El certamen 29 #2
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29 #2

—Ni siquiera parece lógico, ¿verdad? Como si fuera posible que no nos diéramos cuenta de algo así.

Cada una de las pruebas clasificatorias se graba.

Las interacciones de los concursantes con los objetos utilizados se transmiten por vía inalámbrica y quedan recogidas en nuestro sistema de análisis.

Imprimimos los resultados y los enviamos por mensajero a nuestros auditores, Ernst íbamos en bici a todas partes.

Y eso de coger aviones, ni en sueños. Era como hablar de viajar a Marte.

—Balanceó los zapatos sobre los dedos, sopesando opciones, y llegó a una decisión—.

Si el dinero no te seduce, puedo subirte al jet. Estarías en casa mañana mismo.

Aquella mujer todavía creía que tenía una fortuna. Y se mostraba demasiado despreocupada.

—Ellsberg y tú vais repartiendo jets como si fueran caramelos.

—La gente critica los jets, pero hemos tenido que pelear mucho para llegar hasta aquí.

No voy a disculparme por proteger lo que hemos conseguido.

—Evelina frunció el ceño y una arruga se insinuó entre sus ojos afilados.

Le molestaban aquellas críticas—. Pero imagina que te quedas.

No sé qué te habrá dicho Sebastian (a veces es tan imposible como lo era Tommy), pero la verdad es que te necesitamos.

Estamos en una nueva era. La gente espera que todo sea digital.

Quiere conectarse en línea, quiere mundos abiertos, oportunidades infinitas.

Necesitamos más contenido del que podemos producir. Acertijos de calidad, que atrapen.

—Ya no me dedico a eso.

Evelina se rio: su rostro era la única estrella en el cielo.

—¡Qué mentirosa! Competiste en la fiesta y en el Reencuentro. ¿Cómo te sentiste?

Genial. Se había sentido genial. Yendo de un acertijo a otro. Resolviendo desafíos al vuelo, rompecabezas que nadie más podía descifrar, al menos a esa velocidad. Aquella voz seguía resonando en su cabeza: «Podría haber ganado. Podría haberlo ganado todo».

—Vente a trabajar conmigo —dijo Evelina—. Ya hace demasiado tiempo que los hombres gestionan este sitio. Tú y yo, juntas... ¡Nadie podría detenernos!

Un grito festivo irrumpió en la noche. Gente que salía del velatorio, que seguía adelante con su vida, abrazando el futuro.

Oportunidades infinitas, como había dicho Evelina.

Gillian no recordaba haber experimentado nunca la sensación de tener oportunidades infinitas.

Era negra, del sur de Dallas, con un padre adicto, una madre enferma y un montón de facturas.

Negó con la cabeza. ¿Acaso alguna vez había tenido elección?

Entonces volvió su antigua rabia. Un fuego que le abrasaba el vientre y ardía hasta alcanzar la punta de sus dedos.

No. De acuerdo, había tenido pocas opciones, pero ni loca se disculparía por ellas.

Había marcado la diferencia. Había ayudado a gente.

El ex de Bria, ese cabrón, pagaría gracias a Gillian.

Y sus fulares: en algún lugar, una mujer se estaba mirando al espejo, viéndose totalmente sexy con ese tejido sedoso al cuello.

Gillian no tenía nada de qué avergonzarse.

Tal vez fuera una buscavidas, pero era una buscavidas de primera. Y Evelina debería reconocérselo.

Gillian se volvió hacia ella, tambaleante.

—Vamos a emborracharnos.

Evelina no se esperaba el comentario. La pilló por sorpresa. Rompió el silencio con una risa repentina y dejó caer sus zapatos elegantes sobre la hierba.

—¿Te había dicho ya que eres un encanto?

—Puedes repetirlo, no me voy a quejar.

Gillian no iba a marcharse aquella noche. Ya lo pensaría a la mañana siguiente. Las dos caminaron por el césped y subieron la colina. Gillian dejó atrás sus dudas, y Evelina, sus zapatos. Eran dos cómplices. Tomarían lo que necesitaran y robarían el resto.