El certamen 23 #2
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23 #2

—Estoy intentando sacarte de ahí.

—Oh, no te preocupes por mí. No me quejo. Grace, la mujer de la habitación de al lado, sí que se queja. Su hija se mudó a su casa, pero ahora tiene un bebé. Y el marido no trabaja.

Gillian ya había oído hablar de esa mujer la última vez. Sabía más de los desconocidos que rodeaban a su madre que de su propia familia.

—Mamá, hablé con Mitch. He vuelto a Miscellany por una razón.

—Se dio cuenta de que estaba alzando la voz.

Los dos colgados del mostrador estaban tan aburridos que se habían puesto a escuchar—.

No sé qué te habrá contado June, pero voy a arreglarlo.

Vamos a sacarte de ahí y te llevaremos a un sitio bonito.

—Estoy bien. Aquí tienen esos sándwiches de pollo que tanto me gustan. Y llenan las máquinas de Coca-Cola Light. Sé que no debería beber Coca-Cola, pero algún vicio hay que tener.

Gillian agachó la cabeza. A su alrededor el cielo se derrumbaba, y ella era incapaz de sostenerlo.

—Voy a ir a verte.

—No hace falta. Estás muy al norte. El tráfico será terrible. Ya sabes que esos camiones con remolque siempre acaban cruzados en medio de la carretera. ¿Por qué tiene que haber tantos trastos de esos?

Gillian se apretó los ojos con los dedos.

—No lo sé, mamá.

Su madre hizo una pausa.

—¿Estás durmiendo bien?

—Estoy bien. De fábula.

—Eso es lo que dice siempre tu padre. —La siguiente pregunta era inevitable—. ¿Has hablado con él?

Gillian cogió la cerveza.

—No desde hace tiempo.

—Te echa de menos, Gil. Ya sabes que se arrepiente.

—Sí.

Se imaginó a su madre con la mirada perdida en el cielo en busca de respuestas.

Nunca había sido una persona religiosa. Más bien era de esas que consultan las cartas y buscan consuelo en los cristales.

Estaba convencida de que la energía del universo proveería.

Y Gillian formaba parte de esa energía: era un cristal fracturado que su madre nunca dejó de cuidar.

Al otro lado de la calle, una pareja paseaba de la mano.

Ella era una rubia con mechas azuladas y rosas, tatuajes, un pendiente en la nariz y una sonrisa embobada, y él, un hombre con americana, la camisa por fuera de los pantalones, el pelo revuelto, y unos andares relajados que Gillian no le había visto jamás.

—Tengo que irme. —Apartó la cerveza y la pizza mientras se bajaba del taburete—. Te llamaré más tarde.

—Oh. —La decepción que teñía su voz era palmaria—. Sé que estás ocupada. Te dejo. Llámame luego y cuéntame uno de esos rompecabezas que estás resolviendo. Siempre me encantó escucharlos.

Gillian ya estaba en la puerta.

—Te sacaré de ahí.

—Te quiero, Gillian.

Su madre colgó. Gillian se tragó el regusto amargo de la cerveza y la pena.

La encantadora pareja no la vio cruzar la calle a toda prisa.

Gillian se acercó por el lado ciego de Tommy, aunque él estaba tan embobado con Jessyca que no la habría visto, aunque lo hubiese embestido con un camión.

Tuvo que gritar su nombre dos veces para que se volviera.

Tommy murmuró algo en la oreja de Jessyca y se detuvo, mientras ella seguía andando más aprisa, con una expresión preocupada.

—¿Esa es tu novia? —le preguntó señalando su trasero, que se alejaba calle abajo—. ¿Por eso no me devuelves las llamadas?

—Estábamos cenando. —Tommy se metió las manos en los bolsillos, avergonzado por haber sido descubierto—. Hay un restaurante hawaiano fantástico a la vuelta de la esquina. El sushi es buenísimo. Conozco al chef. Te lo podría presentar.

Gillian se detuvo. Lo tenía lo bastante cerca como para empujarlo y tirarlo al suelo. Tommy no parecía exaltado. Estaba tranquilo: la calma de quien sabe que sus mentiras han quedado al descubierto.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Gillian.

