El certamen 37
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—Otro día negro para el imperio del entretenimiento Miscellany y su director ejecutivo, Sebastian Luna, a quien vemos aquí, haciendo el lanzamiento inaugural en el estadio Globe Life Field —decía—.

Solo tres días después del fallecimiento de Tomas Kundojjala, director de Operaciones y ganador del Certamen Extraordinaire, un incendio ha consumido el legendario Bazar, escenario de aquel concurso y primero de los muchos parques de entretenimiento que acabarían abriéndose por todo Estados Unidos.

Al parecer la estructura del edificio ha quedado totalmente destruida y, aunque el Bazar estaba cerrado, algunas declaraciones apuntan a que otra concursante, Gillian Charles, se encontraba dentro cuando comenzó el fuego.

Son muchos los que esperaban que hoy se anunciara la Segunda Temporada, una nueva edición del Certamen con una nueva generación de niños prodigio.

En lugar de eso, Miscellany ha vuelto a enfrentarse a la tragedia. Conectamos en directo con...

Su padre se había levantado del banco. Gillian lo vio inclinándose sobre la barra para apagar el televisor de un manotazo.

—Las noticias, siempre deprimentes —dijo.

Gillian lo observó mientras volvía a sentarse.

Le pareció pequeño. Un hombre cuya vida ocupaba una huella apenas invisible: la habitación libre en casa de June, su coche destartalado, un trabajo sin sentido.

Pero había acudido cuando ella lo había llamado.

Sabía lo que era importante, al menos para él.

Cuando había sacado la cartera para pagarle los vaqueros, ella había podido ver lo que llevaba dentro: la tarjeta de crédito, algo de dinero en efectivo y una foto de ella y de June en la que las dos aparecían muy monas, con cara de muñecas.

Aquel hombre lo había perdido todo, había tocado fondo.

Pero en algún momento había encontrado la forma de seguir adelante.

Por la familia que había perdido y que ya nunca volvió a recuperar del todo.

Su padre levantó los ojos y Gillian desvió los suyos de inmediato. Le resultaba imposible sostener esa mirada herida sin que afloraran todos sus remordimientos. Las llamas habían consumido sus defensas. Su padre vería lo que sentía, que debería haberlo perdonado hacía años.

Gillian se lo contó todo. Que se había escondido de sí misma durante dieciocho años.

Que Tommy la había espoleado a regresar y que su vida había volado por los aires.

Que la ahogaba la angustia por el tratamiento de su madre, por el dinero.

Y que los acertijos lo complicaban y lo simplificaban todo al mismo tiempo.

Los rompecabezas exigían toda su atención, concentración absoluta, y ella se refugiaba en ello, y dejaba que el resto del mundo desapareciera.

Pero ahora empezaba a pensar que tal vez les había dado demasiado valor a esas soluciones.

Resolver un enigma no era lo mismo que entender la vida.

Aunque la abrumaba la vergüenza, Gillian también tocó el tema de su relación con Evelina.

Habló de la confianza que había depositado en ella y reconoció que, una vez más, se había equivocado.

Su padre no dijo mucho. Sus dedos resecos jugueteaban con un sobrecito vacío de azúcar, mientras su atención se dividía entre el crujido del papel y el relato de Gillian.

Aquella actitud le hizo pensar en Sebastian, en su tendencia a usar el silencio como anzuelo para que los demás lo llenaran con sus secretos.

—¿En qué piensas? —preguntó ella.

Su padre tardó en soltar las palabras.

—Nunca me fie de ese hombre.

Gillian notó que la ira de siempre se despertaba en su interior: no iba a ser tan fácil librarse de ella. Ahí estaba su padre, sentado en su banco, como si con un café y un paseo en coche ya volviera a ser el gallo del gallinero.

—Eso es muy fácil de decir. ¿Dónde estabas entonces?

—No lo necesitabas para nada. Y no lo necesitas ahora.

Solo una brizna de sentido común la detuvo de levantarse. En su cabeza, una vocecilla le susurró: «Déjalo aquí y lárgate. Sal corriendo; a la mierda tu padre y a la mierda Sebastian».

—¿Y qué pasará con mamá? —escupió—. ¿De dónde va a salir el dinero para su tratamiento? ¿De ti?

La mirada de él lo decía todo: no tenía respuestas. De pronto, estar allí con su padre le pareció una idea horrible. Nada había cambiado. Gillian seguía dando vueltas alrededor de lo mismo, repitiendo viejos hábitos que tenía grabados en lo más hondo.

