El certamen 28
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Gillian solía ser más de cerveza, pero el gimlet estaba bastante bueno.

Bebió un trago y se entretuvo mirando a la pareja que estaba sentada al otro lado de la mesa, uno junto al otro, como un matrimonio de muchos años: Ellsberg, con un tequila Manhattan, ligeramente inclinado hacia babor, y Leah, apurando un Balvenie mientras doblaba y desdoblaba una servilleta una y otra vez.

Ya avanzada la noche, empezaron a contarse historias sobre Tommy.

«¿Recuerdas cuando hizo un agujero en el laberinto de maíz?

¿Y ese apretón de manos tan efusivo?». Gillian se enfrentaba a algunas lagunas, a todos los años en que no había visto a sus compañeros.

Pero consiguió sorprenderlos con la revelación sobre Jessyca.

—¿Su secretaria? —preguntó Leah, negando con la cabeza mientras recorría con el pulgar el pliegue de la última servilleta—. No me extraña que Evelina esté tan furiosa.

—No creo que lo sepa.

—Es una mujer lista. Tiene que sospecharlo.

—La gente lista se cuenta a sí misma todo tipo de mentiras.

Leah sacudió la cabeza de nuevo, tal vez por desacuerdo o quizá por asco. La mezcla de la abogacía y el whisky la hacía implacable.

Ellsberg, por su parte, permanecía en silencio, sin apenas tocar su bebida.

Gillian lo observaba: con aquel bolígrafo detrás de la oreja, podría haber pasado por el atribulado gerente de cualquier compañía de seguros.

Dos personas que habían pasado por la máquina de Miscellany con resultados completamente diferentes.

El alcohol facilitaba la conversación. Empezaron a rellenar los períodos de tiempo que habían pasado separados.

Leah vivía casi exclusivamente en Manhattan, soltera y feliz de estarlo.

Ellsberg, en un piso del centro, y cuando le preguntaban si había una señora o un señor Ellsberg, respondía, enigmático: «No soy un estanque, así que no trates de pescar nada».

La charla entre los tres fluía con la misma facilidad de siempre: era como ir en bicicleta, requería tan poco esfuerzo como resolver los acertijos de Alicia en el país de las maravillas que había colgados en las paredes.

Gillian se los sabía todos de memoria, igual que Ellsberg y Leah.

El enigma del Sombrerero: «¿Por qué un cuervo se parece a un escritorio?

». A veces las preguntas son como las personas: no tienen respuesta.

Se oía un piano de fondo. No era en directo: probablemente se trataba de alguna lista de Spotify con temática victoriana.

Ellsberg dejó el vaso sobre la mesa y se quedó mirando la pared donde estaba colgado el acertijo.

Leah echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, dejando que el whisky hiciera su efecto.

De repente, a Gillian se le pasaron las ganas de seguir odiando a Ellsberg y a Leah.

Tommy ya no estaba entre ellos. Ya había perdido suficiente tiempo.

Ellsberg rompió el silencio.

—Yo también dejé todo esto una vez.

—¿De verdad? —preguntó Gillian.

—De verdad. —Se le escapó el acento de Alabama—. Pensé que debía hacerlo. Tú te habías ido. Leah se había tomado un descanso.

—Fiscalía —aclaró ella sin abrir los ojos—. Dos años.

Ellsberg hizo un gesto, como diciendo: «Ya lo ves».

—No hace falta seguir aquí para formar parte de la familia. Pensé que era hora de dejar el nido. Hacer algo con sentido.

—¿Y qué hiciste?

Leah contestó por él:

—Entró en el FBI.

Ellsberg permanecía tan serio que Gillian le preguntó:

—¿Y pasaste las pruebas físicas?

Su acento se impuso con toda su fuerza.

—Con todos mis respetos: ¡vete a la mierda!

Gillian alzó su vaso a modo de brindis, y él hizo lo mismo. Los dos bebieron, pero Ellsberg seguía pensativo.

—No fue lo que me esperaba —admitió.

—¿A qué te refieres?

—A trabajar para el Gobierno. Pensé que podría marcar la diferencia.

Leah entreabrió un ojo.

—Qué optimista el joven Marty Ellsberg.

Al oír ese apodo, Ellsberg frunció el ceño.

—Sebastian nos moldeó para poder usar nuestros talentos. Yo tenía propuestas sobre contraterrorismo, sobre cómo negociar la liberación de rehenes. Pero no quisieron escucharme.

—Es increíble que no reorganizaran todo el departamento en función de lo que decía el nuevo.

Ellsberg se encogió de hombros.

—Aquí, en cambio, confían en mí. Sebastian me escucha.

El equipo de Miscellany valora mis aportaciones.

Y estoy encantado con el sueldo, no te voy a mentir, pero al final del día, cuando me acuesto en la cama, me pregunto: ¿realmente tengo alguna influencia?

, ¿mis acciones suponen alguna diferencia?

Aquella conversación despertó en Gillian todas las ambiciones dormidas: volar de costa a costa en un jet de lujo, mientras una azafata le servía cruasanes o estimulantes; asistir a reuniones donde la gente callara cuando ella hablaba; contemplar cómo los niños se enfrentaban a los acertijos que había diseñado, frustrados y al mismo tiempo entusiasmados; dar clases en Rice, Carnegie Mellon, el MIT o Stanford; resolver problemas que importaran de verdad.

