El chacal y la hija del sol Capítulo 1
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El chacal y la hija del sol

El chacal y la hija del sol

Por I. Mendez

© inepub.com

Capítulo 1

Bajo la corona del sol

Si alguien observara mi mundo desde fuera, tal vez diría que es perfecto: eternidad, belleza, poder, ciudades levantadas en honor a nuestros nombres.

Pero esa es solo la superficie. Debajo de la luz, todo arde.

Los dioses sentimos demasiado, amamos demasiado, odiamos demasiado, y cuando una criatura inmortal pierde el control no existe término medio: solo queda la destrucción.

El amanecer comenzaba a desplegarse sobre Alejandría cuando abrí los ojos, y antes incluso de que la luz terminara de filtrarse por las cortinas de lino comprendí que aquel no era un día cualquiera: era el día en que debía abandonar mi casa para presentarme ante Horus,

el príncipe al que mi padre había decidido entregarme.

Durante unos segundos permanecí inmóvil, aferrada a la absurda esperanza de que el tiempo se detuviera, de que el Nilo se desbordara, de que el cielo anunciara un presagio imposible;

cualquier cosa habría servido para retrasar aquella fiesta de compromiso que llevaba meses acercándose a mí como una condena vestida de oro.

Pero el aire ya había cambiado, y podía sentirlo en la piel: más tibio, más vivo, cargado de esa electricidad discreta que acompaña a los días destinados a partir una vida en dos.

La brisa que entraba por el balcón traía el olor húmedo del Nilo mezclado con el perfume dulce de los jardines, donde los lotos se abrían al sol y las palmeras inclinaban sus hojas sobre estanques quietos,

tan perfectos que parecían creados para que nadie recordara lo que se ocultaba tras tanta belleza.

A lo lejos, Alejandría empezaba a despertar con un rumor contenido y constante: pasos sobre la piedra blanca, voces de sirvientes cruzando los patios, puertas abriéndose, aves rompiendo el silencio de la madrugada y, más allá de los muros del palacio,

el murmullo de una ciudad que veneraba a los dioses sin sospechar lo poco libres que podían ser.

Todo seguía adelante, como siempre, y yo me sentía completamente descolocada dentro de ese movimiento inevitable.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos y quebraron la frágil ilusión de que aún podía retrasarlo todo.

El sonido fue discreto, casi respetuoso, pero suficiente para devolverme a la habitación, al peso de las sábanas, al techo pintado con constelaciones doradas y a esa sensación de incomodidad en el pecho que no desaparecía por mucho que intentara ignorarla.

—Hathor... —la voz de Baset llegó amortiguada, cálida, demasiado cercana a la realidad que yo intentaba evitar—. Hora de levantarse.

Noté cómo algo dentro de mí se contraía, como si su voz hubiese tirado de un hilo invisible que mantenía todo en su sitio y, al soltarlo, todo empezara a desmoronarse.

Me giré con brusquedad y me cubrí con las sábanas hasta la cabeza, encerrándome en una oscuridad artificial que no duró lo suficiente como para resultarme reconfortante.

—Si no te das prisa —añadió ella con ese tono entre suave y peligrosamente firme—, vas a llegar tarde a tu propia fiesta de compromiso.

Compromiso. La palabra llevaba meses conmigo, repitiéndose en conversaciones, susurrándose en pasillos, apareciendo en miradas demasiado largas y silencios cuidadosamente medidos.

La había escuchado tantas veces que debería haberse vuelto inofensiva, pero cada repetición la hacía más pesada, más real, hasta incrustarse en mí como si formara parte de mi propia respiración.

«Hoy.»

La idea se asentó en mi mente con una claridad insoportable: hoy era el día, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

Había rezado, suplicado e imaginado escenarios absurdos en los que el Nilo se desbordaba, el cielo se rompía en tormentas imposibles o algún presagio sagrado obligaba a aplazar la ceremonia.

Cualquier cosa habría servido. Pero nada ocurrió, ni iba a ocurrir.

Mi padre era Ra, y el sol no se detiene por los deseos de una hija.

Nunca había llegado a comprender por qué tenía que ser yo.

Egipto entero estaba lleno de diosas que brillaban con una luz que la mía jamás alcanzaría: Sekhmet, capaz de detener un ejército con un solo gesto; Neftis, envuelta en un misterio que la volvía inalcanzable incluso para quienes la amaban; mi propia Baset,

que no necesitaba esforzarse para que el mundo entero se girara a mirarla; y Tefnut, delicada y luminosa como una lluvia imposible en mitad del desierto.

