El certamen 23 #3
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23 #3

—Eres tú quien me invitó a venir. Quien me prometió dinero.

Se quedó callado un instante al oír la acusación.

—Estoy trabajando en ello. Ahora mismo tengo un problema de liquidez.

Pero nunca me olvidaría de tu madre. En el Certamen nos traía madalenas de arándanos caseras.

Porque éramos niños, no porque hubiéramos salido victoriosos en algún juego de Miscellany.

Es una vergüenza que la estés usando como excusa para hacer el trabajo sucio.

Si la hubiera arrollado con un coche, no le habría hecho más daño.

—¿Cómo te atreves?

—La chica que yo conocía habría luchado. No habría aceptado un no por respuesta.

—¡Esa chica murió! —rugió Gillian, desbordada por la frustración—.

¡Murió aquel día! ¿Qué esperabas? ¿Que siguiera siendo siempre la que quedó en segundo puesto?

¿Allí adonde fuera? ¿La que perdió? Tuve que encontrar una salida, una estrategia que te recomiendo adoptar cuanto antes, si no quieres volverte loco.

Pero ¿tú te has oído, Tommy? ¿Tu mujer va contra ti?

¿Tu chófer? Lo que debería preocuparte es que te pille algún fan con su móvil: en cuanto esto salte a las redes, estarás jodido.

Miscellany te va a crucificar. Vas a perderlo todo.

La casa, los coches, a Evelina, a esa chica que ahora parece quererte tanto, pero que a saber qué pensará de ti cuando vea tu imagen por todas partes, esposado, convertido en carnaza para internet.

Has abusado de los recursos de Miscellany, te has metido cocaína como para matar a un caballo, y luego te pusiste a jugar con un puñado de críos en el parque temático de tu empresa.

No eres un hombre blanco rico, Tommy. Después de esto, no volverás a tener un trabajo de verdad.

Acabarás conduciendo coches y vendiendo corbatas para ganarte la vida.

Por un momento, lo vio tan alterado que temió que echara a correr. Pero, en lugar de eso, Tommy se cruzó de brazos y frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con «has abusado»?

—Sebastian dijo que le escribiste un email a tu camello. Desde un portátil de la empresa.

—Usé mi propio portátil. Es de mi propiedad.

—Es internet, Tommy. Están vigilando tus cuentas. No importa qué ordenador uses.

—Sebastian está... —Tommy se interrumpió. Vaciló un instante, como si retrocediera en el tiempo a través de la tormenta de su propia mente—. Entonces lo sabe todo. —Escrutó la calle con la mirada—. No podemos quedarnos aquí.

—¿De qué hablas?

—Sabe que estamos aquí.

—Por el amor de Dios, ¿te estás oyendo? No tiene ni idea de dónde estás. Créeme.

—Esto es cosa suya. Te engañó para que vinieras.

—¡Estoy aquí porque te he buscado! —gritó ella—. Vamos a lo esencial: estoy aquí porque Miscellany me paga, sin más. Si crees que estás librando una cruzada moral, mejor que te lo replantees.

Tommy la observaba, visiblemente furioso. Ella respiró hondo.

—Vamos, recapacita —dijo Gillian—. Preséntate al Reencuentro. Todavía tienes opciones. Salidas elegantes. Te vi en el avión, te vi jugar. Esto no es más que un negocio, Tommy.

Él se frotó la cara. Lanzó una mirada por encima del hombro, como si alguien le dictara lo que debía decir desde detrás. Cuanto más tardaba en responder, más se calmaba. Hasta que su ira se desvaneció.

—Cometí un error trayéndote de vuelta.

—Solo quería decir que...

—No, tienes razón. —Hablaba con una serenidad inquietante—.

Estaré en el Reencuentro. Pero no te necesito.

Lo que yo quería era que me dijeras que estaba haciendo lo correcto.

Debería haber visto que Sebastian acabaría convenciéndote a ti también.

Otra vez. —Se metió las manos en los bolsillos, como si ya hubiera tomado una decisión—. Deberías volver a casa.

—¿Qué estás haciendo, Tommy?

—Como tú misma has dicho, soy el niño de oro de Sebastian.

El número dos del cuarto conglomerado de entretenimiento más importante del mundo.

Imagíname entrando en el Departamento de Justicia.

No habría nada que les gustara más que un denunciante corporativo de mi nivel.

Y, pienses lo que pienses de mi adicción, he sabido ocultarla durante mucho tiempo.

El día de la entrevista, llevaré un traje a medida.

Me habré afeitado. No soy rubio ni tengo los ojos azules, pero represento a la segunda población inmigrante más numerosa después de la mexicana.

Puedo influir no solo en las corporaciones, sino también en las elecciones.

Que Miscellany me ignore si se atreve. Le saldrá caro.

La miró fijamente, sin pestañear. Gillian respiraba con agitación, casi sudando. Desde que había salido de la pizzería, e incluso quizá desde mucho antes, no había tenido el control en ningún momento. Iba a la deriva, y ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí.

Lo miró a los ojos.

—Pensaba que creías en Sebastian.

Él seguía allí, de pie. De pronto era el Tommy de siempre. Seguro de sí mismo. Victorioso.

—Y yo pensaba que tú no.

Y, dicho eso, rodeó a Gillian y entró en la casa.