40
El coche que le había encargado Ellsberg la esperaba en el mismo lugar donde la habían dejado el primer día.
El conductor era un hombre de voz ronca muy parecido a Papá Noel, si este hubiera pesado cuarenta kilos menos y fumara un paquete al día.
A Papá Noel no pareció molestarle que Gillian dejara su bolsa en el maletero sin mediar palabra. Y ella se lo agradeció.
Ellsberg la aguardaba junto al coche, garabateando con furia uno de sus crucigramas diarios. Gillian se le acercó y lo observó trabajar.
—El veinte horizontal es Brian Eno.
—Gracias. Lo sé.
—No lo has escrito.
—No es una competición. Ya llegaré ahí.
—Siempre es una competición —replicó Gillian con una sonrisa, y esta vez era sincera.
Le habría gustado que Tommy le hubiera gastado una de sus bromas. Que hubiera salido del coche riendo, arrancándose una máscara de cadáver con un tachán, demostrando que una vez más la había ganado. Pero en el asiento trasero no había nadie. Allí solo estaban ella y Ellsberg.
—Voy a echar de menos esta parte —dijo.
—¿Eso de tocarme las narices?
Ella rio.
—Exactamente eso.
Él se colocó el bolígrafo tras la oreja.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—No volver a conducir. —Papá Noel escupió un gargajo amarillo antes de encenderse un cigarrillo—. A no ser que no tenga un plan mejor.
—¿La gran Gillian Charles planeando y conspirando? —Ellsberg parecía relajado. Bromeaba con ella como si tuviera veinte años menos—. El mundo debería andarse con cuidado.
Gillian quiso creerle. Pero no tenía ningún plan, ni para su madre ni para ella.
—Este es el tipo de motivación que necesitaba.
Ellsberg la observó con atención, como si fuera un nuevo crucigrama por resolver.
—¿Puedo hacerte una sugerencia?
Gillian lo miró con recelo. El rostro de Ellsberg, sin embargo, tenía una expresión sincera y ella estaba demasiado agotada para pensar en nuevas traiciones.
—Adelante.
—La competición Big Idea Competition.
Gillian la conocía: era un concurso de ideas emprendedoras en el que participaban exalumnos y estudiantes de la Universidad de Dallas.
—No estudié en esa universidad.
—Tú, precisamente tú, deberías saber que siempre hay excepciones. Además, ahí se mueve mucho dinero. Circula más capital de riesgo que payasos en un circo. Mark Cuban fue jurado el año pasado.
El sol proyectaba la sombra de la silueta de Miscellany sobre el aparcamiento. Gillian levantó la mirada hacia los muros y las torres. Por suerte, desde allí no alcanzaba a ver el rostro de Sebastian. Pero sabía que él la estaba observando.
Había ido hasta allí para ayudar a su madre.
Ahora que tenía a Miscellany en contra, todo sería más difícil.
Pero Gillian ya había afrontado situaciones peores: en su familia eran todos luchadores, desde mucho antes del Certamen.
Si la Big Idea Competition no era su camino, encontraría otro: la beca MacArthur, sus contactos en Los Ángeles, los aparcacoches de los hoteles que transportaban fortunas de Dallas...
Cualquiera que no viviera en una torre ni hablara utilizando acertijos.
Como decía Tommy, sus relaciones le abrirían las puertas. Su ingenio haría el resto.
Alzó la vista una vez más. Salir de allí había determinado la naturaleza de su relación con Sebastian, pero aún no había cortado todos los lazos. Eso llevaría tiempo. Tal vez no lo lograra nunca. Aun así, debía intentarlo.
Y no tenía por qué hacerlo sola.
—Ven a trabajar conmigo —dijo.
Ellsberg dejó caer su crucigrama.
—¿Qué?
El corazón de Gillian dio un brinco. Sí. Exacto.
—Ven a trabajar conmigo.
La propuesta lo dejó un poco aturdido.
—¿Vendiendo fulares?
—¿De qué tienes miedo? ¿De Sebastian? ¿Por qué debería ser él quien decida?
No es dueño de nuestros sueños. Ni de lejos.
Participamos en el Certamen. Superó las pruebas uno entre un millón, y ni la mitad lo hizo tan bien como nosotros.
Juntos, sin él de por medio... —Si hubiera estado caminando, se habría movido con paso triunfal—.
No habría nadie en el mundo capaz de detenernos.
Ellsberg soltó un bufido.
—Suena arriesgado.
—Y lo es. Es arriesgado de narices.
Él masticó el aire, pensativo.
—¿Y qué haríamos?
—La pregunta correcta es: ¿qué no haríamos?
Le gustó la respuesta. Una sonrisa traviesa se le escapó entre los labios.
—¿Y el dinero?
La sonrisa de Gillian se heló. No iba a sebastianearlo. La sinceridad primero.
—No tengo ni idea, Ellsberg.
La verdad lo hizo volver a la realidad. Asintió, mirando hacia el cielo azul y las nubes blancas. En el horizonte se cernía una nube más oscura. Era difícil saber hacia dónde se dirigía.
—Sabré dónde encontrarte —dijo al fin.
Gillian no pudo evitar la decepción. Por un instante, había visto la imagen: los dos conduciendo hacia el atardecer a punto de conquistar el mundo. Pero Ellsberg debía tomar la decisión solo; de otro modo, sus palabras no tendrían sentido. Le tendió la mano.
—Inténtalo.
Él sonrió, le dio un fuerte apretón y recogió su crucigrama del suelo antes de volver a Miscellany, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Gillian subió al coche. Papá Noel apagó el cigarrillo y se acomodó al volante. Un ambientador con forma de árbol se balanceaba, colgado del espejo retrovisor. Gillian casi esperaba que un reno borracho se desplomara sobre el capó.
—¿Trabajas en ese sitio de los rompecabezas? —preguntó el conductor con su cálido acento del sur, esa forma de hablar engañosamente amable con la que uno baja la guardia hasta que se da cuenta de que ya lo han enredado.
A Gillian le cayó bien aquel Papá Noel paleto.
—No. Solo he venido de visita.
—¿Por trabajo o por placer?
—Un poco de ambos —dijo tras pensarlo—. Una especie de... reencuentro.
—Ah, el concurso. Lo oí en la NPR.
Le encantó saber que escuchaba la NPR.
—Entonces participaste en el Certamen —prosiguió él—. ¿Ganaste?
Durante años, Gillian había repetido que Sebastian le había negado la victoria.
Pero era ella quien le había otorgado ese poder.
Gillian había atado a ese instante todas sus oportunidades perdidas: cada bicicleta que no pudo tener, cada escuela a la que no pudo asistir, cada trabajo que no consiguió.
Todo quedaba reducido a aquel momento en que no bailó lo bastante rápido para Sebastian Luna.
Nunca bailaría lo bastante rápido. Pero quizá ya no hacía falta.
¿Ganó?
Gillian sonrió. Y le dio al hombre su respuesta.