El certamen 30 #2
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30 #2

Contar se le daba bien a cualquiera, y la mayoría de los espectadores de Jeopardy sabían encontrar la respuesta a preguntas sobre cine y literatura.

Eran fáciles. La dificultad del enigma residía en resolverlo bajo presión y a contrarreloj.

Aunque también cabía la posibilidad de que el dinero y las drogas hubieran ablandado a Tommy.

Un pensamiento un poco mezquino, se dijo Gillian.

Se merecía una mirada más benevolente. ¿O acaso lo estaba subestimando ahora que había muerto?

Tal vez lo que le debía era el reconocimiento de una determinación implacable por descubrir la verdad.

Gillian resolvió la segunda sección y vio aparecer la silueta de un chupete.

Unió las dos palabras: «silla» y «chupete».

Decidió que «trono» y «chupete» sonaban mejor.

¿Instrucciones para apaciguar al rey? ¿Un mensaje sobre Sebastian?

Posiblemente. Pero había algo que no acababa de encajar en aquel proceso.

Esconder información sobre Sebastian en un rompecabezas tan elemental era como tratar de bloquear una semiautomática con un chicle.

No representaba ningún obstáculo. Pero Tommy sabía eso, así que no podía ser tan simple.

Luftballons de Nena

Los dálmatas de Disney

La tercera imagen resultó ser un teléfono fijo de los de antes. ¿Trono, chupete y teléfono? No, Tommy no hubiera soportado esa aliteración. ¿Trono, chupete y aparato? ¿Llamar a Sebastian? Pero ¿para qué?

El tiempo iba pasando mientras el aparcacoches conducía.

Gillian se preguntó si aquella excursión y el enigma valían realmente la pena.

¿Buscaba respuestas o estaba huyendo de sus problemas?

Miró por la ventanilla: los pasajeros del coche de al lado se reían, quizá por una broma que habían oído en la radio o por una llamada divertida.

Sintió una oleada de envidia. Se preguntó qué necesitaría para volver a reír así.

Regresó al rompecabezas. El cuarto y último cuadrante. Debía de estar inspirada, porque enseguida intuyó que la respuesta iba a ser una caña de pescar o un fusil; pronto descartó la primera. El fusil quedó confirmado tras un centenar de conexiones. La última palabra de un mensaje que no comprendía.

Trono. Chupete.

Aparato. Fusil.

¿Mandar matar a Sebastian? Joder, ¿acaso no lo habían pensado todos alguna vez?

Gillian recostó la cabeza y estiró las piernas. Sabía que aquel enigma contenía más de lo que había sacado hasta ese momento.

—¿Ya tiene la respuesta? —preguntó el chófer.

—Los rompecabezas no siempre se resuelven enseguida —respondió Gillian—. Requieren paciencia.

Le entraron ganas de reír. «Madre mía —pensó—, como si alguna vez hubiera seguido ese consejo».

El vecindario de los Navarro estaba en silencio: el calor tejano había obligado a la gente a refugiarse dentro de sus casas.

El felpudo de los Navarro, sin embargo, aún rezaba «bienvenidos», y el murmullo del televisor atravesaba la puerta principal.

Gillian prefirió llamar con la mano en lugar de tocar el timbre: temía alterar el frágil equilibrio del hogar.

No debería estar allí. Acababa de manipular a Jessyca, y ahora iba a aprovecharse de una niña herida. Imaginó la imagen que iba a dar a los Navarro: plantada en su puerta, con el cabello revuelto, nerviosa, agitando un papel cubierto de garabatos. La mensajera loca. Tommy resucitado.

—Tommy —susurró Gillian. El nombre de su amigo se escapó entre sus labios.

¿Todavía seguiría con vida si lo hubiera escuchado? ¿Se habrían ahorrado las discusiones y el terrible accidente del Reencuentro?

Si es que había sido un accidente.

Eddie abrió la puerta. Llevaba un pantalón de chándal y una camiseta de los New York Giants. Al verla, se quedó sin palabras.

—¿Puedo pasar? —preguntó Gillian.

—Ya hablé con tu abogada. Si no vienes por el tema del dinero, no tengo nada más que decir.

—Solo quiero hablar.

—Hablar... Es lo único que sabéis hacer. Ya hemos tenido suficiente. Déjanos en paz.

