El certamen 35
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Gillian llevaba la misma ropa cómoda de deporte que se había puesto para el concurso. Una linterna, un bolígrafo, la cartera y el teléfono móvil, una navaja y un cuaderno: todo eso lo metió en su bolsa de tela. El dichoso pendrive se lo guardó bajo el sujetador deportivo.

Después de tomarse una taza del insulso café del hotel, salió al parque.

Aún quedaban algunos visitantes, ansiosos por disfrutar de las atracciones nocturnas y enfrentarse a los acertijos temáticos.

Gillian notó el cosquilleo de siempre, la emoción de un descubrimiento inminente.

Y, de nuevo, tuvo la sensación de que alguien la estaba observando desde alguna parte: ¿había visto una coleta de color castaño, una cicatriz huidiza?

No, no estaba segura de que fuera Jackie, y aquella noche decidió no alimentar sus demonios.

En realidad eran los demonios de Tommy, y ya sabía adónde lo habían llevado.

Procuró no mirar por encima del hombro, caminar con naturalidad entre la multitud.

Llegó al Bazar y, tal como esperaba, encontró las puertas cerradas.

Avanzó junto a la valla por detrás de una larga hilera de camiones de comida, echó la bolsa al otro lado y trepó.

Las medidas de seguridad no eran las de Parque Jurásico , la verdad: no se quedó achicharrada, ni siquiera oyó que nadie gritara su nombre.

La oscuridad la envolvía mientras se acercaba al Bazar.

Los farolillos de papel seguían alineados junto al camino y un vaso de plástico yacía olvidado en la hierba.

Hacía apenas tres días, todos se habían reunido allí para revivir el momento que los había convertido en familia.

Sebastian la había presionado para que asistiera, y Gillian, a su vez, había hostigado a Tommy.

La incomodaba pensar en el papel que había desempeñado en todo aquello: o la paralizaba la culpa o, lo que aún era peor, no se sentía nada culpable.

Siguió andando, con los ojos clavados en el Bazar.

Si miraba hacia la derecha, encontraría la bifurcación que conducía al Pabellón y al Laberinto.

El Laberinto donde había hablado con Evelina como si fueran tan buenas amigas.

Evelina, que había amañado las pruebas de selección.

Que sabía que los Navarro tenían razón y, aun así, había querido aplastarlos.

Tenía un lápiz de memoria con todos sus delitos.

¿Hasta dónde habría llegado esa mujer? «Es encantador, ¿verdad?

». Impecable. Incluso su angustia era calculada.

¿Qué habría sido capaz de hacerle a Tommy para poder sobrevivir?

¿Y qué habría hecho Miscellany? Aquellas preguntas ya no importaban.

Gillian se había elegido a sí misma y, al hacerlo, se había unido al bando de Miscellany. ¿Qué otra opción tenía?

¿Qué otra opción había tenido nunca?

Un aviso pegado en la puerta impedía la entrada al Bazar.

Por lo demás, el edificio estaba abierto.

Gillian rasgó la etiqueta con la navaja y la puerta se abrió de par en par.

Una vez dentro, volvió a cerrarla y encendió la linterna.

El vestíbulo estaba vacío, y la araña de cristal, apagada.

Al fondo del pasillo había una puertecita abierta de par en par.

Mientras desandaba el camino, recordó la falta de pompa y ceremonia del Bazar el día en que Sebastian lo abrió para la policía.

El gran hombre no paraba de pontificar, mientras los agentes a duras penas se aguantaban las ganas de meterle una bala en la cabeza para hacerlo callar.

Al otro lado de la puerta, encontró la sala vacía, los atriles dorados y sus acertijos marchitos.

Eran como las flores de hibisco, espléndidas un solo día.

No tuvo que introducir nada en ninguna ranura: todas las salidas estaban abiertas.

Entró en la sala del suelo de damero. El camino ya no resultaba intimidante: el haz de su linterna revelaba las flechas dibujadas en las paredes para que los investigadores no tuvieran que exprimirse demasiado el cerebro.

Conducían a una puerta oculta que Gillian no había visto nunca. La cruzó y se encontró en un pasillo.

Era un pasadizo inacabado, todo de metal y pladur.

Ni rastro de la magia de Miscellany. De pronto le hirvió la sangre y una llamarada le subió por el cuello.

Sonrió con ironía. Pues claro que Sebastian tenía pasadizos ocultos tras las paredes: rutas para ajustar el juego cuando convenía y adelantarse a los concursantes.

Pero al volverse y apreciar la extensión del lugar, su sonrisa se desvaneció.

Si la muerte de Tommy no había sido un accidente, alguien podría haber usado aquellos pasadizos para moverse sin ser visto.

Para ahogarlo antes de que él ahogara a Miscellany.