Yo solo era Hathor, la diosa del amor que ni siquiera había podido elegir el suyo.

Había otras más hermosas, más fuertes, más dignas de un trono que yo, y aun así había sido escogida para sellar la alianza más importante de Egipto.

No lo entendía, y esa ignorancia pesaba casi tanto como el propio compromiso.

—Por favor... —susurré, más para mí misma que para nadie—... lo que sea...

La puerta se abrió sin que yo lo notara, y antes de poder reaccionar las sábanas desaparecieron de golpe, arrancándome de aquella oscuridad voluntaria y dejándome expuesta al aire fresco de la mañana, a la luz dorada que ya lo inundaba todo y, sobre todo,

a la realidad que llevaba horas intentando esquivar.

—¿Se puede saber qué haces? —Baset se cernía sobre mí, mirándome con una mezcla de paciencia y diversión que, en ese momento, me resultaba insoportable.

Intenté cubrirme con los brazos, como si de alguna forma eso pudiera protegerme.

—Hathor... es tarde.

No contesté. No quería hacerlo.

—¿Crees que el príncipe va a esperarte eternamente?

Esa frase fue como una punzada. Aparté la mirada de ella y la fijé en un punto indefinido de la habitación, allí donde la luz dibujaba formas temblorosas sobre el suelo pulido, mientras el estómago se me encogía con una certeza que no podía discutir.

No debería estar pasando, pero estaba pasando, y lo peor era que yo misma había permitido que ocurriera, aunque nunca hubiera existido una opción real. Mi padre. Siempre mi padre.

Cuando Baset se sentó a mi lado, el colchón cedió ligeramente bajo su peso, y aquella pequeña alteración física me resultó extrañamente reconfortante, como si su presencia anclara algo dentro de mí que estaba empezando a desbordarse.

—Mírame.

Lo hice, y en el momento en que nuestros ojos se encontraron sentí algo más complejo que consuelo, algo más profundo y antiguo.

Seguridad. Baset siempre había sido eso para mí: una constante en un mundo donde incluso los juramentos podían convertirse en moneda de cambio.

Su mirada dorada, intensa pero serena, parecía capaz de sostener todo lo que yo no podía gestionar sola, y por un instante imaginé cómo sería si ella estuviera en mi lugar, si mi padre hubiese elegido a la hija fuerte, a la que no dudaba, a la que no parecía quebrarse por sentir demasiado.

Pero no. Había sido yo.

—No estás sola —dijo con suavidad, como si leyera cada pensamiento antes de que tomara forma—. Voy a estar contigo.

Y algo dentro de mí cedió. No desapareció el miedo, pero dejó de ser tan asfixiante.

—¿Vendrás conmigo? —pregunté, notando cómo mi voz se quebraba apenas lo justo como para que ella lo percibiera.

—Siempre.

Y lo decía en serio, porque éramos tres y siempre lo habíamos sido: Baset, Tefnut y yo.

Tres hijas de Ra creciendo bajo la misma luz abrasadora, aprendiendo a sonreír delante de la corte, a obedecer sin parecer sometidas y a guardar secretos incluso entre nosotras cuando el amor amenazaba con convertirlos en armas.

Su nombre apareció en mi mente antes incluso de formular la pregunta.

—¿Dónde está?

El ligero silencio de Baset fue suficiente para tensar todo mi cuerpo.

—No va a venir.

El vacío que sentí no fue sorpresa. Fue decepción teñida de comprensión.

—Sabe que intentarías convencerla... —añadió— que le pedirías algo que no debería hacer... y no quiere ser parte de eso.

Cerré los ojos un segundo. Claro que lo sabía. Tefnut no estaría porque me quería demasiado como para negarse, pero también lo suficiente como para no ponerse en esa posición. Era tan ella que dolía.

—No es porque no quiera estar contigo —dijo Baset, apoyando una mano sobre la mía—. Es porque no sabría decirte que no.

Asentí, y ese gesto pesó más que cualquier palabra.

Las doncellas llegaron poco después de que Baset se marchara, cargadas con cestos cubiertos de lino que olían a azahar y, bajo esa dulzura, a algo más frío, casi metálico.

Entraron en silencio, con los ojos bajos y movimientos precisos, como si no estuvieran preparando a una mujer para su compromiso, sino a una ofrenda para ser presentada ante un altar.

