El certamen 33
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El sol, las risas y los clientes habían regresado a Miscellany, pero las banderas ondeaban a media asta.

Gillian caminaba entre la multitud, con la sensación de ser una extraña, de estar fuera de lugar.

No dejaba de mirar a un lado y al otro. Cada pocos minutos comprobaba que la memoria USB siguiera en su sujetador.

Sebastian lo entendería. En cuanto viera las pruebas, estaría obligado a actuar.

En el velorio, Gillian había notado el dolor en su voz.

«Le fallé», dijo, jugueteando con su estructura magnética, como si pudiera reconstruir a Tommy.

Tal vez el dinero podría tentarlo a tapar todo el asunto de la Segunda Temporada, pero Sebastian siempre había vivido guiado por una visión única.

Las inversiones no eran más que combustible para la causa.

Y si esa causa se había corrompido, pervertido, él actuaría.

Gillian lo había visto de niña: en su utopía no se toleraba ni la más mínima impureza.

Especialmente si aquella corrupción había llevado a la muerte de su hijo predilecto.

El edificio de las oficinas centrales bullía de actividad.

Hombres y mujeres iban de un lado a otro con las chaquetas en la mano y las camisas arremangadas.

Los becarios llevaban bandejas de café y cajas de comida.

Y, en medio de toda esa vorágine, los de seguridad estuvieron a punto de dejarla pasar sin más, hasta que apareció un aviso en la pantalla.

—Sebastian la está buscando —dijo un guardia, una mujer con una cresta impecable, enarcando las cejas—. El jefe ha preguntado por usted, por su nombre.

Gillian estuvo encantada.

—¿Dónde está?

Pasó el control de seguridad y, cuando ya estuvo dentro, subió a la segunda planta, al Departamento de Relaciones Públicas, con el USB de la información comprometida en la mano.

Encontró a Sebastian rodeado de varios tipos llenos de energía, con sus gorras y sus zapatillas Converse.

Estaba sentado a una mesa, de espaldas a ella, en un gran cubículo.

Los demás se removían en sus sillas, o caminaban arriba y abajo, todos con su móvil de alta gama en la mano.

Eran una jauría de hienas: no había ninguno blanco y casi todos eran veinteañeros, excepto Leah.

Ella llevaba una camiseta con la palabra Geek en el pecho y era la que más hablaba.

—Esto da muy mala imagen. Tienes que dejarte ver.

—Nunca me he preocupado por dejarme ver —dijo Sebastian—. No soy de esos. Lo único que importa es lo que sea mejor para Miscellany.

—Hasta ahora nunca se te había muerto un directivo en las instalaciones.

Ya hay rumores de que falleció por culpa de las drogas.

Hablan de metanfetamina y cocaína. No te conviene un caso Amy Winehouse y que la gente se pregunte por qué no hiciste nada.

Lo que interesa es un Philip Seymour Hoffman: una tragedia. «¿Quién lo habría imaginado?».

Uno de los jóvenes le mostró su móvil y Leah asimiló la información al instante.

—No, no hablamos con él. Llamó a Sebastian «chiflado» en Vanity Fair . Búscame a otro. El del Journal .

La gorra plana de Sebastian descansaba sobre la mesa. La tomó y empezó a juguetear con el borde.

—Esto es asunto nuestro y de nadie más —dijo.

Los ojos de Leah tropezaron con Gillian. Leah se movió, como si estuviera lista para detener con el cuerpo una bala dirigida a su jefe.

—Hablando de asuntos nuestros...

La Leah de los chupitos de whisky ya era cosa del pasado. Gillian se preguntó si sabría lo de su escapada de la noche anterior. Si había sido ella quien había llamado a la policía.

—Llegas tarde —dijo Sebastian.

—No puedo llegar tarde —respondió Gillian—. Te estaba buscando.

—Tommy está muerto, la policía sigue aquí y tenemos que hacer el comunicado oficial. Te necesitaba hace ocho horas. Créeme, llegas tarde.

Gillian rodeó la mesa para poder verle la cara. Como Leah, estaba concentrado en el trabajo. Pero quizá eso fuera lo mejor. Lo que Gillian llevaba consigo amenazaba precisamente ese negocio.

Uno de los jóvenes inmortales dejó una silla libre, y ella se sentó. Tenía la memoria USB apretada en el puño.

—Necesito hablar contigo.

—Equipo, os presento a la famosa Gillian Charles. A partir de ahora la vais a ver mucho.

La incertidumbre se había acabado. El equipo, sin embargo, no parecía demasiado entusiasmado con la idea.

Se oyeron murmullos e incluso un «No si puedo evitarlo» seguido de un par de risitas de complicidad.

El tipo de camarillas que Gillian siempre había creído que no pasaban del instituto.

Al parecer, la realidad estaba encantada de llevarle la contraria.

—Escuchad —dijo Sebastian, alzando las manos enguantadas—. Se supone que sois el equipo que debe solucionarme los problemas. Sed civilizados, por favor. Gracias.

