36
Gillian estuvo todo el largo y solitario trayecto desde el parque tratando de decidir a quién podía llamar.
Caminaba en la oscuridad, entre las hierbas altas que crecían a lo largo del borde de la carretera.
Se encogía cada vez que los faros de los coches la iluminaban, pasando a más de cien por hora, hiriéndole los pies con piedras y cristales rotos.
Un coche tocó el claxon y se detuvo justo detrás de ella: Gillian nunca había corrido tan deprisa.
El primer edificio que encontró —el primero que le pareció lo bastante alejado de Miscellany— fue un local de comida rápida de la cadena Whataburger.
Había demasiados todoterrenos negros aparcados fuera y demasiada gente dentro.
Se quedó de pie allí donde la grava dejaba paso a la hierba.
Su mirada escrutaba el lugar, yendo de los coches a la puerta, de una cara a otra.
Se llevó las manos a la boca, como si rezara.
Le ardía la piel. El olor se le había pegado al cuerpo: a humo y a sudor, y, por debajo de todo eso, a miedo.
En sus oídos todavía resonaban los gritos que soltaba la gente cuando trepó la valla y cayó.
El fuego la perseguía, voraz, sin el menor respeto por su supuesta inteligencia.
Un tipo la observaba desde la cola del autoservicio; su rostro era una combinación de planos duros y ángulos afilados.
Gillian se deslizó hacia las sombras. Tiró la pulsera de Miscellany al contenedor de basura.
«No lleva GPS», le había dicho Ellsberg.
Claro. Pero Sebastian estaba al tanto de la llamada que le había hecho Tommy.
Quizá ni el propio Ellsberg entendía del todo lo que podían hacer esas pulseras.
Un terror animal la había conducido hasta allí.
Pero la adrenalina se había agotado, y necesitaba un plan.
June no dejaría solos a sus hijos. Su madre no sabía conducir.
Y en Miscellany no tenía a nadie en quien confiar.
Y aunque lo tuviera, estaría vigilado, como todos sus seres queridos.
Necesitaba a alguien que no lo estuviera.
Cuando le vino el nombre a la cabeza, le flaquearon las rodillas. Pero su exilio lo mantenía apartado, fuera del mapa, justo donde Gillian necesitaba estar. Al menos hasta decidir cuál sería su siguiente paso.
Se había dejado el móvil en la bolsa de tela, ahora pasto de las llamas. Y ningún sitio le parecía más seguro que aquel lugar.
Cuando entró en el restaurante, se relajó: no había nadie en la barra.
La empleada de la caja —una chica negra que no debía de tener siquiera dieciséis años— le prestó su móvil sin hacerle una sola pregunta, aunque miró de reojo a sus compañeros antes de sacárselo del bolsillo trasero.
Gillian marcó el número de memoria, preguntándose qué significado tendría que lo recordara con esa facilidad.
Al cabo de cuarenta y cinco minutos, un Saturn Dreamcatcher se detuvo frente al local. Gillian apuró el café que la chica le había ofrecido generosamente y salió. Abrió la puerta del coche de un tirón y se dejó caer en el asiento del copiloto.
El interior olía a él. A la dichosa colonia Brut y a algo más. A su piel, a su sudor. El propio desgaste del hombre tras su paso por la vida.
Había acudido enseguida. Le hizo unas cuantas preguntas, pero nada que un padre no tuviera derecho a preguntar.
—¿Has comido? —dijo.
Gillian siguió mirando por la ventanilla. Negó con la cabeza.
—El incendio está en todas las noticias —añadió él. En el interior del coche, el olor a humo resultaba más intenso—. Dicen que estás desaparecida.
Ella se removió en el asiento. El lápiz de memoria le abrasaba la piel, como un hierro candente.
—¿Podemos irnos? —pidió—. Estamos demasiado cerca.
El motor seguía encendido, pero el coche no se movía.
—Gracias —dijo él.
Ella lo miró. Por un momento, fue como si siempre hubiera estado presente en su vida.
—Gracias —repitió, con la voz áspera.
Ella asintió.
Y se marcharon.