Vanesa estaba sentada en el sofá, con el rostro inexpresivo, viendo una serie para adolescentes sobre un campamento de verano de ricos. La tele también había sido su refugio cuando perdió el Certamen. Se zambullía en esas imágenes lejanas, sin libros, ni acertijos, ni nada que resolver.

—Un momento. ¿Miscellany ya ha cerrado el acuerdo?

—Tu abogada estuvo aquí, sí. Firmé los papeles. No vais a recuperar el dinero.

—No trabajo para ellos. —Aquellas palabras le sonaron vacías incluso a ella—. ¿Qué abogada?

—La mujer. Parecía una motera. Iba de negro. Pero supongo que a vosotros os gusta disfrazarlo todo, hacer que parezca otra cosa.

Gillian frunció el ceño y recordó a Leah en el velorio. Leah, la abogada. Leah, la concursante.

—¿Se llevó algo?

Vanesa empezó a llorar, en el sofá. Katie apareció y vio a Gillian en la puerta.

—Os lo habéis llevado todo —dijo Eddie.

Y cerró dando un portazo.

Gillian se quedó en el porche, escuchando los gritos ahogados del interior. Aún tenía el rompecabezas de los puntos en el bolsillo trasero. Le impresionó el silencio que reinaba en aquella casa cuando había llegado. ¿Cómo debían de ser las cosas en esa familia antes de que Miscellany la estropeara?

El aparcacoches la devolvió al parque. Gillian hizo la llamada desde el asiento trasero. Leah respondió al cuarto tono, dándole tiempo de sobra para pensar qué decir.

—Hola, Gillian. —Una compasión ensayada teñía sus palabras—. ¿Cómo lo llevas?

—No lo sé —respondió con pies de plomo, imaginando los movimientos que Leah habría planeado—. No dejo de pensar si podríamos haber hecho algo más.

—No caigas en esa trampa. Le dimos todas las oportunidades. Tommy tomó sus propias decisiones.

Gillian miró por la ventanilla. Gigantes de acero y hormigón pasaban a su alrededor, empequeñeciendo a los transeúntes.

—He ido a casa de los Navarro.

Una pausa.

—No ha sido buena idea —dijo.

—Me han dicho que habéis llegado a un acuerdo.

—Todavía no lo hemos anunciado, pero sí. Seguimos defendiendo que no fue culpa nuestra, pero en interés de todos creímos mejor seguir adelante. Por Miscellany, y por la familia.

Gillian trató de recordar a la joven Leah, aquella que se retorcía bajo el acoso de Sebastian. No lograba imaginar a la Leah del presente perdiendo la compostura.

—Me alegro. En realidad, por eso te llamaba. Quería darte las gracias.

Silencio de desconcierto. Gillian sintió una punzada de satisfacción al pillarla desprevenida.

—Creen que formo parte de Miscellany —continuó—. Temía que pudieran ir contra mí. La verdad es que, al cerrar el acuerdo, quizá me hayas salvado de una demanda.

Leah se repuso enseguida.

—De nada, de nada. No te preocupes. Te protegeríamos, por supuesto. Eres de la familia, Gilly.

¿Hasta dónde sería capaz de llegar Leah para hacerle creer esas palabras? Gillian respiró hondo.

—Escucha, la última vez dejé algo en su casa. Un libro sobre el espacio. Considerando todo lo que ha pasado, tal vez debería recuperarlo.

Una breve pausa.

—Recogimos algunas cosas personales de Tommy. Seguía haciéndole regalos a la niña, ¿sabes? Totalmente inapropiado. Tonterías de la tienda de recuerdos, sobre todo. Se lo entregué todo a Sebastian. No recuerdo ningún libro, pero lo comprobaré.

Gillian se la imaginó al otro lado de la línea, expectante. Parecían dos chicas jugando a la Batalla Naval. Solo que en lugar de barquitos de plástico, manipulaban vidas humanas.

—Gracias —dijo, forzando una risa—. Es que no me han dejado entrar.

—Sinceramente, me sorprende que no te hayan disparado.

—Esta vez no ha habido ganadores, ¿eh?

—Siempre habrá una próxima vez, Gilly.

«Gilly». Eso significaba que Leah estaba cómoda. ¡Cómo no!: Tommy había muerto, el caso estaba cerrado, y todas las pruebas se encontraban a salvo bajo la protección de Miscellany.

—Pues hasta la próxima —dijo Gillian.