Los cuchicheos se apagaron. Aun así, Gillian sabía cómo se sentían: a ese grupo le importaba una mierda que hubiera sido una concursante. En circunstancias normales, incluso se habría alegrado, pero ese día necesitaba su respeto. Los datos contenidos en el USB exigían respeto.

—Gillian tiene que ponerse al día —continuó Sebastian—. Empezaremos con el homenaje. La fundación en nombre de Tommy, el trabajo del que se está encargando Evelina.

—¿Dónde está? —preguntó Gillian.

Sebastian frunció el ceño.

—¿Quién?

—Evelina.

—Con el anuncio de la Segunda Temporada.

Este grupo se ocupa de todo lo demás. ¿Dónde has estado?

El momento más crucial de nuestra historia y te vas...

¿adónde? ¿A Dealey Plaza? ¿A Southfork? Estoy convencido de que tu presencia puede suponer un antes y un después, pero tendrás que demostrarlo. Esta no es forma de empezar.

Hablaba como si el empleo de Gillian en Miscellany fuera ya un hecho consumado, y ella no encontraba el modo de advertirle de su error.

Leah, como casi todos los presentes, tenía un ojo puesto en el móvil.

—Dicen que serán ciento cincuenta mil dólares si reetiquetamos el proyecto Inglewood.

Sebastian agitó la gorra, como espantando moscas.

—Firmaría ese cheque ahora mismo. Que ajusten las cifras. Lo anunciamos en una hora.

La bomba USB ardía entre los dedos de Gillian y, cuanto más tiempo pasaba, más difícil le resultaba soltarla.

—¿Mi Inglewood? —preguntó.

—Los Ángeles es el mercado más grande de Estados Unidos y todavía no cuenta con un Bazar —dijo Leah—.

Estamos adquiriendo una propiedad que solo requiere una actualización: hay que hacer algo de reformas y darle una mano de pintura.

Los californianos se aburren si su entretenimiento no cambia cada quince minutos...

Pero Sebastian ya había empezado a hablar.

—Será mucho más que una mano de pintura.

La Escuela Kundojjala será el primer centro de ese tipo: cursos de historia, artes dramáticas, gastronomía, química, botánica.

Clases reducidas, enfoque intensivo. Becas completas.

Y justo en las afueras de Los Ángeles. —Señaló a Gillian y añadió—: En tu propio patio trasero.

—Sebastian. —La voz de Gillian se impuso sobre todas las demás—. Yo no he dicho que fuera a trabajar para ti.

La realidad ofreció al ejército de Sebastian algo más interesante que sus móviles. Las cabezas se alzaron y los ojos no sabían muy bien dónde posarse. Sebastian y Leah intercambiaron una mirada: en unos segundos se lo dijeron todo.

—Volveremos a reunirnos dentro de quince minutos —dijo él—. Gillian y yo tenemos que hablar a solas.

El grupo se dispersó, desapareciendo entre el laberinto de cubículos.

Solo Leah se quedó, por si el jefe necesitaba protección.

Otra mirada fugaz a un futuro distinto. Si Gillian hubiera dejado que Ellsberg se ahogara aquel día del Certamen, ¿habría acabado allí, defendiendo el territorio de Sebastian?

Estaba segura de que sí. Y eso la aterrorizaba.

Sebastian cambió de silla para colocarse a su lado.

—Me he encargado de tu madre.

Gillian se quedó helada.

—Estará en una clínica, con una habitación privada —explicó él—.

Cubriremos los gastos por ahora. Llámalo un adelanto de tus ganancias.

Pero transcurridos seis meses, tendrás que hacerte cargo de los pagos.

Con el salario que vas a tener, no debería ser un problema.

Está aquí, cerca del UT Southwestern. Supuse que Stephanie querría quedarse en la zona.

No sé qué estás planeando, si piensas mudarte o ir y venir en avión, pero podemos arreglarlo.

Solo tienes que firmar el contrato. Tengo a los de contabilidad encima, y no les gusta que le esté pagando a alguien que aún no trabaja para nosotros.

Debería haber sido una noticia extraordinaria, pero tuvo la sensación de que, de repente, unas esposas le atrapaban la muñeca, la de la mano que sujetaba la memoria USB. Gillian apoyó el puño cerrado sobre la mesa.

—Podría haber un problema.

—¿Podría? ¿Por qué crees que Evelina se está matando a trabajar cuando siquiera han transcurrido setenta y dos horas de la muerte de su marido? El comunicado sobre el repentino final de la franquicia del Certamen sale hoy. Ese experimento es un lastre, y si no lo soltamos, nos hundiremos.

—No me refiero solo al Reencuentro. ¿Y si Tommy descubrió alguna anomalía en Miscellany? ¿Y si Evelina está implicada? ¿Y si encubre algo? Tal vez haya motivos para que esas familias estén cabreadas.

Sebastian la miró como si llevara un retraso de varias zonas horarias.

