El certamen 28 #2
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28 #2

Leah soltó una carcajada inclinándose sobre su copa. Gillian la hizo callar con un gesto.

—¿El típico que comienza con «Había un hombre de Nantucket»? Eso no cuenta.

—Uno empieza, el otro termina. Hasta que alguien se queda sin rima.

Era evidente que Ellsberg se moría de ganas de continuar.

—¿Y cuáles eran los versos? —preguntó Gillian.

Ellsberg levantó la barbilla con solemnidad:

—Un joven marinero llamado Martín, bailaba el fandango sobre un patín, pero tropezó con sus cordones y se aplastó los cojones...

—Y ya ninguna chica quiso tocarle su calcetín —remató Leah, estallando en una risa.

Los dos se desternillaban mientras Gillian los miraba, sin dar crédito. Luego, poco a poco, se rindió y acabó riéndose con ellos.

Eso. Eso era lo que había echado tanto de menos. Cuando huyó de Miscellany y de Sebastian, también dejó atrás a su gente. Su tribu.

Leah señaló a Ellsberg con un dedo tambaleante y los ojos enturbiados por el alcohol. «Espera, espera...». Se abrió el cuello de la blusa, dejando al descubierto un hombro desnudo y el tirante rojo del sujetador. En la piel, tenía tatuada una inscripción en caracteres navajos.

—El padre del tipo que me lo hizo había sido uno de esos soldados navajos que transmitían mensajes codificados en su lengua. Lo hicimos por una apuesta. Dijo que pararía cuando resolviera el acertijo... sin mirar. Tenía que resolverlo mientras me tatuaba.

El respeto —y también el miedo— que le inspiraba Leah habían empujado a la joven Gillian a aprender un poco de navajo. No pensaba darle cancha, ni de coña. Enseguida tradujo las palabras:

Si mientes, te ahorcaremos.

Si dices la verdad, te dispararemos.

Gillian la miró a los ojos.

—Me ahorcaréis.

Satisfecha, Leah volvió a colocarse la blusa.

—¿Qué dijo el prisionero para salvarse? Técnicamente respondí después de que hubiera tatuado «te disparar...». Pero le obligué a terminar la palabra.

Siguieron bebiendo. Intercambiando miradas como si fueran las tres personas más listas del local, y tal vez lo eran. Gillian notó el cálido abrazo de la amistad. Bajó la mirada para que no vieran lo que sentía: arrepentimiento. Arrepentimiento por la vida que había abandonado.

Ellsberg se enderezó, sacando pecho. Aquel alemán de Alabama parecía un mayordomo inglés sacudiéndose de encima siglos de polvo.

—Os gano a las dos —dijo—. Mi primer desafío en Miscellany. Había que subir un acertijo a la web. Muchos lo hicieron. El mío ganó. Así que soy responsable del enigma más importante en la historia de Miscellany.

Esperaron. Ellsberg estaba completamente serio.

— Exiguum corpus, sed cor mihi corpore maius —dijo—. Sum versuta dolis, arguto callida sensu .

El puto acertijo de la taza. Gillian se echó a reír, porque, ¿qué otra cosa podía hacer? Se unió a él.

— Et fera sum sapiens, sapiens fera si qua vocatur. —Los dos alzaron sus copas—. Vulpes !

Gillian y Ellsberg se reían como si hubieran descifrado la piedra Rosetta del humor.

En su rincón, Leah también sonreía, pero con melancolía.

—Sebastian me presentó ese enigma el día de la entrevista. En el CD.

Ellsberg no le estaba prestando atención. Se recostó y, con una sonrisa perezosa en el rostro, dijo:

—No creo que nadie sufriera más que yo con ese ejercicio.

Leah ladeó la cabeza, escuchándolo, aunque sin darle la razón.

—Yo fui la última —dijo—. El equipo de grabación se había pasado todo el día tratando con críos y ya estaban agotados.

Fue uno de esos veranos infernales de Texas, con mil grados a la sombra y el aire acondicionado sin dar abasto.

