El chacal y la hija del sol Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Era una explicación que no podría dar, una falta que mi padre interpretaría como desobediencia y una debilidad que cualquiera con suficiente astucia sabría utilizar contra mí.

Cuando el carruaje retomó el camino hacia Tebas, comprendí que aquel desvío no había terminado en Heliópolis; acababa de empezar.

Horas después, cuando el carruaje aminoró la marcha, supe que habíamos llegado antes incluso de apartar la cortina.

Tebas respiraba de otro modo: más solemne, más antigua, más cargada de poder.

Sus distritos se alzaban bajo la huella de los dioses que los regían, pero apenas tuve tiempo de asimilar aquella grandeza, porque otra imagen se filtró en mi mente sin permiso: unos ojos verdes, intensos, imposibles. Sacudí la cabeza. No sirvió de nada.

El carruaje se abrió. La luz me envolvió. Y comprendí que ya no había más tiempo para dudas. Descendí, y el mundo cambió.

Lo primero que vi al descender del carruaje no fue el palacio, ni las columnas descomunales que se alzaban ante mí como si quisieran sostener el cielo, ni las estatuas de halcones y dioses antiguos que custodiaban la entrada.

Lo primero que vi fue a mi padre. Ra aguardaba al pie de la escalinata principal, inmóvil, rodeado por un séquito silencioso de sacerdotes, guardias, escribas y sirvientes que mantenían la cabeza baja, como si temieran atraer sobre ellos el filo de su atención.

La luz del atardecer caía sobre él con una obediencia que siempre me había parecido injusta, envolviéndolo en un resplandor que hacía brillar el oro de su collar, sus brazaletes y la corona solar sobre su frente.

Mi padre no necesitaba alzar la voz para imponerse.

Le bastaba estar allí, erguido, severo, con esa belleza antigua y abrasadora que no permitía olvidar quién era ni cuánto podía arder todo si decidía perder la paciencia.

Durante un instante tuve la esperanza absurda de que no reparara demasiado en mí, pero los ojos de Ra descendieron por mi cuerpo y se detuvieron en el vestido sencillo que llevaba puesto,

en aquella tela limpia pero vulgar que nada tenía que ver con el atuendo bordado en oro preparado para mi presentación ante la familia real.

Su expresión apenas cambió, no delante de todos, pero yo lo conocía demasiado bien.

Vi el desprecio tensándole la boca. Vi la decepción fría instalándose en su mirada.

Para él aquello no era un accidente, era una falta.

—Hathor —dijo al fin, y mi nombre, pronunciado por él de aquella manera, no sonó como una bienvenida, sino como una advertencia.

Avanzó unos pasos hasta quedar frente a mí, lo bastante cerca para que el resto pudiera interpretar el gesto como una recepción afectuosa, pero lo bastante lejos para recordarme que incluso siendo su hija no tenía derecho a buscar refugio en él—.

Dime que existe una explicación razonable para que hayas llegado al palacio de Osiris vestida como una simple mortal.

Quise explicarle lo ocurrido, hablar del hombre herido, de la sangre, del callejón, de aquella mujer que me había ofrecido un vestido limpio con una bondad que no merecía convertirse en vergüenza.

Pero las palabras se me quedaron atrapadas cuando su mirada se endureció.

No quería explicaciones. No allí. No delante de todos.

Mi padre no preguntaba para comprender, sino para recordarme que cualquier versión de la verdad debía pasar primero por su permiso.

—No quiero uno de tus numeritos aquí —añadió en voz más baja, y precisamente por eso sonó más peligroso—.

No quiero lágrimas, no quiero desafío, no quiero que se hable de ti antes incluso de que te hayan recibido como corresponde.

Hoy no eres una niña ofendida por una decisión que no entiende; eres mi hija, la prometida de Horus y el rostro de una alianza que no pienso permitir que mancilles por capricho.

Sentí que Baset se tensaba a mi lado, pero no se atrevió a intervenir.

Nadie lo habría hecho. Ra podía ser distante, implacable, incluso injusto, pero en público era algo mucho peor: era el sol convertido en ley.

Bajé la mirada un segundo, no por obediencia, aunque eso fue lo que todos vieron, sino para impedir que la rabia se me escapara por los ojos.

Me ardía la cara, el pecho y el orgullo, pero lo único que pude hacer fue asentir.

Mi padre me ofreció entonces el brazo con una elegancia perfecta, como si nada de aquello hubiera ocurrido, como si sus palabras no acabaran de marcarme por dentro con más violencia que cualquier joya de compromiso.

Lo tomé porque no tenía alternativa y porque, si algo había aprendido siendo hija de Ra, era que la dignidad, muchas veces, consistía en romperse sin permitir que nadie escuchara el crujido.

Solo entonces comenzamos a subir la escalinata, seguidos por el séquito, por Baset y por el silencio pesado de todo lo que no podía decir.

