32
La celda era más grande que su armario, pero por poco.
Gillian estaba sentada en la litera, con la cabeza gacha, y de vez en cuando lanzaba una mirada a la ventanilla de la puerta de acero.
Aquella cárcel suburbana parecía muy tranquila: apenas albergaba a un puñado de detenidos.
Cuando Gillian tuvo que desfilar por el pasillo, solo vio a dos presos: un hombre negro sentado a una de las mesas comunes, con la mirada clavada en el suelo, y uno blanco y sudoroso con una camiseta de tirantes raída, que la observaba en silencio desde la celda de la esquina.
Le habían confiscado la bolsa, el portátil, la pulsera y el móvil.
Le hicieron un cacheo superficial que no reveló ni armas, ni drogas ni el USB que se había escondido bajo la ropa interior.
Después la dejaron sola, con la única compañía de sus pensamientos y algún que otro agente de mirada muerta que pasaba a vigilar de vez en cuando.
Aquel sitio era un auténtico reclamo para mudarse a las afueras: «¿Lo veis?
¡Ni siquiera tenemos delincuentes!». Gillian pensó que debían de haberla encerrado en la celda-escaparate.
Seguramente las cadenas y los grilletes los guardaban en el sótano, junto con las pistolas Taser.
La cuestión era quién se la había jugado.
Ellsberg sabía dónde iba a estar; podía haberle tendido la trampa y luego llamar a la policía.
Pero ¿para qué, si el único nombre que aparecía repetidas veces en el USB era el de Evelina?
«Llevo mucho tiempo llorando a Tommy». Evelina, la viuda desconsolada.
Evelina, el alma gemela. Evelina, la amiga de Gillian.
No podía sacarse de la cabeza la imagen de Jackie merodeando delante de la casa de los Kundojjala.
Y Gillian ni siquiera se había preguntado por qué.
Tommy la había presentado como si fuera la mejor, la más brillante, pero en realidad no era más que una idiota.
Una niña, todavía. Confiar en la gente equivocada ya no suponía perder el Certamen, sino la muerte de Tommy. ¿Cuándo iba a despertar?
Oyó resonar unos tacones sobre el hormigón pulido.
Una agente apareció en la ventanilla, con Martin Ellsberg asomando por detrás.
La agente abrió la puerta, se apartó y le indicó que saliera con un gesto de cabeza.
Gillian obedeció, con cautela. Ellsberg se dio la vuelta y echó a andar por donde había venido, como si le trajera sin cuidado que Gillian se pudriera allí mismo. Ella lo siguió a cierta distancia.
—Tienen mi bolsa —dijo.
Ellsberg caminaba con furia, como si pretendiera atravesar la puerta principal. Ella repitió la frase.
—La tengo yo —gruñó entre dientes—. La he metido en el maletero, junto con mi carrera.
—Empujó la puerta sin detenerse, obligándola a esquivarla cuando se cerró de golpe—.
¿Te haces una idea de lo jodido que estoy?
Todo el mundo sabe cómo has entrado en el despacho de Sebastian.
Me he pasado años tejiendo una red de contactos y relaciones de influencia con los suburbios acomodados de Dallas: Plano, Allen, Frisco, McKinney...
Son departamentos desconfiados, con mucha memoria.
¿Sabes cómo ven a los tipos como yo? Como ricachones que se libran de la justicia a golpe de talonario.
—La fulminó con la mirada—. Como si Sebastian no tuviera ya bastantes problemas.
Tendrá que lamerle el culo al Ayuntamiento, al alcalde.
No lo soporta, está con Trump. —Se detuvo frente a un anodino Accord plateado—.
¿Cuándo te darás por satisfecha, Gillian?
¿Cuando hayas destruido a todos a los que culpas?
Parecía enfadado de verdad. Pero en Miscellany todos parecían ser algo distinto de lo que eran.
—No ha estado bien —dijo ella—. Lo entiendo.
—¿Lo entiendes? Sería la primera vez.
—Esto no es lo que parece. Me han tendido una trampa.
Ellsberg levantó la mirada con exasperación.
—La gran Gillian Charles. Demasiado buena para que la detengan sin más.
—¿Cómo sabían que estaba allí?
Frunció el ceño, como si Gillian fuera un dolor de cabeza imposible de eliminar.
—¿Qué? —preguntó.
—¿Si seguridad no ha venido, ni ninguno de los tuyos? ¿Cómo ha sabido la policía que estaba allí?
—Supongo que alguien te habrá visto.
—Claro. ¿Quién?
—Es un edificio de cristal enorme en medio de un parque de atracciones. Cualquiera con ojos y un móvil.
