29
Al cabo de un rato, Gillian salió afuera. Corría demasiada ginebra por sus venas, y el bar empezaba a resultarle sofocante y claustrofóbico. Aun así, lo que realmente la empujó a abandonar su asiento fue el sentimiento de culpa.
Su boca la había traicionado. Unos pocos minutos con Leah y Ellsberg, y ya les había soltado lo de la aventura de Tommy. Su amigo apenas llevaba un día muerto y ella se dedicaba a chismorrear en su propio velorio. Asqueroso.
Y lo peor era que había empezado a pasárselo bien, a fantasear con quedarse allí.
Cerró los ojos y dejó que su cuerpo buscara el equilibrio por sí solo. ¿Seguiría en pie o acabaría cayendo de bruces en el suelo?
Se tambaleó. Esperó. Volvió a tambalearse.
Estaba a punto de desplomarse.
De regreso al hotel, Gillian vio a Evelina. Iba vestida con sencillez, pero seguía siendo elegante: pantalones negros, tacones altos, y un chaleco de lino también negro que dejaba ver áreas estratégicas de su piel pálida. Incluso de luto, parecía lista para pasearse por una pasarela.
Ya fuera por el alcohol o por la sensación de estar al margen, Gillian decidió seguirla.
Como el parque estaba desierto, la jefa de relaciones públicas podía avanzar en línea recta, con decisión.
Pasó por delante del Pabellón donde se había celebrado la fiesta de inauguración, perdida ya en el tiempo, y se detuvo para quitarse los zapatos de tacones.
Abandonó el camino y bajó por una colina.
Se dirigía hacia una estructura oscura y familiar.
Gillian fue tras ella, de puntillas. Recordaba aquella parte del parque. Recordaba el Laberinto.
El Laberinto era otra de las atracciones originales del parque, aunque había cambiado en los últimos dieciocho años.
Gillian recordaba un enredo de muros vegetales, de tejos imponentes que se alzaban por encima de su cabeza.
Compactos, impenetrables, lúgubres. Ahora era un laberinto de paredes de maíz: sus tallos interminables se mecían al viento creando zonas oscuras entre sus cuerpos oscilantes.
Era más ligero que el antiguo, pero si te detenías a escuchar, tenías la sensación de que todo el maizal se movía, acercándose poco a poco hacia ti.
Completar un recorrido por el Laberinto original podía suponer hasta media hora, y era habitual que algún empleado de Miscellany tuviera que intervenir para sacarte de allí: el parque no podía permitirse que los visitantes se quedaran ahí atrapados más de treinta minutos.
Los concursantes, por supuesto, debían encontrar la salida en menos de cinco, y los mejores, en menos de dos.
A cada lado de la entrada se alzaba un poste y en la cadena que colgaba entre los dos había un cartel que rezaba: «cerrado».
Evelina sabía que la seguían. Con los zapatos de tacones colgando entre los dedos, se detuvo ante la cadena y miró por encima del hombro.
—Nunca había estado aquí de noche —dijo, con los ojos brillantes—. Debe de ser divertido explorarlo.
A pesar de todo —la muerte de su marido, el desgaste de trabajar en Miscellany, viendo cómo se hacía la «magia» día tras día—, Evelina conservaba una especie de asombro infantil.
Gillian deseó con todas sus fuerzas recuperar a la niña de doce años que había sido, con sus trenzas ridículas y todo lo demás.
—Sebastian lo ha cambiado: es distinto del de mi época —dijo Gillian.
—No es difícil encontrar la salida, ¿no? Basta con mantener una mano en la pared y seguirla hasta el final.
—Nueve de cada diez veces, sí. Pero los laberintos de Sebastian son un poco traicioneros. Te sorprende con fosos. Túneles, puentes, muros de espinas. Fuego.
Evelina sonrió con complicidad.
—El último día de Acción de Gracias hicimos una fiesta de empresa, un festival de otoño.
Sin rituales paganos ni nada de eso, aunque la verdad es que habría sido genial.
—Soltó una risa inesperada que se extendió por el césped—.
Fue una especie de olimpiada. Nada de carreras de sacos, todo muy Miscellany: sudokus, acrósticos...
, cosas bastante normales, porque no todos los empleados están a la altura de los concursantes, ya me entiendes.
Pero la final se celebró en el Laberinto.
En aquella época todavía no se había plantado el maíz y era todo de bloques de hormigón hueco.
Cuando los participantes estuvieron dentro, sellamos la entrada.
El ganador no salió hasta al cabo de tres horas.
—Se tapó la boca con la mano, como si fuera a contar un secreto—.
Tuvimos que mover las paredes, y para ello contratamos a un centenar de trabajadores temporales.
Gillian estuvo a punto de poner los ojos en blanco, pero enseguida empezó a pensar en cómo hubiera resuelto ella aquel desafío.
—Muy propio de Sebastian —dijo.
