38
Evelina mantenía la postura erguida incluso cuando se relajaba.
Iba vestida con un estilo muy Miscellany: traje azul marino impecable con chaleco.
Gillian la observaba desde el interior de la casa.
Dejó el bolso, las llaves y el móvil sobre la encimera de mármol de la cocina.
Luego se quitó los zapatos de tacones y hojeó unas cartas antes de volcarlas en una cesta de mimbre.
—¿Stephen? —gritó, llamando al asistente personal al que Gillian había convencido para que se tomara la noche libre después de que la dejara entrar—. Debo atender la llamada con Singapur a las ocho. ¿Podrías tener la cena lista para después? No creo que dure más de una hora.
Silencio. La dueña de la casa notó algo extraño y se inquietó. Algo no encajaba. Caminó descalza, llamando de nuevo a Stephen, y se detuvo en seco al encontrar a Gillian en su salón. Otra vez.
—Le he dado la noche libre —dijo Gillian, sentada en una esquina del sofá blanco, con las piernas recogidas. Unas sandalias baratas descansaban en el suelo. Más dinero que le había prestado su padre—. Han sido unos días muy movidos.
Por un instante, Evelina entreabrió la boca. Luego apretó la mandíbula y convirtió el susto en una sonrisa.
—Gillian. Todo el mundo te está buscando. Creíamos que estabas en el Bazar cuando...
—¿Cuando tus hombres le prendieron fuego?
—Gillian todavía notaba la tirantez de su rostro y un calor residual bajo la piel—.
Quería creer que no sabías que estaba dentro cuando diste la orden, pero le dijiste a Jackie que me siguiera.
No solo destruyó la escena del crimen: pegó fuego al Bazar porque yo estaba allí.
Evelina frunció el ceño con perplejidad.
—No te entiendo. ¿Estás sugiriendo que Miscellany tuvo algo que ver con la destrucción del Bazar? ¿Una pieza histórica tan querida por todos?
—Digo que fuiste tú, o Miscellany, o ambas.
A veces me cuesta distinguir dónde termina una y empieza la otra.
Y no me vengas con esa chorrada de «pieza histórica tan querida por todos».
Tú y yo sabemos que Sebastian solo mira hacia delante.
Para él, el pasado es totalmente prescindible.
—Dejó la memoria USB sobre la mesa de cristal—. O casi.
Al ver aquel objeto, Evelina alzó una ceja al estilo Lauren Bacall.
—¿Y qué se supone que es eso?
—Qué mierda, ¿verdad? Hace unos años bastaba con quemar algunos papeles. Esto, en cambio, es como la purpurina: los datos siempre dejan algún rastro. Nunca consigues borrarlos del todo.
La lengua afilada de Evelina presionó el interior de su mejilla.
—Lo siento, pero creo que deberías irte. No te he invitado a mi casa, y si no te marchas, tendré que llamar a la policía.
—Y en circunstancias normales eso te vendría de perlas: una mujer blanca llamando a los polis por una intrusa negra.
Solo que, esta vez, tengo este lápiz de memoria.
—Le dio un golpecito con el dedo, y la memoria USB giró lentamente sobre el cristal—.
Tendrán que quedárselo. Aunque los agentes no entiendan lo que es, alguien lo hará.
Y tarde o temprano, la prensa conseguirá el contenido y empezará a hacer las preguntas correctas: ¿entraste tú sola en el correo de Tommy o te ayudó alguien?
; ¿adónde fue a parar el dinero que enviaron las familias al Círculo de Sebastian?
; ¿qué significa eso para el acuerdo con los Navarro? , y ¿qué le ocurrió realmente a Tommy?
—Esto es absurdo —dijo Evelina con dureza.
No quedaba nada de su habitual actitud desenfadada—.
¿Cómo te atreves a entrar aquí e inventarte una historia de corrupción justo cuando la empresa ha tenido que tomar la difícil decisión de cancelar la Segunda Temporada y decepcionar a tantos niños...
? ¿Y encima insinuar que mi marido estaba implicado?
Mi pobre Tommy. —Se volvió hacia la cocina—.
No pienso quedarme a escuchar esto. Haré que te echen de mi propiedad.
Me da igual lo que signifiques para Sebastian.
Gillian se levantó para seguirla.
—¿Vas a hablar con Sebastian? Es demasiado tarde para eso. Cuando mandaste pegarle fuego al Bazar, lo pusiste contra las cuerdas. Ahora está en el punto de mira. Es el blanco de las miradas externas: lo que más odia en el mundo. Necesita distanciarse. Un chivo expiatorio... o chiva.
Evelina se detuvo.
—Lo gracioso —continuó Gillian— es que no tenías por qué matarme para hacerme callar.
Podías haber ido a hablar con él desde el principio.
Ya me había comprado. Soy uno de los «hijos» de Sebastian: tengo que hacer lo que me diga.
¿No lo sabías? ¿O estabas demasiado ocupada mandando matar a tu marido?
Cuando Evelina se volvió, parecía haber envejecido doce años. Se adivinaba el perfil de su cráneo bajo su piel tensa.
—¿Qué quieres de mí?
—No quiero seguir siendo uno de los hijos de Sebastian. Quiero irme. Y tú puedes conseguir que eso ocurra.
Evelina sopesaba sus opciones, valorando sus cartas mientras la relaciones públicas que llevaba dentro despertaba.
—¿Se trata de dinero?
—Joder... Como si alguna vez se tratara de otra cosa.
—Se adelantó un paso—. Sí, claro que se trata de dinero.
Acepté volver para evitar que mi madre acabara en la calle, pero entonces no tenía poder de negociación.