Las telas eran un regalo de la reina Isis: lino blanco tan fino que parecía agua sobre la piel, bordado en hilo de oro con motivos de lotos abiertos, pensado, según me explicaron sin que yo lo preguntara,

para que el príncipe Horus me viera por primera vez vestida como correspondía a su futura esposa, y no como la simple hija de Ra que había sido hasta entonces.

No me preguntaron si me gustaba. No me preguntaron nada.

Me alzaron los brazos, me ciñeron la cintura, me peinaron con horquillas que pesaban más de lo que aparentaban, y yo me dejé hacer, inmóvil, como una estatua vestida para una procesión que no había elegido encabezar.

Lo último llegó envuelto en un paño de lino oscuro, y solo cuando lo desplegaron sobre la mesa comprendí por qué las doncellas habían bajado la voz al mencionarlo.

Era un collar de oro macizo, pesado y frío incluso antes de tocarlo, del que colgaba un Oudjat tallado con una precisión casi dolorosa: el ojo de Horus, completo, vigilante, incrustado de lapislázuli y cornalina.

La pieza capturó la luz de la estancia y la devolvió en destellos azules y rojizos, como si aquel símbolo no solo mirara, sino que juzgara.

Una de las mujeres, la mayor de todas, me lo colocó alrededor del cuello con un cuidado casi reverente, como si temiera mancharlo con sus propias manos.

—Solo la futura esposa del príncipe puede portarlo, mi señora —me explicó, ajustando el cierre en mi nuca—. Nadie más en todo Egipto tiene derecho a llevarlo sobre la piel.

Sentí su peso de inmediato, frío contra la clavícula, y durante un instante absurdo pensé que aquel oro pesaba más que cualquier corona, porque una corona, al menos, se elige llevar.

Aquello, en cambio, me lo imponían. Era una marca, una declaración silenciosa dirigida a cualquiera que se atreviera a mirarme: pertenece a la casa de Horus; ya no se pertenece a sí misma.

El ojo descansaba sobre mi pecho como si pudiera verlo todo, incluso aquello que yo intentaba ocultar.

Cuando salí al patio horas después, vestida con ropas que no sentía como mías, el calor ya se había instalado sobre la piedra blanca y la hacía brillar con un reflejo casi cegador.

Las columnas proyectaban sombras largas sobre los estanques, los estandartes de Ra ondeaban lentamente en lo alto de los muros y los sirvientes se movían con una prisa contenida, procurando no mirar demasiado a la hija del sol que iba a abandonar su casa.

El carruaje esperaba bajo el arco principal, adornado con oro y lino claro, y más allá de él se abría el camino hacia Tebas, hacia Horus, hacia una vida que otros habían decidido antes de que yo pudiera entender siquiera qué significaba pertenecerme.

Entonces la vi. Tefnut no había entrado en el patio ni se había acercado al carruaje; había decidido despedirse desde la distancia, junto a una de las puertas laterales, como si permanecer allí fuera la única forma de no quebrarse del todo.

Pero aun así no pudo irse. Corrí hacia ella sin pensar, sin medir el tiempo ni la distancia, solo dejándome arrastrar por la urgencia de retener algo que sabía que estaba a punto de perder.

Cuando la abracé, la sentí frágil y delicada, pero firme, con esa serenidad suya que siempre parecía sostenerse incluso cuando todo alrededor amenazaba con romperse.

—Te quiero… espero que sepas perdonar mi atrevimiento, pero… —susurró.

Y esa frase, dicha con ese tono contenido, valía más que cualquier discurso.

—Lo sé… —respondí, abrazándola con más fuerza—. Sé que te incitaría a cosas de las que después nos arrepentiríamos, y no pasa nada. Sabes que yo también te quiero, que voy a echarte de menos y que necesito que no tardes en visitarme.

Mis manos temblaron ligeramente cuando la solté, y durante un segundo estuve a punto de volver a abrazarla, de decirle que no podía hacerlo, que ninguna alianza merecía aquel desgarro.

Pero había demasiados ojos pendientes de nosotras, demasiados símbolos brillando sobre mi cuello, demasiada historia empujándome hacia el carruaje.

Cuando subí al carruaje y las ruedas comenzaron a moverse, Alejandría quedó atrás entre destellos de piedra blanca, jardines dorados por el sol y el rumor lejano del Nilo.

Toqué el Oudjat sobre mi pecho. Pesaba como una promesa hecha por otros.

Y, mientras el camino hacia Tebas se abría delante de mí, comprendí que no iba a llegar allí como una hija obediente, sino como una grieta a punto de partirse.