El chacal y la hija del sol Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

con los pómulos marcados por una severidad que no le dejaba nada humano y con los ojos clavándose primero en la escena y después en mí, no como los ojos de un hombre herido, sino como los de un dios que acababa de encontrar una profanación en el corazón de su propio templo.

Su mirada recorrió la habitación con una lentitud implacable: los cuerpos de los soldados vacíos de sangre, Akasha tratando de incorporarse entre temblores, Geb manteniendo a Anukis bajo sus fauces, Unar destrozado frente a Selene,

Selene de pie en mitad del cuarto con la boca manchada y los colmillos aún brillantes, hermosa de una forma atroz, cruel, imposible, como si la muerte hubiese decidido darle un rostro nuevo solo para burlarse de nosotros.

Y después me miró a mí.

A mi mano abierta.

A mi sangre.

A la sangre prohibida que aún resbalaba por mi palma y que ya no podía esconder, aunque hubiera querido arrancarme la piel para borrar la prueba.

No dijo mi nombre al principio, y aquello fue peor que cualquier grito, porque en el modo en que me observó comprendí que ya lo sabía todo, que no necesitaba preguntarme nada, que había visto el crimen antes de que mi boca pudiera vestirlo de necesidad o de amor,

y la decepción que apareció en sus ojos me atravesó con una violencia que me dejó sin aire.

No fue rabia lo primero que vi en él.

Fue decepción.

Una decepción lenta, fría, devastadora, más íntima que cualquier reproche, porque no venía solo del príncipe ni del dios, sino de aquel Anubis que me había advertido, del que había confiado en que yo entendiera el límite, del que me había hecho prometer que no usaría mi sangre,

que no abriría aquello que no debía abrirse, que no jugaría con fuerzas que ni siquiera yo comprendía.

Y yo lo había roto.

Había roto la promesa.

Vi cómo su rostro cambiaba apenas, de una manera mínima y aterradora, como si todo lo que sentía quedara encerrado bajo la piel antes de convertirse en destrucción; su mandíbula se apretó con más fuerza, una sombra le endureció la boca,

las fosas de su nariz se abrieron apenas al tomar aire y sus dedos se cerraron despacio, no en un gesto impulsivo, sino con una contención tan brutal que sentí miedo de lo que habría ocurrido si esa furia hubiese encontrado un lugar donde caer.

Sus ojos ya no tenían la calidez peligrosa que yo había aprendido a reconocer.

Se volvieron oscuros.

No por ausencia de luz, sino porque algo dentro de él se apagó para dejar paso a una ira antigua, glacial, silenciosa, una ira que no ardía como la mía, que no se desbordaba, que no gritaba, sino que congelaba todo lo que tocaba y hacía que el aire se volviera demasiado pesado para respirar.

—¿Qué has hecho?

Su voz fue baja.

Demasiado baja.

Y precisamente por eso me aterrorizó más, porque no sonó como una pregunta, sino como una sentencia pronunciada antes del castigo, como el juicio de un dios que ya había decidido que ninguna explicación podría deshacer lo que mis manos acababan de provocar.

Selene giró lentamente la cabeza hacia él, olfateando el aire con una extrañeza salvaje, como si reconociera en Anubis no solo a un enemigo, sino a aquello para lo que su nueva naturaleza había despertado; sus labios se curvaron apenas, mostrando los colmillos, y un sonido bajo, animal,

vibró en su garganta, pero Anubis ni siquiera la miró.

No apartó los ojos de mí.

Ni un segundo.

Y eso fue lo que más me hundió.

Porque comprendí que, para él, el verdadero peligro no estaba solo en Selene ni en la criatura que mi sangre acababa de traer de vuelta, sino en mí, en mi incapacidad para detenerme,

en esa parte de mí que confundía amor con salvación y compasión con derecho a desafiar leyes que llevaban existiendo desde antes de que yo naciera.

Tragué saliva, pero no encontré palabras.

Ninguna servía.

Podía decirle que no tuve elección, que Selene se moría, que era mi hermana, que la vi apagarse delante de mí y que mi cuerpo actuó antes de que mi razón pudiera detenerme, pero todo eso era cierto y, aun así, no bastaba, porque en el fondo ambos sabíamos la verdad más terrible:

si volviera a verla muriendo, si volviera a sentir ese mismo horror abriéndome el pecho, lo haría otra vez.