Gillian empezó a toquetearse las cutículas. Sebastian sabía que todo aquello la tentaría: la promesa de Miscellany era una telaraña multicolor en la que caería atrapada de cuatro patas.

Ellsberg la observaba desde el otro lado de la mesa.

—Tommy creía que tú marcarías la diferencia.

—Para —lo atajó Gillian, escondiendo las manos bajo la mesa.

—En serio, lo creía —insistió él, con la mirada perdida, como si estuviera viendo el fantasma de su amigo—. ¿Te dijo la respuesta?

—¿La respuesta a qué?

—Al primer acertijo. El 2871.

—¿Qué? No.

Leah salió de su letargo y abrió los ojos, interesada. Ellsberg empezó a hablar con cautela:

—Tommy no sabía a ciencia cierta si lo habías visto. Dijo que estabas atascada, tal como él había planeado, pero luego se sintió mal. No quería que te eliminaran del Certamen, todavía no. Así que te susurró la respuesta.

Todos los años transcurridos desaparecieron de golpe. Gillian volvió a ver a aquel chico que había dejado atrás en la primera sala, el que parecía nervioso, incluso preocupado. Pero había atribuido aquellas emociones al miedo. Y ahora... Un frío helado le recorrió las venas.

—Me dio la respuesta.

—Pero tú ya la tenías —dijo Ellsberg con suavidad.

—Pero me la dijo —replicó ella.

—Tomas dijo que ya te estabas yendo. Que fue una tontería. Que se avergonzó de haberlo hecho, y con razón. No necesitabas su ayuda para nada.

Aquel último comentario tal vez fuera una observación de Tommy. O quizá de Ellsberg.

—Siempre se preguntó si tú te habías dado cuenta —añadió—. Y si lo habías estado protegiendo con tu silencio.

Gillian se limitó a negar con la cabeza. Estaba atónita. Rodeó la copa con los dedos y se quedó mirando el líquido amarillento y turbio.

«Joder, Tommy».

Leah la había estado observando con una lucidez insólita teniendo en cuenta todo lo que había bebido. Plantó el vaso sobre la mesa, rompiendo el hechizo.

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste un rompecabezas? —preguntó.

—¿Cómo?

—¿Un puzle de toda la vida? ¿Un sudoku? ¿Al menos habrás visto Jeopardy ?

Gillian, medio paralizada, no respondió.

—Es una buena pregunta —intervino Ellsberg.

Los dos haciendo piña. Joder.

—Hace tres días —respondió Gillian—. Ayudándote a salvar tu culo.

Leah sonrió con suficiencia.

—Es normal que nuestra pequeña Gilly tenga miedo.

Le pareció que el local estaba más silencioso.

—Leah —dijo Gillian—, eres abogada en el sector del espectáculo. Te pasas el día... ¿qué?, ¿pendiente de Twitter?

Ellsberg soltó una risita mientras Leah la miraba con desconcierto. Luego alargó la mano para quitarle a Ellsberg el bolígrafo de detrás de la oreja, desplegó la servilleta que había doblado con tanto esmero y empezó a escribir.

—2009. Reunión de antiguos alumnos de Beta Alpha Psi. Gané a cincuenta, con tres chupitos de whisky encima —dijo mientras escribía, poseída. Cuando terminó, dio un golpe seco sobre la mesa y giró la servilleta para que Gillian leyera lo que había escrito.

Diez universitarios fumados están en una tienda de campaña, a oscuras.

Se han quitado las gorras: algunas son rojas, otras azules.

Ahora cada uno debe ponerse una, salir de la tienda, y agruparse con quien lleve la gorra del mismo color.

No saben cuántas gorras de cada hay. Están demasiado fumados para mirar la que se han puesto.

Y, una vez fuera, no pueden hablar, o quedará claro que van colocados.

Si los pillan, los suspenden del equipo de lacrosse.

Si se equivocan al agruparse, también. Pero son estudiantes de Finanzas de la Universidad de Virginia. ¿Cómo consiguen salir impunes?

Leah sonreía con satisfacción.

—El sitio estaba lleno de exalumnos de la Universidad de Virginia. ¿Qué puedo decir?

Gillian recordaba una versión de aquel mismo acertijo, una en clave de terror: cien chicas escapando de un asesino en serie. Ellsberg fue el primero en lanzarse, mientras una sonrisa se extendía poco a poco por su cara alargada.

—Salen uno a uno —dijo—. Imagina que el primero lleva una gorra roja.

El siguiente, que lleva una azul, se pone a su lado.

El tercero sale, ve al tío de la gorra roja y al de la azul, y se coloca entre ellos.

El siguiente hace lo mismo: se pone entre el tío que lleva la gorra roja y el tío que lleva la azul.

Al final, los diez tíos se han colocado solos en los grupos correctos.

Oír a Ellsberg repetir «tío» una y otra vez no tenía precio. Incluso Leah parecía divertirse.

—Incluso el vigilante del centro comercial sabe resolver acertijos —dijo—. Cuando no hay presión.

Ellsberg dejó que el reto flotara en el aire un instante.

—Yo gané un concurso de rimas humorísticas —dijo entonces.

Leah y Gillian se miraron sin dar crédito.

—No me jodas —soltó Gillian.

—En el aparcamiento de un bar, en Cedar Springs. En febrero de mi primer año en Miscellany. Doce grados bajo cero. Tres tipos dijeron algo desagradable y los desafié a un duelo de ingenio.