El certamen 24
67%

24

Un conejo mordisqueaba la hierba que crecía junto a los escalones desvencijados de la casa de June.

Estaba tranquilamente sentado sobre las patas traseras, contemplándolos mientras bajaban del coche.

Todd, el marido de June, dio una patada al aire para espantarlo, pero el animal siguió comiendo, imperturbable.

—Todd —dijo su madre, acomodándose en la silla de ruedas destartalada—. No te va a hacer ningún daño.

Gillian se mantuvo al margen. En teoría, debería haberse sentido bien.

Había encontrado a Tommy y había conseguido que se comprometiera a presentarse en el Reencuentro.

Y, además, su madre había podido salir un día de aquella clínica.

Se la veía feliz, arropada por la familia.

El entusiasmo que transmitía su risa, cada uno de sus gestos, debería haber bastado para que Gillian se sintiera en paz consigo misma.

«Pensaba que creías en Sebastian».

«Y yo pensaba que tú no».

Se quedó mirando los ojos negros e inexpresivos del conejo.

Todo lo que creía cierto hacía una semana había resultado falso.

Nunca volvería a Miscellany. Nunca competiría.

Nunca trabajaría para Sebastian. Todo eran promesas surgidas del resentimiento, y lo mejor era dejarlas atrás. Eso era lo que se repetía a sí misma.

Todd tuvo que acercarse a menos de un metro del conejo para que el animal desapareciera detrás de la esquina.

—Hay demasiados —murmuró. Se rascó la cabeza y casi se le cayó el sombrerito de ala corta que llevaba puesto—. Son una plaga.

—June —dijo su madre, alzando un brazo hacia la hermana de Gillian—. ¿No puedes controlarlo?

—No me mires a mí —replicó ella, forcejeando con una bolsa de playa llena de medicamentos, una almohadilla térmica y tres botellas de litro de Coca-Cola Light—. Esos putos conejos han arrasado mi huerto. Lo que yo querría es que los coches se cargaran unos cuantos más.

La casa de June estaba en Carrollton: tenía tres habitaciones, un baño y muchas reparaciones pendientes.

Instalaron a la madre en el viejo sillón de su padre, y luego Gillian disfrutó del obligado tour turístico, como la extraña que era.

El interior era agradable, pero algo pequeño: apenas había espacio para la familia de su hermana, y mucho menos para alojar a invitados.

Cortinas translúcidas, manchas de humedad y demasiadas fotos.

Desde la ventana trasera se veía un roble enorme, un garaje para un solo coche y un jardín estrecho que se extendía unos quince metros.

Era un hogar, sí, pero saltaba a la vista que June andaba corta de recursos.

Su madre se acomodó con su bebida. Los dos hijos de June balbucearon un saludo tímido antes de refugiarse en la habitación que compartían.

De su padre, ni rastro, ni mención. En la tele, el típico final decepcionante de la temporada de los Rangers.

La madre y Todd empezaron a debatir sobre qué fallaba en el equipo: desde la dirección hasta los lanzadores, todo.

Gillian se quedó en la cocina, contemplando cómo funcionaba aquella familia sin ella.

June colgó las llaves en un gancho, junto a la nevera, y se movió de un lado a otro, preparando algo para picar: patatas fritas, un poco de macarrones con queso y una bandeja de crudités protegida bajo un plástico.

—Fuera de casa no ganan nunca —dijo la madre, señalando la tele, como si la prueba estuviera ahí mismo.

Todd sacudió la mano con desdén.

—Anoche ganaron contra los A’s. Calhoun mandó la bola a otro condado.

—¿Y de qué sirve eso? —replicó ella—. A estas alturas, de muy poco, la verdad.

Resultaba curioso oírla hablar de los jugadores con tanta dureza: su madre nunca había sido tan tajante con sus hijos. Siempre había sido más bien blandita.

June se acercó a Gillian y se apoyó en la pared con los brazos cruzados, observando discutir a su madre y a su marido, como si fueran un par de ojeadores sin trabajo.

—He preparado pastel de carne para cenar —dijo—. Comeremos sobre las cinco y media.

—No puedo quedarme hasta tan tarde. Tengo que volver.

June la miró de reojo.

—Yo he tenido que cambiar el turno.

—Y yo he venido hasta aquí. No me han traído en avión para pasar tiempo en familia. Estoy trabajando. El Reencuentro es esta noche.

—Si te vas antes de la cena, se lo dices tú —contestó June—. No voy a poner excusas por ti.

Gillian apretó los dientes. Había hecho aquel viaje porque se lo debía a su familia.

Sí, quería a su madre, pero el papel que desempeñaba era otro: ella era la esperanza de todos, la que resolvía los problemas.

¿Qué lugar ocupaba allí? La lucha que se libraba en su interior debió de reflejarse en su cara, porque June suavizó el tono.

—Cenaremos antes —resolvió—. Es sábado, no habrá atascos. Todd puede dejar a mamá en la clínica y tú estarás de vuelta antes de las siete.

Su madre seguía discutiendo con su yerno sobre los bateadores designados, más animada de lo que lo estaba desde hacía meses.

