30
La mañana llegó temprano. Las decisiones de la noche anterior le impedían levantar los párpados: no estaba resacosa, pero poco le faltaba.
Se obligó a salir de la cama, llenó la cubitera de hielo y se bebió dos vasos enteros de agua helada.
Descorrió las cortinas y desactivó el polarizado de alta tecnología que oscurecía el cristal del ventanal.
Se agachó en el suelo y se puso a hacer abdominales y flexiones hasta que quedó empapada en sudor.
Luego se tumbó boca arriba y se quedó mirando el techo.
Hacía mucho que no se desmadraba tanto. Evelina era divertida, muy divertida. Era trágico que Tommy hubiera tenido que morir para que Gillian lo descubriera. Y que Tommy la hubiera estado engañando, descorazonador.
Resultaba difícil no juzgarlo. Pero Gillian no podía olvidar que Tommy siempre había velado por ella, a pesar de todos sus demonios.
Su intento de soplarle la respuesta en el Certamen era solo un ejemplo de muchos.
Sí, le había sido infiel a su esposa, pero recordaba la paz que había visto en su cara cuando estaba con Jessyca.
Aquella mujer —aquella chica— le daba la serenidad que nadie más había podido darle.
Y en ese preciso instante debía de estar escribiendo a Tommy desde su carísimo adosado, preguntándose por qué no contestaba.
Dado el carácter clandestino de su relación, nadie debía de haberle comunicado la noticia.
Gillian se incorporó.
«Mierda».
Intentó sacarse la idea de la cabeza. No conocía a esa chica.
En todo caso, Gillian era amiga de Evelina, no de Jessyca.
Pero había conseguido su número de teléfono y su dirección con artimañas.
Los había visto juntos. Gillian era la única que podía hacer aquella llamada.
Podía telefonear a Jessyca y decirle que su amante había muerto.
Pero Jessyca ya lo sabía. Y estaba furiosa.
—Lo mataste tú —escupió.
Gillian se levantó y se acercó a la ventana, como si necesitara poner distancia, como si Jessyca estuviera con ella en la habitación, herida y enfadada.
—Escucha, lo siento mucho. Todos estamos afectados por lo de Tommy. El accidente...
—Tonterías. Dijo que lo estabas siguiendo. Sabía que intentarías algo. Ya es tarde.
—Un momento. Para el carro. ¿Dijo que yo intentaría algo?
—Irán a la policía con lo que les dio. Y no creas que vas a poder comprar su silencio. Ni asustarlos.
—Un momento. ¿De qué estás hablando?
—¿Sabes que iba a largarse? Íbamos a escaparnos. Había encontrado un sitio estupendo en St. John, en Upper Peter Bay. Agua azul y nubes blancas, libre del veneno de ese país de las maravillas que le habéis estado metiendo en vena.
«Irán a la policía con lo que les dio».
Los bocadillos de crema de cacahuete. La cruz clavada en la pared. La mirada de aquella niña, ese deseo desbocado de ganar.
¿Qué les dio Tommy a los Navarro?
Gillian se apartó de la ventana y cogió su bolsa de tela.
—Ahora mismo voy a verte.
—Ni se te ocurra aparecer por aquí. Ni se te ocurra.
Pero Gillian ya había colgado.
Uno de los aparcacoches la llevó a Addison, donde Jessyca ya la estaba esperando, plantada en el quicio de la puerta, con el móvil en la mano. Tenía una expresión serena en el rostro, pero el brillo de sus ojos delataba que había estado llorando.
—Ya he llamado a la policía. Tienes dos minutos.
En el barrio donde vivía Gillian, la policía habría tardado horas en aparecer, pero en aquella zona pija de Addison, puede que se presentaran en cuestión de minutos.
—Yo no trabajo para Miscellany. Trabajaba para Tommy. Era su amiga.
—Ninguno de vosotros era amigo suyo.
Los peores miedos y reproches de Gillian verbalizados en voz alta.
—Por favor —consiguió articular.
A pesar de su enfado, Jessyca permitió que Gillian se metiera en su casa.
El piso era un batiburrillo estético: ropa sucia por el suelo, una lámpara de lava en la estantería, fotos de conciertos y de parques nacionales en las que Tommy aparecía muy sonriente, arte amateur en las paredes y algunas imágenes de Jessyca delante de un micrófono.
—Fue a buscarme a Los Ángeles —dijo Gillian—. Me dijo que algo andaba mal con la Segunda Temporada. ¿Algo sobre que a algunos niños les habían soplado las respuestas?
Jessyca apretó la mandíbula. Estaba lista para pelear si le daba un motivo.
—No he encontrado ninguna prueba —dijo Gillian.
—Él sí la tenía.
—Solo mencionó Target Practice. «Ni un solo rojo». La respuesta a una pregunta que se había eliminado.
Jessyca resopló por la nariz. Su mirada oscilaba entre Gillian y la puerta abierta. Al final la cerró de un empujón, pero siguió sin acercarse a Gillian.
—Hay pruebas —confirmó—. Correos. Respuestas que se mandaron a algunos padres. Y no solo eso: los jefes lo sabían. Dijo que sabían exactamente lo que pasaba desde un principio, y que ahora tenía la prueba irrefutable, y que les iba a costar caro. Millones en cuanto esa familia lo supiera.
