25 #3
Los siguientes acertijos fueron brutales.
Más textos desordenados y cifrados con el sistema Vigenère.
Una partida de ajedrez. Un muro de escalada con una única vía rápida, revelada en pistas anteriores.
Antónimos, sinónimos y anagramas; relacionar banderas con países, superar pruebas de conocimiento y de velocidad; y ella acabó sudada, cubierta de arañazos y magulladuras, llevada al límite.
Le encantaba. Las dudas y los miedos habían desaparecido de su mente. Podía ganar. Ganaría.
Sabía que Tommy iba justo por delante. Se habían visto en el escape room ambientada en un casino.
Gillian por fin había podido usar su pista del Craps para descubrir la frase de salida entre las múltiples posibilidades.
Tommy, estacionado en otra mesa, conseguía una respuesta del crupier de blackjack.
Había salido por la puerta un minuto antes que ella, o quizá minuto y medio.
Gillian había recuperado la confianza. Esta vez lo atraparía. Ellsberg podía ahogarse en el Nilo. Ella no se distraería con nada.
El pasillo empezó a inclinarse, hasta llegar a unas escaleras que la conducían cada vez más abajo, hacia las profundidades subterráneas del Bazar.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Podía haber todo tipo de misterios acechando en la oscuridad, pero Gillian conocía a Sebastian.
Hasta entonces todos los rompecabezas que habían ido resolviendo eran de nueva creación: se había transformado el Bazar para ofrecer nuevos retos a los concursantes.
Sin embargo, por mucho que Sebastian hablara de forjar el futuro con nuevas ideas, tenía debilidad por el pasado.
Así que, como era de esperar, las escaleras se nivelaron.
Unas líneas de neón azul recorrían el suelo, en busca de un punto negro lejano, y un rugido apagado resonaba en el pasadizo.
El ruido le resultaba familiar. Gillian no se atrevió a aflojar el paso.
A pesar de que estaba exhausta, corrió a lo largo del túnel, mirando por encima del hombro para asegurarse de que no la seguían.
Pero sabía que el verdadero peligro estaba por llegar.
Y entonces sucedió. El túnel se interrumpió de repente: el borde irregular se asomaba al vacío.
La garganta de hormigón desembocaba en una caverna gigante iluminada por luces LED que colgaban de las estalactitas, como una telaraña luminosa.
Chorros de agua caían a un lago turbio desde tuberías interrumpidas, a varios metros por encima de la superficie.
Al otro lado, una playa de arena. No era una reproducción exacta del original, pero se acercaba bastante.
Gillian podía oírlo en su cabeza: «No lo conseguiste, ¿recuerdas?
No pudiste hacerlo». Mano dura. Primero la golpeaba con la verdad y luego la aliviaba con el bálsamo del desafío. «¿O quizá no estás a la altura?».
Gillian se permitió sentir solo cinco segundos de rabia. Luego retrocedió, cerró los puños y se lanzó al vacío.
Cayó. El tiempo se ralentizó lo suficiente como para comprender que podía morir allí mismo.
No se había molestado en buscar una alternativa.
Una escalera. Otro túnel. No, fiel a su estilo, se había lanzado de cabeza al vacío.
¿Qué sentido tendría su vida si solo había regresado al escenario de su vergüenza para morir en una de las ruedas de hámster de Sebastian? No tenía respuesta.
El agua borró todo pensamiento de su mente.
El frío la atravesó. El aire se escapó de sus pulmones cuando el agua helada la comprimió.
Se hundió, sin saber dónde estaba la superficie y donde el fondo.
Su cuerpo quería agitarse, pero ella se obligó a pensar y empezó a repetir el mantra una y otra vez.
«Vas a ganar, Gillian».
«Vas a ganar».
Se relajó. Dejó que su cuerpo se enderezara por sí solo: el aire que le quedaba en los pulmones tiraba de ella, ansioso por alcanzar la superficie.
Echó la cabeza hacia atrás, apartó el agua con los brazos y empezó a sacudir los pies con furia.
Las profundidades negras quedaron atrás, sustituidas por un azul casi caribeño.
Sacó la cabeza fuera de la superficie y respiró el precioso aire.
Esta vez no había ningún Ellsberg fingiendo ahogarse para distraerla.
Solo oía el rugido furioso del agua que caía en la laguna.
Aquel lugar era un laberinto de líquido y trampas.
Gillian veía correr el agua por las tuberías de PVC que surcaban la caverna, maravillándose de lo lejos que podía llegar Sebastian.
Y entonces lo vio.
Tommy.
Aún llevaba puesta la ropa de entrenamiento, ahora pegada a su cuerpo como una segunda piel.
La succión de una de las tuberías lo había arrastrado: la mitad superior de su cuerpo asomaba por encima del nivel del agua, pero sus piernas estaban ocultas en algún punto del conducto.
Apenas cabía en el tubo: el polímero transparente le aplastaba la cara.
Un grito se le atascó en la garganta cuando lo vio, un lamento desesperado, como si le hubieran roto el tobillo con un golpe brutal.
Sin saber cómo, seguía a flote mientras contemplaba la mirada sin vida de Tommy Kundojjala.
Parecía sorprendido. El hombre que siempre lo había previsto todo, incluso de niño.
Esa era la única vez que lo habían pillado por sorpresa. Y también la última.
Gillian gritó pidiendo ayuda, aun sabiendo que ya era demasiado tarde.