Atravesar las puertas del palacio no fue simplemente cruzar un umbral físico, sino adentrarme en un espacio donde el aire parecía cargado de siglos de decisiones irreversibles,

de voluntades que habían moldeado el curso de Egipto y de silencios que ocultaban más de lo que cualquier relato oficial se atrevía a contar, de modo que cada paso que daba dentro de aquel lugar se sentía inevitablemente más pesado que el anterior,

como si el propio palacio exigiera una aceptación tácita de lo que implicaba pertenecer a él.

Los salones se sucedían ante nosotras con una grandiosidad calculada al detalle, donde cada columna, cada relieve y cada inscripción no solo cumplían una función estética, sino que proyectaban una idea muy concreta: allí residía el núcleo del poder, el lugar donde las decisiones no se debatían,

sino que se imponían, y donde el destino de dioses y mortales se definía con la misma naturalidad con la que otros respiraban.

A medida que avanzábamos, escoltadas por nuestro padre, mi mirada no pudo evitar detenerse en los símbolos que representaban a la familia real, grabados con una precisión casi obsesiva en cada rincón del palacio, recordándome que no estaba entrando únicamente en una residencia,

sino en el espacio que encarnaba la cúspide de nuestra jerarquía.

Mientras avanzábamos hacia la sala del trono, comprendí que aquel palacio no estaba construido solo con piedra, oro y relieves, sino con jerarquías.

Osiris ocupaba el centro de todo; Isis no necesitaba sentarse en el trono para dominarlo; Horus era el heredero que todos miraban como futuro de Egipto, y Nefthis, discreta en los márgenes, recordaba que incluso las familias divinas escondían fracturas que nadie se atrevía a nombrar.

Yo entraba allí como prometida, sí, pero sobre todo como pieza nueva en un tablero que otros llevaban siglos moviendo.

Alcé la vista. La entrada a la sala del trono se abría ante nosotros, y por primera vez desde que habíamos llegado sentí el verdadero peso de mi destino. No como una idea. No como una posibilidad. Sino como una realidad ineludible. Respiré hondo, y di el siguiente paso.

El acceso a la sala del trono marcó un cambio inmediato en la atmósfera, como si incluso el aire se volviera más denso y contenido al cruzar aquel umbral, obligándome a contener la respiración durante un instante mientras mi mirada, incapaz de no hacerlo,

se alzaba finalmente para contemplar el lugar al que tantos relatos habían tratado de hacer justicia sin conseguirlo del todo.

La sala se extendía ante nosotros con una magnificencia que no buscaba simplemente impresionar, sino dominar, pues cada columna, cada relieve tallado en piedra y cada detalle dorado parecían haber sido concebidos no solo como elementos decorativos,

sino como recordatorios constantes de que allí residía el corazón del poder, un lugar donde todo, absolutamente todo, se observaba, se medía y se juzgaba.

Avanzamos por el largo pasillo central. Cada paso resonaba con una claridad incómoda sobre el suelo pulido, amplificando la sensación de exposición, de estar siendo observada por decenas de miradas cuya presencia no necesitaba ser confirmada para resultar evidente. Sabía que estaban ahí.

Lo sentía.

Mi padre, sin detener el paso, se inclinó ligeramente hacia mí, su voz baja pero firme.

—Hoy han acudido muchos... solo por verte, Hathor. Quieren conocer a quien está destinada a convertirse en su futura reina, así que alza la barbilla y muéstrales quién eres.

Sus palabras no pretendían tranquilizarme. Eran una orden.

Alcé la vista. No por orgullo. Por necesidad.

Y entonces los vi. Al fondo de la sala, elevada sobre una plataforma que parecía separar el resto del mundo de su presencia, se encontraba la familia real.

El rey Osiris ocupaba el trono central, erguido, inmóvil, sosteniendo entre sus manos el cetro y el flagelo como símbolos inequívocos de su autoridad, y aunque su expresión no mostraba emoción alguna, bastaba un solo vistazo para comprender que su poder no residía en la apariencia,

sino en la certeza de que nada en aquel lugar escapaba a su control.

A su izquierda, ligeramente adelantada respecto a él, se encontraba la diosa Isis, cuya postura, elegante y perfectamente calculada, transmitía una seguridad distinta, menos imponente a simple vista, pero infinitamente más incisiva, pues su mirada, fija y atenta, no se limitaba a observar:

analizaba, medía, anticipaba.

Nada en aquel rostro escapaba al control.

Una sonrisa leve podía ser una bienvenida, o una sentencia.

Un paso por detrás de ella, en una posición más discreta, se encontraba Nefthis, cuya presencia contrastaba con la de su hermana en todos los aspectos posibles, pues donde Isis imponía, ella parecía contenerse,

manteniéndose en una línea invisible que marcaba su diferencia dentro de aquella misma familia, como si su lugar estuviera definido más por lo que había ocurrido en el pasado que por lo que representaba en el presente.

Y finalmente, a la derecha de Osiris, ocupando un trono claramente subordinado, pero no por ello menos significativo, se encontraba él. Horus.

Alcé la vista lo suficiente para sostener su mirada apenas un instante, y lo comprendí: era imponente.