El certamen 34
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Gillian escondía las manos bajo la mesa para que su madre no viera que le temblaban.

Hacía la videollamada desde su habitación en el Leonardo, con el flamante portátil de Miscellany abierto sobre el escritorio y una cerveza fría al alcance de la mano.

No había razón para no usar el equipo de la empresa. Ni tampoco para no beberse su cerveza.

¿Estaba de celebración o ahogando sus penas? No lo tenía claro.

Una mujer con una lacia cabellera gris respondió a la videollamada, inclinando la cámara para que su madre pudiera hablar desde la silla de ruedas.

Detrás pudo ver la habitación. Era amplia, de un blanco crudo, con una cama cómoda, una mesilla y un par de fotos colgadas en la pared: una de Gillian y la otra de sus padres y June.

—¿Estás segura de que esto funciona bien? —preguntó su madre, mirando a la enfermera—. No me gustan estas cosas.

—Mamá, estoy aquí. —Su madre tenía buen aspecto. Iba un poco maquillada y se le veía la piel tersa y los músculos de los ojos firmes. A Gillian le pareció que tenía chispa en la voz cuando la oyó refunfuñándole a la enfermera.

—Ah. —El mentón de su madre se agrandó en la pantalla—. Ya te veo. ¿Dónde estás tú?

—En el trabajo, mamá. ¿Cómo te están tratando?

—No lo sé. Este sitio es muy bonito. Sebastian debe de estar gastándose una fortuna. ¿Has ganado otro concurso?

Al oír esa pregunta le vino a la cabeza el recuerdo de la caverna: el estruendo del agua, los aspavientos teatrales de Ellsberg, y Tommy, con los brazos en alto, celebrando la victoria. Y entonces vio la imagen de su rostro aplastado contra el interior de un tubo de cristal.

—Tengo una época movida —dijo ella, en voz baja—. No sé cuándo podré ir a verte. Solo quería asegurarme de que te cuidan bien.

—Pues mira, para empezar, dicen que vamos a dar un paseo. ¿A las seis y media de la tarde? Yo paseo por la mañana, ya lo sabes. Esto es Texas, hace demasiado calor.

—El ejercicio forma parte del tratamiento. Tienes que mantenerte fuerte.

—Y esas medicinas... ni siquiera puedo pronunciar los nombres. ¿Qué tiene de malo el Tylenol? —La enfermera preparaba la ropa y los zapatos que su madre utilizaba para caminar—. ¿Seguro que no puedes venir?

Gillian hizo girar la botella entre los dedos.

—Es una medicación específica para el lupus. Nunca habíamos podido... —No eran esas las palabras que su madre quería oír. Gillian forzó una sonrisa—. Intentaré ir a visitarte pronto.

—Mañana estaría bien. Va a venir June. Creo que este sitio la va a impresionar. Es el lujo que le gusta a tu hermana.

La enfermera le dijo algo a su madre fuera de plano. Ella se alteró.

—El coronel dice que tenemos que caminar antes de que anochezca. ¿En qué lío me has metido? Esto parece un campo de entrenamiento militar.

—Es un buen sitio, mamá.

—Ya lo sé. Y gracias. Aunque me gustaría que tu padre pudiera quedarse. No sabe qué hacer en casa de tu hermana. Deberías echarle un ojo: acabará alimentándose de mortadela y pan tostado, y se pasará el día en calzoncillos sentado en su sillón.

Su madre siempre se preocupaba por los demás. Esa preocupación perpetua había sido siempre su cruz. Qué alivio el día en que ya no tuviera que preocuparse por Gillian, el día en que su hija pudiera mantenerla sin ayuda.

Habían admitido a su madre porque Gillian había firmado los papeles: una veintena de páginas de jerga legal que ataban a Gillian Charles a Miscellany. Si quería cobrar, si quería que su madre estuviera atendida, tenía que hacerlo.

—Este sitio es muy bonito, Gilly —le susurró en voz alta—. Pero no le digas al coronel que lo he admitido.

La memoria USB estaba detrás de la cerveza. Mientras no moviera la botella, no la vería.

—Ve a dar tu paseo. —Gillian acarició la pantalla—. Te quiero.

—Yo también te quiero, cariño.

La pantalla se oscureció. Gillian volvió a alargar la mano hacia la botella y la empujó hacia un lado. Luego volvió a dejarla donde estaba, deslizándola por la madera húmeda, ocultando de nuevo la memoria USB.

En teoría, ahora Gillian tenía todo lo que habría conseguido si hubiera ganado el Certamen dieciocho años atrás. Era curioso: había hecho el recorrido dos veces y nunca había sido la primera en llegar a la meta.

Presionó la barra espaciadora del ordenador y vio la hora: aún no eran las siete. No estaría mal cenar en la habitación: dar el día por terminado, descansar, dejar que el cuerpo procesara lo perdido y lo ganado. Llevaba casi veinticuatro horas sin dormir. Lo sensato era echarse un rato.

El pendrive seguía sobre el escritorio. Demasiado pesado para moverlo. Demasiado pesado para esconderlo.

«De acuerdo, Tommy. Vamos a averiguarlo. Vamos a ver lo que ha pasado».

Gillian cerró el portátil y fue a cambiarse de ropa. Para lo que tenía planeado, necesitaba moverse con libertad.