Se quedó mirando a su padre sin decir nada.

A aquellos cabellos que había tenido de joven y que ahora estaban cubiertos con más canas de las que Gillian había creído.

A aquellas ropas holgadas, que le daban un aspecto de espantapájaros recién caído del palo.

Aquel hombre no era una roca: podía recaer en cualquier momento, y él mismo lo admitiría sin rodeos.

Wallace Charles siempre había ido detrás del dinero o de la botella.

Como decía June, veía ofensas e impedimentos en cada esquina, obstáculos para alcanzar sus sueños: su propia empresa de electricidad, un restaurante, mil y una ambiciones construidas con esmero, de las que él había sido el arquitecto y a la vez el destructor.

Gillian se preguntó: si hubiera llegado a triunfar, ¿habría dejado el alcohol?

¿Y qué haría falta para que ella dejara a Sebastian?

Su padre intentó retomar la conversación.

—El alemán podría ayudarte —dijo—. Siempre te cayó bien.

Pensar en Ellsberg solo la confundió más. Se encogió de hombros.

—Probablemente se siente culpable —añadió él.

—¿Y crees que no debería?

Su padre frunció los labios y negó con la cabeza, despacio.

—La culpa es buena. No hay nada mejor para calibrarte. Te recuerda a diario lo fácil que es... —Hizo una pausa—. Estropear las cosas.

Era evidente que estaba luchando consigo mismo. Se rascaba la piel reseca del pulgar.

—No tienes por qué darle una segunda oportunidad —dijo al fin—. Pero si le pides ayuda, quizá le ayudes a responder la pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Soy lo bastante bueno?

La misma pregunta que Gillian se había hecho al principio del Certamen, y luego en el Reencuentro. Eso la incomodó. La desesperación y la incertidumbre le resultaban demasiado familiares.

Delante de la comisaría, Ellsberg le había dicho: «Necesitaba ganar el Certamen tanto como tú».

Gillian se excusó y se fue al baño. Aturdida, se apoyó en el lavabo y se miró al espejo, estirándose las mejillas.

Se veía más vieja, pensó. No era tan distinta de Ellsberg.

La máquina de Miscellany había acelerado su envejecimiento, como el de todos los demás.

Sintió un impulso extraño: arrancarse la ropa, ponerse bajo una ducha helada y despojarse de todo: el humo, la ceniza, las huellas, el contacto de quienes la habían dirigido desde su llegada.

Jackie tal vez hubiera huido del incendio, pero esa mujer solo obedecía órdenes de alguien.

Alguien como Evelina, aunque no fuera tan lista como se creía.

Los correos demostraban que los peces gordos de Miscellany estaban al día de sus tejemanejes.

Y si la maquinaria lo sabía, ¿no significaba eso que el hombre que la controlaba también?

¿Qué estarían dispuestos a hacer por proteger la misión de Sebastian?

Demandar a una familia, seguro. Declararle la guerra a la prensa, cerrar filas.

Y si el escándalo crecía, pagar para silenciarlo.

En un mundo así, comprar el silencio de una vendedora de fulares de Los Ángeles era pan comido.

Pero ¿y si ella no captaba el mensaje? ¿Y si seguía hurgando donde no debía?

Bueno, las construcciones viejas se incendian por cualquier cosa.

¿Cuánto vale un edificio, comparado con un sueño?

Las palabras de Evelina, su reacción instintiva ante su ataque delante del Laberinto: «No voy a disculparme por proteger lo que hemos conseguido».

¿«Hemos conseguido»? ¿A quién se refería?

¿Estaban incluso dispuestos a matar porque ya lo habían hecho antes?

Gillian se sacó el lápiz de memoria de debajo del sujetador.

Lo dejó encima del lavabo. Contempló la idea de tirarlo por el váter.

¿Qué iba a hacer? ¿Enfrentarse a Miscellany y a Sebastian?

En el mejor de los casos, acabaría teniendo que vender fulares otra vez, y sin un céntimo.

Y en el peor... Bueno, lo que ocurriría en ese caso todavía humeaba a sus espaldas.

El buldócer de Sebastian arrasaría con ella como si fuera un barrio ruinoso.

La casa siempre ganaba. «Solo hay un ganador», había dicho Evelina.

Los juegos estaban diseñados para que la mayoría de los participantes perdieran.

El Certamen. El Reencuentro. Cada evento se concebía para aislar a los concursantes, para enfrentarlos entre sí.

Gillian salió del baño. Llevaba consigo la memoria USB.