El certamen 31
86%

31

—Estás enferma —dijo Ellsberg.

Era tarde, pero Ellsberg, como todos los concursantes, acostumbraba a trasnochar.

Trabajaba en un cubículo oscuro, idéntico al centenar de cubículos que lo rodeaban.

Junto a la pantalla, había una bandeja de aluminio vacía que había servido de envase de comida precocinada, una pila de blocs de notas, cinta adhesiva, una grapadora, un dibujo del increíble Hulk hecho con ceras de colores y firmado con la torpe caligrafía de un niño, y dos libros de bolsillo: El juego de Westing y Caballos lentos .

Ellsberg estaba sentado de espaldas a todo aquello, mirándola como si Gillian hubiera perdido la cabeza.

—Tienes una necesidad obsesiva de buscar emociones trepidantes sin sentido —prosiguió—. ¿Acaso no has visto cómo influyó eso en Tomas?

A pesar de todo lo ocurrido, Gillian tenía la sensación de pisar terreno firme. Por una vez, tenía el objetivo claro. Solo debía abrirse camino hasta alcanzarlo.

—Tienes dudas sobre su muerte —dijo Gillian—. Sé que las tienes.

—Una cosa es que las tenga y otra muy distinta que vaya a dejar que entres en el despacho de Sebastian. Nadie sube allí.

— Au contraire . Ya he estado.

La respuesta frustrada se quedó atascada entre los dientes de Ellsberg. Se frotó la sien, sin llegar a tocarse la mancha de nacimiento.

—Leah se llevó algo de casa de los Navarro —dijo Gillian—. Solo necesito ver qué es.

—¿Y por qué no se lo preguntas a ella?

—Tommy no llevaba muerto ni veinticuatro horas y ella ya estaba por allí, atando cabos sueltos. ¿Qué tipo de respuestas crees que me va a dar?

Ellsberg vaciló. La miró fijamente, como si pudiera abrirle el cráneo y ver sus intenciones.

—No tienen por qué saber que fuiste tú —añadió ella.

—Genial. Una intrusa se cuela en el despacho de Sebastian y lo único que pensarán es que soy un incompetente.

Se estaba preparando para decirle que no. Gillian no podía pasarse días o semanas tratando de convencerlo.

—¿Fuiste tú quien estuvo en Addison?

Frunció el ceño.

—No te entiendo.

—¿Seguiste a Tommy hasta Addison? ¿O ya sabías lo de Jessyca desde el principio? ¿Qué más sabías? ¿Jackie sigue trabajando para ti?

Una expresión de ira y decepción apareció en su rostro. Negó despacio, giró la silla hacia el escritorio y empezó a teclear.

—Te habría dejado entrar —dijo, con la cara iluminada por el resplandor de la pantalla—. No había necesidad de que me manipularas.

Una parte de Gillian quiso disculparse. Lo estaba utilizando, del mismo modo que había usado a los Navarro y a Jessyca. Pero temía que, si empezaba a hablar, él dejaría de teclear y ella ya no podría colarse en el despacho de Sebastian.

Ya lo había dicho Leah.

Ganar o morir.

El despacho de Sebastian parecía distinto a oscuras.

Los muebles tenían algo de siniestro. Las superficies espejadas se habían convertido en demonios retorcidos y los ventanales dejaban pasar la tenue luz de la luna, que, salpicada de sombras, no permitía adivinar los contornos.

Gillian avanzaba guiándose con la linterna de su móvil.

Frente a ella, apareció la diminuta silla de Sebastian. No podía negar que la embargaba cierta emoción. Había entrado en su guarida, el enigma más impenetrable de todos.

Se permitió recorrer la estancia con la mirada, sin prisas.

El despacho estaba casi como en su última visita: ecléctico de forma estudiada, pero desprovisto de información.

Eso, sin embargo, no significaba que las pruebas no estuvieran allí.

En efecto: en el suelo, junto a la butaca de Sebastian, encontró una caja de cartón abierta.

Gillian se agachó e iluminó el interior.

Los regalos que Tommy le había hecho a Vanesa.

Unas zapatillas de marca impecables, una camiseta de los Cowboys, un CD-ROM con una adaptación del libro de juegos Laberinto , de Christopher Manson, y tarjetas regalo de restaurantes, de tiendas online, de una visita VIP privada a Miscellany.

Gillian rebuscó entre los símbolos de las buenas intenciones de Tommy.

No encontró ninguna pista, ningún dato oculto sobre la Segunda Temporada.

Dejó la caja donde estaba y se sentó en la silla.