Hoy la cosa ha cambiado. No quiero volver: quiero irme.
Quiero que mi familia esté a salvo y quiero lo suficiente para dejar de llevar a borrachos hípsters a sus bungalós.
Y no quiero tener que resolver otro puto rompecabezas de Sebastian en mi vida.
Los ojos de Evelina buscaron las paredes de la habitación. Tal vez pensaba en correr hacia el teléfono. Pero ¿a quién llamaría?
—No quiero pertenecer a Sebastian —insistió Gillian—. Dame lo que pido, y podrás seguir siendo su mano derecha. —Miró el traje—. U ocupar su puesto, a mí me da lo mismo. Lo único que me importa es olvidarlo todo. A Tommy, el Certamen... Todo.
La casa no era tan silenciosa como parecía. Los conductos del aire acondicionado protestaron sobre sus cabezas. La madera noble reciclada crujió. La casa perfecta estaba hecha de cosas imperfectas que reaccionaban al aire, al agua y al paso del tiempo.
Evelina se quedó pensando, inexpresiva como un maniquí.
—Podríamos llegar a un arreglo.
—¿Un arreglo? No. Necesito algo más que eso.
—Dinero. Podríamos conseguirte dinero.
—Esta conversación empieza a estar muy concurrida. «¿Podríamos?» ¿Quiénes? Quiero efectivo. De ti. Hoy.
Evelina frunció el ceño.
—No sé si dispongo de tanta liquidez.
Gillian se giró de lado para que Evelina pudiera ver bien la memoria USB.
—He oído que Publishers Clearing House metió la pata con un concurso y tuvo que pagar treinta millones de dólares por una demanda colectiva. Y no son una empresa muy grande. Imagina una diez veces mayor.
Evelina se mordió el labio.
—¿Ese es el único lápiz de memoria?
—Podría serlo.
La mujer se tensó como una serpiente de cascabel.
—Bien. Puedo conseguirte doscientos cincuenta mil. Pero llevará un poco de tiempo...
Gillian se pegó a ella en un par de pasos.
—Mi padre me enseñó a jugar al Texas Hold’em cuando tenía cinco años. Llevo leyendo a la gente desde que era un retaco, ¿y me ofreces doscientos cincuenta? Más.
Evelina se estremeció.
—¿Quinientos mil?
—Mi madre tiene lupus. La mayor parte del tiempo no puede ni moverse. Necesita cuidados constantes, y no me refiero a la mejor atención posible en el hospital. Quiero algo de primera. Solomillo, ¿vale? Filete de Kobe. Quiero lo mejor.
Gillian vio el brillo de la aceptación en las profundidades de los ojos marrones de Evelina. Sabía la cifra desde el principio.
—No sé si...
—¿Quieres que desaparezca? ¿Que me asegure de destruir todas las copias y no vuelva a pedirte nada más? ¿Quieres que olvide la mirada extraviada de tu marido cuando su rostro quedó atrapado contra el cristal de aquel tubo? Pues prométemelo ahora mismo.
—De acuerdo. —La voz de Evelina restalló como un látigo—. Un millón de dólares. Pero destruyes todas las copias de esos correos.
Y ahí estaba. El valor de una persona. El precio de la vida de Tommy, y del alma de Gillian. Suficiente dinero para comprar el futuro que siempre creyó que le habían robado.
Echó a andar por el suelo de baldosas camino de la puerta principal y dejó la memoria USB sobre la mesa.
—He ganado —dijo.
El sonido de los pasos descalzos de Evelina la siguió.
—¿Cómo dices?
Pero Gillian no se detuvo.
—La idea de que pudieras haber competido.
De que hubieras tenido una mínima posibilidad contra mí.
—Giró en redondo, obligando a Evelina a detenerse en seco—.
Quedé segunda en el Certamen Extraordinaire.
—Se aseguró de que el desprecio se le notara en la cara—. Tú ni siquiera llegaste a clasificarte.
El horror fue asomando lentamente en el rostro de Evelina.
—No vas a aceptar el dinero.
Gillian abrió la puerta principal. Ellsberg estaba allí, enmarcado en el umbral, junto a varios tipos con trajes conservadores y semblante serio. Entraron en la casa, como atraídos por la gravedad.
—¿Quiénes sois vosotros? —Evelina intentó aparentar dignidad, pero le temblaba la voz—. Salid de mi casa.
Los intrusos pasaron junto a Gillian con una calma calculada.
Tomaron a Evelina del brazo y la apartaron de la salida.
La mujer estaba atrapada, desarmada. Gillian creía que sentiría una oleada de satisfacción, pero la emoción que la embargó se parecía mucho a la alegría aguada del final del Certamen, cuando resolvió el rompecabezas de las llaves complementarias. Una victoria que no lo era.
¿Qué haría ahora Sebastian? Con su gorra y sus botones relucientes. Sus zapatos en punta y sus dientes diminutos. Los zorros son cazadores oportunistas: comen lo que sea con tal de sobrevivir.
Gillian se acercó a la puerta. Ellsberg la detuvo en el umbral.
—Lo han oído todo.
—La ironía es que ni siquiera tiene un millón de dólares —dijo con una risa forzada.
—¿No estás contenta?
Gillian se encogió de hombros. Dedicó una mirada vacía a los coches oficiales que había aparcados fuera.
—Los federales no harán nada. La perseguirán durante años.
—Has hecho lo correcto.
—Sí, claro. Pero ¿hemos atrapado a la persona correcta?
Le lanzó una mirada a Ellsberg. Parecía incómodo.
Detrás de él, los agentes le leían sus derechos a Evelina y registraban la casa en busca de respuestas.
No iban a encontrarlas. No allí.