Hacía tres días, en plena calle, las denuncias de Tommy le habían sonado a fanfarronada. Un chulito jugando a lo de siempre, dándose importancia. Pero si había correos electrónicos... Eso lo cambiaba todo. Palabras frías y duras, libres de las manías terrenales.
A los Navarro y a otros como ellos los habían estafado, les habían robado su futuro, y Tommy se desvivía para encontrar a alguien que le importara. Gillian sintió un impulso casi irrefrenable de arrancarse las cutículas.
Joder, es que no había hecho nada por echarle un cable.
—¿Has visto esos correos? ¿Tenía copias? ¿En la nube? ¿En algún pendrive ?
De repente, Jessyca recordó con quién estaba hablando y la apuntó con el móvil, como si fuera una pistola.
—No, no y no. Casi me pillas, y en solo treinta segundos. A ver si encuentras algo antes de que te detengan.
—Te estás equivocando de persona. No era de mí de quien tenía miedo.
Debió de notar la esperanza en su voz. Jessyca guardó silencio unos segundos.
—Siempre tenía miedo —susurró—. Decía que debían de haber entrado en mi casa. Decidió guardar la información en un sitio donde no se les ocurriera mirar.
—Tienes que decírmelo. Nadie se está interesando por el tema; van a enterrarlo. —La incertidumbre se dibujó un instante en la cara de Jessyca—. Tommy siempre decía que no podía mantener la boca cerrada. No voy a dejar que el asunto se olvide.
Un coche se detuvo en la calle, junto a la acera, pero Gillian no alcanzó a verlo.
Jessyca la miró con los ojos humedecidos.
Apenas empezaba a darse cuenta de cómo funciona el mundo de los concursos de ese nivel: cuando había tanto en juego y a nadie le importaban tus sentimientos.
La pobre chica solo quería pasar el duelo.
Que fuera otro quien soportara la carga que había dejado Tommy.
Jessyca tragó saliva, se dio la vuelta y desapareció en el dormitorio del fondo; Gillian la oyó abrir y cerrar cajones. Regresó con un folio doblado en la mano y se lo entregó como si fueran todos sus ahorros.
—Le hizo un regalo a la niña —dijo.
Cuando ya estaba acomodada en el asiento del coche, detrás del empleado del hotel, Gillian desplegó el papel.
Era una hoja amarilla, de las que usan los abogados para hacer anotaciones, doblada dos veces; cada cuadrante estaba cuajado de puntos hechos con bolígrafo.
Gillian echó un vistazo y calculó unos trescientos puntos por cuadrante.
La mayoría tenían un número al lado, y en torno a un tercio iban también acompañados de frases manuscritas:
Cuántos cucos se quedaron fuera del nido
El código Morse de Beethoven
Dolly tiene que ir a trabajar
Conecta los puntos. Algunos números estaban sustituidos por pistas.
Y lo más probable era que las imágenes resultantes también lo fueran, aunque Gillian no lo sabría hasta que uniera los puntos siguiendo el orden indicado.
Supuso que el papel guardaba relación con algún objeto de la casa de los Navarro.
Aros dentro de aros: el tipo de acertijo intrincado que solo un paranoico como Tommy podía idear.
O un antiguo amante de los rompecabezas con algo que ocultar.
«¿Qué escondes, Tommy?».
Gillian se centró en la primera sección.
Tomó distancia, como una combatiente que examina el terreno.
Todo juego tiene sus reglas —y las de «une los puntos» eran obvias—, pero los amantes de los rompecabezas aprenden a examinar las reglas desde todos los ángulos.
Quería ver si las agrupaciones de puntos sugerían una respuesta.
Desentrañar el sentido sin invertir todo el tiempo en resolverlo.
Pero ya empezaba a visualizar algunas de las figuras que ocultaban los puntos por conectar: un perro, un cucurucho de helado, el capullo de una flor.
Un vistazo a los otros tres cuadrantes desveló una complejidad similar.
No le quedaba otro remedio: tocaba hacer todo el trabajo.
Sacó un bolígrafo y una libreta. El bolígrafo para trazar el recorrido; la libreta para tener una superficie firme donde apoyarse.
Gillian fue conectando un punto con otro, convirtiendo referencias de películas y de libros en números a medida que avanzaba.
Alguien voló sobre el nido del cuco . La Quinta de Beethoven.
Dolly Parton cantando «Nine to Five». Un número tras otro hasta que apareció el contorno de una silla.
Una silla recargada. Podía ser un tipo concreto de silla.
Un trono. La elección de la palabra sería importante.
Cuando se trataba de acertijos —cuando se trataba de Tommy, de Sebastian, de todos ellos—, las palabras importaban.
En el siguiente cuadrante había una mancha amorfa. Una nube en forma de hongo. La flor de lis. De nuevo, Gillian se aplicó a fondo con las pistas. Inclinó el cuello a un lado y a otro. Hizo girar los hombros.
Cincuenta sombras de Grey
Phileas Fogg fuera de la oficina