Pulsó una tecla y el ordenador despertó, mostrando un salvapantallas en el que las piezas de un puzle se reordenaban una y otra vez: Las Dunas de San Cosme, una hermosa imagen en la que un mar de arena ondulada y un cielo de color pizarra se fundían dibujando el horizonte.

Era una instantánea de hacía años, de antes de que el turismo y los elementos hicieran estragos en aquel paisaje.

La pantalla estaba bloqueada. Gillian no tenía ni idea de cuál podía ser la contraseña.

Escribió «Sebastian». La pantalla siguió bloqueada, obstinadamente.

Había muchos papeles, pero ninguno revelaba nada.

Rompecabezas a medio garabatear. El comienzo de unas memorias: «Mi madre murió al traerme a un mundo de miseria, entre las sobras de las mesas de Asunción».

Gillian había leído una de sus biografías no autorizadas.

Dudó de que el relato fuera más fiel narrado por el propio protagonista.

Alzó la linterna y descubrió algo inesperado: la puta foto.

El señor No-hay-que-mirar-atrás se había permitido una excepción a la norma.

Contempló a los fantasmas de su pasado, congelados para siempre, atrapados en un marco y mancillados, en este caso, por la firma florida de Sebastian.

Gillian alargó la mano, pero se detuvo antes de tocarla.

Todos aquellos niños idiotas, sonriendo como si sus sueños estuvieran a punto de cumplirse.

Tommy estaba en el centro, muy seguro de sí mismo, demasiado convencido de que sabía más que nadie.

Una sonrisa triste tembló en los labios de Gillian.

Quiso arrancarlo de aquella fotografía, recuperar a ese soñador que le había ofrecido un puñado de M&M’s pegajosos y medio derretidos.

Quiso salvarlo cuando estaba intacto, antes del final, antes de que su familia se apiñara a su alrededor y abandonara su antigua vida.

Antes de la tragedia que vendría después.

Su propio rostro bobalicón despertó su curiosidad, y pensó en su madre.

¿De qué serviría, al fin y al cabo, aquella cruzada quijotesca?

¿Sacaría a la luz alguna irregularidad de Miscellany, demostraría que se habían hecho trampas en las pruebas clasificatorias y en la Segunda Temporada?

¿De verdad creía que habían asesinado a Tommy por lo que sabía?

El dinero lo contaminaba todo, impactaba en cada desenlace.

La salud de su madre, las acusaciones de Tommy...

Habiendo tanto en juego, tantas incógnitas, ¿por qué estaba allí?

Míster Rompecabezas no ofrecía respuestas. Su rostro seguía siendo impenetrable, incluso en la foto. Recordó las palabras que había pronunciado en el escenario: «Si no fuera por los niños, por vuestros hijos, nada de lo que hacemos en Miscellany sería posible».

Ellsberg, con los sueños rotos de ser actor. Leah, la indestructible, también rota y aprovechada para otro propósito. Vanesa Navarro, con sus veintisiete kilos, reducida a la nada.

Gillian se levantó con brusquedad de la silla de Sebastian.

Registró las estanterías. Hojeó volúmenes de Cicerón, Leonardo da Vinci, Nikola Tesla, William Shakespeare, José Rizal, Ibn Rushd, Thomas Edison, Jagadish Chandra Bose, Helen Keller y Walt Disney.

Una colección impresionante de polímatas y espíritus obstinados.

Todos muertos. Y, tal como esperaba, ninguno de los libros era prueba de nada.

Se acercó al reloj de péndulo y comprobó que sonaba con normalidad.

Introdujo el dedo en sus arabescos polvorientos, pero no encontró ni mensajes ni notas ocultas entre los relieves.

Se inclinó sobre la mesa repleta de artefactos: la plomada y todo lo demás.

Resultaba todo tan deliberado. «Fijaos en lo especial que es mi mente».

Gillian se había esforzado mucho por vivir con sencillez en su apartamento.

Su única concesión a la forma por encima de la función era su amado cactus.

Una planta auténtica, no una monstruosidad de plástico. Algo que reflejaba quién era.

Otras de las palabras que Sebastian había dicho en aquel escenario: «No nos gusta vivir en el pasado».

Hacía unos días, cuando había subido aquellas escaleras y se había encontrado con aquel viejo bastardo pavoneándose, no había visto ni una sola foto en ese despacho.

El credo de aquel hombre resultaba aún más convincente cuando lo demostraba con hechos.

Jamás habría resquebrajado aquella fachada de forma deliberada: la célebre fotografía no formaba parte de su estética habitual.

