27
La noche siguiente celebraron un velorio.
El bar conocido como The Hat era un monumento al éxito de Miscellany, que había acabado esclavizando incluso al gran Sebastian.
Siempre había sido un gran admirador de Charles Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, el creador de Alicia en el País de las Maravillas .
Aunque solía ser reacio a beber de la creatividad de otros, Sebastian sentía debilidad por aquel intelectual inglés.
Lo admiraba especialmente como showman , no solo como el autor de un libro infantil de éxito.
El joven Dodgson había publicado una revista de acertijos, organizaba juegos para sus hermanos y había crecido en la pobreza, teniendo que luchar por cada migaja.
Era un hombre de múltiples intereses —fotografía, matemáticas, filosofía— con el que Sebastian encontraba obvias similitudes.
En su día, había imaginado toda una zona del parque reservada para él: MAD (Miscellany After Dark).
Pero, aunque las aventuras literarias de Alicia seguían siendo populares, la sombra de la sospecha cayó sobre su autor.
Algunos diarios ponían en duda su relación con los niños, y la sociedad moderna no sabía muy bien qué hacer con un hombre que se vinculaba tanto con ellos.
Los asesores de Sebastian se lo dejaron bien claro: cualquier comparación con Lewis Carroll sería letal.
MAD fue desmantelado incluso antes de empezar.
El único homenaje que sobrevivió a su afición por Carroll era aquel bar de estilo victoriano.
Gillian siguió a Ellsberg hasta el interior del local.
Estaba lleno hasta los topes de trajes negros y rostros sombríos.
No había llevado ropa adecuada para un funeral, así que se puso lo más formal que había encontrado en la maleta: el mismo conjunto blanco y negro que había elegido para desayunar con June.
De algún modo funcionaba. Aquel atuendo no la representaba, pero la mantenía a salvo de sus emociones.
Ellsberg estaba a su lado. Tenía un aspecto casi elegante con su traje de distintos tonos grises, la corbata estrecha y el pañuelo perfectamente doblado que sobresalía de su bolsillo.
Estaba en su elemento, repartiendo abrazos y apretones de manos.
Gillian, en cambio, se limitaba a levantar ligeramente la barbilla; se sentía más cómoda manteniendo las distancias.
Temía que el contacto humano rompiera el hechizo, que desatara todos los demonios que a duras penas conseguía contener.
Si ella nunca hubiera regresado, ¿habría Tommy encontrado ayuda en otra persona, la ayuda que realmente necesitaba?
Cuando Ellsberg se quedó atrapado en una conversación, se separaron.
Gillian flotó entre un mar de rostros afligidos, todos compañeros de Tommy en Miscellany.
Aunque para ella eran desconocidos, todos la reconocían y creían saber cómo se sentía.
Vio a Leah sentada a la barra: en lugar de vestido, aquella noche llevaba unos vaqueros negros y una chaqueta de cuero.
Hablaba por teléfono, con la mirada perdida en el vacío mientras se mordía la uña del pulgar.
Gillian no veía a Evelina por ninguna parte, aunque tampoco le extrañó.
Había tratado de llamarla, pero solo le respondió el buzón de voz: el mensaje de saludo era agradable, casi alegre. Colgó sin dejar ningún mensaje.
Encontró a Sebastian al fondo del local.
Estaba solo, sentado junto a la ventana, ajeno al bullicio.
No apartaba la mirada de la estructura con forma de estrella que tenía delante: era uno de esos juegos magnéticos de escritorio.
A su lado, un té helado; el hielo se derretía y bajo el vaso se había formado un charco de condensación.
La gente se le acercaba y le posaba una mano sobre el hombro, le daba el pésame, pero él apenas respondía.
Seguía sentado a la mesa, junto a un segundo asiento vacío que no ofrecía a nadie.
Parecía ausente. Extrañamente desarmado, derrotado.
Después de un momento de vacilación, Gillian se abrió paso entre la multitud y retiró la silla libre.
La cima de la estructura magnética era estrecha, y en ella se alzaba un chapitel rematado por dos piezas metálicas alargadas.
La base estaba prácticamente completa: todo lo que Sebastian añadiera a partir de entonces sería ornamentación, y haría que la estructura fuera cada vez más inestable.
Aun así, la coronó con otra pieza metálica alargada, frunciendo el ceño en un gesto de concentración.
Por un instante el chapitel tembló, pero resistió.
Sebastian apenas lo notó; ya estaba eligiendo la siguiente pieza magnética.
A pesar de las apariencias, tenía protección.
Detrás de él, en el rincón donde la barra se encontraba con la pared, estaba Jackie Álvarez, tomándose un vaso de agua mientras vigilaba la sala.
Cuando vio a Gillian, apenas levantó el mentón, con el aire desafiante del que está listo para un segundo asalto. Gillian desvió la mirada.
—Le fallé —dijo Sebastian, haciendo girar la pieza magnética entre sus dedos enguantados—. Con todos los recursos que tengo a mi alcance, y aun así le fallé.