Gillian puso cara pensativa, como si lo estuviera considerando. Luego, sin dejar de mirar a su hermana, lanzó un comentario al salón:

—Yo diría que Andrus está acabado.

Todd reaccionó como si le hubieran pinchado con un alfiler.

—¿Acabado? ¿Como defensa? Pero ¿qué dices?

La madre negó con la cabeza, decepcionada.

—Ay, hija, no digas eso.

Gillian relajó la expresión y se zambulló en la conversación, sonriendo de oreja a oreja, mirando a su hermana. Puso una mano en el hombro de su madre, para que supiera que estaba allí.

June andaba trajinando de arriba abajo como lo hacen las madres.

Recogía los platos vacíos mientras regañaba a sus hijos, que jugaban al Uno con su abuela, encadenando cartas +2 con entusiasmo.

Gillian la siguió hasta la cocina. June dejó los platos en el fregadero, sacó dos copas de vino y le tendió una a su hermana.

Gillian frunció la nariz, pero la aceptó por cortesía.

June se plantó delante del horno, vigilando el pastel de carne como si pudiera desintegrarse en cualquier momento.

No solía alejarse demasiado de la cocina: su taza favorita estaba siempre detrás del microondas, tenía un par de libros apilados sobre la nevera y una tablet barata, en la que sonaba rap de los ochenta, apoyada junto al fregadero.

Era evidente que la cocina era su territorio, y allí se sentía a gusto.

Tarareaba y, de vez en cuando, bebía un sorbo de vino.

—Ahora vendrá papá —dijo.

Gillian la miró fijamente, mientras su hermana seguía sin apartar la vista del horno, con aire inocente. Prefirió seguir callada, por si acaso.

—Está mejor —prosiguió—. Le haría ilusión que lo reconocieras.

—No le debo nada.

—¿Por qué contigo todo tiene que ser una negociación? Solo te pido un poco de humanidad. Si mamá ha podido perdonarlo, ¿por qué tú no?

—No me eches la bronca. Si tú quieres tenerlo en casa, perfecto. Si mamá lo acepta, que Dios la bendiga. Pero respeta mis decisiones. Tú no lo necesitabas como yo.

—¿A la niña de papá se le rompió el corazón? ¡Venga ya! Los demás seguimos adelante.

—Él me dejó. Tuve que coger el autobús más de una vez.

¿Recuerdas aquel día que se emborrachó y tuve que ir andando desde el centro de convenciones?

Por suerte, uno de los supervisores me vio y me acompañó a casa, aunque mejor no hablar del riesgo que corrí subiéndome al coche de un desconocido.

—Se dio cuenta de que June lo había olvidado—.

Tú eras mayor, más autosuficiente. Yo no.

Así que no me digas cómo tengo que sentirme.

June apuró el vino de un trago y volvió a servirse otra copa.

—Si vinieras más a menudo, sería más sencillo. Lo verías más.

—Claro. Estamos a una barbacoa de ser una familia feliz.

June se encogió de hombros sin pretenderlo. Gillian siempre era un cóctel Molotov: impredecible y más propensa a herir a los inocentes. Inclinó la copa para mover el vino.

—Puede que me quede.

Una risa seca.

—Y Santa Claus bajará de culo por esa chimenea.

—Lo digo en serio.

Su hermana se desplazó lo justo para observarla de reojo. Dio otro trago de vino y dijo:

—Nos las arreglaremos pase lo que pase.

No era exactamente lo que Gillian esperaba oír. Aun así, June se apartó de la encimera y, con una media sonrisa, hizo chocar su copa contra la de Gillian.

—Tómate el vino. Y al menos saluda a papá antes de irte.

June abandonó la cocina para ver la partida de cartas que estaban jugando en el salón y Gillian se quedó con la sensación de que su hermana había vuelto a ganarle la partida.

Se oía ruido de platos cuando Gillian se despidió. Saludó a Todd, que cambiaba de canal desde su sillón, y luego se inclinó para abrazar a su madre.

—¿Ya te vas? —le susurró al oído, con tristeza en la voz.

—La vida de una celebridad —dijo June desde la cocina—. No puede hacer esperar a las cámaras.

Gillian le estrechó la mano a su madre. Sus huesos parecían hojas secas bajo aquella piel grisácea.

Sus cabellos, antaño negros, tenían ahora el color de la lana de acero.

Y la medicación le había hinchado las mejillas.

Aun así, su sonrisa seguía ahí, brillante, inquebrantable.

Gillian se preguntó cómo podía continuar siendo tan positiva.

Estaba hecha de otra pasta, era de otra especie.

Creía en la energía de los cristales y en la reencarnación y, aunque votaba a los demócratas, no estaba segura de que una mujer estuviera preparada para gobernar el país.

No era nada práctica, pero siempre había creído en su hija.

La fe que tenía en ella era sincera y seguía brillando a pesar del caos y el desastre que había imperado en la vida de Gillian. Eso no lo olvidaría jamás.

—¿Quieres que te traiga algo de Miscellany?