—¿Que si encubre algo? Se encarga de las relaciones públicas: ¡por supuesto que encubre algo!

Tommy casi nos deja con el culo al aire delante de todo el mundo y, a pesar de que ese hombre era su marido, a pesar de que acaba de fallecer, ella se está dejando la piel para salvarnos.

¿Cómo crees que funciona este lugar? Nadie está de nuestro lado.

Ni la competencia, ni tampoco el gobierno.

Quieren manchar nuestro buen nombre, impedir nuestro éxito, y si no lo consiguen, tratarán de destruirnos.

No les caemos bien. Cada vez que construimos un nuevo Bazar, molestamos a los sectores más conservadores.

Somos demasiado liberales, demasiado intelectuales, demasiado diversos.

Rompemos desequilibrios económicos que llevan décadas enraizados.

Me sorprende que no lo entiendas. ¿Desde cuándo te importa lo que piense el sistema?

Gillian pensó que la ira le estaba impidiendo ver la verdad.

—Podría haber mala fe. Si hay gente de tu equipo que está saltándose las reglas...

—Estamos construyendo un sueño —la atajó, abriendo los brazos para abarcar todo el edificio e incluso más allá—.

¿Crees que levanté todo esto sin saltarme alguna norma?

¿Sin pisar a alguien? Tenemos enemigos en todas las esferas de poder.

Cuando educamos, creamos futuros líderes con otros puntos de vista y pieles de otras tonalidades.

Esa es la misión. Pero ya sabes lo rápido que puede desmoronarse todo si alguien se huele algún escándalo, si alguien sugiere que los niños corren peligro.

Todo el mundo tiene un móvil. Yo quería a Tommy, y estamos intentando contener los daños, pero nos ha dejado en una situación terrible.

Ningún padre traerá a su hijo a un Bazar cuyo rostro visible se asocia con las drogas y el adulterio.

Los Bazares cerrarán. Toda nuestra misión se vendrá abajo, y todo esto no habrá servido para nada.

Los millones, los miles de millones que recaudamos, el bien que hacemos...

, todo desaparecerá. No puedo permitirlo.

No habrá más concursos, no habrá más Temporadas.

Pasaremos el duelo, sí, pero lo haremos por los niños.

Mira las vidas que hemos cambiado, y las que aún queremos cambiar.

Nuevos Bazares en la India, en Oriente Medio, en zonas desfavorecidas de todo el mundo.

Invertiremos donde nadie más lo hace. Nadie.

Este es el futuro que estamos construyendo, y no voy a sacrificarlo solo porque Tommy no supo mantener la nariz limpia ni la bragueta cerrada.

Gillian entendió que Sebastian trataba de zarandearla. Su dureza era calculada, estaba diseñada para descolocarla y reforzar la idea de que no era más que un ser humano afectado por la pérdida. Y le estaba funcionando: la había desconcertado.

Sebastian hizo un gesto con su mano enguantada, y Leah entró en el cubículo.

—Quiero que empieces de inmediato con Inglewood. Te necesitamos de verdad. Pero no puedo permitirme a otro concursante que no se implique por completo.

Leah se detuvo a su lado y la miró fijamente.

—Tenemos ciertos privilegios —le dijo—, pero solo para los empleados.

Esto no es una colaboración externa. Te he mandado los formularios por correo, puedes firmarlos digitalmente.

No sé lo que te habrá prometido Sebastian, pero todo será más claro si no rindes cuentas directamente a él.

Así que, a partir de mañana, trabajarás para mí.

—Por ahora —interrumpió Sebastian—. Hasta que todo esto se calme.

Gillian sacó el móvil, aún con la memoria USB encerrada en la otra mano. Los formularios de Leah ya estaban en su bandeja de correo, junto con una propuesta formal de empleo y la oferta económica más generosa que había visto en toda su vida. La garganta se le cerró de golpe.

—No lo veo del todo claro —dijo Leah—. Así que deberías firmar antes de que cambie de opinión. O que cambie él.

Gillian estaba tan segura cuando llegó allí... Lo correcto brillaba con luz propia dentro de su cabeza. Pero ahora tenía delante todo lo que siempre había querido, y una salida para liberar a su madre. No podía soltar la memoria USB.

Sebastian se levantó y, mirando a Leah, preguntó:

—¿Dónde lo hacemos? ¿En el Pabellón?

Leah cambió de registro al instante.

—Evelina no quiere hacerlo allí. Es el último lugar donde se vio a Tommy en calidad de representante de Miscellany. Lo estamos preparando abajo. Es lo más profesional.

Sebastian se puso la gorra. Sus ojos se entretuvieron en Gillian, pero ella no podía apartar la mirada de las cifras que ardían en la pantalla de su teléfono. Las cifras, y todo lo que representaban.

—La clínica puede admitir a Stephanie hoy mismo —dijo—. Si firmas.

Cuando Gillian levantó la vista, no sabía cuánto hacía que Sebastian y Leah se habían marchado. Solo tenía clara una cosa: no había entregado los datos.