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No era más que un calentamiento. Para resolver un rompecabezas lógico solo había que tener la mente adecuada para saber descomponerlo.
Gillian trazó rápidamente la cuadrícula y analizó todas las notas una a una.
La 1 y la 4 asignaban el fular amarillo a George.
La 2 y la 6 situaban a Brad en Pasadena.
El resto encajó enseguida. Gillian sonreía mientras resolvía el problema.
Dios, ¡qué bien se sentía! Esa era justo la sensación que había perseguido durante años, pero nunca había sabido cómo reproducirla sin pasar por Sebastian ni por Miscellany.
Quizá después de todo este tiempo había encontrado el camino.
Tommy trabajaba en silencio, a su derecha. Su calma debería haberla tranquilizado —era buena señal, tanto para él como para su cuenta bancaria—, pero ¿por qué, de todos los momentos posibles, tenía que recomponerse justo entonces?
Tommy no levantó la vista. Y cuando terminó, salió de la sala y dejó a los demás atrás.
Gillian resolvió su rompecabezas a toda prisa.
Cuando introdujo la respuesta en la puerta que le correspondía, se abrió de golpe y ella echó a correr por un pasillo largo y mal iluminado que se iba estrechando a medida que avanzaba.
Al final, veía moverse unas sombras alargadas detrás de una puerta giratoria de cristal traslúcido.
La empujó. El mecanismo empezó a girar, pero la atrapó en su interior.
Gillian dio seis vueltas, bastante segura de que el habitáculo descendía mientras giraba.
Cuando por fin se abrió un hueco, entró en una sala que parecía un tablero de ajedrez: todo eran cuadrados blancos y negros.
Le pareció que en la estancia había distintos niveles y también paredes, pero el patrón uniforme dificultaba la percepción de los contornos. Tampoco pudo distinguir ninguna salida.
Una oleada de pánico le heló la piel, pero respiró hondo. Aquello era un rompecabezas. Tenía solución. No todo el mundo podía verla, y precisamente eso le daba fuerzas. Su perseverancia formaba parte de su valía. Sebastian valoraba tanto el proceso como las respuestas.
Se arrodilló en el suelo y empezó a gatear.
El contacto con las baldosas la ayudaba a concentrarse.
Además, eso la libró de caer en el agujero que se abría cerca de la pared del fondo.
Descubrió una escalera con el mismo patrón blanco y negro que la sala, y la bajó con cuidado, cerrando los ojos para no desorientarse.
Al llegar abajo encontró más baldosas blancas y negras, pero solo junto a la escalera.
Siguió avanzando y entró en una biblioteca inmensa, con las paredes cubiertas de estanterías, desde el suelo hasta el techo.
Había una única salida: una gran puerta de teca maciza, ajada por el tiempo.
Gillian trató de hacer girar el pomo, pero estaba cerrada con llave.
Debajo del pomo, los creadores de acertijos habían instalado un lector de tarjetas que desentonaba con el entorno.
Era evidente que debía de haber una tarjeta o algo parecido en alguna parte.
Solo podía estar entre los libros de la sala. Había cientos.
Una larga mesa de biblioteca ocupaba el centro de la estancia. Una sola silla. Y un único folio.
Un buen libro es la clave de tu educación de muchas maneras, un hecho que conocemos desde los tiempos ROMANOS.
Un buen libro puede llegar a ti en cualquier momento, incluso cuando estés a punto de visitar el cementerio, nadie lo puede negar.
Encuentra el libro correcto para abrir tu futuro.
Quizá empieza con la biografía del PAPA GUERRERO.
Debajo, unas cuantas palabras revueltas.
Ni se molestó en buscar un libro sobre el Papa Guerrero —es decir, Julio II—.
En lugar de eso, unió «Julio» a «romanos».
Romano Julio. Julio César. Tendría que descifrar el batiburrillo de palabras mediante el sistema César.
Por supuesto, el enigma debía de esconder algo más que simples pistas para el cifrado; no se esperaba que los concursantes probaran todas las posibles combinaciones a pico y pala.
El propio acertijo les proporcionaría la clave.
Y allí estaba, en la primera frase. «Un buen libro es la clave».
La expresión «un buen libro» aparecía dos veces. Sospechoso.
Gillian repasó mentalmente sus libros favoritos: si Sebastian conocía su música y su cerveza preferidas, también estaría al tanto de sus lecturas.
Tradujo aquellos títulos en números e intentó descodificarlos, pero enseguida comprendió que no tenía la clave correcta. Ningún título encajaba. Frío, frío.
Un buen libro.
«De muchas maneras». Pensó en combinaciones. Seis combinaciones para un cambio de seis, o jugadas difíciles del Craps, un juego de dados: el cuatro, el seis, el ocho o el diez. Y de nuevo, nada. Frustrada, golpeó la mesa. Los demás iban resolviendo sus rompecabezas, avanzando hacia el final.
¿Cómo encajaría no acabar siquiera en segundo lugar?
Estudió el rompecabezas. En este tipo de acertijos, las respuestas tienen su propio ritmo, y suele ser distinto al del texto principal.
Leyó las palabras en voz alta. Se detuvo en la frase «nadie lo puede negar».
Una elección extraña; le recordó a una canción.
¿«Porque es un muchacho excelente»? No, tenía que ser una frase que se relacionara con el resto del texto.
Cuando, de repente, se le ocurrió la respuesta, estuvo a punto de darse una bofetada. ¡Qué idiota!
«Nadie» y «cementerio». Nadie Owens, el protagonista de El libro del cementerio .
El libro del cementerio se convirtió en una serie de números, cada uno de los cuales indicaba la posición que ocupaba la letra correspondiente en el alfabeto. Esos números eran los desplazamientos del texto cifrado. Y así desveló la solución.
SEGUNDO LIbrO PRUEBAS APETITO INCENDIO.
El segundo libro de Los Juegos del Hambre: En llamas .
Gillian se acercó a la pared donde los libros estaban ordenados alfabéticamente por su autor.
Encontró un ejemplar encuadernado en piel de En llamas y lo hojeó hasta que vio caer una fina tarjeta magnética.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero registrar toda la biblioteca habría llevado horas, quizá días.
Pasó la tarjeta por el lector negro que había bajo el pomo. La cerradura chasqueó y Gillian cruzó la puerta para enfrentarse al siguiente rompecabezas.
Y, una vez más, Gillian salió en segundo lugar.