El certamen 25
68%

25

La rueda de prensa era puro teatro. Se celebraba en un edificio adyacente al Bazar, uno de los más antiguos.

Tenía estética de búnker de la Guerra Fría, con techos bajos y paredes de bloques de cemento amarillos.

Gillian lidiaba con las preguntas en su camerino, el que Miscellany le había asignado.

Estaba sentada en su silla de directora, inclinada hacia delante, sudando bajo los focos, mientras soportaba una retahíla de preguntas tan insulsas como inevitables.

«¿Dónde has estado? ¿Cómo te sientes al volver? ¿Quién es el concursante más listo?».

Respondía como si las preguntas fueran para otra persona: alguien famoso, hueco, distante.

Sus respuestas eran automáticas, y su risa, forzada.

Se pasó la mayor parte del tiempo contando los segundos para que aquella tortura terminara...

y sin saber si Tommy cumpliría con su palabra.

Le preocupaba cómo estaría su madre. Le preocupaba el Rencuentro.

Los recuerdos no le daban tregua. Los acertijos se sucedían uno tras otro en su camino.

Veía muros que escalar, puertas que abrir.

Y luego a sí misma, encorvada sobre una caja de madera con un mecanismo secreto, con los dedos crispados, el cuello dolorido, tratando de descubrir cómo abrirla y liberar lo que escondía dentro.

Sudaba, atascada, mientras los demás la dejaban atrás.

Sin hacer trampas, sin emplear trucos. Simplemente ella no era lo bastante buena.

Si volvía a perder, eso la destrozaría. Si ganaba, estaría de vuelta. No lograba imaginar nada más allá de esos dos finales. Todo lo que venía después era oscuridad.

Las entrevistas terminaron y dejó atrás a la prensa. Gillian se cambió de ropa: se quitó el conjunto pensado para la prensa y se puso ropa cómoda de deporte. En algún momento, la risa de Leah resonó en el pasillo. Gillian asomó la cabeza, pero no vio a Tommy por ninguna parte.

El agente de prensa que le habían asignado la acompañó hasta el Bazar, hasta el perímetro de seguridad.

La velada iba a ser festiva: farolillos de papel iluminaban el paseo, y el aire olía a piano y a cóctel.

Pero no se permitía que las cámaras entraran dentro.

Ni los cónyuges, ni los acompañantes: solo los concursantes originales y un puñado de empleados para el evento.

Había famosos y peces gordos del sector hablando en la extensión de césped, pero el protocolo y una seguridad férrea impedían que pasaran más allá.

Dos guardias de expresión imperturbable le metieron la cartera y el móvil en una bolsa y comprobaron que la mujer del permiso de conducir de California fuera ella.

La miraron con cierto recelo, como si no acabaran de creerse que fuera la niña de doce años de antaño.

A decir verdad, Gillian sentía lo mismo.

La acompañaron hasta un pequeño vestíbulo de dos plantas.

El interior no era como lo recordaba. El mismo papel pintado oscuro en las paredes, la misma lámpara de araña, la misma consola antigua...

Los muebles, sin embargo, estaban dispuestos de otro modo, como si alguien hubiera organizado la habitación a partir de fotos inconexas.

Los demás también parecían desconcertados.

Todos los concursantes estaban allí. Mucha licra, ropa deportiva de marca.

Gillian llevaba unos pantalones anchos, un top ajustado y una camiseta ligera que se había comprado de rebajas en Forever 21.

Sus rivales la miraban. Leah le guiñó un ojo con descaro.

Ellsberg la saludó llevándose un dedo a la sien, como quien parodia un saludo militar.

Y, apartado del grupo, el premio de Gillian.

El hombre que ya había ganado una vez: Tommy.

Llevaba una camiseta técnica de poliéster y pantalones negros de nailon. Se había peinado y parecía relajado, pero seguía teniendo la mirada de un veterano de guerra.

Gillian acortó la distancia que los separaba.

—Veo que has encontrado el sitio.

Él la evaluó de arriba abajo. Su ojo natural, transparente; el otro, en cambio, parecía observarla con desconfianza.

—Hablas igual que Ellsberg —dijo—. Se te ha pegado enseguida.

Su último encuentro en plena calle seguía vivo: la tensión aún flotaba entre los dos.

Pero Tommy estaba allí y, de pronto, Gillian cayó en la cuenta: se había ganado los diez mil de Sebastian.

Si cumplía su parte, su madre tendría una prórroga.

De pronto se sintió eufórica, algo parecido a lo que había experimentado cuando aquel jet despegó del aeropuerto de Los Ángeles.

Pero, como entonces, la sensación se disipó enseguida.

Diez mil dólares no eran más que una tirita. Un puñado de aspirinas.

—He hecho tus preguntas —dijo—. Evelina, Leah, Ells. Ninguno cree que se haya hecho trampa.

El silencio de Tommy fue como una acusación. Como si pensara que ni siquiera lo había intentado.

Gillian se sintió algo culpable.

—Mira —dijo—, si me dieras acceso a las grabaciones de las pruebas clasificat...

—Tendrás tu dinero, Gillian. Después.