—Una chaqueta estaría bien. En la clínica hace frío: ponen el aire demasiado fuerte.

—Una chaqueta. Hecho.

—Algo con brillo. Los martes jugamos al póquer y quiero darles envidia a las viejas.

Gillian volvió a abrazarla. Habría cambiado el tiempo y el espacio con tal de hacerle la vida más fácil a aquella mujer.

—Déjalas secas, mamá. —Le guiñó un ojo.

Una vez en la puerta, también abrazó a June. Fue un abrazo más cálido que el que se habían dado en el hotel.

—Gracias por todo.

—De nada —dijo.

Cuando Gillian se disponía a marcharse, su hermana la miró preocupada, como si pensara que estaba a punto de meterse en problemas. Pero lo único que dijo fue:

—Conduce con cuidado.

Fuera, el calor seguía reverberando sobre las aceras agrietadas. Gillian esperó su Uber con los brazos cruzados. Mientras aguardaba junto al bordillo, un Saturn verde y sucio se detuvo frente a ella. Llevaba un atrapasueños negro y dorado colgado del retrovisor. Su padre iba al volante.

Gillian le echó un vistazo al móvil: el coche que había pedido llegaría en dos minutos.

Su padre se apeó del vehículo con dificultad.

Estaba pálido, mucho. Seguía llevando el pelo largo y todavía mantenía su color castaño, con algún que otro hilo de plata.

Y bajo la nariz prominente, aquel bigote setentero.

La expresión de perro apaleado que ya tenía en su juventud se había acentuado con el tiempo.

Las arrugas más profundas las tenía bajo los ojos, todavía del mismo marrón polvoriento, como si hubieran ardido durante demasiado tiempo.

Llevaba una camisa azul holgada y unos pantalones de lino.

El padre que recordaba Gillian era un tipo pálido y sudoroso, pero el hombre que tenía delante estaba reseco como un tallo de maíz chamuscado.

Se quedó plantado junto al coche, visiblemente incómodo, tocándose los puños de la camisa, luego los lóbulos de las orejas y finalmente el pelo.

Hubo un tiempo en que era el alcohol lo que tiraba del tren de Wallace Charles.

Ahora tal vez solo fueran los nervios. Pero ya había estado sobrio otras veces...

y siempre había encontrado la forma de descarrilar de nuevo.

—Vuelvo al trabajo —dijo Gillian, alzando el mentón.

Él asintió. Miró las llaves que tenía en las manos, sujetas con un trozo de alambre.

—Llevo dos años limpio. Y antes que eso estuve bien otros cinco.

—Genial. ¿Cuánto piensas durar esta vez?

Él levantó la cabeza. Las ojeras parecían moretones. Lo hacían más viejo. Un recuerdo la asaltó: el olor de su colonia cuando la abrazaba. Brut, la del frasco verde. El regalo infalible de cada Día del Padre.

—Tú querías que mantuviera la distancia, y así lo he hecho —dijo él—. Pero, si me lo permitieras, me gustaría disculparme.

—Has dicho muchas palabras, y ninguna de ellas es «lo siento».

—Lo siento.

—Genial. Ya es demasiado tarde.

Un Prius blanco dobló la esquina. El conductor avanzaba despacio, buscando a su pasajera.

Su padre se le acercó. Podría haberle tocado el brazo si hubiera querido.

—Haré lo que tú quieras, Gilly. Lo que quieras.

Ella bajó del bordillo y avanzó unos pasos. Levantó el brazo, como si fuera a parar un taxi. Respiraba con pesadez. Apretaba la mandíbula tan fuerte que le crujieron los dientes.

—Siempre hacéis lo mismo —dijo—. Pasáis por encima de la gente, hacéis lo que os da la gana, y cuando ya tenéis lo que queríais, entonces os disculpáis.

El Prius la identificó. Aceleró suavemente hasta detenerse a su lado. Gillian no esperó a que el coche parara del todo: abrió la puerta y se subió al asiento trasero.

—June ha preparado un pastel de carne —dijo, mientras se acomodaba—. Te lo comes y das las gracias.

Cerró de un portazo. El coche arrancó, dejando a su padre solo. Gillian se apoyó contra la puerta y se negó a mirar atrás. Lo dejó contemplando cómo sus hijas se alejaban de él y de sus errores.

Al cabo de pocos minutos, su móvil vibró. Era June.

«¿Qué le has dicho?».

Gillian se quedó un instante pensativa. Escribió: «Lo que tenía que decirle».

El pulgar se quedó suspendido sobre la tecla de Enviar, inmóvil.

Dejó caer la cabeza hacia atrás y contempló el techo del coche.

Pensó en su hermana, allí, en aquella casa diminuta, preocupándose por todo, incluso por ella, la hermana inconstante, la que nunca había conseguido poner la vida en orden desde aquel día en el Bazar.

June era la confiable, la que siempre hacía lo que había que hacer.

Gillian borró el mensaje y escribió otro: «Le he dicho que el pastel de carne estaba buenísimo. Y que debía dar las gracias».

Pulsó Enviar y se metió el móvil en el bolsillo.