—Y me han visto caminando en la oscuridad a pesar de ser negra, ¿no?
Él hizo una mueca, pero no respondió. Hurgó en el bolsillo en busca de las llaves y se acercó al maletero.
—Sube al coche.
Ella lo vio forcejear con el mando a distancia, incapaz de pulsar un solo botón, y recordó de pronto al Ellsberg de doce años: con la barbilla apenas fuera del agua, a punto de ahogarse. Claro que la historia había demostrado que sabía nadar perfectamente en aguas turbulentas.
Quiso contarle lo del USB, pero no sabía qué versión de Ellsberg tenía delante.
Gillian se acercó al coche y se detuvo delante de la puerta.
—Quizá haya sido uno de los tuyos quien ha llamado a la policía. Los que me seguían por el parque.
—¿Otra vez con eso? —Abrió el maletero y arrojó la bolsa dentro—. Te dejo entrar y luego mando a mis hombres a por ti, ¿no?
—Dímelo tú. Todo iba bien cuando estaba aquí solo para la foto, pero en cuanto empiezo a hacer preguntas, a mirar donde no debo, de pronto me preparan el uniforme de presa.
Ellsberg la miró como si no la hubiera visto antes. Qué bien fingía.
—¿Sabías lo de Evelina? —preguntó Gillian.
—¿Qué pasa con ella?
—Tenía acceso al correo de Tommy. Esos correos que Sebastian no debía enviar...
Evelina veía los acertijos. Vendía las respuestas a las familias clasificadas y recibía sobornos disfrazados de falsas donaciones.
Dijiste que no era fácil de descifrar, pero dejaste que me acercara de todos modos. Seguro que te has reído un montón.
Ellsberg no dijo nada.
—¿Me equivoco? ¿Cuánto sabías? No puedo creer que tus nazis de seguridad no lo estuvieran viendo todo.
Debió de ser difícil mantener la verdad bajo llave.
Imagina si los Navarro lo hubieran descubierto.
Eso le habría costado millones a Miscellany.
Y olvídate del acuerdo. —Se rio con amargura—.
Qué tierno, pagarlo sin más. La imagen ha quedado un poco tocada, eso sí.
Y tú hablando de Evelina como si no la entendieras, cuando siempre has estado en tu salsa, señor FBI.
¿Cuánto te paga Sebastian? ¿Cuánto cuesta comprar el silencio de Ellsberg? Tommy estaría asqueado.
Ellsberg resopló como un toro acorralado. Primero sin decir nada, señalándola con su dedo largo y huesudo. Luego soltó:
—Que te jodan. —Parecía realmente dolido—.
Necesitaba ganar el Certamen tanto como tú.
No sabes lo que fue crecer en esa casa. Con este aspecto.
Queriendo lo que yo... —Desvió la mirada hacia la calle.
Los coches pasaban en tropel, con sus conductores ajenos a todo.
Cuando volvió a mirarla, se había calmado—.
Sube al coche —repitió—. Irás al hotel. Harás la maleta y esperarás, con paciencia, mientras organizo el transporte.
Y luego te llevarán directamente al aeropuerto.
No te preocupes por el dinero. Estoy seguro de que te pagarán por tu tiempo.
Ellsberg se acomodó tras el volante. Gillian se mordió la lengua, frustrada, y también subió.
El trayecto de vuelta fue un infierno sin palabras.
Al llegar al hotel, cogió su bolsa y lo vio marcharse sin decir nada.
La sacaba de quicio que Ellsberg se atreviera a tratarla con esa superioridad moral.
«Necesitaba ganar el Certamen tanto como tú».
¿Y si Ellsberg tenía razón? ¿Y si Gillian todavía estaba saldando cuentas?
La rabia que había teñido su voz era real.
Su piel congestionada, también. Y Gillian era una niña caprichosa que se dedicaba a pisotear las vidas de los demás para que todos compartieran su dolor.
¿Acaso Ellsberg no la había protegido desde el principio?
Le pagó el hotel. La ayudó a seguirle la pista a Tommy. La había sacado de la cárcel.
Miscellany te daba la vuelta, te sacudía y te vaciaba los bolsillos. Lo sabía desde el principio.
Se colgó la bolsa al hombro y recuperó el móvil y la pulsera que había guardado en el bolsillo exterior. No podía retirar sus palabras, ni cambiar el pasado. Pero sí tratar de actuar con más cabeza a partir de entonces. Intentarlo de nuevo. Ser mejor.
Gillian se dirigió a las oficinas centrales de Miscellany, en busca de Sebastian.