Y Anubis lo vio.

Lo vio antes de que yo pudiera negarlo.

Sus ojos descendieron de nuevo a mi mano, a la sangre abierta sobre mi piel, y cuando regresaron a los míos ya no quedaba en ellos ni rastro de ternura, ni de deseo, ni de aquella promesa muda que tantas veces me había hecho creer que, incluso rodeada de oscuridad, él seguiría siendo mi refugio.

Lo que había delante de mí ya no era mi refugio.

Era la muerte.

—Te lo advertí, Hathor —dijo, y mi nombre salió de su boca como algo roto, como si pronunciarlo le costara más que odiarme.

Sentí que aquellas palabras me abrían por dentro.

Me recordó la promesa.

Y eso fue mucho peor, porque me obligó a ver no solo lo que había hecho, sino lo que le había hecho a él.

—Anubis... —susurré, dando un paso que no llegué a completar.

Su mirada se endureció de tal forma que el movimiento murió en mí antes de nacer.

—No.

Una sola palabra, baja, seca, absoluta.

No fue un grito ni una amenaza.

Fue una frontera.

Y yo comprendí que acababa de cruzarla.

La oscuridad pareció moverse a su alrededor, no como humo ni como sombra común, sino como algo vivo que respondía a su ira, extendiéndose por el suelo, rozando los cuerpos, envolviendo las esquinas de la habitación y apagando la escasa luz que aún se atrevía a resistir.

Los chacales levantaron apenas el hocico, inquietos, y después volvieron a bajar la cabeza, como si incluso ellos supieran que no estaban ante el enfado de un príncipe, sino ante la furia contenida del dios al que ningún muerto podía mentir.

—Has abierto una puerta que no entiendes —dijo, despacio, con una calma tan helada que me hizo temblar—, y ahora todos pagarán por ello.

Apreté la mano herida, sintiendo la sangre caliente entre los dedos, pero ni siquiera ese dolor consiguió devolverme del todo a mí misma.

Todo en la habitación parecía girar en torno a su mirada, a ese desprecio contenido que no nacía del odio, sino de algo mucho más insoportable: la certeza de que lo había perdido porque no había sido capaz de cumplir una promesa.

Quise decirle que lo sentía.

Quise decirle que no había querido traicionarlo.

Quise decirle que no había pensado, que el miedo decidió por mí, que el amor me empujó, que no pude soportar la idea de perder a Selene.

Pero no lo dije.

Porque habría sido mentira decir que no volvería a hacerlo.

Y él lo sabía.

Por eso su rostro se cerró aún más, por eso aquella línea dura de su boca se volvió definitiva, por eso sus ojos dejaron de buscar en mí cualquier resto de arrepentimiento que pudiera salvarnos.

—A partir de este momento —dijo con una lentitud que convirtió cada palabra en una condena—, dejas de pertenecer a Hardai. Serás juzgada y condenada.

El golpe de aquella frase fue tan brutal que por un instante no sentí el cuerpo.

Solo el vacío.

Solo el frío.

Solo la certeza de que algo entre nosotros acababa de romperse de una forma irreversible.

Selene soltó una risa baja, extraña, casi ajena a sí misma, y el sonido se deslizó por la habitación como una advertencia de lo que acababa de nacer, pero yo apenas pude mirarla, porque toda mi atención seguía clavada en Anubis, en su rostro severo, en sus ojos oscuros,

en esa decepción convertida en ira, en esa ira convertida en distancia.

Entonces lo entendí.

Había convertido al dios que me amaba, al dios que me protegía, al dios que me había enseñado que incluso la muerte podía tener manos capaces de sostenerme, en mi enemigo.

Anubis sostuvo mi mirada una última vez, y en ella vi algo más oscuro que una amenaza.

Vi una declaración.

No iba a perdonarme.

No iba a protegerme de lo que venía.

Desde ese instante, si la guerra llamaba a nuestra puerta, él estaría al otro lado.

Y lo peor fue comprender, con la sangre aún abierta en mi palma, con Selene respirando una vida que no debía existir y con la ira de Anubis clavada en mí como una sentencia eterna, que aquella vez no había desafiado a un príncipe, ni a un amante,

ni siquiera al hombre que me había prometido caminar conmigo entre las sombras.

Había desafiado a la muerte.

Y la muerte acababa de declararme la guerra.

Continuará…