26
La policía estaba por todas partes. Habían invadido Miscellany con sus caras frías y su actitud de indiferencia.
Gillian se mantenía en guardia. No debería hablar con la policía, pero Tommy había muerto.
Los tenía justo delante, haciéndole preguntas, analizándola, valorando la posibilidad de que hubiera tenido algo que ver con su muerte.
Probablemente había sido un accidente. Pero, si no lo era, ¿podría Gillian haberlo matado?
En el primer concurso, Gillian solía pensar que estaba dispuesta a hacer lo que fuera por ganar.
Aprendería cualquier idioma, se perdería en cualquier laberinto.
Y después de que Ellsberg la traicionara y Tommy consiguiera la victoria, se dijo a sí misma que ella nunca haría según qué cosas.
O, al menos, así lo creía. Porque, al volver la vista atrás, oyó aquella voz crítica, incansable, dentro de su cabeza, la que la había acompañado durante todo el solitario viaje en coche de vuelta a casa.
Aquella voz —la suya— predicaba otro sermón: Gillian podría haber ganado si hubiera hecho lo necesario.
Si hubiera dejado que su amigo se ahogara.
Tommy había acudido a ella movido por la confianza. Necesitaba ayuda. ¿Y qué había hecho Gillian? Nada.
Seguían en el Bazar, de nuevo en la primera planta, en una especie de estudio.
Gillian estaba sentada en un sofá, junto a una chimenea falsa que ni siquiera podía encenderse.
Los rizos le caían sobre la cara. Tenía una toalla doblada sobre el regazo, aunque ya llevaba rato fuera del agua y estaba seca.
La tristeza no la dejaba respirar, y los miembros le pesaban, doloridos.
Una taza de café apareció junto a su hombro, cortesía de Ellsberg.
Los años también habían pasado para él, pero en lugar de aparentar treinta como Gillian, parecía haber cumplido ya los cincuenta.
Tenía la piel amarillenta, del color del queso rancio.
Ella aceptó la taza que le ofrecía, y Ellsberg se sentó en el sillón orejero, justo enfrente.
—Quiero verlo —dijo Gillian.
Ellsberg dejó el café sobre la mesita auxiliar.
—Estás alterada. Todos lo estamos. —No reaccionó cuando ella le sostuvo la mirada, con el rostro imperturbable. Su acento era más de Alabama que de Alemania, pero seguía siendo impasible—. No dejarán que te acerques al cuerpo.
Gillian tamborileó contra la taza. Necesitaba hacer algo, así que bebió.
—Llevaba cocaína encima —dijo Ellsberg—.
Es demasiado pronto para saber si había consumido, pero ya se están haciendo suposiciones.
—Sus ojos seguían los movimientos de la policía por el Bazar—.
Tenemos cámaras por todo el parque, excepto aquí.
Este edificio llevaba cerrado desde el concurso original y se decidió que no eran necesarias.
—No parecía creerse del todo esa última parte—.
Piensan que ha intentado trepar por la boca de succión del sistema del agua.
Hay una rejilla de seguridad, pero si ha pasado de las señales de advertencia, o simplemente no las ha visto, puede que la haya abierto de una patada.
—Se rascó la mejilla, y Gillian oyó el ruido de sus uñas contra la barba incipiente—. Lo están tratando como un accidente.
—¿En lugar de qué?
Sus miradas se encontraron. Ellsberg tenía las pupilas vacías y oscuras.
—Suicidio —respondió.
—¿Suicidio? Eso es absurdo.
—Llevo más tiempo que tú lidiando con esto. Piénsalo. Has estado siguiéndolo. ¿Cómo lo has visto estos últimos días? ¿Cómo lo viste en Addison? ¿Te pareció que actuaba como un hombre estable?
Cada fibra de su cuerpo quería levantarse del sofá.
Hacer algo. Había estado persiguiendo a Tommy, acosándolo, sin darle respiro.
No era la manera de tratar a alguien enfermo.
Necesitaba arreglarlo. Ya. Ese mismo día.
No entendía que Ellsberg fuera capaz de permanecer tan sereno, con sus dedos pálidos entrelazados sobre su regazo.
—Sebastian está con Evelina —dijo Ellsberg—. Está destrozada. He oído que pedirá una excedencia. El Bazar cerrará de nuevo, claro. Habrá una investigación interna. La hará la policía, por supuesto. No tienes por qué quedarte. —Lo dijo como si le estuviera haciendo un favor.
—No pienso irme. Tengo preguntas.
—No eres detective. No tienes autoridad.
—Recuperó su taza y bebió un buen sorbo—.
Puedo dejar que te quedes aquí, si eso te ayuda a hacer las paces con lo ocurrido.
Lo arreglaremos con el hotel. Leah se ocupará de la policía.
Pero no vas a interrogar a nadie. Todo lo que no sea actuar como una amiga preocupada no te compete.
Gillian se levantó. No tenía ni idea de adónde iba. Amiga preocupada.
Ellsberg la observaba como si temiera que fuera a desmoronarse.
—Yo lo convencí para que viniera —logró articular Gillian.
Él seguía observándola.
—Tommy estaba fuera de la empresa. No iba a volver. —Todo aquel tiempo temiendo que Sebastian la arrastrara de nuevo hasta Miscellany y al final había sido ella la que había arrastrado a Tommy—. No dejo de pensar que...
Se interrumpió. Lo que estaba pensando era demasiado horrible.
Ellsberg dejó la taza. Entrelazó los dedos y se apoyó sobre sus rodillas.
—Algunos vamos a reunirnos en el único bar del complejo —dijo—. Tomaremos unas copas... y quizá nos emborrachemos. Recordaremos sus partes buenas.
Gillian se imaginó a Evelina en su casa, rodeada de fotos de su marido.
A la amante de Addison, mandando mensajes a un número que nunca contestaría.
A Tommy en la acera de Los Ángeles, con aquella sonrisa fácil que aún conservaba después de tantos años, seguro de que podría convencerla de romper su regla número uno solo porque él se lo pedía.
Su madre, esperando que Gillian arreglara el mundo.
Una sensación de fracaso la azotó.
—Lo siento, Gillian —dijo Ellsberg—. De verdad.
Al oír aquellas palabras estuvo a punto de echarse a llorar. Ellsberg, el ser humano. ¡Cuánto lo había echado de menos!
Gillian bajó la cabeza.