—Yo no he dicho que...

—Después de que gane —la atajó él con la espalda erguida.

—Pareces muy seguro.

—Ya he pasado por esto antes.

«Te voy a dar una paliza», pensó ella. Fue un impulso inmediato e inevitable. Tras solo una semana, el fuego competitivo ardía de nuevo. Si se quedaba, lo sentiría día tras día.

Miró a Tommy. No encontró ni rastro del buen humor de antaño, ni una sonrisa, ni el ofrecimiento de un caramelo.

Había deseado aquello de muchas formas —ganar la recompensa, reescribir el pasado—, pero sabía que no era sano, ni para él ni para ella.

Intentó intercambiar una mirada, pero él la evitó.

Y Leah y Ellsberg también. Aquella noche no había amigos: solo rivales.

Iban a competir entre ellos y también consigo mismos.

¿Podían recuperar lo que los había llevado tan lejos de jóvenes?

¿Eran aún lo bastante buenos para ganar?

Por un instante, Gillian quiso convencerlos a todos de que no compitieran. De que se detuvieran. Aquello solo serviría para abrir viejas heridas.

Pero Sebastian eligió ese momento para aparecer en lo alto de las escaleras.

Llevaba un traje color frambuesa y una boina burdeos.

Se detuvo en el primer peldaño con aire teatral, para que todos pudieran admirarlo.

Sonrió desde arriba. Gillian casi podía leerle el pensamiento.

Allí estaban otra vez. Sus cuatro hijos, listos para el reto.

Y, de pronto, todas sus dudas se esfumaron.

Quería competir. Quería competir y aplastarlos a todos, uno detrás de otro.

Sebastian debió de notarlo. Gillian vio brillar la chispa de la astucia en sus ojos y, por un segundo, creyó que bajaría deslizándose por la barandilla de la escalera.

Pero aquel hombre rozaba los sesenta, así que se limitó a bajar los escalones con la gracia de un bailarín de claqué.

—Me alegra que hayáis venido —dijo al llegar al último peldaño—. Vais a disfrutar de esta noche.

Se acercó a la puertecita que había al final del pasillo y, tal como había hecho en el primer concurso, extrajo una llave dorada y la introdujo en la cerradura. Los concursantes se alinearon tras él, respetando el orden establecido por las puntuaciones que habían obtenido en la partida de damas.

Cuando la puerta se abrió, Sebastian se hizo a un lado y extendió un brazo. «Después de vosotros».

Y eso fue todo. Sin fanfarrias, sin discursos. Una puerta abierta y lo que fuera que hubiese al otro lado. A pesar de sus reservas, Gillian estaba entusiasmada.

Cruzaron el umbral. Ellsberg primero, Gillian justo detrás. Se detuvieron en un pasillo corto, con una cortina al fondo.

—Todos habéis firmado la exención de responsabilidad —dijo Sebastian, desde el otro lado de la puerta—.

Ahora las autorizaciones son digitales; me temo que mis abogados ya no pueden con tanto papeleo.

Pero recordad: en este universo, toda diversión conlleva siempre cierto peligro.

Id con cuidado. Confiad en vuestro ingenio.

Confiad en lo que habéis aprendido. —Hizo una pausa—. O tal vez no.

Sonrió. Y cerró la puerta con firmeza.

—Capullo —murmuró Leah.

Todos se rieron, nerviosos. Y entonces Ellsberg corrió la cortina.

Al otro lado apareció un mundo nuevo. No era la escenografía de antaño.

En la sala había cuatro atriles de madera recubiertos de pan de oro y adornados con figuras talladas de esfinges y dragones.

Cada atril tenía el nombre de uno de los concursantes grabado en la parte superior, además de una hoja de papel, un tintero y una pluma.

En la pared del fondo, aguardaban cuatro puertas.

Sin pomos. Solo una ranura fina en cada una.

La nostalgia y la historia que Gillian había vivido allí mismo la clavaron al suelo.

Leah, en cambio, corrió a su puesto, seguida de Ellsberg.

Gillian por fin arrancó, soltando un taco.

Tommy fue el último en alcanzar su atril.

El silencio de la sala se rompió con el roce de las plumas sobre el papel.

Aún sentían las ansias de ganar. El acertijo de Gillian, quizá exclusivo para ella o tal vez idéntico al de los demás, era un rompecabezas lógico.

Le bastó un vistazo para darse cuenta de que el tema estaba diseñado para incomodarla.

Después de la semana que había pasado, no obstante, no había rompecabezas capaz de tumbarla.

Al llegar a su Toyota Corolla, Gillian descubre seis notas bajo el limpiaparabrisas. Tres antiguos pasajeros —Brad, Matt y George— quieren comprarle uno de sus fulares.

Nota 1: A George no le gusta el rojo.

Nota 2: El que quiere el fular amarillo no vive en Pasadena.

Nota 3: Uno de ellos pagará 20 dólares por el fular rojo.

Nota 4: El que quiere el azul pagará más que George.

Nota 5: El cliente de Burbank tiene menos de 30 dólares.

Nota 6: El de Inglewood pagará más que Brad.