Y entonces apareció Sebastian. Podía sentir la tensión en la piel.

Le gritó a un asistente y luego se sentó a mi lado.

Ellsberg dejó de sonreír.

—Al principio me ignoró: se limitaba a hablar con los técnicos —continuó Leah—.

«Espero que la mezcla de hoy no esté tan mal como la de ayer.

Yo mismo podría haberlo hecho mejor. ¡Que no es tan difícil!

». Pero al final acabamos hablando. «¿Qué quieres ser de mayor?

», me preguntó. Y yo, creyéndome muy lista, le solté mi típica coletilla: «Eso no es asunto tuyo».

Y entonces me dio el acertijo. Mi latín siempre ha sido penoso; ¿una lengua muerta?

¿A quién le importa eso? Así que me quedé atascada, claro, incapaz de traducirlo y, por supuesto, tampoco puede dar con la solución.

Me dejó allí sufriendo. Cinco minutos. Diez.

Se hicieron las siete y el calor todavía era insoportable: treinta y siete grados.

Sebastian me repitió el enigma, como si yo no lo hubiera oído.

«No lo sé —le dije—. Lo siento». Y me eché a llorar.

Le rogué que me dejase marchar a casa. Por la cara que puso, me pareció que hubiera preferido que le vomitase encima de los zapatos.

Estuvimos en el estudio de grabación cuatro horas.

Durante todo ese tiempo, Sebastian siguió trabajando desde el móvil, tecleando, escribiendo acertijos, cerrando tratos.

Lo cierto era que trabajaba como un loco.

Ni siquiera se quitó la chaqueta. Botones de estaño, traje de lana.

Cuatro horas. Aquel mismo día había posado para la portada de la revista Time .

Gillian era incapaz de moverse, como si la hubieran clavado al asiento.

—Necesitaba ir al baño: me había bebido unas tres botellas de agua antes de empezar la sesión.

Sebastian me miró como si lo supiera. ¿Se hará pis encima?

¿Se rendirá? Y le daba igual una cosa que la otra.

Bueno, no, no es eso. Creía que yo no aguantaría.

Y quería que lo viera con mis propios ojos. ¿Qué debía hacer, si nadie creía en mí?

Gillian se sintió invadida. Leah hablaba en primera persona, pero Gillian tenía la sensación de que se refería a ella.

—Cuatro horas. Tenía la cara encendida por la vergüenza, rodeada de adultos que no se dignaban a mover un dedo.

Una mujer me ofreció agua (Sebastian se lo permitió).

Cuando se me acercó, chasqueó la lengua y entonces me di cuenta: me había meado encima.

La miré, con miedo a que dijera algo. A que Sebastian se enterara.

Dejó el vaso. Por supuesto, ni lo toqué.

Gillian miró a Ellsberg. Nunca había oído aquella historia y, a juzgar por la expresión de su amigo, él tampoco.

—Cuatro horas. Al cabo de esas cuatro horas, por fin me fijé en el pañuelo que llevaba en el bolsillo.

En el zorro que tenía bordado, congelado en pleno salto.

¿Por qué había elegido zorros...? En las historias navajas, los zorros pueden ser buenos o malos, pero mi tío era trampero y siempre decía que, en realidad, los zorros son alimañas.

Su piel no vale nada. Siempre dije que esa obsesión de Sebastian por los zorros era una muestra de que no sabía lo que hacía.

Y estoy segura de que me oyó. Y, por supuesto, sabía que mi latín dejaba mucho que desear.

Leah dio un trago de whisky.

—Aprendí latín —dijo—. Ovidio. Virgilio. Incluso me especialicé en esa lengua en la universidad, y ni siquiera me dedico al derecho constitucional. —Bebió otra vez—. En realidad, Sebastian me hizo un favor. En el Certamen cada uno tenía que espabilarse solo. Como en la vida.

Leah miró a Gillian, sentada al otro lado de la mesa. Otra lección impartida con éxito.

—Ganamos o morimos.