—No. En realidad lo de las paredes fue idea de Tommy. —Evelina guardó silencio y levantó la mirada hacia aquella masa inmensa de naturaleza en movimiento—. Siempre tenía muy buenas ideas.
Gillian no supo qué decir. Lo había visto con su amante.
¿Qué podía decirle a su esposa, una mujer que lo echaba tanto de menos como para plantarse en un campo de maíz en plena noche solo para sentirlo cerca?
Gillian apreciaba a Evelina, la apreciaba de verdad.
Era una mezcla interesante de glamur y sencillez, alguien encantador que no se dejaba intimidar por los antiguos niños prodigio. Tommy no la merecía.
De pronto, una objeción apareció en su mente: la voz de aquella niña que nunca había dejado de creer en ella.
«Evelina sabe lo de Target Practice».
Gillian se le acercó.
—¿La policía sabe lo que pasó? —preguntó.
—¿La policía? —repitió, con desprecio—. No da respuestas, solo cuenta historias.
«¿Sabía usted que su marido consumía drogas, señora?
¿Sabía que la noche del Reencuentro consumió?
». Como si no pudiera conectar los puntos.
—Dejó que los zapatos colgaran de sus dedos—.
Mi abuela, que nació y se crio en Moscú, siempre lo decía: la policía no encuentra a la gente. Explica por qué no está desaparecida.
—Totalmente —dijo Gillian, y esperó unos segundos, el tiempo que le pareció respetuoso—. ¿No creerás que él...?
—Accidente —la atajó con firmeza—. Provocado por su enfermedad.
Guardaron silencio.
—Antes de que él... —Evelina paseó la mirada por los tallos de maíz, buscando respuestas—. ¿Llegaste a hablar con Tommy?
La pregunta no era extraña: una viuda en duelo recopilando recuerdos.
—No mucho. Apenas hubo tiempo.
—¿Y con tus compañeros de concurso, Leah y el Capitán Curioso?
Gillian se rio.
—Voy a llamarle así a la cara —dijo, refiriéndose a Ellsberg. Hizo una pausa y pensó en qué podía desvelarle—: Verás, Tommy sí mencionó algo. No me dijo gran cosa, pero quizá a ti te suene. Target Practice.
—Ah. —Evelina enarcó un momento las cejas, pero enseguida volvieron a su posición—.
Target Practice era una de las pruebas clasificatorias.
Pistolas en un lado, dianas en el otro, y letras colgando en medio.
Todo decorado. Las pistolas eran de plástico y las letras estaban sujetas al techo con cuerdas.
Trazabas el recorrido de una bala imaginaria hasta la diana correcta.
—Levantó la mano y dibujó en el aire los puntos imaginarios—.
Las letras que te encontrabas en el trayecto formaban las respuestas.
—Sus labios se fruncieron en una línea fina—.
Hay expresiones que usamos sin pensar en su significado, o al menos eso me ocurre a mí.
Y, vale, no se deben usar, por supuesto que no.
Pero la gente es humana y comete errores.
Así que dimos una respuesta que no deberíamos haber dado.
«Ni un solo rojo». En realidad se refería a los céntimos de cobre, pero a los indios americanos les puede parecer un insulto.
Se trata de una cita histórica atribuida a Robert Goodloe Harper.
«Millones para defensa, pero ni un solo rojo (o céntimo rojo) para sobornos».
No es que Miscellany quisiera viajar en el tiempo y respaldar ese sentimiento.
En cualquier caso, esa era la pregunta: «Millones para la defensa.
Punto, punto, punto». La respuesta era «Ni un solo rojo».
—No lo entiendo —dijo Gillian.
—Nunca llegamos a preparar esa pregunta. No formaba parte de la prueba clasificatoria.
Gillian se la quedó mirando, perpleja.
—La pregunta de Harper se retiró a última hora, aquella misma mañana.
Lo hizo alguien de Operaciones con algo de sentido común.
A nosotros tampoco nos habría gustado: ni al departamento legal, ni a mi equipo de comunicación.
Vivimos en un momento en el que la sociedad está muy atenta a la inclusión y la diversidad, ¿y se nos ocurre usar la expresión «ni un solo rojo»?
Así que el equipo retiró la pregunta. Pero no tuvieron tiempo de cambiar las letras.
Ni siquiera de avisar a Sebastian. Y, bueno, todos contentos y felices...
excepto mi marido. Porque uno de los niños usó «ni un solo rojo» como respuesta.
Gillian frunció el ceño.
—Pero ¿el acertijo tenía sentido?
—Cambiaron la pregunta. Lo hicieron muy rápido, sin complicarse mucho la vida, pero pudieron aprovechar algunas de las letras. Algo tenían que hacer. Iban a contrarreloj. — Intentó esbozar una sonrisa—. En cualquier caso, es fácil entender la confusión.
—Pero Tommy pensó que alguien había usado «ni un solo rojo» porque ya sabía la respuesta, ¿no?