39
El Nido seguía igual. El espejo, el viejo reloj, los adornos náuticos.
Los libros alineados con el lomo hacia fuera, el monitor del ordenador e incluso Sebastian de espaldas a la puerta.
Motas de polvo suspendidas en el aire. Un despacho construido para resistir la marea de los acontecimientos exteriores y servir únicamente a los caprichos de su creador.
Sebastian tecleaba a golpecitos. Escribía espoleado por una inspiración efímera que se apagaba enseguida; entonces volvía a detenerse, con la mirada fija en la pantalla, frotándose el muñón del pulgar.
Nunca explicó qué le había pasado en el dedo.
Abundaban las historias: se lo había devorado un tigre, se lo había cortado una sierra, o tal vez seccionado con un cuchillo de cocina.
Todos los rumores le parecían bien: la incógnita de la desgracia todavía le daba un aire más misterioso.
Sabía que Gillian estaba allí. Y ella sabía que él sabía que estaba allí.
—¿Estás escribiendo tu carta de renuncia? —preguntó Gillian.
—Todo lo contrario. —Tecleó tres caracteres, entornando los ojos ante la pantalla—. Tendré un papel más activo. Parece que Miscellany se ha estancado en manos de mis hijos. A juzgar por los últimos acontecimientos, han olvidado todo lo que les enseñé.
—¿Tus hijos? —Entró despacio en la habitación—. Yo ya tengo madre. Y padre.
—Y te deseo que seas muy feliz con ellos. Espero que encuentres un lugar en el que sepan tratar la enfermedad de Stephanie con competencia.
Los diez mil de Sebastian ya habían aparecido en la cuenta de Gillian.
Había recibido el pago, pero también una advertencia.
Las llamadas y los mensajes no tardaron en bombardear su teléfono.
El administrador de la clínica. Un don nadie del departamento legal de Miscellany.
Su madre tendría que abandonar el nuevo centro en cuestión de días, quizá de horas.
Gillian quería creer que encontraría la manera de impedirlo, pero todavía no sabía cómo.
—Nos las arreglaremos —aseguró—. Me ocuparé de ello.
—No tengo ninguna duda.
La foto de los concursantes seguía colgada en la pared, sobre su cabeza. La habían movido, solo un poco. Después de que Gillian se hubiera llevado el lápiz de memoria ya no quedaba ningún secreto allí.
El dedo de Sebastian presionaba la tecla de borrar una y otra vez. No estaba satisfecho con lo que había escrito.
—He oído la noticia —dijo Gillian—. La Segunda Temporada se cancela oficialmente.
—Eso no es ninguna noticia. No se puede cancelar lo que nunca se anunció.
—Pero no he oído nada sobre la Escuela Kundojjala. Dijiste que sería el primer centro de ese tipo.
—Y lo será. Cuando llegue el momento. —Por fin había conseguido arrancarlo del teclado.
Giró la silla. La miraba con un rostro imperturbable en el que se adivinaba alguna grieta de irritación.
Estaba allí sentado, en su trono, y se atrevía a enfadarse porque Tommy había muerto, porque familias como los Navarro habían quedado destrozadas.
Estaba enfadado porque la preocupación por la vida humana retrasaba la entrega de su visión.
—¿Qué sentido tiene todo esto? —preguntó Gillian.
La pregunta lo pilló desprevenido. Abrió la boca como un pez antes de poder encontrar la respuesta.
—Lo hago por los niños, por supuesto.
Lo había repetido tantas veces que quizá hasta se lo creía. Incluso la propia Gillian se había empeñado en creerlo de nuevo, después de tantos años.
Se le acercó un poco más. Olió el perfume de su jabón, a aire de la montaña, a limpio. Pero debajo, el hedor del sudor: el subproducto del esfuerzo. Ponía mucho empeño en mantener la farsa.
—Somos como tú —dijo ella—. Exactamente como tú.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Tienes tus moldes. Dices que rompes paradigmas, que cruzas fronteras y creas personas nuevas. Pero eso es mentira. Tomas a esos niños, tan inocentes, tan maleables, y los metes a la fuerza en moldes con forma de Sebastian. Y si no encajan, si se rompen, los tiras y empiezas de nuevo.
Quería que él la contradijera. Que se levantara, que pontificara, que le ofreciera una versión más noble de cómo encajaban todas las piezas.
Al fin y al cabo, era su visión. Nadie evangelizaba sobre la misión como lo hacía él.
Pero Sebastian se limitó a dejar caer las manos sobre el regazo.
Las miró, como si le hubieran fallado, y negó con la cabeza.
—Nunca logré llegar a ti.
En la playa, cuando había resuelto el rompecabezas y había encontrado el mensaje de Sebastian, algo esencial se había roto en su interior.
Y le había sorprendido lo mucho que le había dolido, después de todo.
Creía que estaría enfadada. Que lo odiaría.
No que lo echaría de menos. El Sebastian que ella había inventado había estado allí durante mucho tiempo.
Se fijó en el reloj. En la plomada y en los demás objetos de atrezo. Todo era una representación. Teatro. Pero muy peligroso para quien no podía escapar de su hechizo.
—No te dejarán hacer daño a más niños —dijo—. Te detendrán.
—¿Me detendrán? —Soltó una risa airada—.
¿Quiénes? Miscellany no se irá a ninguna parte.
Construí un imperio desde la nada. He creado acertijos, juegos, laberintos y rimas para entretener a millones de niños.
Sin sesgo de género, sin sesgo racial ni tampoco económico.
Todos son bienvenidos a ejercitar la mente y a destacar.
Liberados de las cadenas de su entorno y de una sociedad que mete a los niños en un hoyo desde el principio.
Les enseñamos el ABC de las letras y las matemáticas, el corro de la patata y esperamos que crezcan sin ser unos autómatas.
La mente... —Se golpeó la sien con un dedo—.
Esta es la salida. Esta es la misión. Me duele que te sientas utilizada, pero no necesito que me des las gracias. Tú existes. Ese es mi premio.
Por un momento, la convenció otra vez. Había tirado de los lazos de su inseguridad.
Quizá Sebastian no tuvo nada que ver con lo que había pasado con Tommy.
Tal vez Evelina lo había tramado todo, y Leah había ocultado los detalles.
Pero que Sebastian no hubiera sido cómplice en eso no importaba, porque lo era hasta la médula de todos los demás delitos.
Miscellany era la mayor estafa de todas.
Y lo peor de todo era que Gillian volvería a apuntarse si se le presentara la ocasión.
Se pondría en la fila para acabar engañada.
Con solo escuchar las palabras de ese hombre, el mismo que cuando salía al escenario y miraba a su público de cientos de personas le hacía creer que lo más importante era ella. Que hablaba solo para ella.
No podía dejarle entrar de nuevo en su vida. Ni siquiera un poco.
—Miscellany eres tú —dijo—. Y morirá contigo.
El rostro de Sebastian seguía siendo una máscara, pero sus ojos se contrajeron por un instante. Gillian lo había herido, como él la había herido a ella. Por primera vez, estaban al mismo nivel.
Cuando Gillian se marchó, se preguntó si los hombres de Sebastian la estarían esperando, como había ocurrido tantos años atrás. El equipo de seguridad listo para escoltarla fuera del recinto. Pero nadie la tocó. La dejaron salir al mundo, libre y sin ataduras.