—Ya te lo he dicho: estábamos cenando.

—¿En serio? Qué enternecedor. ¿Has invitado también a Evelina?

Tommy hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—A Evelina no le importa.

—Qué curioso. A mí me pareció que sí le preocupaba tu comportamiento.

Se rio con amargura.

—El negocio de relaciones públicas es complicado. Repites algo el tiempo suficiente y acabas por creértelo. Ya se lo advertí: es muy fácil perder el norte en este trabajo. Me habría gustado que me escuchara, pero no sé cómo hablar con ella. Es como si ya no estuviera allí. Como si se hubiera ido.

—¿Así que has encontrado a otra? —Jessyca ya había entrado en casa—. ¿Por eso me trajiste aquí? ¿Para que descubriera tu aventura? Joder, Tommy, podías haber contratado a un abogado de divorcios. Claro, supongo que yo te salía más barata.

—No es eso. —Negó con la cabeza, enérgicamente—. Te hice venir por una razón.

—Ya no sé si me importa. —Se sorprendió al oír la ira que impregnaba su propia voz—.

Ya vuelvo a estar metida en todo esto, otra vez.

Interpreto el papel secundario, otra vez.

No sabes lo mucho que me está afectando.

Yo... —Se contuvo. Si seguía hablando, ya no podría parar—.

Todo el mundo te busca. Quieres divorciarte de tu mujer...

Bueno, es una mujer impresionante, seguro que estará bien.

Y Ellsberg solo obedece. El problema es Sebastian.

Ya lo conoces. Necesita que esto se haga, y que se haga según su guion.

Y para ello tienes que participar en el Reencuentro.

Así podrás coger tu dinero y marcharte con tu novia de la mano y la puesta de sol de fondo.

¿Quieres nuevos retos? Pues vete. ¿Quieres pasar más tiempo con tu familia o crear una nueva?

Miscellany escribirá la nota de prensa. Pero antes tienes que hacer esto y luego buscar ayuda.

Acepta el final del cuento, o algo que se le parezca, porque te aseguro que no hay historia posible en la que el niño prodigio de Sebastian no se presente al Reencuentro y se vaya con su puta amante para ponerse de coca hasta las cejas.

Era como si se hubieran intercambiado los papeles: Tommy era una roca y Gillian estaba fuera de sí. Él negaba con la cabeza mientras ella le soltaba su diatriba.

—¿No es eso lo que está pasando? —preguntó.

—No son las drogas.

—Entonces, ¿asustaste a un montón de niños de diez años por diversión?

Tommy dejó escapar un suspiro entrecortado.

—¿Te lo contó Sebastian?

—Olvídate de Sebastian. Te vi en casa de los Navarro —respondió ella.

Se mordió el interior del labio.

—¿Mencionó lo de Target Practice?

Resultaba asombrosa su absoluta falta de conciencia.

Perseguía conspiraciones mientras la madre de Gillian comía pollo recalentado en la puta antesala del cielo, un antro que ni siquiera se podían costear.

Su madre, postrada en la cama con una enfermedad incurable, y el médico (un ayudante, en realidad) solo iba a visitarla a lo sumo una vez por semana.

Tommy prosiguió, como si tal cosa.

—Todo esto es por culpa de Evelina —dijo—, que te ha metido esas historias en la cabeza.

—¿Ahora resulta que Evelina ya no es de fiar? Eso sí que es distorsionar la realidad. Ríete de Sebastian.

—Me están siguiendo —dijo él.

—Si fuera tu mujer, la verías a la legua: es espectacular.

—No me refiero a Evelina. Me refiero a Jackie.

Gillian resistió el impulso de volver la cabeza. No daba crédito. Tommy con sus patrañas, tratando de pintar a Jackie como la mala. Como si intuyera el miedo de Gillian y quisiera aprovecharse de su debilidad.

—Nadie te está siguiendo.

Pero él la ignoró.

—¿Por qué estás aquí? ¿Quién te ha enviado?

—Nadie.

—Pero alguien te está pagando, ¿no? ¿Evelina? ¿Leah? Te han prometido algo.

Gillian sintió una oleada de culpa que ahogó de inmediato.