Enfiló el corredor en silencio. La linterna de su móvil iba descubriendo puertas que Gillian abría una a una.

Detrás se escondían habitaciones que reconocía del día del Reencuentro: la biblioteca, el casino...

Siguió por el túnel hasta que, finalmente, accedió a la playa por una puerta oculta en la pared rocosa.

Alzó la linterna. Habían drenado el lago artificial y la zona del tubo de succión estaba acordonada, llena de marcadores de plástico numerados y cinta policial perfectamente visible desde la distancia.

Gillian se limitó a observar. No se acercó.

Podía ser muchas cosas, pero policía no era una de ellas.

Además, la respuesta a la muerte de Tommy no estaba en una huella dactilar perdida en la escena del crimen.

Se sentó en la arena y se quitó los zapatos y los calcetines.

Dejó la bolsa allí y echó a andar descalza.

Esta vez no había un entramado de cuerdas tendido en la roca.

Una rampa para sillas de ruedas zigzagueaba a lo largo de la pared y desaparecía dentro de la cueva.

Entró dentro de aquella boca oscura y la luz de su linterna encontró lo que andaba buscando.

Cuatro cajas grandes entorpecían el camino, intactas, cada una con un símbolo distinto estampado en la tapa cerrada.

La de Gillian estaba marcada con una criatura parecida a un calamar de tentáculos cortos. La sepia.

Frunció los labios. Seguía sin gustarle ese nombre.

Al abrir la caja, encontró otro objeto dentro: un rompecabezas mecánico de madera. Sebastian, como siempre, aprovechaba cualquier oportunidad para dar una lección.

Gillian se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas. Ajustó el haz de la linterna. A la mierda con Sebastian. Podía hacerlo.

Sostuvo el rectángulo de madera natural entre las manos.

Era delgado: tenía más forma de móvil que de cubo.

Las tapas de nogal oscuro estaban divididas por ranuras horizontales por las que asomaban unas clavijas verticales de madera clara.

En cada ranura se alojaban deslizadores metálicos que podían bloquearse o liberarse según la posición de las clavijas.

En la parte superior, un asa o una argolla.

El objetivo era mover los deslizadores y las clavijas para que la argolla se soltara.

Una especie de gran cerradura deslizante.

Era una caja secreta, quizá obra del célebre diseñador alemán Jean Claude Constantin, o tal vez una versión modificada por el mismo Sebastian.

Ellsberg habría saltado de alegría. No era solo una caja secreta, sino el diseño de un alemán, ¡y nada menos que Constantin!

Gillian sonrió. Estaba impaciente por contárselo.

No había llave. Ni instrucciones. Exactamente lo que Gillian quería.

Empezó a mover los deslizadores. Al principio, sin tener una idea clara de cómo abrir la caja, solo ajustando las piezas para entender el mecanismo.

Los primeros minutos los dedicó a despejar la mente.

A no pensar ni en Tommy, ni en Sebastian, ni Evelina, ni Ellsberg, ni siquiera en su madre y el dinero.

Empezó a respirar profundamente. Sus músculos se relajaron.

Era un rompecabezas secuencial de seis posiciones posibles.

Resolverlo requería intuición e inteligencia, pero también método y comprensión numérica.

Tenía cuatro deslizadores, uno libre y tres limitados por las clavijas interiores, lo que posibilitaba las seis posiciones, incluida la inicial.

Cinco movimientos por deslizador. Un mínimo de doscientos cincuenta movimientos.

La clave estaba en comprender el mecanismo.

Al principio la caja le pareció desconcertante, pero no difícil.

Trabajó desde abajo, moviendo el deslizador que, a su vez, desplazaba la clavija interior y desbloqueaba el deslizador superior.

Se obligó a ser metódica. Para liberar la hilera superior, había que mover varias veces los deslizadores inferiores de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.

Gillian era consciente de que no estaba en su mejor momento.

Desplazó un deslizador en la dirección equivocada y tuvo que retroceder y repetir toda una secuencia.

Dudó más de una vez, asegurándose de seguir el camino correcto.

La caja estaba muy bien ensamblada, pero seguía siendo una creación de madera, pegamento y clavos.

Tuvo que golpearla contra el suelo en más de una ocasión para realinear las piezas y hacer avanzar los deslizadores.

Pero la frustración la espoleaba. Superar obstáculos la purificaba.

Y, finalmente, al cabo de unos diez minutos, encontró la solución.

Todos los deslizadores se movieron hacia la derecha.

El cerrojo se liberó y, con él, se desprendió una pieza de madera en forma de llave.

Era más ligera que el resto y estaba hueca.

Dentro había un trozo de papel dorado y brillante, recortado de una hoja mayor.

Gillian lo cogió y lo sostuvo entre los dedos.

El fragmento del mensaje seguía brillando, incluso después de dieciocho años.