Así que aquella foto no hacía mucho que estaba allí.

Gillian volvió al escritorio, a la imagen firmada de todas aquellas caras sonrientes.

Con cuidado, dejó el móvil sobre la mesa, apuntando la linterna hacia arriba.

Descolgó la foto enmarcada y la acercó al resplandor del teléfono.

La luz no reveló mensajes ocultos ni notas escritas sobre el cristal.

Le dio la vuelta, pero solo encontró el contrachapado del fondo y una etiqueta con el precio.

Sacudió todo el marco y oyó un golpeteo.

Con las uñas cortas, forzó las lengüetas metálicas.

El fondo se soltó, dejando al descubierto un hueco entre el contrachapado y el tablero de espuma.

De allí colgaba un pendrive , sujeto apenas por un trozo de cinta adhesiva.

Gillian la despegó, y la unidad USB cayó en la palma de su mano.

Notó la frialdad del dispositivo entre sus dedos. Inerte, pero lleno de secretos.

Se descolgó la bolsa de tela del hombro y sacó su portátil cubierto de pegatinas.

Lo encendió con la tapa medio bajada, protegiendo la pantalla con el cuerpo mientras miraba nerviosa alrededor.

Cuando el ordenador despertó, insertó el pendrive .

Y, de inmediato, apareció una ventana que pedía una contraseña.

La hoja de papel amarillo que usan los abogados.

¿Había previsto Tommy que Gillian le seguiría la pista?

¿O había dejado aquel papel para otro de los concursantes?

¿O acaso era un paranoico sin remedio y su vida era un entramado de listas de la compra cifradas?

No hacía falta que nadie le recordara a Gillian los riesgos del camino que no había tomado.

tronochupeteaparatofusil

No.

tronochupeteauricularfusil

Bingo.

El lápiz se abrió y Gillian pudo ver lo que contenía. Correos, capturas de pantalla y textos guardados. Eran de alguien del departamento legal, con Leah en copia.

Acceso no autorizado al correo del señor Kundojjala...

Respuestas enviadas a numerosas familias clasificadas de la Segunda Temporada...

Bajo la tapadera de donaciones al Círculo de Sebastian por valores de entre 50.000 y 100.000 dólares...

Los términos de su separación y su acuerdo se consideran confidenciales...

Se le prohíbe hablar de cualquier aspecto...

Todos los mensajes iban dirigidos a la misma dirección: Evelina Kundojjala.

Gillian se quedó tan fría como los datos que tenía delante. «Evelina —había dicho Tommy—. Bajo las mismas sábanas que yo».

Autorizaciones para acceder a cuentas de correo electrónico. EK.

Se le heló la sangre en las venas.

Tenía que salir de allí.

Volvió a montar el marco. Colocó la foto sobre el escritorio de Sebastian, donde pudiera atormentarlo con el recuerdo. Se escondió el USB bajo el sujetador, metió el portátil en la bolsa de tela y bajó las escaleras a toda prisa.

—Alto ahí —ordenó una voz con dureza y también cierta tensión—. No se mueva.

Un par de luces la cegaron, pero pudo distinguir a dos siluetas imponentes emergiendo de la oscuridad.

Deseó que fueran hombres de Ellsberg, nerviosos tras la muerte de Tommy y la presencia policial constante.

Pero sabía que no era así. Alzó las manos instintivamente.

Su padre le había enseñado cómo tratar con la policía: «No te alteres. Haz siempre lo que te digan».

—No pasa nada —dijo—. Tengo permiso para estar aquí.

—Tienes permiso si nosotros te lo damos —le espetó la voz. Era evidente que pertenecía a alguien blanco—. Sal despacio.

Avanzó con pasos diminutos, tratando de no parecer lista, fingiendo una ignorancia absoluta para que se relajaran. Salió del hueco de la escalera y pasó junto a la puerta verde.

—Baja las manos muy despacio —ordenó otra voz a sus espaldas. Probablemente era un hombre negro, aunque eso no era un consuelo—. Deja la bolsa en el suelo.

Se la descolgó del hombro y la dejó caer. Colocó las manos tras la espalda cuando se lo ordenaron, y trató de no estremecerse al notar la frialdad del acero que le atrapaba las muñecas. No eran de seguridad. Eran policías.

El agente blanco no bajó la linterna hasta que su compañero la tuvo completamente esposada. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Gillian distinguió el uniforme, la placa y el arma.

Mantuvo la calma mientras la escoltaban fuera del edificio y la metían en el coche patrulla. Por dentro quería gritar.