Capítulo 2
El eco de Heliópolis
Habían pasado ya tres largas horas de camino hacia la capital.
El calor era asfixiante, espeso, casi tangible, como si el aire mismo se hubiera detenido bajo el dominio implacable del sol.
El traqueteo constante del carruaje hacía vibrar cada hueso de mi cuerpo, intensificando el cansancio que comenzaba a pesarme en los párpados y a tensarme la nuca.
Me retiré un mechón húmedo de la cara y miré a mi hermana.
Baset se abanicaba con insistencia, sin descanso, como si con ello pudiera ahuyentar el fuego que nos envolvía.
Ambas estábamos empapadas en sudor. Hoy, más que nunca, el sol brillaba con una violencia casi cruel.
—Gracias, padre... —murmuré para mis adentros, alzando apenas la vista al cielo—. Tal vez, si nos achicharras un poco más, comprenderemos lo que es arder en el inframundo.
Sentí la lengua seca, adherida al paladar. Me estaba deshidratando.
—¿Qué tal si hacemos una parada? En la siguiente ciudad... ¿qué te parece? —propuso Baset de pronto, como si acabara de descubrir la solución perfecta.
La miré con escepticismo.
—¿Y no se enfadará su alteza real si llegamos tarde? —repliqué con un leve tono burlón.
Baset rodó los ojos.
—No creo que le parezca mal que su prometida se permita un respiro con estas temperaturas. Además, no hay hora de llegada, solo un día. Y sigue siendo hoy.
Golpeó el techo del carruaje para avisar al cochero, sellando así la decisión.
Suspiré y desvié la mirada hacia el horizonte.
Una ciudad emergía a lo lejos, temblando bajo el calor, y al verla algo dentro de mí se tensó.
Cuanto más nos acercábamos a Tebas, más se rebelaba mi mente, llenándose de rutas, caminos, posibilidades absurdas de escape.
Pero todos los pensamientos terminaban igual. No había salida.
Media hora después descendíamos en Heliópolis, y fue entonces cuando lo comprendí: las estatuas, los relieves, los estandartes, todo, absolutamente todo, hablaba de él. Nuestro padre. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Genial, Baset —bufé con amargura—. No podrías haber elegido mejor lugar. Ahora seguro que los sirvientes de padre ya están avisándole de que estamos aquí. Adiós a cualquier idea de fuga.
—Cálmate —respondió ella con tranquilidad—. Solo voy a buscar algo de beber. Si quieres, quédate.
Su mirada descendió hacia mis joyas. Tenía razón: el oro, el sello de Horus, era imposible pasar desapercibida.
—Quédate cerca del carruaje. Vuelvo enseguida.
Asentí, pero en cuanto se fue, el calor volvió a atraparme. Dentro del carruaje era insoportable.
—Se acabó...
Bajé sin pensarlo más. El aire exterior no era fresco, pero al menos se movía.
Caminé, primero con cautela, después sin rumbo.
El mercado se desplegaba ante mí lleno de vida: telas ondeando, especias brillando al sol, aromas dulces, intensos, embriagadores.
Por un instante imaginé: ¿y si pudiera caminar así siempre, sin escoltas, sin destino impuesto, sin matrimonio? La respuesta fue inmediata. No.
Avancé entre los puestos: cerámica, pergaminos, dulces que hacían la boca agua. Y entonces lo oí. Un gemido, doloroso, real. Me tensé. Silencio. Y de nuevo:
—Ahh...
Giré en redondo, buscando el origen. Un callejón. Oscuro. Y allí, un hombre tendido en el suelo. Corrí hacia él. El olor a sangre me golpeó primero. Localicé la herida: la pierna, atrapada bajo una losa.
—Tranquilo... —murmuré con voz temblorosa.
Empujé la piedra. No se movía. Lo intenté de nuevo. Nada. El hombre gritó, pero no fue lo suficientemente fuerte. La desesperación me invadió. Encontré una barra de madera, la encajé, hice palanca. Mis músculos temblaban, pero insistí, hasta que la piedra cedió y la pierna quedó libre.
Pero la herida era terrible. Demasiado profunda. La sangre no dejaba de brotar.
—No... no... —susurré, rasgando mi vestido.
Presioné con el lino. La sangre continuaba, empapándolo todo.
—¡Necesita un médico! —grité—. ¡Por favor!
Los humanos comenzaron a acercarse con cautela. Miraban, pero nadie actuaba. El hombre se estaba muriendo, y yo no podía salvarlo. Una diosa inútil. El pensamiento me atravesó. El pecho se me cerró. Me sentí pequeña, prescindible.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
La voz surgió a mi espalda como un corte limpio en medio del caos. Grave. Fría. Controlada. Demasiado controlada. No sonaba alarmada. No sonaba preocupada. No sonaba humana.
Tragué aire y me giré. Y entonces lo vi.
El mundo pareció comprimirse a su alrededor.
Era joven, demasiado joven para sostener con esa firmeza el peso de la situación, pero no había duda en él, ni prisa, ni nervios.
Caminaba como si todo ya estuviera decidido, como si supiera el final.
Mis dedos, manchados de sangre, temblaron levemente sin que pudiera evitarlo.
—Lleva... unos minutos —respondí con la voz más baja de lo que pretendía—. Está perdiendo mucha sangre...
Se arrodilló junto al herido sin mirarme.
Ni una reverencia. Ni una duda. Simplemente me apartó.