La estructura magnética tembló: el equilibrio era precario. ¡Qué fácil sería echar abajo todo lo que Sebastian había construido! El impulso de destruir su creación era tan fuerte que Gillian cerró las manos con fuerza bajo la mesa.
—¿No discrepas? —preguntó él.
—Todos le fallamos —respondió ella—. Los únicos que sabíamos lo dura que era esta vida, la presión constante a la que estaba sometido... y aun así lo tratamos como si fuera invencible. Como si fuera Superman.
Sebastian se quedó sin palabras. Miró por la ventana, hacia su parque vacío. El recinto había cerrado temprano.
—¿A ti también te he fallado? —preguntó.
Gillian pensó en todo lo que le habría soltado si le hubiera hecho esa pregunta una semana antes. Ahora, en cambio, sus emociones eran un caos. Estaba enfadada con Sebastian, pero todavía lo estaba más consigo misma.
—Me presionaste —dijo.
—No me arrepiento de eso. Me arrepiento de no haberte tendido la mano. Podría haberte traído de vuelta. Podría haberte ofrecido palabras de consuelo. O, más que palabras, podría haber actuado. Pero te dejé marchar.
—No habrías podido detenerme.
—Podría haberlo intentado. No sé si lo sabes, pero tengo un jet. Podría haber ido a Los Ángeles. Es posible localizar a todo el mundo, incluso a Gillian Charles.
No sabía cómo defenderse de esa versión de Sebastian: el hombre que siempre había despreciado las muestras de debilidad, ahora abrazaba la incertidumbre del arrepentimiento. Gillian apartó la mirada. La vulnerabilidad de Sebastian la incomodaba, le chocaba demasiado.
—De todos modos —dijo él golpeando la pieza contra la mesa—, esto es distinto.
Tú sí te acercaste a Tommy. Sé que hablaste con él sobre su adicción; lo hiciste tú y también Evelina.
Quizá lo traté con demasiada delicadeza.
Tal vez una conversación directa podría haber cambiado algo antes de que fuera demasiado tarde.
Gillian recordó al hombre con el que habló delante de la casa de Jessyca: el concursante renacido, desafiante, dispuesto a provocar a Miscellany para que lo escuchara.
—No creo que haya sido un suicidio.
—No. Ha sido un accidente. Ya se lo he dicho a la policía.
Se lo he dicho antes de que ninguno de vosotros entrara a inspeccionar el edificio.
Se suponía que había que revisar la caverna y los conductos del agua.
—Apretó la pieza de metal como si estrangulara a alguien—.
No debería haber podido retirar esa rejilla.
Habrá consecuencias, Gillian. Puedes estar segura de eso.
—Miró a Jackie por encima del hombro. Ella le señaló la esfera de su reloj—. Empezando por mí.
Se levantó, y la escultura que había dejado sobre la mesa se tambaleó, sin llegar a perder el equilibrio.
—No sé qué quieres decir con eso —dijo Gillian.
—Quiero decir que haré lo que debí hacer hace meses: cancelar la Segunda Temporada.
Justo cuando creía que lo conocía, Sebastian decía algo que la desconcertaba.
—Eso no parece propio de ti.
—Lo que le encomendé a Tommy era como los trabajos de Hércules.
Tanto él como un centenar de personas más se dejaron la piel para llevar a cabo una tarea imposible.
¿Y para qué? Tenemos quejas, demandas. Este no es el mundo que imaginaba.
Cerraremos el asunto y asumiremos las pérdidas.
Los inversores aceptarán en cuanto vean que es la opción más segura.
Revisión de expectativas. Evelina y Leah ya están redactando la nota de prensa.
Gillian intentaba seguirlo, pero le costaba funcionar con agilidad, como si estuviera atravesando cortinas pesadas.
—Vas a cancelar la Segunda Temporada y ¿también vas a llegar a un acuerdo con los Navarro?
—Con cada minuto que pasa, la tragedia es mayor. No pienso permitirlo.
Miró a Jackie asintiendo con la cabeza y ella avisó al camarero y describió un círculo con el dedo. Era hora de cerrar.
—¿Puedo hacer algo por ti? —preguntó Sebastian.
«Haz que Tommy vuelva», pensó ella. Pero no lo dijo.
—Me quedaré unos días en el Leonardo. Quiero ver cómo están Evelina y los demás.
Sebastian esbozó una sonrisa cansada.
—Sabía que te habías implicado. Te alojaremos en un lugar más estable.
En realidad, debería haberlo hecho ya. Me encargaré de ello.
Mientras tanto, estoy seguro de que nos serás de ayuda a todos.
—Lanzó la última pieza contra la estrella magnética y toda la estructura se vino abajo—. Ojalá Tommy te hubiera escuchado.
Gillian los observó mientras se alejaban, con Jackie al frente.
Había sido la conversación más humana que había mantenido nunca con Sebastian. El tipo de conversación que siempre había deseado.
Había regresado a casa y había visto cumplidos sus sueños de Miscellany.
Pero no se sentía mejor.