Ganador del Certamen Extraordinaire:

Gillian Charles.

Le dio la vuelta al papel. En el reverso, una nota escrita a mano con tinta negra:

Sabía que lo lograrías.

S.

Debajo había un patrón de puntos y números distribuidos en una cuadrícula de seis por seis. Era un rompecabezas Slitherlink.

No era la respuesta al juego de Sebastian, a la vida que había perdido. Era otro enigma más.

Gillian se incorporó y dejó la caja secreta en el suelo.

Se quedó mirando los dos pasadizos oscuros que se adentraban en la cueva.

Estaba convencida de que le bastarían unos pocos segundos.

Unos pocos segundos para correr por el túnel correcto y asegurarse el primer puesto.

Pero el juego no habría terminado, solo habría cambiado; Sebastian la habría guiado hasta el siguiente grupo de pruebas, el siguiente paso de su evolución.

Miró la nota que tenía en las manos. Bajó de nuevo hasta la arena y se quedó mirando el tubo de plástico donde había encontrado el cuerpo de Tommy.

Había vivido sus últimos momentos allí mismo: el chico de la sonrisa encantadora.

Años atrás, Gillian había rescatado a un Ellsberg que se ahogaba, pero había salvado al concursante equivocado.

Era Tommy el que se estaba hundiendo de verdad, y ella le había fallado.

Su mirada siguió el tubo hasta el lugar donde desaparecía en la roca, junto con una maraña de conductos retorcidos. Ya no tenía ningún deseo de averiguar adónde llevaban.

Arrugó el papel. Con Sebastian, siempre habría un nuevo acertijo que resolver.

Regresó por el pasadizo.

Cuando ya estaba cerca de la puerta principal, se dio cuenta de que se había olvidado los zapatos dentro.

Los había dejado en la playa, junto con los calcetines, la bolsa y todo lo que contenía: eran objetos demasiado valiosos para abandonarlos.

Movió la linterna de un lado a otro, sin saber hacia dónde dirigirse.

Olió el humo apenas unos segundos antes de ver las llamas.

El infierno rugía como un monstruo. El fuego trepaba por la pared sur del Bazar, devorando con ansia la madera vieja.

El calor la golpeó tan fuerte que rodó escaleras abajo y su móvil salió disparado hacia la oscuridad.

Gillian aterrizó de culo y se apresuró a arrastrarse hacia atrás.

Vio una figura que corría, alejándose del incendio, y gritó, pero el intruso no se detuvo.

Gillian se puso de pie, tambaleante, mientras el fuego la perseguía, avanzando hacia ella desde la parte trasera del edificio, como si olfateara su presencia.

Las llamas le lamieron la piel. Un fuerte olor a combustible impregnaba el aire.

Gillian retrocedió: el fuego la empujaba hacia la valla de seguridad.

Con los ojos irritados por el humo, buscó la silueta que había visto, pero solo encontró fuego.

La realidad de su situación ya era ineludible.

Se volvió, corrió los últimos metros hasta la valla y, después de trepar por el enrejado, pasó al otro lado.

Trató de bajar con cuidado, pero perdió el control y acabó cayendo de espaldas. El golpe le vació los pulmones.

El fuego se acercaba. La valla no lo detendría.

De pronto, vio a gente. Una multitud: el atractivo de la desgracia ajena había sido más fuerte que el instinto de supervivencia.

Los curiosos la ayudaron a levantarse y la apartaron de las llamas.

Las sirenas del cuerpo de bomberos privado de Miscellany desgarraron el aire.

Lejos del foco, las llamas empezaban a perder fuerza, pero el monstruo seguía devorando el orgullo y la joya de Sebastian.

El Bazar se había convertido en cenizas. En un suspiro.

Gillian tosió hasta doblarse en dos. Alguien le dio unas palmadas en la espalda, pero ella lo apartó con un gesto.

Seguían llorándole los ojos. Entonces se dio cuenta de lo expuesta que estaba: rodeada de desconocidos, sin su bolsa de tela, sin identificación, sin más que la ropa que llevaba puesta.

Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.

Se sentía acalorada, nerviosa, como si mil arañas invisibles le recorrieran la piel.

Todos los instintos que había reprimido gritaban ahora.

Alguien la había seguido desde el hotel.

Había visto a una silueta huyendo del Bazar. ¿Una coleta oscura? ¿Y una cicatriz?

Alguien había provocado ese incendio. Alguien que sabía que ella estaría dentro.

Llegó más gente. Rostros desconocidos. Extraños con teléfonos móviles y preguntas, y quizá con intenciones discutibles. Era una mujer negra, descalza, junto al escenario de un crimen. No tardarían en señalarla con sus sospechas y sus prejuicios. Y, tarde o temprano, Jackie la encontraría.

Gillian fue retrocediendo poco a poco y desapareció entre la multitud.