Su mano rozó la mía, breve, accidental, y una descarga me subió por el brazo hasta clavarse en el pecho.
Retrocedí antes de decidir hacerlo. Él no pareció notarlo, o fingió no hacerlo, y eso me irritó todavía más: por primera vez en mi vida, alguien me había tocado como si yo no fuera sagrada, sino un obstáculo.
Lo observé. Sus manos eran firmes, precisas, pero no hacían lo que yo esperaba. No presionó la herida. No intentó contener la sangre. Se limitó a mirar, a analizar, a evaluar.
—¿Se pondrá bien? —pregunté.
Esta vez no soné como una diosa. Soné como alguien que teme la respuesta.
Entonces él levantó la vista, y todo desapareció: el ruido del mercado, la gente, el propio sol.
Solo quedaron sus ojos. Verde profundo. Intensos, pero no cálidos.
Rodeados de un halo dorado que captaba la luz de una forma casi antinatural.
Eran ojos que no pedían permiso. Eran ojos que tomaban.
Me observó durante un segundo más de lo necesario, uno que se estiró hasta volverse incómodo. Peligroso.
—Estará mejor —dijo finalmente.
Nada más. No una explicación. No una seguridad.
Solo eso. Simple. Frío. Su mirada descendió entonces lentamente por mi cuerpo, no de forma vulgar, no con deseo evidente.
Peor: con juicio. Se detuvo en el colgante.
Lo noté. Lo sentí. Mi mano reaccionó antes que mi mente, cubriéndolo de inmediato, un impulso instintivo, un rechazo.
Sus ojos volvieron a los míos, y por un momento no hubo aire entre nosotros.
—Alguien como tú... —empezó. Hizo una pequeña pausa, como si estuviera escogiendo cada palabra con precisión—. ...no debería estar aquí sola.
Sentí el calor subir por mi cuello. No por vergüenza. Por rabia.
—Y alguien como tú —repliqué, sin poder contenerme—, debería centrarse en salvarlo en lugar de juzgarme.
Sus labios se tensaron levemente. No era una sonrisa, no exactamente, pero algo en su expresión cambió, como si hubiera despertado algo en él.
Se inclinó hacia el herido y, sin decir más, lo levantó en brazos con una facilidad que me dejó sin palabras, como si no pesara nada, como si aquello no supusiera esfuerzo alguno.
—Deberías volver a tu lugar —añadió, dándome la espalda—. Aquí fuera no todo se inclina ante ti.
Las palabras golpearon más de lo que deberían. Me quedé clavada en el suelo, observándolo, intentando encontrar una respuesta que no sonara débil.
—No sabes nada de mí —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.
Se detuvo. Solo un instante. Giró ligeramente la cabeza, lo justo para mirarme por encima del hombro. Y esa mirada fue peor que todo lo demás. No había respeto. No había sumisión. Ni siquiera desprecio claro. Había algo más profundo. Algo antiguo. Algo que no supe nombrar.
—Sé lo suficiente.
Y se fue, desapareciendo entre la gente, llevándose consigo al hombre y algo más. Algo mío.
Me quedé allí, en medio del callejón, con las manos manchadas de sangre y el corazón golpeándome con una violencia que no lograba entender.
No era solo furia. Tampoco miedo. Era la sensación inquietante de haber sido vista de verdad por alguien que no se había inclinado, no me había temido y no parecía dispuesto a tratarme como a una diosa.
Y lo peor era que, aunque me había irritado hasta el punto de querer olvidarlo, no conseguía apartar de mi mente sus ojos verdes.
—Mi señora...
La voz me detuvo. Giré la cabeza. Una mujer, de expresión serena y manos gastadas por el trabajo, sostenía entre sus dedos un vestido de lino cuidadosamente doblado, sencillo pero limpio, entregado con una humildad que contrastaba con todo lo que había vivido en los últimos minutos.
—Tal vez esto os sirva...
La miré durante unos segundos, sorprendida por la naturalidad de su gesto, por la ausencia de miedo, por aquella amabilidad tan sencilla que, en ese momento, me resultó inesperadamente reconfortante.
Nada que ver con él. Nada que ver con su frialdad, con su distancia, con la forma en que había hablado como si yo no mereciera explicaciones.
—Gracias... —murmuré, acercándome lentamente—. Decidme, ¿cuánto os debo?
—Nada, mi señora —respondió inclinando la cabeza—. Es un regalo para vos... Hathor.
La tensión regresó de inmediato. Claro. Me había reconocido. Como todos. Siempre igual. Respeto. Sumisión. Distancia. Nunca elección. Nunca normalidad.
La observé en silencio, sabiendo que no podía rechazar su ofrecimiento sin causarle daño, sin que aquel gesto sencillo se transformara en una ofensa que no merecía.
—Gracias —repetí con mayor suavidad, alzando ligeramente su rostro para que me mirara.
Le dediqué una sonrisa sincera, quizá más sincera de lo que había sido en todo el día, y tomé el vestido antes de continuar mi camino.
Pero no había dado más de unos pasos cuando una idea, inesperada y profundamente incómoda, se abrió paso en mi mente.
Él no se había inclinado. Ni una sola vez.
No había mostrado respeto. Ni temor. Ni siquiera había dudado.
Para él yo no era una diosa. Y lo más inquietante de todo fue descubrir que no sabía si aquello me ofendía o me fascinaba.
La sangre en mi vestido no era solo una mancha.