éramos solo invitadas. Éramos piezas.

Isis giró entonces ligeramente la cabeza hacia su hermana.

—Nefthis... —la llamó con suavidad, aunque el gesto arrastraba una intención mucho más afilada—. Ven, querida.

Nefthis obedeció sin demora. Se acercó con esa misma presencia contenida. Cauta. Observadora.

—Mírala —añadió Isis, señalando apenas a Baset—. ¿No te parece... adecuada para Anubis?

La pregunta flotó en el aire como algo más que una simple opinión. Nefthis miró a Baset. Después a Isis. Y en ese intercambio silencioso quedó claro algo: aquello no era una sugerencia. Era una maniobra.

—Es... ciertamente hermosa —respondió finalmente, con diplomacia medida.

Isis sonrió.

—Exacto —concluyó—. Y creo que ya es hora de que Anubis deje de estar solo.

El golpe fue silencioso. Pero certero. Sentí cómo Baset se tensaba a mi lado, cómo su respiración se detuvo apenas un instante, y cómo, sin embargo, consiguió no alzar la mirada.

—Isis —replicó Nefthis con calma—, sabes bien que mi hijo... no se deja imponer decisiones.

—Oh, por supuesto —contestó Isis con una dulzura tan falsa que resultaba casi elegante—. Nadie está imponiendo nada... solo estamos planteando una posibilidad.

El matiz de la última palabra dejó claro que aquello distaba mucho de ser inocente. No era una idea. Era una prueba. Una provocación. Un movimiento adelantado.

Horus carraspeó entonces, rompiendo suavemente la tensión que se había instalado sin necesidad de elevar la voz, y dio un paso hacia nosotras.

—No le hagáis demasiado caso a mi madre —dijo con una leve sonrisa, que suavizaba lo suficiente su presencia como para resultar accesible—. Tiene tendencia a adelantarse a los acontecimientos.

Su mirada pasó de Baset a mí. Y se detuvo.

—Espero que vuestro viaje haya sido llevadero.

Su tono era cálido. Correcto. Todo en él lo era.

Y, sin embargo, aquel mundo seguía sintiéndose más complejo de lo que su voz lograba simplificar.

Horus dejó que su mirada reposara primero en mí con una cortesía impecable, casi ensayada, antes de añadir que comprendía el cansancio del viaje, que el palacio podía resultar abrumador el primer día y que no deseaba prolongar más aquella recepción innecesariamente.

Nos invitó entonces a retirarnos a nuestros aposentos para descansar, asegurándonos que volveríamos a vernos durante la cena de esa noche.

Habría parecido un gesto considerado, incluso amable, de no ser porque, al terminar de hablar, sus ojos se desviaron hacia Baset con una intensidad tan repentina y silenciosa que todo lo demás desapareció durante un instante.

No fue una mirada larga, pero sí suficiente para dejarnos sin palabras: mi hermana, sorprendida, rígida junto a mí como si acabara de ser descubierta en un pensamiento que ni siquiera había tenido tiempo de formular; y yo, con el pecho encogiéndose de una forma dolorosa,

sintiendo que mi mundo terminaba de resquebrajarse al comprender que iba a casarme con un dios que, incluso delante de todos, parecía incapaz de prestarme verdadera atención.

El silencio que nos recibió al cerrar las puertas de nuestros aposentos resultó casi irreal, denso y contenido, como si aquellas paredes aislaran no solo los sonidos del palacio, sino también la presión invisible que había marcado cada instante desde que habíamos cruzado la sala del trono,

permitiéndonos, por primera vez en horas, respirar sin sentirnos observadas.

Baset fue la primera en romper la quietud.

Se dejó caer sobre el lecho con un suspiro largo, agotado, llevándose una mano a la frente como si tratara de ordenar todo lo que acabábamos de vivir, mientras yo permanecí unos segundos más de pie, inmóvil en medio de la estancia,

incapaz de desprenderme de la tensión que todavía me recorría el cuerpo.

Finalmente avancé y me senté a su lado, sin mirarla al principio.

—Es... imponente —murmuró ella al cabo de unos instantes, con una voz que no ocultaba la mezcla de asombro y cautela.

Sabía perfectamente a qué se refería.

—El palacio... o el príncipe —respondí, girando ligeramente la cabeza.

Baset dejó escapar una leve sonrisa, cansada.

—Ambos —admitió—, pero especialmente él.

Guardé silencio unos segundos, dejándole espacio. Porque necesitaba decirlo. Y lo haría.